Camino al paraíso
Producir bien, comer mejor
Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto. @pablorcebo.bsky.social, pablo.rivas@elsaltodiario.com
Es una tarde cualquiera de un día entre semana. La gente va llegando a cuentagotas. Llevan bolsas de rafia y carritos de la compra; otros ya están en el local, hoy con barro en las manos. El entorno es urbano, pero el olor (más tarde se sumará el sabor) es rural, a campo. Como cada semana, vienen a por sus verduras. Vegetales ecológicos, frescos y de proximidad, siempre de temporada.
Parece simple; no lo es. Para hacer esto posible alguien ha tenido que manejar la complejidad de la parcela agraria; hacer crecer los alimentos, con mimo y con números. Porque tiene que salir a cuenta, y en la era de Amazon, de la agricultura intensiva y de la crisis climática eso no es fácil. Más si hablamos de agricultura ecológica. Esas personas han tenido que coordinarse con las del pueblo o la ciudad, las que reciben y consumen el género. Gente que dedica un extra de tiempo a menudo muy difícil de obtener a un consumo que prima alimentos cultivados ecológicamente; verduras, frutas y hortalizas que han crecido en una huerta lo más cercana posible, que no han cruzado en un contenedor el planeta dopadas de químicos o en entornos artificiales. Todo con un fin nada desdeñable: cuidar. Cuidar el cuerpo (no es solo comer sano, es comer rico), cuidar la tierra, cuidar al agricultor, cuidar el planeta.
Las opciones son múltiples. Hay grupos pequeños, basados en el voluntarismo de quien los forma, en los que solo se sirve verdura. Los hay que suman fruta, huevos, carne, pasta, productos lácteos, pan... Y existen cooperativas con un tamaño considerable y toda una estructura empresarial sin desdeñar los principios sociales y sostenibles del movimiento agroecológico. Hay cestas cerradas, que contienen lo que ha planificado y sacado para esa semana (o quincena) el productor. Y cestas en las que la unidad de consumo (una persona, quienes comparten un piso, una familia) pide a demanda en base a apps o formularios digitales. Hay grupos que deciden remunerar la organización y recepción de los pedidos, y otros en los que todo se hace entre quienes lo forman, organizando turnos para repartir la verdura y preparar las cestas. A menudo se establecen en locales asociativos, espacios que les ceden alguna estancia unas horas, por lo que se suele pagar una módica cantidad. Otros resisten en los pocos centros sociales —okupados o no— que no han sucumbido al rodillo inmobiliario y a la política de eliminación de todo espacio que sirva de encuentro social ciudadano. Eso sí, la figura del intermediario tiende a cero.
Bajo el Asfalto está la Huerta! (BAH!) es, junto con la coordinadora de Grupos Autogestionados de Konsumo (GAK), uno de los espacios más representativos de la primera época de este movimiento a nivel estatal
Los grupos de consumo y los modelos de consumo ecológico y de cercanía llegaron hace tiempo para quedarse. Aunque no es una fórmula masiva, lejos quedan los tiempos en los que esto era una práctica residual e incipiente de unos pocos titanes que abrieron el camino allá por los años 90 para crear otro modelo de producción, distribución y consumo agrícola alejado de las grandes superficies y de la producción industrial.
Daniel López sabe de todo esto. Lleva años investigando sobre agroecología desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y estuvo en los inicios de este movimiento como parte del equipo fundador de uno de los colectivos que abrieron brecha en Madrid, en los últimos años del siglo XX, Bajo el Asfalto está la Huerta (BAH!). Nacido de un grupo de debate sobre territorio y autogestión ligado principalmente a la universidad —aunque no solo—, siempre desde una perspectiva anticapitalista, el BAH! es, junto con la coordinadora de Grupos Autogestionados de Konsumo (GAK), uno de los espacios más representativos de la primera época de este movimiento a nivel estatal. “El BAH! era un ejemplo de cómo construir un modelo económico en el que gente de la ciudad pasa a gestionar partes del territorio en una lógica no capitalista”, cuenta este investigador.
En un territorio donde la agricultura ecológica (casi) brillaba por su ausencia, el concepto de autogestión alimentaria no se había extendido y la sensibilidad por una alimentación sostenible y saludable estaba por desarrollarse, crear algo así no fue fácil. “Había muy poca producción. Las iniciativas productivas eran muy precarias y había muy poco volumen y muy poca demanda, con lo que distribuir en Madrid salía caro”. Hablando en plata: “Era un horror para los productores: echarle ocho horas en atascos sirviendo a un grupo de consumo en Estrecho, otro en Carabanchel y otro en Hortaleza”. Estas dificultades, no obstante, se suplieron “con muchísimas ganas y una visión súper activista del consumo agroecológico”.
Ese cóctel creció a la par que la conciencia ecológica y el movimiento antiglobalización, con un incremento muy fuerte de este tipo de iniciativas en la primera década de los años 2000. No obstante, Daniel habla de un punto de inflexión en torno a 2014 y 2015 que supuso un parón en todo este proceso, con la generalización de la gran superficie de barrio —el llamado ‘Modelo Mercadona’— y muchos supermercados integrando poco a poco alimentos ecológicos. Aunque aquí matiza que muchos operadores de la cadena alimentaria han hecho innumerables esfuerzos por confundir tanto a consumidor como al productor sobre qué puede llamarse sostenible y qué no. “A partir de ahí comienza a haber cierta crisis. Los grupos de consumo pequeños van perdiendo fuerza y aparece también la reflexión de que hay que incrementar escala, con iniciativas como La Osa en Madrid o Biolibere en Getafe”. Es entonces cuando aparecen las propuestas de esos grandes supermercados cooperativos y ecológicos, aunque algunas iniciativas como Landare, en Iruña, o La Ortiga, en Sevilla, ya llevaban tiempo en funcionamiento.
“La articulación de las pequeñas iniciativas en el territorio es absolutamente vital”, sostiene Daniel. Es más: “Si no, no hay futuro”, defiende
Lo que está claro es que, como remarca Daniel, “cuesta mucho mantener este tipo de iniciativas, sobre todo las más pequeñas, y especialmente desde la producción”. Él aboga por una redefinición de la escala de los proyectos para hacer todo esto sostenible, humana y económicamente. “Durante mucho tiempo las mejores horas de las mejores activistas agroecológicas se han dedicado a limpiar locales de reparto y a hacer excels para gestionar un euro arriba, un euro abajo, lo que se pagaba al productor”. Habla de una necesidad de redimensionar los proyectos, articular las pequeñas iniciativas de cada territorio y estructurar puntos de venta. También de una tendencia a “profesionalizar algunas tareas, digamos, más administrativas” con un objetivo de “organizar cosas para que la parte más activista pueda dedicarse a otras cosas, lo que viene a ser el modelo de las grandes cooperativas, donde la energía se enfoca más en dinamizar la propia cooperativa, realizar actividades o fomentar la formación en agroecología o, incluso, cocina”. Porque hay que cuidar todas las patas del proceso: “Si no se cocina producto fresco y vegetal no hay transición agroecológica”. No le falta razón.
Tras más de 30 años de iniciativas en el Estado español, si bien muchas están asentadas, no hay que bajar la guardia. “En un momento en que la globalización es cada vez más bruta y todo los recursos públicos se están concentrando en fomentar la fusión de los grandes operadores para que sean aún más grandes y puedan competir en un mercado global, la articulación de las pequeñas iniciativas en el territorio es absolutamente vital”, sostiene Daniel. Es más: “Si no, no hay futuro”, defiende, añadiendo que “lo que es vital para nosotros es que existan todas estas iniciativas”.
Una pregunta para terminar, ¿dónde vas a ir hacer la compra esta tarde?
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