Opinión
¿La tecnología nos salvará del desierto?
Emilio Santiago Muíño y Héctor Tejero acaban de publicar España contra el desierto (Arpa, Barcelona 2026), subtitulado “cómo convertir la emergencia climática en un gran proyecto de prosperidad para nuestro país”. Los autores están convencidos de que España puede y debe convertirse en “la superpotencia energética de una futura Europa descarbonizada”, como han explicado también en algunos artículos de prensa.
Es de agradecer el esfuerzo de los autores por aterrizar la reflexión ecopolítica en la realidad española, y también que vayan dejando atrás las plantillas de cierto errejonismo al que han estado muy apegados (aunque lo llamen “neogramscismo”) e incorporen elementos del análisis político más clásico (la teoría de los clivajes, por ejemplo). Toda la elaboración en torno al nuevo bloque histórico climático me parece valiosa. También es interesante que ahora consideren como una posibilidad real la extinción de la especie humana (p. 30 de España contra el desierto): si no me equivoco, esto antes lo descartaban por completo, como una más de las exageraciones que achacaban a un “colapsismo” levantado como espantapájaros frente al que desplegar su propio proyecto (de progresismo verde o ambientalismo pragmático”). Se equivocan de enemigo al seguir empeñados en su batalla contra lo que han construido como “ecologismo colapsista”, batalla que a mi entender resulta negativa para las posiciones ecologistas en su conjunto.
Me parece errónea (ilusoria en gran medida) la noción de “prosperidad ecológica”, que constituye el eje central del libro. La idea de una “revolución ecológica de las fuerzas productivas” no tiene mucho fundamento. Eso se puede mostrar en relación con el despliegue de las renovables de alta tecnología, pero todavía más con el nuevo entusiasmo por lo “regenerativo”. El adjetivo está sufriendo rápidamente el mismo vaciamiento semántico que se cebó con la palabra “sostenible” hasta inutilizarla. Y es que nuestra querencia por resolver (imaginariamente) problemas reales aplicando trucos verbales parece inagotable. En un foro organizado hace unos meses por el diario El Mundo en Las Palmas de Gran Canaria, la Consejera de Turismo y Empleo del Gobierno del archipiélago expuso que hacía falta un cambio de modelo hacia lo que llamó turismo regenerativo (lo contaba el Diario de avisos el 19 de septiembre de 2025). ¡“Turismo regenerativo”! Lo que tendremos que oír… ¿Por qué no hablar, ya puestos, de extractivismo regenerativo? ¿Y quizá de ecocidios regenerativos?
Se equivocan de enemigo al seguir empeñados en su batalla contra lo que han construido como “ecologismo colapsista”, batalla que a mi entender resulta negativa para las posiciones ecologistas en su conjunto
Vuelvo a España contra el desierto. Los autores se entusiasman con la agricultura regenerativa, pero “regenerativa” también funciona aquí sobre todo como una etiqueta propagandística: no hay novedades en la llamada agricultura regenerativa que la agroecología no venga estudiando y proponiendo desde hace decenios. Y una transición agroecológica es del todo necesaria y urgente, según señalan Santiago y Tejero con razón, pero no conducirá a la “prosperidad ecológica” (en el sentido limitado y convencional de mayor producción aprovechable por los seres humanos). No, sobre todo si limitamos el regadío (por lo que nuestros autores abogan con buenos argumentos) tendremos menores, no mayores producciones. Lo de la “nueva etapa de exuberancia de la producción de biomasa primaria” (p. 83) no tiene ningún sentido desde el conocimiento agronómico y ecológico. Entonemos nuestro ¡viva la permacultura!, pero sin autoengaños.
La problemática neocolonial del nuevo extractivismo verde ni siquiera existe, desde la óptica de este libro (como tampoco existe para Here comes the sun, de Bill McKibben, que han prologado Santiago y Tejero y que resulta tan concomitante con sus propias posiciones). Así, asistimos a una legitimación implícita de los modos de vida imperiales y del imperialismo que les subyace. ¿El Electroestado debería ser el horizonte ecologista? No, sino sociedades reintegradas (de forma gaiana) en la biosfera terrestre. Así, todo el capítulo 2 resulta muy engañoso, igual que anteriormente lo era hablar del colapso ecológico como un mito que había de ser combatido (Emilio Santiago Muíño publicó Contra el mito del colapso ecológico en 2023). Optando por la ilusión de la “abundancia radical” (importada del progresismo estadounidense) y la supuesta “vida de ricos dentro de los límites ecológicos” los autores se sitúan, en buena medida, fuera del ecologismo, que opera con una noción de suficiencia. No por enamoramiento de la pobreza sino por reconocimiento de los límites biofísicos y por consciencia de que compartimos la biosfera terrestre con trillones de otras formas de vida, que necesitan su propio espacio ecológico. ¿Abundancia? Permítanme evocar al viejo sabio de Samos: nada es suficiente para quien lo suficiente es poco.
El tecnoentusiasmo que recorre toda la obra es mal consejero. Los autores llegan a afirmar que “lo esencial es no olvidar que la tecnología es apropiable” (p. 56), un verdadero disparate desde cualquier filosofía de la técnica que no pierda de vista las metas ecologistas y socialistas de emancipación humana (¿la energía nuclear, o la inteligencia artificial general, son apropiables?). Un obstáculo en este camino de cornucopia es el sólido trabajo del historiador francés Jean-Baptiste Fressoz, quien muestra, a través de un análisis minucioso y bien documentado, cómo las supuestas transiciones energéticas en el pasado han operado no sustituyendo sino sumando (vale decir, añadiendo mayores cantidades de energía mientras que las fuentes antiguas no se dejaban atrás, sino que se seguían explotando). Santiago y Tejero dedican a Fressoz unas pocas líneas en la p. 68 de su libro, queriendo hacer creer que lo rebaten cuando ni siquiera han entrado en discusión con él.
Lo que presentan nuestros dos autores como avance es en gran medida retroceso: se pierden más atrás del reconocimiento realista de que el horizonte no puede ser un comunismo o un socialismo de la abundancia (¡todavía menos un capitalismo de la abundancia!), lo cual precisamente constituyó el punto de partida de la revisión ecosocialista de la tradición marxista (en los años setenta del siglo pasado). Por eso las cuestiones éticas (y cierta ascesis ecologista) no pueden obviarse. Los conflictos distributivos no pueden plantearse sólo intramuros, sino (desde una perspectiva ecologista) también extramuros.
La “prosperidad ecológica”, si es de verdad ecológica, no va a ser muy próspera; y si es muy próspera (en el sentido convencional), no va a ser demasiado ecológica
El horizonte de España frente al desierto tiene que ver en definitiva con la modernización ecológica socialdemócrata (ya formulada también en los años 70 en la República Federal Alemana, y a la que ahora añadimos la angustiosa urgencia de la crisis climática), no con el ecologismo consecuente. Desaparece la perspectiva crítica respecto del capitalismo, como analizó con acierto Martín Lallana en su revisión de toda esta corriente política. En fin: la “prosperidad ecológica”, si es de verdad ecológica, no va a ser muy próspera; y si es muy próspera (en el sentido convencional), no va a ser demasiado ecológica. Ojalá pudiéramos limar más las aristas de la tragedia de nuestro tiempo.
¿Qué quiere decir “soluciones concretas a los problemas concretos de la gente”? Si lo que se sugiere es: va usted a poder seguir viviendo como lo hace ahora, pero a base de energías renovables, hay que decir que no: eso no es posible. Este libro, en alta medida, hemos de verlo como un talentoso ejercicio de eso que los psicólogos llaman razonamiento motivado: me propongo un objetivo (“¡hay que disipar las nieblas de la ecoangustia y animar a la gente a cambiar las cosas, sobre todo mediante el voto!”) y elijo mis evidencias y argumentos en función de ese fin (sin que las realidades molestas me distraigan del objetivo).
Ahora, leemos, “el antropólogo e investigador Emilio Santiago Muíño impulsa el lema “Abundancia o barbarie” como eje central del Festival Solarpunk, concebido para debatir sobre futuros sostenibles y justicia social. El evento se celebrará del 20 al 22 de noviembre de 2026 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid…” Pero no es “abundancia o barbarie”: es igualdad social (y autocontención) o barbarie; es ecosocialismo feminista o barbarie. Pues el sociólogo y filósofo sueco Carl Cassegard (apoyándose en Theodor W. Adorno) subraya un asunto clave: poner fin a la dominación (incluyendo la dominación sobre la naturaleza) sería posible en cualquier momento, con independencia del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Como explicó en una reciente conferencia en Madrid, “resulta crucial desprendernos de la preconcepción de que sólo el continuo desarrollo de las fuerzas productivas y los crecientes niveles de abundancia pueden conducirnos a un mundo más libre. Si la riqueza material fuera realmente una premisa para la emancipación, entonces no sólo tendríamos que asumir que nunca hubo una libertad verdadera en las sociedades antiguas, sino que también tendríamos que extraer la desoladora conclusión de que no habrá margen para la libertad tras un colapso [ecosocial]. (…) Debemos recordar que la libertad, tal como Adorno lo expresa, siempre ha sido posible, incluso en tiempos en que las condiciones [socioeconómicas] aún no estaban maduras y hasta cuando los movimientos que la perseguían fracasaron (como los de Espartaco, Müntzer o Babeuf), y que seguirá siendo posible incluso en un mundo posterior al colapso” (Cassegard, “Does freedom presuppose affluence? Critical Theory, planetary catastrophe and the productive forces”, ponencia en el seminario Ante callejones sin salida: la teoría crítica, entre catástrofe y utopía, Facultad de Filosofía de la UCM, Madrid, 23 de octubre de 2026).
Sin abrigar cierto ecopesimismo, hoy, uno se está engañando (y engañando a los demás). La escritora Blanca Lacasa se refiere a pensadoras como Valeria Luiselli o Lucrecia Martel “que están en contra de abrazar el pesimismo. No dejarse caer en la impotencia y seguir siendo amable es un gesto político”. Claro que sí; pero ¿por qué diablos se cree que el pesimismo excluye la amabilidad, o el continuar la lucha? Como dice un aforismo de Javier Puche, estamos “en contra del optimismo irreflexivo y a favor del pesimismo responsable que se esfuerza en cambiar el mundo”. Hay que evocar una y otra vez aquel verso clave de Claudio Rodríguez: “Estamos en derrota, nunca en doma”.
Lo solarpunk es una buena broma, pero no necesitamos ahora esa clase de bromas, sino lucidez y coraje para afrontar una situación histórica extrema. Reconocer que avanzamos rápidamente hacia catástrofes no es catastrofismo, es realismo. Reconocer que nos hallamos ante un horizonte de colapso no es colapsismo, es realismo. Y en esta trágica situación, diría que dos poderosas fuentes de esperanza contrafáctica son: 1) la vida en la Tierra seguirá adelante, también tras la Sexta Gran Extinción que hemos puesto en marcha. 2) Cabe poner fin a la dominación en cualquier momento, también en el indeseable mundo poscolapso.
Si nos cuidamos mutuamente –si nos amamos–, incluso en las condiciones más difíciles cabe imaginar una vida buena. Los recursos pueden ser limitados y los entornos hostiles; aun así, la distancia que va de la cooperación a la lucha competitiva es la que media entre paraíso e infierno. Pero si no dejamos atrás el ethos capitalista (apropiación, dominación, expansión, competición), estamos perdidos.
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