Centros sociales
La Cinètika de Barcelona, bajo amenaza: la ofensiva ‘progre’ del PSC para combatir la okupación
El centro social La Cinètika resiste en los suburbios del emblemático barrio barcelonés de Sant Andreu de Palomar. A diario, sus paredes atestadas de pósteres y joyas del cine clásico son testigos de una valiosísima miscelánea cultural: certámenes de videojuegos, entrenamientos de muay thai, ensayos de jóvenes compañías de teatro y proyecciones de películas tan antagónicas como Spiderman, Akira o Farenheit 451.
Hace diez años, sobre las ruinas de los antiguos cines Lauren, un colectivo anarquista levantó este cine okupado, anticapitalista, autónomo, feminista y organizado de forma horizontal. Una atalaya cultural autogestionada que nada a contracorriente del barullo comercial de la Ciudad Condal. Es decir, un lugar incómodo para el gobierno del PSC.
María y Laura, dos militantes vinculadas a La Cinètika desde su fundación que responden a las preguntas de El Salto bajo seudónimo, cuentan que desde que Jaume Collboni llegó a la alcaldía en junio de 2023, las amenazas de desalojo no han dejado de colmar el buzón del espacio. “Cero intento de diálogo, lo primero que nos llegó fue un aviso de inspección”, recuerdan. María asevera que “gobierne quien gobierne, los centros sociales okupados son un objetivo con el que acabar, cada uno utiliza su propia estrategia”. Según su experiencia, mientras la derecha opta por sofocar la okupación mediante la violencia, los desalojos y una furgoneta ‘antiokupas’ personalizada para la ocasión, el PSC plantea una ofensiva de perfil bajo, más discreto y prudente. Según ha podido comprobar La Cinètika en estos últimos años, los socialistas han utilizado la política sanitaria, securitaria o las medidas del Plá Endreça como excusas para presionar a los espacios de autoorganización comunitaria. Lotes de medidas y burocracia muy eficaces a la hora de someter a los movimientos disidentes, como ya han demostrado los desalojos de la Tancada del Raval, las barracas de Vallcarca o los asentamientos alrededor del proyecto del AVE de la Sagrera.
En paralelo, la marca de la Barcelona en venta no deja de prosperar sobre las pasarelas de Louis Vuitton en el Park Güell, con una exhibición de Formula 1 por el Passeig de Gràcia o los 350 millones de euros que generan los congresos de La Fira. Mientras la Ciudad Condal se convierte en el Disneyland de los turistas, sus residentes viven con las carencias de The Florida Project en los moteles de la puerta de atrás.
“Quieren desalojar este edificio para volver a dejarlo vacío”, asegura Laura. Las propuestas de Junts, PP o PSC para recuperar y renovar el espacio no han avanzado más allá del debate plenario, ya que la situación jurídica de La Cinètika es un enredo inmobiliario. Ubicado en suelo municipal, tras la quiebra de los cines Lauren, el edificio pasó a manos de siete entidades acreedoras, entre ellas el Institut Català de Finances (ICF), el BBVA o el Sabadell. Una situación compleja que no debería cambiar hasta 2048.
Resistir a la ofensiva
A pesar de toda la vorágine legal, política y social que envuelve a La Cinètika, en sus salas sigue oliendo a palomitas de mantequilla. “Aquí hay gente que flipa con que pongamos películas gratis y hace unas donaciones que no pagarían en un cine”. A los cuatro o cinco cineclubs semanales asiste un público de lo más heterogéneo: desde gente joven hasta un grupo de señoras mayores que “no se pierden ni una. Hay veces que salen diciendo: hoy ha sido rarísima. Pero vuelven”.
“Puede entrar quien quiera, menos la policía”, bromea Laura. Aunque no sería la primera vez ni la segunda. Según una investigación de La Directa, el año pasado La Cinètika recibió la visita de dos espectadores indeseados. Dos policías camuflados que asistieron a las proyecciones de películas como Punch-Drunk Love o Shin Chan: en busca de las bolas perdidas.
En 2023, otra investigación de La Directa también destapó la infiltración ilegal de Daniel Hernàndez Pons, un policía nacional que llevaba más de tres años militando en el espacio y que, tras desvelarse su identidad, fue destinado a un puesto en el extranjero. Un caso que envolvió al espacio en un huracán mediático de opiniones. “Hasta se instrumentalizó como parte del discurso político, por ejemplo Rufián hablaba de que era un ataque contra el independentismo”, comentan las activistas.
“Para la gente que tenía más relación con esta persona ha sido jodido”, cuenta Laura. Dani mantuvo relaciones sexoafectivas con varias de sus compañeras, las utilizó como una estrategia más de espionaje. En febrero de 2023, unas 1.200 personas tomaron el barrio de Sant Andreu de Palomar bajo el lema Espionaje sin escrúpulos. Solidaridad sin límites. Laura y María lo recuerdan como el mayor punto de inflexión de la historia del centro social, un momento donde los talleres y las asambleas fueron cruciales para contener la crisis.
‘Cinema Entrada Lliure: Dijous, Dijous, Divendres’. Si los carteles y rótulos dibujados a mano alzada en su mítica esquina de la Rambla de Fabra i Puig siguen ahí es porque “en lugar de dejar que una infiltración te supere, le das la vuelta”. Para Laura, resistir a la ofensiva institucional pasa por politizar los conflictos y así conseguir que todo el mundo reme en la misma dirección.
“El terror okupa”
Alrededor de la okupación sigue existiendo todo un imaginario digno de una rocambolesca película de serie B. A ojos de la prensa y los partidos de derechas, los espacios okupados son auténticas casas de los horrores y el origen de todos los males. Laura opina que esto se debe a que es “mucho más fácil gobernar a una población totalmente atomizada e inconexa”, y también porque el imaginario del “terror okupa” es el chivo expiatorio perfecto “para los especuladores de la vivienda”. Desde 2012, el precio de la vivienda en Barcelona se ha duplicado y ha alcanzado el máximo histórico de 4.587 euros por metro cuadrado, según los datos del Colegio Notarial de Cataluña.
“Estás más cerca de ser un okupa que un especulador”, afirman las activistas. En La Cinètika, por ejemplo, “hay mucha confluencia de ideologías políticas. Comunistas, anarquistas, socialistas, transfeministas, antiespecistas, gente de backgrounds super diferentes: desde los que vienen porque les flipa proyectar anime, las artes marciales, o gente que quiere cocinar todos los viernes en el comedor vegano”.
“Intentamos construir una realidad que es totalmente ajena a la que impera en el mundo de forma práctica”, reconocen. Lo suyo es un frente contracultural cuya organización no es tarea fácil. Administrar tres plantas, alrededor de diez salas de cine multiusos, unos 20 proyectos permanentes, asambleas generales abiertas cada dos semanas, repartos de alimentos, un taller de reparación de bicicletas, de cerámica… Según Laura, “requiere de mucho curro, pero de un curro que haces queriendo”.
“Al ser un lugar de ocio lejos del alcohol y las drogas se generan espacios diferentes, es menos individualista y se consiguen romper estas lógicas clientelares de ir a un sitio con un amigo, pagar y marcharse”. Laura considera que La Cinètika es la prueba viva de que existen métodos alternativos para sustentar las actividades de un espacio okupado y autogestionado, métodos que no erosionen tanto la militancia o el tejido de barrio como el alcohol.
“Además, la propia diversidad del espacio, su gente y el tipo de actividades que se hacen genera alianzas de puertas hacia fuera con otros espacios muy diferentes. Si en un momento dado alguien ataca al espacio, lo más probable es que encuentre la respuesta de otros entornos que puedan sentirse interpelados”, añade María. Prueba de ello es que los problemas de los activistas han llegado, incluso, a los oídos de un carismático ratón amarillo, Pokachu, que reparte pancartas y encabeza protestas. Sí, Pokachu, mascota y símbolo de la lucha de La Cinètika.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!