Análisis
Réquiem por la década populista
Semanas atrás escribí un artículo sobre la derrota de Orbán en las elecciones húngaras del 12 de abril. En aquel texto planteaba que la derrota de Orbán, junto con los pésimos porcentajes de popularidad de Trump, apuntaban a una creciente fatiga hacia el populismo de derechas. Algunas personas malinterpretaron lo que escribí y pensaron que hablaba del fin de la política de derechas. Nada más lejos de la verdad: creo que la política de derechas estará con nosotros por un buen tiempo. Ahora bien, creo que cierto populismo de derechas, del estilo del movimiento Maga, puede estar acercándose al fin de su ciclo vital.
Este año será el del décimo anivesrario de la victoria electoral de Trump contra Hillary Clinton y el del referéndum del Brexit, dos shocks gemelos que anunciaron la irrupción del populismo de derechas en la política establecida a escala global. En los diez años que han pasado desde entonces hemos oído hablar quizá demasiado sobre los populistas de derechas, un verdadero circo que ha ido desde Bolsonaro en Brasil a Geert Wilders en Holanda. Con todo, no está de más un breve recordatorio.
Hay politólogos que han dedicado sus vidas al estudio del populismo, pero voy a simplificar brutalmente las cosas afirmando que el populismo es una manera de abordar la política, hay quien la describe, incluso, como una “táctica”. En cualquiera de los casos, su característica esencial es que posiciona a “la gente” contra “la élite”. Trump y quienes respaldaron el Brexit se aprovecharon de la insatisfacción de “los perdedores de la globalización” y el resentimiento popular por la crisis financiera de 2007-2008 y los alistaron a un proyecto populista de derechas.
Los populistas de derechas que ganaron con un mensaje anti-establishment e incluso antisistema han tendido a hacer suyas políticas conciliadoras con el establishment una vez en el poder
Hace una década era una fórmula de gran éxito. Hoy no estoy tan segura de que lo fuese. Las cifras de desaprobación de Trump no parecen tocar fondo: un 62% en la encuesta más reciente, un mínimo histórico. También hay un arrepentimiento con el Brexit. De acuerdo con una encuesta publicada a comienzos de año, un 58% de los británicos cree que fue erróneo dejar la Unión Europea y sólo un 30% cree que fue lo correcto.
La década populista ha ido perdiendo fuelle y hay varias causas que explican su fin. La primera es que ha muerto lentamente a través de la cooptación y la neutralización. Los populistas de derechas que ganaron con un mensaje anti-establishment e incluso antisistema han tendido a hacer suyas políticas conciliadoras con el establishment una vez en el poder. Trump ha ido destruyendo sistemáticamente cada una de las promesas que hizo durante su campaña “populista”, ninguna de manera más clara que su compromiso de “no iniciar nuevas guerras”. No es el único. Los partidos populistas de derechas de toda Europa también han sido “domesticados” cuando han llegado al poder: los chovinistas sociales se han convertido en neoliberales thatcherianos “business-friendly” (como los Demócratas Suecos) y los euroescépticos se han convertido en atlantistas proeuropeos (como Giorgia Meloni en Italia).
Incluso el viejo Nigel Farage se encuentra en proceso de transición. En 2017 condenó el bombardeo de Siria por Trump. Nueve años después lo encontramos explicando a The New Statesman que Irán supone potencialmente “un mayor riesgo a Reino Unido que Rusia” (o, al menos, lo era durante las primeras semanas de la guerra.) Estos líderes y partidos pueden retener elementos de una retórica populista de derechas, pero sus políticas son con frecuencia más próximas a la derecha convencional.
Otro factor que contribuye al fin de la década populista es que estos partidos, personalidades y políticas han estado el tiempo suficiente en el poder como para comenzar a convertirse ellos mismos en la élite o, al menos, en una élite. El populismo es una estrategia efectiva para desalojar al poder establecido, pero una vez está en el poder tiende a convertirse en todo lo que odia. Es un problema similar al que se enfrentan los revolucionarios cuando, después de llegar al poder, han de reafirmarse en él para conservarlo: la energía que impulsa la insurgencia se agota y, con el tiempo, se convierte en otro régimen esclerótico.
Trump y sus homólogos al otro lado del Atlántico continúan invocando al hombre del saco de la “élite globalista”, pero probablemente los réditos que obtienen de ello sean cada vez menores. Pueden lamentar que la izquierda se haya hecho con muchas instituciones elitarias como la cultura, los medios de comunicación y la academia, pero ellos han cultivado algo así como su propia contra-élite de derechas a través de think tanks, publicaciones y poderosas redes en Silicon Valley. Eventualmente, “la gente” comenzará a darse cuenta de que los populistas de derechas también envían a sus hijos a escuelas de postín y conducen flamantes deportivos.
Un tercer apunte, y el final, es sobre el sionismo y la derecha populista después del 7 de octubre. Antes de esta fecha los populistas de derecha todavía podían afirmar que buscaban poner a “la gente” por delante de los intereses de la élite. Pero con la movilización a gran escala del aparato de seguridad, el militar, de los servicios de inteligencia y los medios de comunicación para proteger a Israel y a sus partidarios de la realidad ya no pueden pretender que se preocupan por las masas o incluso por el ‘America first’.
No hay nada de “populista” en una política que hace que la gasolina y el precio de los alimentos se dispare con tal de que Israel pueda conseguir la hegemonía regional
Privilegiar a Israel por encima de todo lo demás ha significado que la derecha populista ahora esté preocupada por intereses minoritarios más que de la mayoría. Es más, la veneración de la derecha por Israel normalmente se defiende por ser éste un país de “élites con un alto cociente intelectual” que necesita defenderse contra “la biomasa tercermundista marrón”, por usar el crudo lenguaje de las redes sociales. El apoyo a Israel es cada vez más impopular entre “la gente”, lo que significa que se ha convertido en un proyecto elitista dirigido desde arriba. No hay nada de “populista” en una política que hace que la gasolina y el precio de los alimentos se dispare con tal de que Israel pueda conseguir la hegemonía regional.
No obstante, como he apuntado antes, el populismo no es el único vehículo de una política de derechas. Sospecho que después de años de incompetencia bufonesca a cargo de Trump, puede haber apetito para un gobierno serio, efectivo y tecnócrata. Al mismo tiempo, tengo la impresión de que también existe el deseo de dejar a los proles en la estacada y lanzarse de lleno al elitismo derechista de Silicon Valley, que podría ser todavía peor que los populistas payasescos de la última década.
Utopía X
Utopía X | Episodio 1: Desde la crisis de 2008 a Trump. La llegada del cisne naranja
Pensamiento
Carlos Fernández Liria
“Las ideas de Yarvin y demás son disparates, pero las recetas liberales del mundo van en líneas parecidas”
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