Opinión
Seis atletas en dos décadas: el mito de las personas trans en los Juegos Olímpicos
El Comité Olímpico Internacional (COI) anunció hace unos días su nueva política sobre la categoría femenina en el deporte olímpico: después de 30 años sin hacerse, volverá a pedir pruebas genéticas a las deportistas. La norma se aplicará a partir de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, por lo que la siguiente convocatoria olímpica dejará fuera a las deportistas transgénero y parte de las intersexuales.
El anuncio del COI ha vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la participación de personas trans en el deporte de élite. Y es que, en los últimos tiempos y de la mano de políticas como la del COI o el decreto de Trump que desde febrero restringe la participación deportiva de las personas trans, se ha presentado como una amenaza creciente. Se habla de “invasión”, de “ventaja injusta” y de “riesgo para el deporte femenino”.
La realidad es que el Comité Olímpico Internacional permitió la participación de personas trans en 2004 mediante el llamado Consenso de Estocolmo
La realidad es que el Comité Olímpico Internacional permitió la participación de personas trans en 2004 mediante el llamado Consenso de Estocolmo. Desde entonces, decenas de miles de atletas (más de 100.000 si se suman todas las ediciones) han competido en los Juegos Olímpicos. En ese mismo periodo, los casos de deportistas trans o no binarias identificables son seis, con ciertos matices. Y es que, cuando se acude a los datos reales de los Juegos Olímpicos, la narrativa se desmorona.
Un porcentaje menos que mínimo
La participación de seis atletas desde 2004 supone aproximadamente un 0,006% del total de participantes, una cifra tan baja que, estadísticamente, ni siquiera permite hablar de fenómeno, como nos hacen creer. Además, entre 2004 y 2021, es decir, en un total de seis ediciones de los Juegos Olímpicos, no hubo participación visible de personas trans. Ni una en Atenas, ni en Pekín, ni en Londres, ni en Río.
Considero que este dato es es clave, ya que en casi 20 años que las personas trans podríamos haber competido bajo la normativa internacional, simplemente no lo hicimos. No porque no existamos, sino porque el acceso al deporte de élite ya es de por sí muy restrictivo. Ylo es aún más para las personas trans. Por lo tanto, la idea de que una “avalancha” de personas trans ocupando espacios no solo no se sostiene: nunca ha llegado a existir.
La primera participación visible llegó en los Juegos de Tokio 2020 (celebrados en 2021), con tres casos. En París en 2024 hubo dos más, a los que se suma uno en Río 2016. No todos estos casos eran visibles como trans en el momento de competir
La primera participación visible llegó en los Juegos de Tokio 2020 (celebrados en 2021), con tres casos. El primero es el de Laurel Hubbard, mujer trans que compitió en halterofilia femenina (+87 kg). Hubbard no logró completar los tres levantamientos necesarios por lo que quedó eliminada sin clasificar. En Tokio compitió además Quinn, una persona no binaria que participó junto con su equipo en la categoría de fútbol femenino, ganando el oro para Canadá. Un tercer nombre es el de Alana Smith, otra persona no binaria que quedó en la última posición de skate street femenino ese mismo año.
El cuarto caso es el de Raven Saunders, de nuevo persona no binaria que compitió en París 2024 en lanzamiento de peso femenino, consiguiendo la Plata. En esa misma edición hubo un caso más, el de Nikki Hiltz en la categoría de 1.500 metros en atletismo femenino: quedó en séptimo lugar. Me gustaría hablar de un sexto caso, el único de un hombre trans, que nos hace retrotraernos a Río 2016. Entonces, Ellia Green ganó el Oro en Rugby, aunque no se visibilizó como hombre trans hasta 2022.
Si se observan los resultados deportivos, el argumento de la “ventaja” tampoco puede sostenerse: no hay un patrón de superioridad ni una acumulación de medallas
Es importante subrayarlo: no todos estos casos eran visibles como trans en el momento de competir, pero sí forman parte de la realidad del deporte de élite cuando se analiza desde la identidad de género, teniendo en cuenta las realidades trans.
Si se observan los resultados deportivos, el argumento de la “ventaja” tampoco puede sostenerse cuando una mujer trans (Hubbard) fue eliminada y una persona no binaria (Smith) quedó en última posición. Sumanos una medalla individual (la de Saunders) y dos oros en deportes colectivos (correspondientes a Quinn y Green). No hay un patrón de superioridad. No hay una acumulación de medallas. Ni hay un desplazamiento de atletas cis. Lo que hay es una muestra mínima, ínfima diría yo, diversa y sin un impacto real o estructural en los resultados.
El caso de la nadadora que no fue olímpica
Gran parte del debate público se ha construido en torno a casos que ni siquiera son olímpicos. El caso más citado es el de Lia Thomas, una deportista trans que compitió en la liga universitaria estadounidense (NCAA), ganando la categoría de 500 yardas libres.
Lia no ha participado en los Juegos Olímpicos. Sin embargo, su caso se ha utilizado de forma sistemática para justificar restricciones en competiciones internacionales. Es decir, se legisla sobre deporte olímpico basándose en ejemplos que no son olímpicos.
Hay casos de personas racializadas como son Imane Khelif, Lin Yu-ting o Caster Semenya que han sido utilizados para alimentar la polémica pese a que no son personas trans
En paralelo, hay casos de personas racializadas como son Imane Khelif, Lin Yu-ting o Caster Semenya que han sido utilizados para alimentar la polémica pese a que no son personas trans. Se trata en ambis casios de mujeres cis racializadas cuya participación ha sido cuestionada por criterios de “verificación de sexo” poco transparentes. Esto no solo revela que el problema no se limita a las personas trans, sino a cómo el deporte regula y vigila los cuerpos de las mujeres en general. Además, es una prueba de cómo históricamente estas prácticas han afectado especialmente a mujeres racializadas o con variaciones naturales en sus características biológicas.
Un debate político, no científico
El debate científico sobre el rendimiento deportivo y la identidad de género está lejos de ser cerrado, ya que no existe un consenso absoluto y distintas federaciones aplican criterios diferentes. Pero hay algo que sí está claro: el deporte nunca ha sido un espacio de igualdad biológica.
Atletas como Michael Phelps, con una envergadura y capacidad pulmonar fuera de lo común, o Usain Bolt, con una combinación genética excepcional, han dominado sus disciplinas gracias, en parte, a sus ventajas físicas innatas. Y estas diferencias no solo no se penalizan sino que son la base del deporte de élite.
El problema, por tanto, no es la existencia de ventajas biológicas o genéticas, sino qué cuerpos se consideran aceptables y cuáles no. Además, la idea de establecer controles universales abre la puerta a un camino preocupante, en el que hay una hipervigilancia masiva sobre el cuerpo de todas las deportistas, con implicaciones éticas y de derechos fundamentales.
Con todos estos datos encima de la mesa, la pregunta es inevitable: ¿Por qué ocupa tanto espacio en los medios de comunicación y redes sociales un fenómeno tan minoritario? La respuesta no está en el mundo deportivo, sino en la política. En los últimos años, organismos deportivos y personajes políticos han endurecido sus posturas, sin una base empírica que justifique medidas restrictivas y on un resultado que regula y afecta a una minoría extremadamente pequeña, pero que tiene consecuencias reales en la vida de todas las personas trans.
En más de 20 años de Juegos Olímpicos, la participación de personas trans ha sido practicamente inexistente. No ha alterado competiciones, no ha desplazado a atletas cis y no ha generado un impacto real en los resultados deportivos
Como podemos ver, en más de 20 años de Juegos Olímpicos, la participación de personas trans ha sido practicamente inexistente. No ha alterado competiciones, no ha desplazado a atletas cis y no ha generado un impacto real en los resultados deportivos. Sin embargo, el debate de nuestra presencia ha crecido hasta convertirse en el eje mediático y central de las políticas deportivas y de los medios de comunicación y redes sociales.
La pregunta ya no es si las personas trans suponemos un problema en el deporte, ya que los datos son claros al establecer que no lo somos. Las preguntas, entonces son otras. Las seis personas deportistas mencionadas me llevan a seis preguntas diferentes: ¿Por qué se insiste en construir este problema cuando la realidad no lo respalda? ¿Qué justifica convertir a un 0,006% en un problema estructural? ¿Dónde ponemos el límite entre ventaja biológica aceptable e inaceptable? ¿Quién gana cuando se convierte a una minoría en el centro del conflicto? ¿De verdad seis personas en 20 años justifican todo este ruido? ¿No será que el problema no está en el deporte, sino en cómo miramos a las personas trans?
Pero las reflexiones a las que nos llevarían estas preguntas quedan obviadas cuando se dirige el debate a nuestra mera participación en la sociedad como sujetos de pleno derecho.
Deportes
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