Análisis
Un amor extraño, o como aprendimos a despreocuparnos y amar la Bomba

La pregunta de fondo es incómoda: ¿cómo dejamos de temer el fin del mundo justo cuando las condiciones para provocarlo se vuelven más complejas y más automáticas?.
Se llevaron a cabo 928 ensayos nucleares en el antiguo emplazamiento de Nevada. Fuente: Administración Nacional de Seguridad Nuclear, EEUU
Se llevaron a cabo 928 ensayos nucleares en el antiguo emplazamiento de Nevada. Fuente: Administración Nacional de Seguridad Nuclear, EEUU Beyond Nuclear
1 jun 2026 05:00

Hubo un tiempo —parece el paleolítico, pero apenas han pasado unas décadas— en el que millones de personas salían a la calle porque creían que podían morir abrasadas en quince minutos.

No era una paranoia. Era una descripción técnica.

La doctrina nuclear de la Guerra Fría no era una metáfora, era una arquitectura administrativa del exterminio entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Tenía siglas elegantes —MAD, Mutual Assured Destruction, Destrucción Mutua Asegurada, pero también “loco”— que suenan a think tank (¿tanque de pensamiento?) con moqueta azul y café recalentado. Pero lo que significaban era algo bastante más vulgar, que, si Washington lanzaba misiles intercontinentales, Moscú respondía con los propios; si Moscú respondía, Washington volvía a lanzar; si alguien dudaba, había submarinos preparados para recordarle que la especie humana era perfectamente prescindible.

Durante décadas el planeta descansó sobre una lógica directamente suicida como era evitar la guerra mediante la certeza de que una guerra acabaría con todo. Esto es la “Paz nuclear”, que era igual a la capacidad de destruir al adversario incluso después de ser destruido.

Ahí empezó también una de las mayores operaciones de blanqueamiento histórico del siglo XX como fue presentar la era nuclear como un periodo de racionalidad estratégica

Decir que funcionó sería excesivo. Más bien no estalló una guerra termonuclear global por pura combinación de miedo, suerte y burocracia militar. Porque mientras las élites estratégicas celebraban su equilibrio del terror, el planeta se convirtió en un laboratorio radiológico a cielo abierto.

Ahí empezó también una de las mayores operaciones de blanqueamiento histórico del siglo XX como fue presentar la era nuclear como un periodo de racionalidad estratégica. Una especie de ajedrez entre caballeros sobrios.

La realidad fue bastante menos elegante, se trató de una irresponsabilidad industrial a escala planetaria. 

Estados Unidos realizó más de 1.000 pruebas nucleares entre 1945 y 1992, muchas de ellas en Nevada y Nuevo México. En Nevada, poblaciones enteras fueron expuestas a lluvia radiactiva. Ganaderos, pueblos indígenas y soldados enviados a observar explosiones como si aquello fuese una demostración de fuegos artificiales patrióticos. Los llamados downwinders llevan décadas recordando algo incómodo, el Estado que prometía protegerlos los utilizó como cobayas nacionales.

Antes estuvo Trinity, en julio de 1945, en Nuevo México. La explosión fundacional del Proyecto Manhattan. El mito tecnológico estadounidense tiene allí uno de sus altares. Menos conocido es que comunidades hispanas e indígenas cercanas fueron expuestas sin información ni protección. Nadie les pidió consentimiento ni les dio explicaciones.

El programa atómico civil y militar nunca estuvieron realmente separados. El átomo “pacífico” fue, en buena medida, la lavandería moral del átomo militar

Jean-Marc Royer, en El mundo como proyecto Manhattan (El Salmón, edición española de 2022), explica algo que los apologetas nucleares prefieren esconder bajo toneladas de propaganda energética: el programa atómico civil y militar nunca estuvieron realmente separados. El átomo “pacífico” fue, en buena medida, la lavandería moral del átomo militar. Royer lo plantea con brutal claridad: el complejo nuclear global convirtió vastos territorios en zonas de sacrificio humano y ambiental. 

Y después está Japón, que Occidente recuerda siempre de forma muy selectiva. Hiroshima y Nagasaki han sido reducidas a dos imágenes congeladas en el tiempo como son el hongo nuclear y el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo demás desaparece. En el relato oficial desaparecen los hibakusha, la radiación posterior, los cánceres y décadas enteras de sufrimiento lento.

La narrativa oficial estadounidense sigue defendiendo que las bombas “evitaron más muertes”. Curiosa ética es esta de asesinar instantáneamente a decenas de miles de civiles para salvar una abstracción estadística.

Fue una demostración de terror estatal convertida después en doctrina estratégica respetable. Y funcionó tan bien como espectáculo de poder que el resto de potencias entendió inmediatamente cuál era el mensaje, a saber, quien tiene la bomba tiene asiento en la mesa.

Eisenhower y los “Átomos para la Paz”

En 1953 el presidente de los Estados Unidos y general de cinco estrellas Dwight Eisenhower lanzó su programa Atoms for Peace ante el mundo. El nombre parece escrito por un publicista con resaca y con complejo mesiánico.

El nombre era tan obsceno que casi parecía una parodia. En realidad, era propaganda geopolítica bastante transparente.

Estados Unidos necesitaba dos cosas con esto, por un lado, legitimar su liderazgo nuclear y por el otro expandir tecnología atómica bajo su marco de influencia. Se vendió como cooperación científica global. Llamémoslo también proliferación controlada. Se distribuyeron reactores, conocimientos, combustible y legitimidad política bajo la idea de que el átomo civil traería modernidad. En realidad, muchos programas nacionales de armas nucleares nacieron de ese paraguas.

India es un caso paradigmático, pues utilizó su infraestructura nuclear civil y en 1974 detonó su primera bomba bajo el grotesco nombre de “Smiling Buddha” (Buda sonriente). Incluso para la era atómica hacía falta una dosis especial de cinismo para bautizar así una bomba. 

Israel o el elefante atómico en la habitación

Aquí aparece otra hipocresía bastante menos comentada. Si Irán enriquece uranio, amenaza global. Si Corea del Norte prueba misiles, barbarie oriental. Si Pakistán amplía su arsenal, preocupación internacional. Si el Estado israelí posee entre 80 y 200 cabezas nucleares según múltiples estimaciones internacionales, pues, silencio administrativo, por ejemplo. El régimen sionista nunca ha reconocido oficialmente su arsenal, pero tampoco lo ha negado seriamente (la Organización Internacional de la Energía Atómica nunca va de visita por allí). Mantiene una doctrina de “ambigüedad estratégica” que sólo funciona porque Washington y Europa participan activamente en el teatro.

Si Irán enriquece uranio, amenaza global. Si Corea del Norte prueba misiles, barbarie oriental. Si el Estado israelí posee entre 80 y 200 cabezas nucleares, silencio administrativo

El reactor de Dimona lleva décadas siendo el secreto peor guardado del planeta. Mordechai Vanunu, físico del programa israelí en Dimona, reveló información crítica en 1986. ¿El resultado? Secuestro, prisión, tortura y ostracismo.

La prensa occidental habla de proliferación como si fuese un problema moral selectivo. No lo es. Es un problema jerárquico. Unos pueden tener armas nucleares porque son “aliados responsables”. Otros no porque pertenecen al catálogo de enemigos necesario para mantener presupuestos militares obscenos. Esto no es una política de no proliferación, esto es una jerarquía nuclear bastante obscena.

Colonialismo radiactivo

Mururoa, Fangataufa, Bikini, Enewetak. Nombres exóticos y paradisíacos convertidos en sinónimos de devastación.

Francia hizo pruebas nucleares, primero en el Sahara y luego en la Polinesia durante décadas. Estados Unidos convirtió islas enteras del Pacífico en verdaderos vertederos estratégicos. Los habitantes locales fueron tratados como si no existieran o, peor aún, como si fuesen demográficamente irrelevantes. La Unión Soviética tampoco tuvo muchos miramientos en la extensa Siberia.

Colonialismo clásico con partículas alfa…

La lógica era transparente: si vas a contaminar durante siglos, mejor hacerlo lejos de París, Washington, Moscú o Londres.

Hemos perdido el miedo

Lo verdaderamente inquietante viene después. 

Durante la década de 1980 existía una conciencia social mucho mayor sobre el riesgo nuclear. En Europa millones protestaban contra los euromisiles. En Reino Unido, el historiador E.P. Thompson junto a Mary Kaldor, Ken Coates y Dan Smith impulsaron el histórico Appeal for European Nuclear Disarmament de 1980: un llamamiento a construir una Europa desnuclearizada “desde Polonia hasta Portugal”. Era un texto extraordinario porque entendía algo que hoy casi hemos olvidado, esto es, que la ciudadanía debía intervenir donde las élites jugaban a la ruleta rusa. 

Alemania tuvo movimientos masivos. Francia también. Japón mantuvo una memoria antinuclear intensa. España vivió algunas movilizaciones destacadas contra el peligro nuclear. Y Lemoiz. Lemoiz como símbolo de una época en la que miles de personas entendían que la cuestión nuclear no era técnica sino más bien una cuestión civilizatoria.

Durante la década de 1980 existía una conciencia social mucho mayor sobre el riesgo nuclear. En Europa millones protestaban contra los euromisiles

Hoy todo eso parece arqueología política. La bomba ha desaparecido de la conversación pública mientras vuelve al centro de la planificación militar. Haría falta bastante más alarma social de la que existe hoy.

Recientemente, el teórico ruso Dmitri Trenin ha descrito un mundo donde la disuasión clásica se erosiona porque proliferan conflictos híbridos, automatización militar y zonas grises estratégicas. En su texto sobre las guerras de nueva época plantea que el umbral entre guerra convencional, guerra híbrida y disuasión nuclear se vuelve más difuso. Ese es precisamente el problema: cuando los actores creen que pueden escalar sin cruzar líneas rojas, terminan descubriendo demasiado tarde dónde estaba realmente la línea. 

El riesgo ya no reside únicamente en un intercambio masivo entre potencias. También está en el error de cálculo, en los drones, en la automatización, en una falsa alarma, en una interpretación meteorológica equivocada o en un ataque cibernético mal interpretado. En ese terreno ha entrado ahora una nueva religión tecnológica.

Alex Karp, Palantir y el tecnofascismo con powerpoint

Alex Karp y Palantir representan una mutación inquietante en la que el viejo complejo militar-industrial ya ni siquiera necesita de generales carismáticos. Silicon Valley ha pasado del falso libertarismo lisérgico de la década de 1970 a convertirse en proveedor privilegiado del Pentágono.

Palantir vende vigilancia predictiva, automatización de objetivos y sistemas de decisión militar asistidos por IA.

El término “inteligencia artificial” ya era discutible; aplicado a sistemas de decisión militar empieza a resultar directamente siniestro. No estamos creando inteligencia. Estamos automatizando velocidad decisional en sistemas donde un error puede escalar a conflicto nuclear. En lugar de eso, se presenta como innovación.

Karp habla como si la democracia dependiera de entregar más capacidad letal a sistemas opacos. Pero es la vieja pulsión autoritaria vestida de sudadera con capucha y deportivas. Es tecnofascismo con analítica avanzada (ruego disculpas del abuso de la expresión de fascismo que diría Enzo Traverso, aquí es palabra compuesta). El sueño húmedo de un burócrata armado, vaya, matar más rápido y deliberar mucho menos. Cantaba Mama Ladilla aquello de “esas armas están cogiendo polvo”.

El gran problema es que normalizamos el fin del mundo

Sobre el papel, la proliferación parece contenida. En la práctica ocurre justo lo contrario. Japón podría desarrollar arsenal nuclear en semanas o pocos meses si tomara la decisión política. Corea del Sur también. Alemania posee capacidad tecnológica sobrada. Brasil tiene la infraestructura. Argentina mantiene capacidades científicas significativas. Canadá podría hacerlo. Arabia Saudí lleva años insinuándolo. Turquía observa. Hasta España -ya lo intentó con taurino nombre de Islero- posee base industrial y científica suficiente para avanzar rápidamente si existiera voluntad política.

El Tratado de No Proliferación se parece cada vez más a un libro de gramática latina en una Escuela de Ingeniería.

El riesgo nuclear ha quedado relegado al ruido cotidiano. Cada crisis entre potencias nucleares genera titulares durante unas horas o unos días y luego desaparece entre escándalos de celebridades, criptomonedas absurdas y discursos de productividad personal.

El Tratado de No Proliferación se parece cada vez más a un libro de gramática latina en una Escuela de Ingeniería

La banalización del apocalipsis es quizá el mayor triunfo cultural del militarismo contemporáneo. Nos han convencido de que esto es normal (ya no asumimos Mad Max como alerta, sino como naturalización y anticipación). No lo es. No era normal durante la crisis de los misiles de Cuba, tampoco durante el incidente Able Archer en 1983, y no debería parecernos normal ahora.

Reactivar la lucha antinuclear

Hace falta reconstruir una política antinuclear seria. Que conecte lo que es desarme nuclear, la crítica del complejo militar-industrial, la vigilancia del “sacro santo” algoritmo y de la automatización del matar, el extractivismo energético, el colonialismo radiactivo y la democracia real sobre decisiones estratégicas para toda la sociedad y el planeta. 

El peligro nunca se fue; simplemente dejamos de mirarlo. Esa, probablemente, sea la victoria más importante de los administradores del desastre, que es conseguir que nuestra especie viva tranquilamente sentada encima de miles de cabezas nucleares y viendo series apocalípticas de plataformas, y lo llamemos estabilidad.

Lo que llamamos estabilidad estratégica se parece demasiado a una tregua sostenida por sistemas cada vez más frágiles.

Tecnopolítica
El manifiesto de Palantir en la era del fascismo cibernético
Lo que antes era una ficción ciberpunk ahora estructura el presente. En ese marco, el manifiesto de Palantir Technologies actúa como una declaración explícita del fascismo cibernético.
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