La Unión Europea como paradigma del programa capitalista

Es difícil saber si hemos ganado o perdido, pero no podemos dejar de reconocer que nuestra adhesión al club de Bruselas ha representado más de un sacrificio para la economía nacional.
Migrantes en el Parlamento Europeo
Byron Maher Miembros de colectivos por los derechos de los migrantes, en su visita al Parlamento Europeo.
30 nov 2025 13:50

El 1 de enero de 1986 España se incorporaba a la Unión Europea (entonces Comunidad Económica Europea) y con ello, nos dijeron, nuestro país ponía fin a un aislamiento secular y se unía a las democracias más avanzadas. Ya antes (1982) se había producido el ingreso español en la OTAN, que fue ratificado por los pelos en un peculiar referéndum el 12 de marzo de 1986; así es que aquel año el PSOE (asegurando que “OTAN, de entrada no”) acabó metiéndonos de lleno en el la Organización del Tratado del Atlántico Norte -una alianza militar promovida por los Estado Unidos de Norteamérica- como requisito para ser plenamente europeos.

¿Que nos ha ido mucho mejor dentro de la UE que si hubiéramos seguido fuera? Es posible y discutible, pero no es menos cierto que el Reino Unido se ha salido, que Turquía sigue sin entrar o que Noruega y Suiza ni se lo plantean y no les va tan mal. Es difícil saber si hemos ganado o perdido, pero no podemos dejar de reconocer que nuestra adhesión al club de Bruselas ha representado más de un sacrificio para la economía nacional. En ese sentido conviene no olvidar que sectores como el naval, el siderúrgico, el pesquero, el lechero, el agrícola, el de electrodomésticos y algunos otros deben su decadencia y adelgazamiento a los planes de concentración europeos.

En cuanto al plano político es indudable que el respaldo europeo ha ayudado a que la transición española se haya sentido ratificada desde el continente, si bien es cierto que los sucesivos gobiernos españoles nunca han inquietado al capitalismo internacional con propuestas de contenido social y rupturista.

Ese papel garantista que se le ha adjudicado a la Unión Europea (que nació como Mercado Común, y del mercado es de lo que se ocupa realmente) es más bien simbólico y se ha ido difuminando con el paso de los años. Lejos quedan, por tanto, las preocupaciones por los derechos humanos, por la libre circulación de personas e ideas, por la acogida de inmigrantes y refugiados o por la solidaridad con los pueblos en lucha.

Europa, la nuestra, la de las libertades, blinda sus fronteras a quienes huyen de guerras y hambrunas, cierra los ojos al sufrimiento de pueblos ocupados y explotados, se pone del lado del invasor en conflictos como los de Palestina o el Sáhara, se somete a las políticas belicistas de Trump y la OTAN gastando en armas lo que debería destinar a servicios sociales o ayuda internacional.

Europa, la nuestra, la de las libertades, blinda sus fronteras a quienes huyen de guerras y hambrunas, cierra los ojos al sufrimiento de pueblos ocupados y explotados.

Hoy muchos colectivos, que ven pisoteadas y rechazadas sus demandas por los gobiernos correspondientes, acuden en busca de apoyo a Bruselas más como una forma de conseguir mayor resonancia para sus quejas que esperando algo más que buenas palabras de la Comisión Europea.

Pero la única verdad es que la UE cada vez está más alineada con los intereses del gran capital  y se limita a actuar como una mera comparsa de las políticas norteamericanas, tirando por la borda las ventajas que sus vínculos históricos y culturales con América Latina y África supondrían para unas relaciones basadas en el respeto, el comercio justo y el impulso solidario al desarrollo sostenible de todos esos pueblos, antaño colonias de los imperios europeos donde ahora son China, Rusia y los mismísimos EE.UU. quienes se disputan el papel que jugaron las antiguas metrópolis (España, Inglaterra, Francia, Portugal, etcétera).

Siguiendo con ese sometimiento a los planes neoliberales, Bruselas acaba de proponer que los trabajadores europeos más jóvenes suscriban planes privados de jubilación porque en el futuro las pensiones públicas las habrán recortado tanto que será imposible vivir de ellas, en el improbable caso de alcanzar las edades que en ese oscuro futuro se establezcan para poder retirarse. Y como los planes de pensiones (de bancos o de empresa) no tienen mucha simpatía entre el personal asalariado-con la excepción de Países Bajos-, la macroburocracia que preside Ursula von der Leyen se apresta a buscar fórmulas que obliguen a implantar ese sistema (del que tantos beneficios esperan banco y aseguradoras) en todos los países miembros de este auténtico club de la hucha.

Sobre este blog
Alkimia es un espacio de reflexión donde miembros o personas afines al Anarcosindicalismo dan su punto de vista sobre temas de interés general. En una sociedad en la que los medios de desinformación moldean la realidad al antojo de los poderes económicos y políticos, cualquier nueva vía de contrainformación se hace necesaria para lograr que se pueda conocer la realidad de la vida cotidiana de las personas a la vez que pueda servir para su transformación.
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