Pestaña en el país de los soviets

El activista leonés pasó el verano de 1920 en la nueva república rusa y su visión fue determinante para la relación entre la CNT y la Tercera Internacional.
15 mar 2026 06:00

Los ojos de la niña parecen construidos con piedras preciosas aún no clasificadas por ningún geólogo. Refulgen dentro de su pequeño y esquelético cuerpo, cubierto por un deteriorado vestido azul completamente empapado por el diluvio que está cayendo. La pequeña forma parte de un grupo de niños encargados de recibir a los delegados extranjeros en esta remota estación de tren rusa. Cantan “La Internacional” sin pausa ni entusiasmo, y de vez en cuando gritan “¡hurra!”, siguiendo las indicaciones de un adulto con cara de pocos amigos.

Provenientes de otros países europeos, los delegados se encuentran en el verano de 1920 en la nueva Rusia soviética con motivo del Congreso de la Tercera Internacional. Uno de ellos es un español alto y de nariz aguileña, nacido en Ponferrada y residente en Barcelona: Ángel Pestaña. Cuatro años más tarde escribirá el libro 70 días en Rusia. Lo que yo vi, en el que narrará su viaje. Una de las cosas que menos le gustan son estas escenificaciones del presunto apoyo popular al nuevo régimen: “La farsa que allí se representaba no podía ser más indigna, ni más infame. ¡Pobres seres traídos allí por la fuerza, para dar la sensación de que el pueblo nos aclamaba!”.

La Revolución Rusa ha supuesto un gran impacto para la clase obrera militante española. El sindicato mayoritario, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), ha decidido en su congreso de 1919 adherirse provisionalmente a la Tercera Internacional, una propuesta desde Moscú que busca generar una alternativa a la Segunda, criticada por rechazar la vía revolucionaria al socialismo y haber apoyado la I Guerra Mundial.

En el verano de 1920 la represión arrecia en España, Europa se agita y Rusia se encuentra bloqueada por las potencias occidentales. Estos tres elementos combinados hacen imposible la llegada a Moscú de los delegados cenetistas originales, y quien acaba colándose entre las rendijas de las fronteras europeas es Pestaña, uno de los principales organizadores sindicales de la época, anarquista y especialmente reputado por su etapa al frente del periódico Solidaridad Obrera. En Rusia visita Petrogrado, además de la capital, y realiza una excursión por pueblos del Volga. Debate en el congreso con Trotski y dialoga con otros dirigentes bolcheviques como Lenin, Zinóviev o Lozovski. El leonés simpatiza con la Revolución Rusa, que considera “el gesto más grande que por su liberación hiciera ningún pueblo”, denuncia los ataques capitalistas desde el exterior, tanto económicos como militares, e incluso reconoce los aciertos del Gobierno, por ejemplo en materia de instrucción pública o igualdad de género. 

Pestaña dedica su estancia a intentar conocer, pese a la barrera lingüística —habla francés, pero no ruso—, todo lo que pueda de la realidad revolucionaria. Su diagnóstico es demoledor. Para empezar, en Rusia no hay comunismo (“Aquí hay un patrono: el Estado; y un proletariado: el pueblo”, espeta a Zinóviev). La “dictadura del proletariado” es más propaganda que realidad: “No se veía otra cosa que banderas rojas. Mientras las paredes estaban revestidas de tela roja, los rusos paseaban por las calles semidesnudos”. La autonomía de las repúblicas soviéticas se resume en que “no había tal autonomía”. La elección de representantes a los soviets, el órgano revolucionario original, consiste en que solo se puede elegir a los bolcheviques. La burocracia alcanza niveles irracionales. La política económica bolchevique es un desastre, especialmente en lo referente a su guerra contra el campesinado: “Si su finalidad hubiera sido el hacerlo mal, no lo hubieran logrado más cumplidamente”. En el ámbito que más conoce Pestaña, el de la normativa laboral, afirma que “en ningún país de régimen capitalista existe una legislación tan rígida y tan contraria al interés de la clase trabajadora”. El anarquista, un habitual de las comisarías y cárceles españolas, señala respecto a la temible Checa soviética que “de ninguno de los cuerpos policíacos de Europa y del mundo entero podría decirse nada parecido en punto al sistema terrorista desarrollado”.

Pestaña defiende la revolución, obra del pueblo en sentido amplio, responsable de la socialización de la tierra y de la industria, y critica “la dictadura sobre el proletariado”, la burocracia y la centralización del Gobierno bolchevique, producto de un golpe de Estado. 

Las duras críticas al panorama general se vuelven caricias en comparación con las opiniones que le merece el Congreso de la Tercera Internacional. De primeras, Pestaña intenta participar: “Me oyeron como quien oye llover y está bajo techado”. El Congreso es, en realidad, un paripé: “Mis observaciones terminaron por llevarme a la conclusión de que el Partido Comunista, la Tercera Internacional y la aún en pañales Internacional Sindical Revolucionaria eran una misma cosa. Algo así como la Trinidad cristiana: Padre, Hijo y Espíritu Santo; tres personas distintas y un solo Dios verdadero”.

La acidez de Pestaña se multiplica cuando describe a buena parte de los delegados internacionales, quienes “obraban con mentalidad de burgués cuando aún no eran nada”. Huérfano desde los 14 años, hasta instalarse como relojero en Barcelona, el leonés ha sufrido mil penurias: el trabajo en la mina, en los ferrocarriles, como temporero agrícola, costurero de alpargatas… Lo que ve en el hotel de Moscú, con la mayor parte del pueblo pasando hambre y miseria, es demasiado para su conciencia de proletario. Allí observa a compañeros de congreso sacar las botas al pasillo del hotel para que se las lustren, acudir a diario al peluquero o incluso “llevar a comer al hotel a infelices muchachas hambrientas” a cambio de que se acuesten con ellos. “¡Hay para reventar de risa con la mentalidad ‘revolucionaria’ de esos delegados!”, se burla.

La cruda realidad descrita por Ángel Pestaña no puede llegar a sus compañeros en 1920, ya que a su regreso a España es encarcelado. El bolchevismo sigue teniendo buena prensa en la CNT, sin noticias fiables de lo que ocurre en Rusia. A ello ayuda que jóvenes probolcheviques, como Andreu Nin y Joaquín Maurín, ocupen altos cargos de la confederación merced a la elevada represión y copen la delegación a Rusia en 1921. Estos buscarán confirmar la adhesión a la nueva Internacional, pero el sector libertario —desde los más posibilistas a los maximalistas—, que lidera el grueso de los sindicatos, comienza a reaccionar ante las inquietantes noticias que van llegando desde Rusia y las descabelladas pretensiones de someterse al liderazgo de un PC en ese momento insignificante en España.

Por fin, en la primavera de 1922 se difunden los informes del delegado Pestaña, y estos serán cruciales para que, en la Conferencia de Zaragoza de junio, se revoque la adhesión a la Internacional. Acaba así el breve romance del sindicalismo español con la “dictadura del proletariado” rusa o, como escribe Pestaña, con la “dictadura de los que han tomado al proletariado por sufrido asno sobre el que poder cabalgar confiadamente”.

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