Imaginación y espejismos

Cualquier “refundación de Europa” tiene que empezar de abajo hacia arriba, usando las herramientas políticas disponibles en las democracias nacionales con la esperanza de llegar a ser en algún momento lo suficientemente fuertes como para dictar su voluntad a los Estados y gobiernos de turno.

Sede de la Comisión Europea
Sede de la Comisión Europea en Bruselas.
Wolfgang Streeck

Director emérito del Max Planck Institute for the Study of Societies.

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Traducción: Eduardo Pérez

publicado
2017-12-17 06:38:00

La imaginación es esencial en la política, pero las fantasías y los espejismos pueden ser mortales. Sigue siendo un misterio cómo los líderes catalanes pudieron haber esperado que Bruselas acudiera en su rescate. La Unión Europea es propiedad de sus Estados miembro, que la usan para imponer en sus países las políticas que ellos no serían capaces de imponer por sí mismos.

La independencia, la soberanía, la autonomía para las sociedades infrarrepresentadas en los Estados-nación actuales deben ganarse en casa y, de hecho, ganarse contra el frente unido de los Estados miembros de la UE. Y una vez ganada esa batalla, si se gana en algún momento, la obtención por el nuevo Estado de su condición de miembro de la la UE solo se producirá si cuenta con la aprobación del viejo Estado. Más les vale a los secesionistas prepararse para sobrevivir fuera de la UE.

Los sueños políticos deben incluir el camino que va desde aquí hasta allí; de lo contrario, no son más que entretenimiento. La historia únicamente puede producir el futuro a partir del material que ha producido en el pasado; no es un tranvía del que te puedas bajar a placer.

Yannis Varoufakis no ayuda a la causa del progreso europeo pintando el cuadro amable de la “Europa de las regiones”

Las instituciones incluyen reglas que regulan cómo pueden cambiarse. Si se considera que estas son demasiado restrictivas, deben derogarse; esto se llama revolución. Pero antes de intentar una, debes hacer inventario de tus propias tropas y compararlas con las del enemigo. Empieza a disparar tan solo si entiendes que existen perspectivas razonables de que no serás acribillado sin esperanza alguna.

Yannis Varoufakis no ayuda a la causa del progreso europeo pintando el cuadro amable de la “Europa de las regiones” en el que pequeñas entidades políticas regionales sustituirán a los actuales Estados-nación hoy existentes. Antes de saber exactamente cómo se dividiría el poder entre Glasgow, Barcelona, Múnich, Milán, Venecia y entidades similares, por un lado, y Bruselas, por otro, haríamos bien en preocuparnos por el hecho de que la regionalización podría transferir la soberanía hacia arriba en vez de descentralizarla horizontalmente hacia abajo.

Más a corto plazo, Varoufakis debe explicar cómo se creará y qué composicion tendrá esa Convención Constitucional que ha de reemplazar a los Estados-nación por las regiones como unidades constituyentes de la UE, y explicar a continuación cómo tal sustitución será aprobada mediante los correspondientes referéndums y los parlamentos nacionales. ¿Se puede concebir que los Estados miembro de la UE establezcan una convención para convertir la Europa de los Estados-nación en la “Europa de las regiones”? ¿Que Francia, por ejemplo, se mostrará dispuesta a ser diseccionada en cuatro o cinco partes?

La alternativa sería una asamblea revolucionaria, nada menos. ¿Quién la convocará? ¿Quién la compondrá? ¿Quién garantizará que sus miembros no serán encarcelados por sus gobiernos nacionales por alta traición y sedición? Si uno no puede convocar una convención revolucionaria en su país de origen, por ejemplo, en España, ¿por qué esperar la convocatoria de una en “Europa”?

Tal y como están las cosas, espejismos aparte, cualquier “refundación de Europa” tiene que empezar de abajo hacia arriba, usando las herramientas políticas disponibles en las democracias nacionales —incluyendo las huelgas, las manifestaciones, la desobediencia civil, las elecciones, etc.— con la esperanza de llegar a ser en algún momento lo suficientemente fuertes como para dictar su voluntad a los Estados y gobiernos de turno. No confiemos en Bruselas y no intentemos dar el último paso antes del primero.

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