Morir de calor no es un accidente, es una cuestión de clase y desigualdad, según un reciente estudio

Un informe del observatorio IDRA estudia datos reales de 311 municipios catalanes y concluye que la mortalidad y el sufrimiento por calor “son el resultado de unas desigualdades que el clima amplifica, pero no origina”.
Barcelona 0626 - 4
Carril bici en Barcelona, con la Torre Glòries al fondo. Álvaro Minguito
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9 jul 2026 09:44 | Actualizado: 9 jul 2026 10:45

Morirse de calor no es solo una frase hecha, es una realidad avalada por los datos estadísticos. En todo el mundo mueren cada año 560.000 personas por las altas temperaturas, según Lancet Countdown, 180.000 de ellas en Europa. La mortalidad causada por el calor ha ido aumentando a medida que las temperaturas baten récords año a año a causa de la crisis climática. Desde los años 90, la cifra de muertes causadas por el calor ha crecido un 23%.

Frente a los argumentos de la derecha política y mediática, el informe ¿Quién puede protegerse del calor?, elaborado por el observatorio IDRA, desarma los argumentos más repetidos por el negacionismo liberal: la mortalidad creciente vinculada con la crisis climática es una realidad ya asentada y no se trata de “accidentes meteorológicos”. Se trata, más bien, de una cuestión de clase y de desigualdad, de quién tiene acceso a métodos de refrigeración, de los trabajos que realiza, del estado de la vivienda y del territorio en el que habita, precisa este estudio. Las muertes de calor son “el resultado de un sistema de desprotección social” que nunca contempló este escenario de crisis climática.

La muertes por calor se sitúan en barrios de renta baja, donde no hay aire acondicionado, las viviendas están mal aisladas, afecta en mayor grado a las personas mayores y con mayor incidencia en las mujeres

Las muertes, según este trabajo de IDRA, no se reparten de manera arbitraria ni casual. Se sitúan en barrios de renta baja, donde no hay aire acondicionado, las viviendas están mal aisladas, afecta en mayor grado a las personas mayores y con mayor incidencia en las mujeres.

La investigación, hecha pública este 9 de julio y realizada con datos reales en 311 municipios de la provincia de Barcelona, identifica una gran brecha en el acceso al aire acondicionado. El porcentaje de viviendas con sistema de refrigeración pasa del 38,9% entre los hogares de menos de mil euros al mes al 71,2% en las familias que ingresan más de tres mil euros. Este abismo de 32 puntos se repite, sin excepción, en los 16 municipios de más de 50.000 habitantes con muestra suficiente. Se trata de una cuestión de clase: “La renta decide quién puede combatir el calor dentro de la casa”.  

En la ciudad de Barcelona, detalla el informe, los hogares de rentas bajas tienen la mitad de acceso al aire acondicionado que las rentas altas. Sin embargo, desde IDRA matizan que el aire acondicionado no puede ser la única solución para combatir los aspectos más graves de la crisis climática. Se deben acompañar de mejoras en el aislamiento de los edificios, aumentar la superficie de parques urbanos, crear refugios climáticos, entre otras medidas.

Además de la crítica ecologista al aire acondicionado —un método de refrigeración que agrava el problema que causa las altas temperaturas—, este sistema no funciona igual en todas las viviendas. “Un piso sin aislamiento en una isla de calor urbana acumula temperatura interior día tras día durante una ola, aunque tenga aparato, hasta llegar a registros incompatibles con la salud de las personas mayores o enfermas que viven en él”, explican.

El calor y la desigualdad

Los factores que determinan que una persona muera y otra no ante la misma ola de calor son la renta, la edad, las enfermedades previas y el género, según el estudio de IDRA. “La intensidad de la ola explica por qué muere más gente un año que otro; la distribución de la renta, la vivienda y el cuidado explica quién muere concretamente cada año”, explican.

No es algo nuevo. En la ola de calor de julio de 1995 en Chicago, cuando murieron 739 personas en una sola semana, los mapas de la mortalidad y de la pobreza coinciden línea a línea. Los barrios afroamericanos del sur y del oeste, abandonados por décadas de desinversión comercial y con un tejido vecinal erosionado, concentraron la mayoría de víctimas, apuntan los autores. “Quién muere en una ola de calor lo hace por razones sociales antes que meteorológicas”, explican. Ocurre lo mismo en los municipios estudiados en la provincia de Barcelona: los de menos renta concentran la mayoría de muertes.

En el caso estudiado, el mayor riesgo de morir en una ola de calor se concentra en 39 municipios, aquellos que cumplen a la vez tres condiciones: renta baja, parque de viviendas deficiente y una gran exposición al calor

En el caso estudiado, el mayor riesgo de morir en una ola de calor se concentra en 39 municipios, aquellos que cumplen a la vez tres condiciones: renta baja, parque de viviendas deficiente y una gran exposición al calor. En ellos conviven dos realidades: “ciudades medianas y pueblos del interior que se cuecen de día” (Manresa, Cardona, Artés), que entran sobre todo por el estado del parque, y el continuo metropolitano y la costa donde la noche no refresca (l'Hospitalet, Santa Coloma, Badalona, Cornellà, Sant Boi), “que entran por la antigüedad de un parque denso y envejecido”.

La renta es uno de los factores principales, pero no el único. La edad es otro de los determinantes. En el verano de 2022, murieron diez veces más las personas de más de 80 años que las de 65-79. Y el género también afecta, según los datos estadísticos trabajados por IDRA: la afectación entre mujeres es un 56% superior. “El perfil de riesgo se repite con constancia en todas las olas estudiadas: una mujer mayor, enferma, en un barrio de renta baja, sin aire acondicionado”, resumen.

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