Opinión
Fertilizantes: cómo convertir la guerra en un negocio

Las crisis no solo encarecen la producción, también crean las condiciones para capturar rentas, más en mercados oligopólicos como ocurre en el caso español.

Director de Justicia Alimentaria

28 mar 2026 07:00

Hay algo obsceno y perverso en la forma en que funciona el sistema agroalimentario global. Cada vez que estalla una crisis —una guerra, una disrupción energética, un bloqueo comercial— el relato oficial habla de escasez, de tensiones, de incertidumbre. Pero si uno mira con atención, lo que aparece no es solo un problema de costes. Aparece, también, una oportunidad de negocio.

La escalada en torno a Irán y el estrecho de Ormuz vuelve a ponerlo sobre la mesa. Una parte sustancial del comercio mundial de fertilizantes nitrogenados —especialmente urea— transita por esa ruta estratégica. Cuando el conflicto amenaza el flujo de energía y materias primas, el mercado reacciona de inmediato. Los precios se disparan. En pocas semanas, la urea ha subido cerca de un 40% y, en términos interanuales, el incremento ronda ya el 80%.

Nada de esto es casual. Los fertilizantes nitrogenados son, en realidad, gas fósil transformado. Su producción depende directamente de la energía, y en particular del gas natural. Por eso, cada sacudida geopolítica en Oriente Medio se traduce automáticamente en una sacudida en el campo europeo.

Hasta aquí, el relato es conocido. Lo que ya no es tan evidente —o no se quiere hacer evidente— es qué ocurre entre el aumento de costes y el precio final que pagan los agricultores. Porque entre una cosa y otra hay un espacio. Y ese espacio tiene nombre: margen.

Si miramos el caso español con algo de detalle, el relato empieza a resquebrajarse. El volumen de fertilizantes apenas crece, pero el valor del mercado se dispara. En 2025, las importaciones aumentaron ligeramente en cantidad, pero su valor lo hizo en más de un 20%. Es decir, no estamos utilizando mucho más fertilizante; estamos pagando mucho más por él. Cuando el mercado crece en valor sin crecer en volumen, lo que tenemos no es un problema de escasez, sino de precios.

La industria opera con contratos a medio plazo, coberturas energéticas y stocks acumulados. El impacto de los costes no es inmediato. Sin embargo, los precios sí lo son

Y hay más. Los fertilizantes que hoy están pagando los agricultores no se han producido con el gas de hoy. La industria opera con contratos a medio plazo, coberturas energéticas y stocks acumulados. El impacto de los costes no es inmediato. Sin embargo, los precios sí lo son. Suben rápido, casi al instante, como si todo el sistema funcionara con una sensibilidad extrema… pero solo en una dirección.

La otra clave está en la estructura del mercado. El sector de fertilizantes está altamente concentrado. Pocos actores controlan la producción y la distribución, en un contexto de dependencia exterior y barreras de entrada muy elevadas. En estas condiciones, generalmente la competencia deja de ser un mecanismo real de ajuste. Los precios no responden solo a los costes: responden, sobre todo, al poder de mercado. La crisis actúa como coartada perfecta. Todo puede subir porque todo parece estar en riesgo. Pero esa lógica permite trasladar costes… y algo más que costes, sus márgenes.

Durante la crisis energética de 2022, los beneficios de las nueve mayores compañías de fertilizantes pasaron de 28.000 millones de dólares a 49.000 millones en 2022

COAG acaba de publicar un estudio dónde califica esta situación como «anticipación especulativa», es decir, que los precios han subido por expectativas futuras del mercado basadas en el conflicto, y no por alteraciones reales en el suministro físico de estos insumos. Según la organización, mucho del fertilizante disponibles ya estaba almacenado antes del conflicto y no habría por qué subir de precio tan rápidamente.

Para entender lo que está pasando, basta mirar a empresas que sí cotizan. Durante la crisis energética de 2022, los beneficios de las nueve mayores compañías de fertilizantes pasaron de 28.000 millones de dólares a 49.000 millones en 2022 — casi el doble — con márgenes de beneficio muy altos, en el contexto de la crisis global de precios tras la guerra. En este momento, en Estados Unidos, el Departamento de Justicia investiga a varias grandes empresas productoras de fertilizantes por posible colusión y fijación de precios, señalando a actores que dominan el mercado de nitrógeno y otros nutrientes clave. Y en Brasil, el ministro de Agricultura ha alertado sobre subidas de precio “oportunistas” incluso cuando hay existencias disponibles.

Da la sensación que el patrón es claro: las crisis no solo encarecen la producción, también crean las condiciones para capturar rentas, más en mercados oligopólicos como ocurre en el caso español. Oligopolios que ocupan una posición central y operan en un entorno donde la demanda es rígida: el agricultor no puede prescindir del fertilizante de un año para otro. Puede reducir dosis o asumir pérdidas, pero no puede salir del sistema. Esa dependencia convierte al sector en un espacio privilegiado para la extracción de valor. Y pocas cosas más rentables que un mercado cautivo en plena crisis.

En este contexto, la respuesta política reciente añade más leña al fuego. El Gobierno ha movilizado cientos de millones de euros en ayudas al sector agrario, incluyendo cerca de 500 millones para la compra de fertilizantes. La intención es aliviar la presión sobre el campo. Pero el diseño de la medida plantea serias dudas.

En un mercado concentrado, opaco y sin control de precios, estas ayudas no solo benefician a los agricultores. También garantizan la demanda a las empresas proveedoras. No se intervienen los precios ni se exigen condiciones sobre márgenes, pero se financia la compra. El resultado es una transferencia indirecta de dinero público hacia la industria.

La pregunta no es si los fertilizantes han subido. La pregunta es quién se está beneficiando realmente de que suban, y por qué nadie controla esos márgenes

El problema de fondo, sin embargo, va más allá de esta coyuntura. La agricultura industrial europea depende estructuralmente de fertilizantes sintéticos. Y esos fertilizantes dependen del gas fósil, de mercados globales tensionados y de un puñado de grandes empresas. Cada crisis energética se traduce automáticamente en un shock agrario. Cada conflicto geopolítico, en una transferencia de renta desde el campo hacia la industria.

La guerra en Irán no ha creado este sistema. Pero lo ha vuelto a dejar al descubierto. Mientras tanto, los agricultores pagan fertilizantes más caros. Y como contribuyentes, financian ayudas públicas que sostienen ese mismo sistema. Pagan dos veces. Y en algún lugar entre el gas, la urea y el precio final, alguien está haciendo negocio. La pregunta no es si los fertilizantes han subido. La pregunta es quién se está beneficiando realmente de que suban, y por qué nadie controla esos márgenes.

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