Opinión
‘Spider-Man: brand new day’: Un paso adelante, dos pasos atrás
Aunque va a funcionar en taquilla por pura inercia —se pronostica que sus primeros días de exhibición bastarán para alcanzar cifras de recaudación astronómicas—, esta cuarta entrega de las aventuras cinematográficas del hombre araña al que da vida Tom Holland afrontaba un desafío creativo resuelto tan solo a medias: cada escena apuesta por un ejercicio frustrante de paso adelante y dos pasos atrás, como escribió Vladimir Lenin en 1904. El revolucionario ruso apelaba por entonces a la dificultad de establecer un principio de vanguardia y cohesión marxistas capaz de impulsar de manera efectiva el camino del proletariado hacia horizontes inéditos para la lucha de clases, y las producciones de Spider-Man auspiciadas por Sony afrontan hoy por hoy el mismo dilema.
Algunos pensarán que comparar a Lenin con Kevin Feige y Amy Pascal, gestores respectivos de Marvel Studios/Disney y de Spider-Man y sus derivados —operados por Sony— es una boutade; pero se puede trazar al fin y al cabo un paralelismo innegable entre el pragmatismo comunista que siguió a los entusiasmos revolucionarios, y las necesidades capitalistas de prorrogar a cualquier precio una idea cultural feliz de acuerdo a las lógicas narrativas de la ficción y el mercado. Como señaló en su momento la Escuela de Frankfurt, comunismo y capitalismo han compartido la idea de que su madurez como sistemas pasaba por su implementación de una razón instrumental que comprende la pulsión tecnocrática, los cálculos de eficiencia, el control férreo de la producción.
En el caso que nos ocupa, el enorme éxito de la trilogía previa con Tom Holland al frente, que conformaron Spider-Man: Homecoming (2017), Spider-Man: Lejos de casa (2019) y Spider-Man: No Way Home (2021), aconsejaba una línea continuista en el retrato juvenil, doméstico y domesticado, del personaje tal y como lo había imaginado el director Jon Watts; pero la crisis por la que atraviesa el cine de superhéroes en los últimos años, y el crecimiento en la vida real de los fans de Spider-Holland, parecían recomendar un cambio de perspectiva, un paso adelante en la (re)configuración de Peter Parker y su alter ego superpoderoso.
El spiderverso ha dado voz así, dentro de su irregularidad, a las reflexiones críticas en torno a los superhéroes plasmadas por guionistas como Alan Moore
El desenlace de Spider-Man: No Way Home apuntaba de hecho en esa dirección: el mundo, incluyendo sus seres queridos —entre ellos su amada, MJ (Zendaya)—, olvidaba la existencia de Peter, y este se veía obligado a reinventarse en solitario, lo que constituía un back to basics en toda regla para él tras su desnaturalización a lo largo de las películas anteriores. De nuevo en la casilla de salida como personaje de ficción, con problemas y frustraciones muy similares a los que habían definido sus idiosincrásicos orígenes en los comic books —homenajeados explícitamente en varios planos de Spider-Man: No Way Home que emulan portadas canónicas a fecha de hoy—, Spider-Man tenía la oportunidad de avanzar hacia otra edad, la adulta; más aún, de arrastrar tras de sí al conjunto del Universo Cinematográfico de Marvel, que se ha adentrado en su sexta fase cargado con una pesada mochila de películas sin carisma, multiversos embarullados, villanos frustrados y una alarmante falta de ideas argumentales y formales de cara a legitimar su existencia.
Resulta significativo que la mejor escena de Spider-Man: Brand New Day sea aquella en la cual la mutante Jean Grey —el personaje más atractivo de la película, tanto por su intérprete (Sadie Sink) como por sus motivaciones y la visualización de sus poderes telepáticos— posee mentalmente a MJ y arrebata sin piedad a Peter sus ilusiones en torno a una posible recuperación de la memoria por parte de su expareja. DeMorbius (2022) a Kraven the Hunter (2024), pasando por las tres aventuras de Venom (2018-2024), el spiderverso en imagen fotorrealista de Sony ha tendido sin duda a la precariedad y el descuido, lo que no quita para que su visión del superhéroe haya sido más compleja que la omnipresente en Marvel Studios, al prestar atención a las facetas más desapacibles, incluso sórdidas e inquietantes, de este tipo de personajes. El spiderverso ha dado voz así, dentro de su irregularidad, a las reflexiones críticas en torno a los superhéroes plasmadas por guionistas como Alan Moore: “Podrías hacer cualquier cosa. Nunca más tendrías que volver a ser un humano aburrido. Podrías cortar todos tus lazos con la humanidad, podrías volverte imparable, implacable… y corromperte hasta el tuétano” (Miracleman).
Todo ello tiene reflejo en Spider-Man: Brand New Day, tanto en la descripción de Peter Parker como en la de Jean Grey, hermanados por una conciencia de anormalidad, de inadaptación frente a sus semejantes a consecuencia de sus superpoderes, que amenaza con hacer de una y otro monstruos. Es el gran hallazgo de la película, pues la negociación que ambos llevan a cabo para establecer un equilibro entre su naturaleza humana, social, y la pulsión animal o dionisíaca, trae consigo profundas connotaciones políticas al forzarles a madurar y reinterpretar su identidad y sus vínculos con el ejercicio de la justicia y la violencia, así como con la polis que constituye su hábitat: la ciudad de Nueva York, recuperada por Spider-Man: Brand New Day con mayor o menor fortuna como epicentro natural, orgánico, del Universo Cinematográfico de Marvel, lo que supone dejar de lado hasta cierto punto los excesos —visibles— del croma digital que tanto daño han hecho en los últimos años al cine de gran espectáculo.
Los pasos adelante de Spider-Man: Brand New Day respecto de sus antecesoras no son suficientes, sin embargo, para compensar los muchos traspiés o simples pasos atrás que laminan su desarrollo
Contribuyen a esa sensación de fisicidad superior a lo habitual en Marvel Studios la vibrante banda sonora de Michael Giacchino y, sobre todo, la labor del sustituto tras la cámara de Jon Watts, Destin Daniel Cretton. Como en su anterior realización para Marvel Studios, Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos (2021), Cretton compagina los efectos espectaculares de luz, color y destrucción de la propiedad con los derivados de la interacción posible o imposible entre los cuerpos (super)humanos. En algunos momentos —véanse la transmisión entre neoyorquinos de la telepatía de Jean, o el enfrentamiento final de Spider-Man contra los ninjas de La Mano—, dichas interacciones ostentan cualidades próximas en espíritu a la danza.
Estos meritorios pasos adelante de Spider-Man: Brand New Day respecto de sus antecesoras no son suficientes, sin embargo, para compensar los muchos traspiés o simples pasos atrás que laminan su desarrollo. En primer lugar, el juego reiterado hasta lo exasperante con la intriga en torno a si el mejor amigo de Peter, Ned Leeds (Jacob Batalon) y, por supuesto, MJ, van a recordarle, que atenta contra la ambición de pasar página, de crecer como ficción. Pero, además, en nombre del continuismo y la insoportable levedad del ser, la película incide en los numerosos defectos que han hecho poco a poco de las producciones de Marvel Studios divertimentos a medio gas y artefactos deudores de las estrategias corporativas: el humor tontorrón, la aparición no siempre justificada de otros superhéroes y supervillanos —Hulk, Viuda Negra y el Castigador, entre otros—, una duración desmesurada y un escaso sentido del ritmo…
Queda en manos de cada cual decidir si el amago de la película por hacer que Spider-Holland progrese como personaje tiene credibilidad, o si termina sepultado por los intereses creados y la cobardía creativa. Spider-Man: Brand New Day se eleva como propuesta superheroica por encima de lo que se nos ha acostumbrado, pero no tenemos claro si se debe a méritos propios o a que el género anda en la actualidad bajo mínimos artísticos.
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