Ciencia ficción
Elisa McCausland, Diego Salgado y la imposibilidad del futuro

Entrevista con los autores de Supernovas, una historia feminista de la ciencia ficción audiovisual, una completa genealogía de un género que se abrió desde el comienzo a una perspectiva no hegemonizada por los varones blancos y poderosos.

Elisa McCausland y Diego Salgado 1
Elisa McCausland y Diego Salgado, autores de "Supernovas", son también colaboradores de El Salto. David F. Sabadell
2 feb 2020 06:29

Con el propósito de crear una geneaología de la ciencia ficción con perspectiva de género, Elisa McCausland (Madrid, 1983) y Diego Salgado (Madrid, 1967) escribieron Supernovas, una historia feminista de la ciencia ficción audiovisual, un ensayo publicado por Errata Naturae que profundiza en la idea de que la categoría ciencia ficción, que linda muchas veces con el cine fantástico, ha sido capaz de interpretar el presente y trazar líneas para el futuro con mayor efectividad que otros tipos de audiovisual. Esa capacidad se está obturando, explican los autores de Supernovas por la dificultad para imaginar un futuro en la vorágine de un presente acelerado y angustioso.

Más allá de los gadgets y los efectos especiales, ¿cómo está influyendo esta clase de futurismo en el que estamos —tecnologías del control, redes sociales y manipulación de masas— en la creación en la esfera de la ciencia ficción?
Salgado: Hay un tema que tratamos en el libro que es la idea del presente como futuro o, mejor dicho, la imposibilidad de ver el futuro a partir del presente. Estamos sumidos en tal cantidad de cambios —no solo tecnológicos o no específicamente tecnológicos si no de tipo social, económico, etc— que echamos en falta una mayor proyección de lo que es el género a nivel especulativo. La especulación, como una característica del género, va más allá de hacer una simple valoración de lo que puede traer la tecnología para hablar del sentido de la maravilla, de proyectar utopías, etc. Vivimos en un cambio continuo, en unos tiempos en los que hay tanta inquietud, tanto nerviosismo, en una aceleración continua, que es muy difícil dar un paso atrás, valga la paradoja, para mirar más allá de esta especie de devoramiento continuo al que el presente nos está sometiendo. 

Hay gente que cree que la ciencia ficción ha llegado a su punto culminante, que es confundirse con el presente, y esto lo consideran positivo. Para nosotros hace falta un poco de mayor perspectiva precisamente para no estar devorados por este presente, si no para dar un paso más allá.

McCausland: Lo que planteas es complejo. Está, por una parte, todo lo que tiene que ver lo emocional y, en ese sentido la gestión y capitalización de las emociones, podemos ver películas como Her (Spike Jonze, 2017) que han especulado con ello. Por otro lado, en el libro ponemos en jaque hasta qué punto la ficción y la ciencia ficción, en un sentido político literal, se utiliza para abordar la realidad en lugar de abordar la realidad desde la propia realidad. Se utilizan ficciones para hablar de nuestro día a día en vez de hablar de nuestro día a día desde el presente, desde el abordaje de la situación. Se ha instaurado como una especie de “lengua común” el plantear determinadas cuestiones dentro del orden de ficción, incluso pedirle a la ficción que sea como no es la realidad.

“Apple o Amazon están produciendo entretenimiento para justificar como estilos de vida lo que ofrecen como proveedores de servicios”

Has hablado de Her. Parece que la soledad es una de las grandes materias con las que se está trabajando en el género. 
McCausland:
Como comentaba Diego, hay una sensación de bucle. Ese parecer que no hay líneas de fuga, que no hay futuros posibles, nos hace dar muchas vueltas a hasta qué punto estamos en nuestro propio presente. Es curioso y es interesante porque tiene que ver con el uso terapéutico que se está haciendo de las ficciones, y de la ciencia ficción, para sobrellevar el día a día. A nivel político, creo que precisamente lo que nos interesa es abordarlo, intervenirlo directamente, y saber por qué no están sucediendo esas utopías que planteamos desde la ciencia ficción y desde la propia política ficción. Qué es lo que impide que eso ocurra.

Salgado: Hay una frase muy bonita de Jordi Costa, que dijo hace unos años a propósito de la recesión económica, que dice que en realidad el futuro y el apocalipsis ya habían ocurrido y sin darnos cuenta ya estábamos viviendo allí. Eso eliminaba de golpe la idea romántica, aunque sea en negativo, de la distopía. Hay que darse cuenta de que no solo la utopía es romántica; la distopía también es una ensoñación que te hace proyectar hacia un futuro en el que las cosas están muy mal pero en cierto modo cabe una recuperación heroica. Sin embargo, sin grandeza, sin alharacas, nos hemos precipitado a una situación un poco distópica que nos hemos acostumbrado a tomar como normal a nivel social y económico.

En esa situación, la tecnología juega un papel bastante ambiguo y esto va en relación con el tema de la soledad. Es cierto que se lanzan grandes discursos en torno a lo que nos puede ayudar la tecnología, de que puede comunicar, de que puede establecer unos lazos, etc. pero la verdad es que en la práctica la está llevando a dos aspectos: uno al famoso tema de la ultravigilancia, la sociedad del control, la paranoia, etc., y otro a una alienación muy grande respecto a lo real. Es muy fácil, y esto es un tema que vivimos a diario, estar en la esfera virtual hablando de comunicación, de compartir, etc, pero la realidad es que hay un deterioro del tejido social cotidiano. A lo mejor esto es una percepción dada por la edad, pero creo que es un problema que los discursos que se sueltan en la esfera virtual prácticamente vienen a suplir una falta de contacto elemental a nivel real, de calle.

Que Netflix, Amazon o Hulu sean los responsables de poner en pie ese discurso genera la pregunta recurrente de si con las herramientas “del amo” se puede desmontar el estado actual de las cosas. Accediendo a la ficción a través de estas plataformas, ¿no estamos sino dejándonos llevar y eliminando la posibilidad de otros discursos?
McCausland:
Está el tema de hasta qué punto hay una apropiación, un hackeo. Desde el pensamiento crítico se plantea si ese es un espacio común desde el que se puede crear, hablar y conseguir un diálogo, trasladar ciertas visiones. Pero estamos en lo de siempre: si el mensaje sigue siendo legítimo si no pones atención en qué lo sustenta. Hay que tener en cuenta que a una plataforma como Hulu le ha venido muy bien El cuento de la criada (Bruce Miller, 2017) para expandirse en el nivel económico. El cuento de la criada puede ser apropiado en manifestaciones o en reivindicaciones, pero el hecho es que sirve de punta de lanza a una política económica que lo que quiere es introducirse en distintos países. Es muy fácil ver determinados colonialismos o neocolonialismos, pero otros vienen enmascarados en este papel de regalo tan atractivo. Incluso a día de hoy, que tenemos las herramientas para verlo y saberlo, es curioso cómo este tipo de perspectiva no se quiere tomar. Estamos más preocupados en el debate del último alpiste cultural que nos ha colado la plataforma de turno.

“Somos todas y todos responsables de saber de dónde proviene el entretenimiento”

Salgado: No nos damos cuenta de que la ficción ahora, en muchos casos, la producen productores de contenidos que en realidad ya no se dedican al entretenimiento. Esto lleva pasando un tiempo. Por ejemplo, con Hollywood, cuando el Hollywood clásico perdió su preponderancia, a finales de los 60, muchas compañías fueron adquiridas por conglomerados que no tenían nada que ver con la industria del cine. Esto ha desembocado en los últimos tiempos en fenómenos tan curiosos como que hablemos de series o de productos que produce una plataforma como Amazon o como Apple, que no son productores de entretenimiento. Están produciendo entretenimiento para justificar como estilos de vida lo que ofrecen como proveedores de servicios. Esto es fascinante. Cuando tú consumes Amazon consumes una marca que te está ofreciendo una ficción, y una moral, y unos discursos ideológicos dentro de esa ficción que te legitiman a ti como consumidor de Amazon. Ya no basta con que las marcas tengan una presencia icónica sino que, a través de los productos de entretenimiento que te están ofreciendo, te están en realidad imbuyendo de la personalidad que quieren transmitirte. Eso nos remite al ciberpunk de William Gibson y compañía, que, a principios de los 80, imaginaron un mundo convertido absolutamente en corporativo. En los 80 se hizo de forma muy burda, pero hoy por hoy ya la hemos asumido. Este es un cambio de paradigma total.

McCausland: Están jugando a lo que han jugado las marcas desde finales de los 80 y es a esa identificación con lo que consumes: “Tú eres lo que consumes”. Somos todas y todos responsables de saber de dónde proviene el entretenimiento y esa cultura que, es cierto, se puede hackear, se puede una apropiar de ello, puede una plantear discursos críticos “a partir de”, pero desde luego también hay que preocuparse de qué economía política sostiene toda la industria del entretenimiento.

Al hablar de las diferencias entre ciencia ficción y películas de superhéroes, me gusta pensar que las primeras hablan sobre todo de procesos y las segundas de acontecimientos. Y el año pasado parecimos llegar al clímax de esos acontecimientos en el desenlace de la saga de los Vengadores (Marvel Studios 2012-2019), después de que el villano —Thanos— fulmine a media galaxia con un chasquido de dedos. ¿Es esa defensa del acontecimiento, del shock, una fórmula de defensa del statu quo que están enarbolando las pelis de supehéroes? 
McCausland:
Yo diría que hasta el punto de que, al menos en la última entrega de Vengadores, Endgame (hermanos Russo, 2019),eso mismo se subraya a un nivel metanarrativo. Es decir, Thanos termina produciendo un escenario en el que pasa un tiempo y hay ese comentario de “Hay ballenas en el río Hudson” por parte del Capitán América... es decir, ha ocurrido algo, un auténtico apocalipsis, un cataclismo emocional y físico, pero los personajes están viviendo a partir de ello. Están construyendo a partir de ello. Es interesante, la primera hora de la película habla de que eso es posible, hasta que entra el momento en el que precisamente son los héroes los que consideran que se puede cambiar todo y volvemos al tema de viajes en el tiempo a costa de negar la evolución de muchos personajes. Entre ellos, por ejemplo, la propia agente Carter que, desde la muerte del Capitán América, se reconstruye a sí misma y tiene una vida y una agencia muy potente dentro del aparato de ficción. Es curioso, sin embargo, como al final a ese personaje en particular se le niega todo eso por el deseo del Capitán América de volver a un punto determinado con su amor de juventud. Me parece curioso porque la propia ficción había planteado un punto creativo de posibilidad que se niega a sí mismo vía heroica. Lo que hace que Thanos sea un personaje mucho más complejo que solo el villano que decide una cosa a golpe de clic. Lo interesante es qué haces a partir de ahí.

Elisa McCausland y Diego Salgado 3
Elisa McCausland y Diego Salgado, en las puertas del antiguo cine Candilejas. David F. Sabadell

Salgado: Hay una idea muy interesante que es la del statu quo y no es casual que se intente mantener dentro de la ficción como fuera de la ficción. Hay otro ejemplo reciente que es el Episodio IX de Star Wars (JJ Abrams, 2019) que, al contrario del Episodio VIII (Rian Johnson, 2017), en el que intentaba algunas líneas de fuga con respecto a la mitología tradicional de Star Wars, devuelve literalmente la ficción al principio de todo, y digo literalmente porque el último plano es el principio de la ficción de la primera Star Wars, del año 77. Llevamos 40 años dando vueltas a imaginarios y lo que ha hecho Marvel, efectivamente, es crear un imaginario orgánico durante un tiempo para después estancarlo totalmente y, como decía Elisa, negar una evolución en cualquier dirección. Convertirlo todo en una especie de aparato de ficción congelado que no permite ningún tipo de discurso o de discurrir del relato más allá de lo que tiene que pasar porque siempre tienen que estar pasando cosas.

Hay una idea muy interesante, que ha acuñado últimamente Tomás Fernández Valentín, un crítico, a propósito de lo que él denomina el híperrelato, que trasciende la propia ficción de una peli en concreto para abarcar esta situación que Elisa ha definido alguna vez como “de pequeñas excitaciones”. No ocurren cosas para que tú puedas pensar en lo que está sucediendo, e incluso puedas intervenirlas de alguna manera, si no que estás sometido y tú mismo creas continuas excitaciones. Da igual que la película que estés viendo te esté decepcionando un poco porque en el fondo ves que no es muy buena, porque ya te están anunciando la siguiente que viene. Da igual que sea Marvel o DC, porque estás siempre en una montaña rusa que alimentan además las redes sociales, por las cuales te sacan las versiones extras, las versiones aumentadas, los metrajes añadidos, los tráilers, etc. Te crea un híperrelato en el cual la ficción no tiene sentido orgánico, no tiene la capacidad de hacerte pensar y que tú la pienses y al pensarla te apropies de ella y puedas otorgarle tus propios sentidos o que te enriquezca personalmente, si no que estás sometido a una pulsión continua. Es un tema directamente de estímulos un poco pavlovianos, un poco de animales.

La diferencia básica entre los relatos clásicos cinematográficos es el hecho de que en los relatos clásicos ves continuamente líneas de fuga, que enriquecen el relato y lo dejan respirar. En una peli tan codificada como Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946), encuentras continuamente escenas que no vienen al caso, escenas costumbristas en las que puedes perderte para volver luego al relato principal. En el cine mainstream de hoy cada paso que ves en escena está hecho para que te conduzca a otra cosa: no dentro de la ficción, sino fuera: “Este peluche sale porque vamos a venderlo en una línea de juguetes”, esto otro sale porque hay una serie de TV conexa que va a ser así, etc. Todo tiene una lógica de funcionamiento. Estamos todos de los nervios continuamente frente al aparato cultural esperando al próximo estímulo. Es una huida hacia adelante.

McCausland: Y es un engagement muy parecido al que manejan las redes sociales. Si además, a día de hoy, también mides tu nivel de celebridad e influencia a golpe de tuit, es normal que también tú diseñes toda tu campaña, tu producción, ligado a esto. Y sobre todo al hecho de que está todo el mundo pensando, antes que en las propias ficciones, en cómo se están elaborando. La gente está más obsesionada con el plan estratégico de Marvel-Disney de aquí a 2025 que por las propias ficciones. Hay fechas que están reservadas para una ficción Disney, ya no están ni anunciadas las producciones concretas: ya sabes que cada mes vas a tener tu hito. Es fascinante en el sentido de que es una lógica empresarial llevada al entretenimiento y nos hace a todos y todas partícipes de ello. Porque todo el mundo lo celebra, lo replica y la respuesta es positiva.

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No se puede entender hoy un universo como el de Marvel sin referentes feministas como la Capitana Marvel, pero en Supernovas destacáis cómo el alterfuturismo ha favorecido desde hace décadas la visibilización de etnias, de personajes feministas o LGTBIQ, en una tendencia que ahora está llegando a la ficción mainstream. ¿Llega del mismo modo o es, una vez más, una necesidad del mercado?
Salgado:
Creo que la diferencia es posible cuando las cosas no están organizadas como lo están ahora. En el libro hablamos de que un próximo hito que se avecina es el cine nigeriano, que ahora ha pegado un salto evolutivo hasta el punto de que se acerca una película de superheroína nigeriana. Pero pasa que, cuando ves el trailer, es Iron Man. Pensamos en otros escenarios diferentes, étnicos, de diversidad, cuando esa diferencia solo existía porque la imagen y la codificación de la imagen no había llegado hasta el último rincón del globo. Pero es que ahora un chico o una chica nigeriana está viendo lo mismo que nosotros. Hay un problema de adopción de códigos que va más allá de lo que podríamos llamar Hollywood —que, por cierto, es una entelequia ahora más que nunca—. Desde el papel del prescriptor cultural o crítico, el tema es la mirada que cada uno deposita sobre esos objetos, más allá de la creencia un poco ilusoria de que de verdad se puede hacer algo diferente.

En cuanto a la diversidad mainstream, es tan fácil como lo que Nacho Vigalondo reflejaba en Twitter de cómo la diversidad que promueve Disney es tan fácil de eliminar como quitar una pieza de una película para poder venderla en China. Estamos hablando de un artefacto de consumo en el que hasta las piezas supuestamente diversas se pueden quitar y poner como en un juego de construcción sin que se caiga el edificio. Creo que en los 80, incluso en EEUU, hubo esa diversidad, está el caso de Born in Flames (Lizzy Borden, 1983) pero, insisto, era solo porque no había llegado el capital y la imagen del capital hasta el último rincón del globo. Hoy es difícil saber por dónde puede venir lo que llamamos el punk, una nueva expresión del punk.

McCausland: O incluso hablar directamente de lo que sería el arquetipo. De manejar el arquetipo, no solo pátinas cosméticas en determinados ámbitos. Si planteas determinadas ficciones, que sea desde la esencia, no del hecho de introducir cuatro escenas para solventar la cuestión. La prueba es que, cuando se han intentado hacer superheroínas por fin en la primera división de mainstream, no se ha sido todo lo valiente que se podía haber sido.

Otra de las cuestiones de estas primeras décadas del siglo es el tema del transhumanismo o el comienzo del final del homo sapiens tal y como lo conocemos. En Supernovas destacáis una cita de Donna Haraway que dice que el cíborg perfecto no existirá. ¿Cómo se aborda en la ficción este salto en la historia de la humanidad? ¿Cómo se hace desde la perspectiva feminista desde la que habéis escrito el libro? 
McCausland:
Citamos muchas veces Orphan Black (Manson & Fawcett, 2013) como serie de TV en la que precisamente desde la perspectiva de género se plantean una serie de complejidades muy interesantes y, como has mencionado, a Haraway, que ha ampliado su línea de pensamiento con todo lo que es el Chthuluceno. Esto fue abordado de cierta manera en Anihilation (Alex Garland, 2018), y también a apelando a la hibridación en un cómic como Mirror de Emma Ríos y Hwei Lim (2017).

Salgado: Hay muchas ficciones con el tema de la clonación, en la línea de Orphan Black, siempre protagonizadas por mujeres y planteando temas muy interesantes en cuanto a las servidumbres de género como la película de Naomi Rapace, Qué le pasó a Lunes (2017). Hay una serie de ficciones muy interesantes que, en un tema tan básico para el transhumanismo como es la clonación, sí están jugando con la dialéctica de género. Luego está Ex machina (Alex Garland, 2015), una película que no nos termina de convencer pero que es bastante interesante como una actualización de Metrópolis (Fritz Lang, 1927) en el tema de la mujer ginoide que se rebela contra su programación.

McCausland: Contra una programación determinada pero, a la vez, adopta otra programación. Esto es muy potente porque te lleva básicamente a preguntarte hasta qué punto la tecnología no es solamente lo que planteamos en un sentido más literal. Me interesa de Haraway cómo lo eleva a un sentido de metáfora y al lenguaje como tecnología. A partir de ahí se dan todas las alianzas, vía Chtuluceno, con las otras formas de vida.

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Salgado: Esto está efectivamente ligado a la idea del feminismo como está expuesta en el libro. Apostamos por un feminismo que llamamos del extrañamiento, que supone romper todas las categorías incluso de lo que se denomina humano. Es una ruptura muy brutal que supone que todos y todas nos enfrentemos a una nueva manera de pensar relacionada con la tecnología, relacionada con todo este horizonte, parece que cercano, en donde todas nuestras emociones y pensamientos será posible analizarlos con el Big Data, un futuro en el que podrán existir organismos vivos creados artificialmente. Es decir, que supondrá una quiebra bastante importante de lo que se entendía como humano y, por tanto, de determinadas programaciones. Hay una película en esta línea que siempre nos gusta destacar que es Alien Resurrección (Jean-Pierre Jeunet, 1997). De hecho de ahí viene el término de xenofeminismo, que es esta figura de Ripley que ya no es ni siquiera Ripley, es un clon mezclados con alienígenas, etc. Son figuras retóricas apasionantes.

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Uno de los materiales de la ciencia ficción es el ecofascismo; la acumulación de la tierra, del agua, de los elementos básicos para la vida. ¿Es el próximo gran argumento del género?
McCausland:
Volveríamos en ese sentido al Chtuluceno, al hacerse responsable del presente aquí y ahora por medio de la acción y al hecho de vivir y convivir con todo lo que hemos generado más que pensar en colonizaciones más allá de nuestro planeta tierra. Es interesante el tema de que los seres humanos siempre hemos mirado al cielo y hemos pensado ir más allá, no por una cuestión de supervivencia, porque nos habíamos cargado el planeta, si no para ir más allá de lo que se puede hacer. Teniendo en cuenta que hay una curiosidad lógica en saber si somos nosotros también extraterrestres, que es algo que decía JG Ballard: hasta qué punto el ser humano es el único extraterrestre que vive en la tierra, en un sentido de extrañamiento y de crítica a la propia humanidad. Hasta qué punto llamamos humanidad a algo que precisamente podría ser visto como monstruosidad.

“La ciencia ficción está ligada a esas utopías que se plantearon desde el feminismo del XIX y principios del XX. Eso se está recuperando en el nivel editorial”
Salgado: Vamos a ser un poco cínicos, Elisa ha pronosticado hace un par de años que la nueva moda en el género en la Ciencia Ficción va a pasar de ser la obsesión con la diversidad y el feminismo para centrarse en la ecología. El problema de esto es que esto ya ocurrió en los 70. Entonces ya hubo una vertiente feminista de la ciencia ficción que fue en buena medida devorada por la ecologista, que fue la que se llevó el gato al agua durante un tiempo hasta que vinieron los 80. Creemos que sí está a punto de dispararse una fiebre de tipo ecologista en la ciencia ficción. Nos preocupa un poco por lo que comentaba de la moda, el problema de eso es estar repitiendo la historia constantemente, estar reciclando argumentos. 

McCausland: A nivel filosófico tiene todo el sentido del mundo. Si nos vamos a Haraway, a xenofeministas y demás, es inherente en el feminismo todo lo que tiene que ver con la sostenibilidad medioambiental y con la fisicidad y todo lo que nos rodea. Eso no resta para que, desde luego, sí veamos que hay una serie de temas que vuelven a ser capitalizables, que vuelven a ser el combustible de otras estructuras que no terminan de cambiar. Estructuras económicas que siguen sosteniendo la desigualdad, que no garantizan el futuro a medio y largo plazo.

La ciencia ficción es un terreno fértil en cuanto al pensamiento de utopías de otros mundos mejores, ¿cuáles podemos tomar para mejorar nuestras realidades?
McCausland:
Es interesante que hoy se sabe hasta qué punto la protociencia-ficción estaba ligada al feminismo. La ciencia ficción está ligada a esas utopías que se plantearon desde el feminismo del XIX y principios del XX. Eso se está recuperando en el nivel editorial. Es clave recuperar y saber lo que ya está hecho y preguntarnos por qué se ha olvidado porque, a partir de ahí, podemos proyectar. Creo que la utopía se tiene que construir en el día a día. Es interesante recuperar, rescatar y proyectar modelos e ideas pero creo que lo potente es ponerlo en práctica, testarlo y ver si funciona o no. Porque en parte es lo que se plantea desde el 15M para acá. Sí hecho en falta un análisis honesto de nuestro presente; qué nos ocurre, de qué estamos hechos y hasta qué punto llevamos el sistema inscrito y tatuado y cómo, por mucho que proyectemos, a veces sin darnos cuenta, proyectamos con las propias herramientas del capital y lo llamamos revolucionario. Estamos tan enrocados en imaginar utopías que, en realidad, tampoco llegamos a imaginar futuros radicalmente distintos de los imaginados en otras épocas.

Salgado: Volviendo al principio, creo que hay un problema en estar demasiado inmersos en el presente y en ese tema del impulso del presente continuo. Estamos demasiado conquistados por las imágenes y por toda la hipercomunicación entre nosotros que nos hace estar aparentemente al día. Pero, debajo de ese “estar al día”, no está calando nada. Creo que sí reconoceremos un proceso utópico cuando tenga lugar dentro de la ficción, que sea capaz de iluminar nuestro presente. Pero para eso hace falta una distancia. Pongo un ejemplo. En cuestión de unos meses, sin darnos cuenta, un término como “emergencia climática”, de pronto, es prioridad absoluta y se instala en nuestra mente de golpe y porrazo. Más allá del grave problema medioambiental, lo que no pensamos es que no estamos pensando el problema, lo estamos consumiendo. Hay un problema cuando no nos damos cuenta de que da igual el tema, el problema de fondo son los mecanismos. Y el mecanismo es un mecanismo de consumo: si no nos liberamos de este consumo continuo de conceptos, de modas, de impulsos, va a ser imposible tener siquiera, no hablo ya de utopías, si no una rendija en la puerta para poder ver el futuro, porque nos lo estamos negando a nosotros mismos. Incluso nos estamos negando la noción de ser recordados en el futuro, porque vivimos en la primera generación que no solo vive el presente segundo a segundo, si no que borra sus propias huellas segundo a segundo. Hubo un tiempo donde algo podía calar y crear una memoria emocional mínima, hoy es imposible.

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