Opinión
La Unión Europea en crisis: la guerra como programa y estrategia
Durante más de un siglo, una parte sustancial de la cultura política española ha vivido bajo la influencia de una fórmula asociada a Ortega y Gasset: “España es el problema, Europa la solución”. La frase condensaba mucho más que un programa intelectual. Era expresión de una conciencia histórica forjada en torno a la idea de atraso, aislamiento y excepcionalidad. Nuestro país aparecía como una nación incompleta, alejada de las corrientes centrales de la modernidad y lastrada por sus fracturas internas, mientras Europa representaba la normalidad a la que debíamos incorporarnos: la ciencia, la industria, la democracia, el progreso. Europeizar España significaba, en último término, modernizar España.
La idea sobrevivió a Ortega y atravesó distintas épocas, llegando con extraordinaria fuerza al período de la transición y convirtiéndose en uno de los consensos más sólidos de nuestra cultura política. Tras una larga dictadura y con la memoria todavía viva del aislamiento de posguerra, “volver a Europa” significaba regresar al lugar del que nunca debimos alejarnos. El viejo complejo nacional, resumido durante generaciones en la frase “Europa empieza en los Pirineos”, encontró así su reverso más optimista y esperanzador: la incorporación al proyecto europeo permitiría dejar atrás nuestras anomalías históricas y homologarnos con las democracias más avanzadas del continente.
El texto que presentamos parte de una constatación incómoda: aquella fórmula debe ser hoy sometida a una revisión radical
Pocas ideas han condicionado tanto nuestra política contemporánea. El europeísmo español adquirió desde entonces un carácter casi providencial, sustraído en buena medida a la discusión pública. Las consecuencias productivas, sociales y estratégicas de la integración europea quedaron relegadas frente al imperativo de “estar en Europa” y “ser europeos”; la construcción de la Unión Económica y Monetaria era una etapa necesaria de modernización; el Tratado de Maastricht y la nueva gobernanza económica, peldaños inevitables de un progreso histórico que no admitía discusión. Europa dejó de ser una opción política para convertirse en un horizonte moral incuestionado y, sobre todo, incuestionable. Un europeísmo naíf que, con distintos matices y formulaciones, llega hasta nuestros días y continúa condicionando nuestra manera de pensar Europa.
El texto que presentamos parte de una constatación incómoda: aquella fórmula debe ser hoy sometida a una revisión radical. La Unión Europea realmente existente se ha alejado de las promesas que legitimaron durante décadas el ideal europeísta. El neoliberalismo inscrito en los Tratados ha reducido los márgenes de la soberanía democrática, debilitado el constitucionalismo social y desplazado decisiones fundamentales hacia poderes cada vez más alejados del control popular. Y la crisis abierta en los últimos años está acelerando este proceso: el rearme, la militarización de la economía y la progresiva subordinación de la política social a las exigencias de una economía de guerra amenazan con transformar de forma duradera las bases económicas, sociales y políticas del continente.
Gaza, la otra cara de la guerra proxy en Ucrania en el poliedro bélico del imperialismo, es la señal más clara e inquietante de hasta dónde están dispuestas a llegar las élites imperialistas europeas y estadounidenses si lo consideran necesario
No se trata de invertir mecánicamente la vieja fórmula orteguiana, y mucho menos de sustituir el europeísmo ingenuo por un repliegue nacionalista. Se trata de recuperar el único lugar donde la democracia puede adquirir todavía una existencia concreta. La soberanía popular necesita una comunidad política en la que deliberar, decidir y convertir en poder la voluntad colectiva. Y ese espacio, guste o no guste, sigue siendo, hoy, el Estado. España puede ser, en este sentido preciso, parte de la solución: un marco desde el que defender la paz, reconstruir la democracia social, proteger los derechos de las mayorías y pensar otra relación con Europa. Una relación fundada no en la subordinación, sino en la cooperación entre pueblos soberanos confederalmente articulados; no en la disciplina militar-neoliberal, sino en la democracia, la justicia social y la soberanía popular.
La crisis de la Unión Europea
La crisis actual es la consecuencia previsible de las políticas aplicadas desde el Tratado de Maastricht; comenzó en 2008 y dura hasta el presente. Ahora, las élites dirigentes han decidido, en una fuga hacia adelante suicida, rediseñar el viejo proyecto para darle una orientación fuertemente militarista, intentando reestructurar unos modelos productivos en crisis sobre la base de sofisticados complejos militares-industriales-científicos generosamente financiados por los Estados a través de endeudamiento público. No se trata de algo coyuntural, episódico. La UE y la OTAN planifican, organizan y se preparan para un conflicto militar con Rusia a plazo fijo: el plan ReArme/Preparación 2030 tiene fecha. Las cifras son enormes: 800 mil millones de euros para el conjunto de la Unión. Alemania gastará ella sola algo más de 700 mil millones de euros, también hasta el 2030, buscando, de nuevo, convertirse en ancla y eje de la “defensa europea”. España, con la complicidad de la izquierda, también militariza la economía y el gasto público, al margen del parlamento y sin debate ciudadano, a escondidas y sin definir en serio los intereses estratégicos del país. Las crisis recurrentes de Ceuta y Melilla nos dicen que algo no va bien, que nuestros supuestos amigos no están cuando se les necesita y, lo que es peor, trabajan abiertamente para el otro lado.
Ahora, en momentos difíciles para las poblaciones y con una guerra en el horizonte, hay que atreverse a decir la verdad: el modelo neoliberal de integración europea ha llevado a la Unión al estancamiento económico, al atraso tecnológico, a la regresión social y laboral, a la involución política y al cuestionamiento de la democracia de masas ligada al conflicto social y a los derechos sociales y sindicales. La consecuencia más sobresaliente de este proceso ha sido la descomunal concentración de renta, riqueza y poder en una oligarquía financiera-empresarial con una capacidad cada vez mayor para someter a una clase política débil y corrupta, con el objetivo, cada vez más explícito, de capturar el Estado y ponerlo a su servicio. Este es el dato crucial que se oculta sistemáticamente y que sitúa en el centro de la fase la contradicción entre el capitalismo realmente existente (el neoliberal globalitario) y la democracia social y constitucional.
¿Dónde está lo nuevo? En el ocaso, en la decadencia de Occidente
La UE fue el gran proyecto que las clases dirigentes europeas idearon para incorporarse a un nuevo orden internacional en gestación, definido por el triunfo de la (contra) revolución neoliberal, la desintegración de la URSS y la disolución del Pacto de Varsovia. La UE y la OTAN, desde su origen, son parte del proyecto global de dominio y control de los EEUU, hoy en declive en todas partes. ¿Dónde está lo nuevo? En el ocaso, en la decadencia de Occidente. Durante más de quinientos años Occidente fue la “cultura”, la “civilización”, el poder; imponiendo normas, valores, horizontes de sentido desde una superioridad político-militar ejercida sin más límites que la competencia con otras potencias europeas o la resistencia de las poblaciones. El término “Occidente” tiene, en nuestra historia reciente, un significado algo más restringido. Expresa un modo preciso de ejercer la hegemonía de los EEUU sobre un conjunto de naciones delimitadas geográficamente, con una doble singularidad: el eje del poder en Occidente pasa al oeste y la península queda dividida entre la “vieja” Europa —sin proyecto y sin nervio— y la “nueva” Europa —pronorteamericana y antirrusa—. La clave: expulsar a Rusia de Europa, convertirla en el “otro”, en el extranjero, en el enemigo.
Nada evidencia más la decadencia moral y legal de las élites europeas que dirigen la UE, como el apoyo al sionismo israelí, el genocidio en curso en Gaza y el contraste entre la continua demonización de Rusia y la reiterada justificación de las acciones sionistas. El genocidio no empezó tras el 7 de Octubre de 2023, empezó muchos años antes. Hoy, Gaza, la otra cara de la guerra proxy en Ucrania en el poliedro bélico del imperialismo, es la señal más clara e inquietante de hasta dónde están dispuestas a llegar las élites imperialistas europeas y estadounidenses si lo consideran necesario. Por eso no les intimidan las posibilidades de una confrontación bélica en Europa, incluso sus propias poblaciones no cuentan, son perfectamente prescindibles, excepto para ser carne de cañón.
El populismo tiene que ver centralmente con el rechazo de una parte significativa de las poblaciones a una clase política (de derechas y de izquierdas) cooptada por los grandes poderes privados
La crisis del imperio norteamericano es también la crisis de la Unión Europea, en un sentido preciso: expresa el compromiso consciente, estricto, de las élites euroamericanas con la defensa y expansión del “orden” del capital y de sus “normas” económico-financieras y comerciales, siempre, siempre, garantizadas por el poder punitivo político-militar de la “nación indispensable”.
El recambio del sistema
La creación de un poder supraestatal europeo ha sido un dispositivo estratégico para desmontar piezas esenciales de los Estados nacionales, romper la relación entre comunidad política, democracia como experiencia y acción colectiva, y reforzar el control de los grandes poderes económicos. Las consecuencias están ahí. Para empezar, las democracias realmente existentes, más allá de lo que dicen sus textos constitucionales, cada vez tienen menos poder. Han devenido en “democracias limitadas”, en “comunidades autónomas” de un poder esencialmente antidemocrático y, lo fundamental, al servicio de los intereses colectivos del gran capital monopolista-financiero. En segundo lugar, las fuerzas políticas se hacen cada vez más homogéneas; el neoliberalismo impuesto en los Tratados se hace obligatorio. Derecha e izquierda son dos caras de una misma política y se diferencian solo en el modo de aplicarla. Como tercer punto, la idea misma de oposición se desdibuja. Hay alternancia, pero no alternativa. Por último, .el ejercicio del voto se convierte en un ritual desconectado de la experiencia de las poblaciones. Lo que se elige es cada vez menos relevante y las decisiones reales se toman al margen de la soberanía popular, por los poderes de la UE o por organismos como el Banco Central Europeo, supuestamente independientes y técnico-científicos.
El populismo, su origen y su creciente influencia, tiene que ver centralmente con el rechazo de una parte significativa de las poblaciones a una clase política (de derechas y de izquierdas) cooptada por los grandes poderes privados; con su oposición a un sistema de partidos que no representa los intereses nacionales y trabaja conscientemente contra las mayorías sociales; con la progresiva transformación de la soberanía popular en la “soberanía de los grandes grupos mediático-financieros” que imponen su agenda, influyen decisivamente en la formación y el diseño de las políticas básicas, colonizan y controlan la esfera pública. En definitiva, los grandes poderes acaban definiendo disciplinariamente lo políticamente correcto, excluyendo de manera autoritaria a los que se oponen a ellos desde un punto de vista nacional y de clase.
Las “nuevas derechas” usan el “soberanismo” y la defensa “de los sin voz” para camuflar sus verdaderos objetivos de clase: poner fin a los derechos sociales, limitar las libertades públicas y liquidar el papel histórico de las clases trabajadoras como sujeto político
El tiempo va concretando los procesos y cualifica las políticas reales. Las “nuevas derechas” usan el “soberanismo” y la defensa “de los sin voz” para camuflar sus verdaderos objetivos de clase: poner fin a los derechos sociales, limitar las libertades públicas y liquidar el papel histórico de las clases trabajadoras como sujeto político. La contradicción es grande, pero no es nueva: las clases subalternas, de donde los populistas obtienen una parte no pequeña de sus votos, tienen que ser desposeídas de cualquier veleidad de autonomía política, de proyecto histórico alternativo al capitalismo y de esperanza de emancipación social. De ahí su anticomunismo, en momentos en que, aparentemente, los seguidores de Lenin están aislados y sin estrategia.
El papel histórico de estas nuevas fuerzas políticas es hacer girar hacia la derecha extrema el conjunto del sistema político, empezando por las fuerzas conservadoras tradicionales, y poner fin a la socialdemocracia (“neoliberales progresistas”) como la “otra” pata del sistema. Ya cumplieron su función. Ahora toca la norteamericanización de la política pública, es decir, nuevos sistemas de partidos con derechas duras y con derechas extremas; inocuos partidos liberales con pedigrí de izquierdas, al servicio de unas democracias oligárquicas limitadas en su soberanía, militantemente comprometidas con el capitalismo, que marginan política y legalmente a quienes lo cuestionen en sus fundamentos. Los “populistas de las derechas todas” son feroces partidarios del alineamiento con la estrategia político-militar de los EEUU, convencidos atlantistas y seguidores sin fisuras de la Europa del euro. Dicho de otra forma, no son el cambio, son el recambio que los poderes necesitan, aquí y ahora.
Lo suyo es un fuerte y radical liberalismo autoritario que discipline a unas clases trabajadoras con excesivos derechos, que debilite el poder de los sindicatos, que recorte los servicios públicos y, sobre todo, que “libere” a un excesivamente regulado mercado de trabajo. En su centro, el mito del empresario demiurgo, socialmente reconocido, fiscalmente premiado por su supuesta pasión por el riesgo, por su creatividad y, sobre todo, por ser creador de empleo. El objetivo real, en el mundo distópico del llamado tecnofeudalismo, es recrear nuevas jerarquías sociales que definan horizontes de pertenencia y posibilidades de vida compatibles con la estabilidad social en el marco de una nueva relación entre la sociedad civil y el poder político. La “destrucción creativa” y la “reconstrucción imaginaria” son un único proceso que exige una nueva alianza entre las grandes plataformas tecnológicas, el capital financiero-empresarial y las instituciones del Estado. Pero… ¿qué Estado? Uno fuertemente autoritario, sin condicionantes constitucionales y “liberado” de cualquier compromiso con las clases plebeyas, con las mayorías sociales.
Estamos asistiendo a un cambio de “régimen político” impulsado por los grandes poderes económicos, la dirección estratégica de las instituciones europeas y el apoyo sin fisuras de las clases dirigentes de los Estados
Las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, la industria del entretenimiento y de la alienación programada, los poderes que las promueven, las venden y se benefician de ellas, necesitan trenzar alianzas con las viejas y nuevas derechas para destruir un mundo y reconstruir otro, una tarea que exige la participación de la “partera de la historia”: la violencia organizada como rearme, militarización, guerra, caos. Organizar el miedo, promoverlo, reproducirlo. Fomentar la escasez y cerrar el horizonte de futuro para no dejar posibilidad alguna de esperanza, de vida digna, de emancipación social.
La coexistencia conflictiva de dos tipos de “constituciones”, una supraestatal —el orden jurídico-político de la UE—, de carácter neoliberal y cada vez más determinante, y otras, no todas, basadas en un “constitucionalismo social” cada vez más residual, hace obligatoria la adaptación de estas últimas a aquella. Se hará con las nuevas reglas y procedimientos aprendidos por las clases dirigentes europeas, es decir, sin procesos constituyentes, con mutaciones constitucionales ilegítimas y con el Tribunal de Justicia de la UE como vanguardia armada. Al final, las constituciones democráticas pierden su carácter normativo en todo aquello que tiene que ver con el ordenamiento comunitario, devienen en meras declaraciones sin eficacia real y los derechos sociales quedan diluidos ante el empuje imparable de las leyes de hierro del mercado oligopolista. A lo que estamos asistiendo es a un cambio de “régimen político” impulsado por los grandes poderes económicos, la dirección estratégica de las instituciones europeas y el apoyo sin fisuras de las clases dirigentes de los Estados.
Una huida hacia delante
Cuatro años de conflicto político-militar entre la OTAN y Rusia, por intermediación de Ucrania, han aclarado muchas dudas y, más allá de la niebla de la guerra, se va abriendo paso una realidad imposible de ocultar.
Primero, que esta guerra no fue algo singular, ni la locura de una Rusia que busca recomponer un viejo imperio. Eso no es creíble hoy. La guerra en Ucrania fue parte central de un conflicto político global que tenía su fundamento en el declive de la hegemonía norteamericana y en los esfuerzos de sus clases dirigentes para revertir ese declive o neutralizarlo a cualquier precio. Todo ello en el marco de una crisis extremadamente profunda de la globalización capitalista, su gran proyecto para el siglo XXI.
Segundo: fue una guerra programada durante mucho tiempo, sistemáticamente organizada y provocada cuando Biden lo consideró oportuno, con el apoyo fervoroso de las élites europeas. Los acuerdos de Minsk I y Minsk II fueron instrumentos coyunturales político-diplomáticos para fortalecer al nuevo gobierno salido del golpe de Estado del Euromaidan en 2014 y ganar el tiempo suficiente para construir unas fuerzas armadas supuestamente capaces de derrotar o neutralizar el poder militar ruso, con el apoyo financiero, logístico y organizativo de la OTAN. A Putin se le dejaba una terrible disyuntiva: derrota estratégica o intervención militar.
En tercer lugar, Rusia fue un objetivo vital pero secundario, el verdadero enemigo a batir era China. La derrota de Putin sería la victoria de un Occidente colectivo capaz de imponer al “gran imperio del centro” las condiciones (económicas, financieras, comerciales, tecnológicas y político-militares) que le permitieran ser aceptado de nuevo en un mundo de renovado poder norteamericano o sufrir las consecuencias, multiplicadas y ampliadas, que ya padecía Rusia.
Donald Trump sabe perfectamente que, en unos años —cada vez menos—, China alcanzará y superará el potencial tecnológico y militar norteamericano. De ahí el “ahora o nunca”
Una vez más, las cosas no salieron como se esperaba. El mundo era ya otro: reglas, controles y sanciones que antes funcionaban, ahora no resultaban tan eficaces. Las amenazas seguían surtiendo efecto, pero eran eludidas cuando no abiertamente ignoradas. Rusia ha resistido frente a una gran coalición de más de 40 países. La crisis económica y social no se produjo, la desestabilización del régimen quedó en el limbo de los sueños imposibles y las sanciones terminaron por agravar todos los problemas estructurales de la Unión: estancamiento, carestía de vida, desigualdad, represión salarial, desindustrialización…
Las condiciones que hacen posible una tercera guerra mundial tienen que ver con el convencimiento de las clases dirigentes de EEUU de que ese proceso se puede revertir, neutralizar o retardar. Hay un dato que no se puede eludir: el Occidente colectivo, organizado y dirigido por los EEUU mantiene la superioridad político-militar, sigue controlando las instituciones internacionales básicas, mantiene su predominio tecnológico y su poder económico sigue siendo enorme. Olvidar esto es no entender nada. Dicho de otra forma, las fuerzas contrahegemónicas tienen que trabajar en un contexto extremadamente difícil desde posiciones contradictorias y con un grado de unidad todavía muy débil. Aun así, el viejo topo sigue haciendo su trabajo.
La guerra como posibilidad real tiene que ver centralmente con una correlación de fuerzas que sigue siendo favorable al imperialismo norteamericano. Como siempre, el factor tiempo es decisivo: Donald Trump sabe perfectamente que, en unos años —cada vez menos—, China alcanzará y superará el potencial tecnológico y militar norteamericano. De ahí el “ahora o nunca”. Las contradicciones del presidente norteamericano y de su equipo son evidentes: entienden que EEUU ya no tiene la capacidad para intervenir en distintos escenarios de forma simultánea e implicarse en todos los conflictos, pero se niegan a perder peso e influencia política, lo que los lleva a contradicciones estratégicas difíciles de superar y, sobre todo, a perder el control táctico sobre los procesos que ellos mismos inician. Trump 2.0, “el pacificador”, ha bombardeado siete países (Irán, Yemen, Siria, Irak, Somalia, Nigeria y Venezuela) en tres continentes y la tendencia sigue siendo dar respuestas coyunturales dirigidas a crear agenda y dejarse llevar por los acontecimientos.
El acuerdo entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán es la constatación de un fracaso y el reconocimiento de que EEUU no solo no protege a sus aliados, sino que empieza a ser un problema para ellos
Nada explica mejor los dilemas y las contradicciones de la política norteamericana que la guerra contra Irán. Se ha hablado de la impotencia de la Administración Trump ante un conflicto organizado con el objetivo declarado de cambiar el régimen político iraní, remodelar la distribución del poder de la zona en favor de Israel y seguir controlando el petróleo como fuente fundamental de poder. Petróleo y dólar siempre han estado relacionados; ahora mucho más. EEUU, después de meses de guerra, de acuerdos de paz siempre incumplidos y de fracasos recurrentes en el terreno operacional, ha llegado a la conclusión de que la guerra contra Irán y sus aliados no tiene una salida militar a corto plazo. La guerra de maniobra parece terminar y entramos en una guerra de desgaste, de “disuasión por desgaste” en terminología iraní, que durará mucho tiempo y que supondrá la vuelta al bloqueo, a un asedio económico y financiero mucho más duro que el actual. Las consecuencias empiezan a ser significativas. El acuerdo entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán es la constatación de un fracaso y el reconocimiento de que EEUU no solo no protege a sus aliados, sino que empieza a ser un problema para ellos.
Se suele decir que la Unión Europea avanza a través de sus crisis. Es verdad; lo que no está claro es hacia dónde se avanza y cuáles son sus consecuencias económicas, políticas y, ahora, militares. El concepto mágico ha sido siempre la “autonomía estratégica”. El argumentario se ha repetido una y mil veces en los años de Ursula von der Leyen: la UE debe definir un espacio propio en un mundo que cambia aceleradamente. La emergencia de nuevas potencias y la reconstrucción del poder de otras, obligan a la Unión a intervenir con una fuerte orientación geopolítica y a poner el acento en las políticas de seguridad y defensa. Lo que se llamó autonomía estratégica se transformó tiempo después en “autonomía estratégica abierta”. El cambio de denominación significaba una limitación del alcance de esa autonomía. El problema quedó claro desde el principio: la UE fue siempre parte de la política de poder norteamericana y existía una alianza estructural con la OTAN. La Administración norteamericana intervino rápidamente y exigió una rectificación: ¿una política de defensa paralela a la OTAN?, ¿complementaria?, ¿un complejo militar-industrial europeo autónomo y diferenciado del de EEUU? Se rectificó sin grandes problemas.
No se puede construir una autonomía estratégica de la UE si se tiene como enemigo a Rusia. Lo único que se consigue es alinearse y subordinarse a la política norteamericana
La realidad acaba siempre imponiéndose más allá de la propaganda y de las grandes formulaciones ideológicas. La realidad era y sigue siendo Rusia. No se puede construir una autonomía estratégica de la UE si se tiene como enemigo a Rusia. Lo único que se consigue es alinearse y subordinarse a la política norteamericana. La paradoja se ha vivido claramente cuando Trump insinuó la posibilidad de un acuerdo con Rusia, que fue inmediatamente respondido con la negativa de la UE y, sobre todo, de Francia, Alemania y Gran Bretaña, aunque esta no forma ya parte de aquella. ¿Qué hay detrás del belicismo de las élites europeas? Su convencimiento de que un acuerdo con Rusia en las actuales condiciones significaría la definición de una nueva arquitectura de seguridad en Europa y el fin de la Unión Europea y de la OTAN que hemos conocido. El problema de fondo es que la guerra entre la OTAN y Rusia en Ucrania creó las condiciones para una salida a la crisis de la UE basada en el rearme y la militarización de la política.
Por eso, la defensa de la paz debe recuperar un lugar central en cualquier proyecto democrático. No se trata solamente de proteger el derecho fundamental a la vida frente a la lógica de la guerra, sino también de defender las condiciones materiales de existencia de las mayorías sociales: la prolongación de los conflictos en Ucrania e Irán alimenta la crisis energética, encarece recursos esenciales y hace recaer sus costes sobre los sectores populares. Reconstruir un movimiento pacifista amplio y activo, capaz de combatir la normalización de la guerra y de abrir paso a soluciones políticas y negociadas, constituye una tarea democrática de primer orden.
Mirando al porvenir: una Europa confederal
Europa se ha convertido en un problema. La integración neoliberal ha separado la soberanía de la democracia, reduciendo el poder efectivo de los Estados y trasladando decisiones fundamentales hacia instituciones y poderes sustraídos al control popular. El resultado son democracias cada vez más limitadas y oligárquicas, sistemas políticos crecientemente homogéneos y una representación que pierde capacidad para expresar los intereses y las aspiraciones de las mayorías sociales. En ese vacío prosperan el desencanto, la desafección y unas nuevas derechas que se presentan como impugnación del sistema cuando, en realidad, constituyen su recambio: fuerzas llamadas a administrar una nueva fase más autoritaria, socialmente regresiva y estrechamente controlada por los grandes poderes económicos.
Este proceso coincide y se entrelaza con una transformación profunda del orden internacional. El declive relativo de la hegemonía norteamericana es también, en buena medida, la crisis de una Unión Europea construida durante décadas bajo su dirección estratégica. La emergencia de nuevas potencias, el desplazamiento progresivo del centro de gravedad mundial y la creciente dificultad de Occidente para imponer sus reglas están empujando a las clases dirigentes europeas, no a conquistar una verdadera autonomía, sino a profundizar la subordinación atlántica y a convertir el rearme, la militarización de la economía y la guerra en una huida hacia adelante, tratando de resolver por la vía militar una crisis económica, política y geopolítica de grandes dimensiones.
Una Europa verdaderamente autónoma debe replantearse a fondo sus relaciones con Rusia
En este contexto, cualquier alternativa pasa por reconstruir Europa desde los espacios políticos donde puede organizarse la voluntad popular, superando una UE que ha vaciado de contenido buena parte de las soberanías nacionales. Es en este sentido preciso en el que España puede ser parte de la solución: proponemos avanzar hacia una Europa confederal, es decir, hacia una comunidad de Estados soberanos y dotados de instituciones comunes que sea capaz de reconciliar la democracia, la soberanía y el conflicto social como auténtico motor de la historia. Esta orientación exige, a nuestro juicio, actuar sobre tres cuestiones decisivas que están estrechamente unidas: ampliar el espacio político de los Estados, reconstruir una relación de amistad y cooperación con Rusia e insertar activamente a Europa en el mundo multipolar que ya está emergiendo.
En primer término, recuperar un espacio político propio no significa aislarse ni renunciar a las instituciones comunes, sino devolver a cada comunidad política la posibilidad efectiva de decidir sobre las cuestiones que determinan sus condiciones de vida. Es decir, sobre políticas soberanas en los asuntos claves y estratégicos como por ejemplo la vivienda, el suelo agrícola y la estructura de la propiedad agraria, el agua, la energía, la propiedad y gestión de los montes, los recursos naturales, la pesca o la estructura industrial del país, etc. Una Europa confederal debería partir precisamente de este principio: ampliar el margen de actuación de los Estados, limitar el poder disciplinario de los mercados y establecer formas de cooperación económica y monetaria que sean compatibles con estrategias nacionales diferenciadas. Las instituciones europeas dejarían de actuar como mecanismos de tutela para convertirse en instrumentos de coordinación entre países soberanos. Solo así puede reconstruirse una democracia sustantiva, capaz de intervenir en la economía, proteger los derechos sociales y permitir que las mayorías conviertan sus aspiraciones en decisiones políticas efectivas.
En segundo lugar, una Europa verdaderamente autónoma debe replantearse a fondo sus relaciones con Rusia. La seguridad del continente no puede construirse sobre una confrontación permanente entre sus principales potencias ni sobre la reproducción indefinida de una lógica de bloques. Una Europa confederal debería impulsar la normalización de las relaciones con Moscú y avanzar hacia acuerdos estables de amistad y cooperación fundados en el respeto mutuo, la seguridad compartida y la existencia de intereses comunes. El objetivo es reducir la tensión militar y reconstruir vínculos económicos, energéticos, comerciales, científicos y tecnológicos hoy gravemente deteriorados. Se trata, en definitiva, de sustituir la política de contención y enfrentamiento por una arquitectura continental de seguridad que permita a Europa definir sus propios intereses y superar una dependencia atlántica que ha condicionado durante décadas su política exterior.
Finalmente, una Europa confederal debe asumir plenamente la transición hacia un mundo multipolar y definir su posición en él a partir de sus propios intereses. El desplazamiento del centro de gravedad mundial, la emergencia de nuevas potencias y el creciente protagonismo del Sur Global anuncian un orden internacional más plural, en el que ninguna potencia podrá imponer por sí sola sus reglas al conjunto del planeta. Europa debe decidir si permanece subordinada a la estrategia norteamericana o participa activamente en la construcción de un equilibrio nuevo desde la defensa de la soberanía, la paz y la cooperación entre iguales. Se trata, en cierto sentido, de recuperar el espíritu de Bandung: reconocer la pluralidad de caminos políticos, económicos y culturales, abandonar las pretensiones de tutela y establecer una relación distinta con Asia, África y América Latina. Volver a Bandung no significa regresar al pasado, sino comprender el sentido profundo de una transformación histórica que ya está en marcha y que, después de cinco siglos de hegemonía occidental, ha dejado de girar en torno a un único centro de poder.
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