Violencia digital contra mujeres mediáticas: cuando el odio se vuelve físico

El acoso en redes se intensifica y traspasa la pantalla hasta llegar a la puerta de casa de periodistas, políticas y activistas
Mujeres comunicadoras que han sufrido acoso digital y físico
Mujeres comunicadoras que han sufrido acoso digital y físico

El acoso que comienza en redes sociales ya no se queda en la pantalla. Cada vez más mujeres con presencia pública denuncian cómo ese odio se organiza, se intensifica y acaba llegando a sus casas en forma de amenazas y agresiones. En España, el 80% de las jóvenes ha sufrido acoso digital, según un estudio del Ministerio de Igualdad de 2025.

El portal de una casa debería ser, por definición, el límite entre el mundo exterior y donde comienza la seguridad de lo privado. Sin embargo, para la periodista Cristina Fallarás y para muchas otras mujeres, ese umbral se convirtió durante meses en el escenario de una emboscada constante. 

Cuando hablamos con Cristina Fallarás de la violencia que ha sufrido en la última década, especialmente desde 2018, enumera los relatos con la templanza de quien ha interiorizado los ataques de odio. Para la periodista el miedo ha dejado de ser un sentimiento puntual para convertirse en un elemento estructural de su cotidianidad.

Lo que había comenzado con “simples” comentarios de cuentas anónimas en redes, ahora eran personas de carne y hueso que prestaban su cara para insultar, vejar e incluso, en casos extremos como el de Fallarás, agredir físicamente.

“Descubrieron dónde vivía y me esperaban en la puerta de casa; entonces me tiraban del pelo, me escupían, me pegaban empujones. En uno de estos empujones me rompieron el menisco en la calle. Fue en Fuencarral, en Madrid”.

El caso de Cristina Fallarás no es el único. Cada vez más mujeres con presencia pública denuncian una realidad alarmante: el acoso que comienza en redes sociales acaba traspasando la pantalla y llega a la casa de periodistas, políticas y activistas con presencia mediática.

Rita Maestre, portavoz de Mas Madrid, publicó en la plataforma X un vídeo denunciando cómo en 2025 comenzaron a llegar a la puerta de su casa decenas de hombres, en su mayoría borrachos, que aseguraban que habían hablado con ella en un canal de Telegram.

- Rita, ábreme a la puerta- ¿Quién eres? ¿Cómo sabes donde vivo?- He estado hablando contigo por un canal de Telegram

Tras una investigación policial se averiguó que en esta aplicación se difundía su dirección mediante perfiles anónimos prometiendo que detrás de la puerta se ofrecían servicios sexuales.

Sarah Santaolalla, analista política, relata también en su cuenta de X y en declaraciones públicas cómo sintió “auténtico terror” al ver su nombre pintado en la tumba de las Trece Rosas, en Madrid. Un monumento conmemorativo que recuerda a las jóvenes fusiladas el 5 de agosto de 1939 por el régimen franquista, lamentando lo triste que resulta el haber normalizado los insultos y las amenazas de muerte a mujeres por el simple hecho de participar en el debate político. Además de diversos comentarios sexualizando y recalcando su aspecto físico.

La periodista peruana Laura Arroyo, en un episodio del pódcast ‘Saldremos mejores’, relata cómo le amenazaron no solo por ser mujer, sino por ser inmigrante. Además de las intimidaciones que ya ha normalizado, como “ojalá te mueras” o diversos comentarios racistas en la calle, hubo dos episodios que destacan por cruzar la línea de la ética profesional: un policía y la cuenta oficial de Vox la amedrentaron con deportarla.

Arroyo explica que el miedo es distinto cuando la amenaza viene de una autoridad. Primero fue un policía con placa y arma quien le soltó el “te vamos a deportar”. El segundo ataque llegó desde la cuenta oficial de Vox en redes sociales. Para ella esto es distinto porque lo dicen una institución y un partido que tiene el poder real de echarla del país, o que podría tenerlo en un futuro cercano. De esta manera, el ataque deja de ser un simple insulto para convertirse en una amenaza política con capacidad real de ejecutarse.

También un caso de racismo es el de Tesh Sidi, una activista y política que ha denunciado en el mismo pódcast que recibió hasta 2.000 mensajes de odio en redes, del tipo: “si vieras lo que estamos organizando en Telegram” o “mora de mierda”.

Si pensamos en un responsable es probable que se nos venga a la cabeza un troll de X (antes Twitter) o una cuenta falsa de Instagram. Sin embargo, historias como la de Cristina sacan a la luz un comportamiento sistemático y estructural sostenido en la misoginia y en la violencia de género.

El machismo parece haber encontrado una forma de amplificarse a través de las redes.  Foros de internet muy masculinizados, perfiles de youtubers o influencers misóginos, e incluso partidos políticos crean un entorno seguro para retroalimentarse en el odio y agredir con impunidad.

Diversos estudios respaldan esta idea al analizar el contenido de algunos de los youtubers más influyentes en España. Investigaciones como la realizada por Esther Simancas y Teresa Vera muestran que muchos de estos creadores reproducen un modelo de masculinidad agresivo, individualista y basado en la provocación. En sus contenidos predomina el lenguaje ofensivo, actitudes violentas y discursos sexistas, homófobos y racistas.

Un ejemplo claro de esta violencia organizada es la experiencia de Cristina Fallarás. A lo largo de los años ha recibido mensajes organizados de odio por parte de Vox. El partido político de ultraderecha organiza campañas, no contra ella directamente, sino a nivel global: publican y expanden el ataque para que sean otros quienes participen y la agredan.

Esa misma legitimación institucional es la que denuncia la comunicadora Sarah Santaolalla. Para ella, el acoso virtual pasa a un segundo plano cuando el discurso político moviliza a organizaciones neonazis y agitadores hasta la puerta de su casa o de su trabajo. En ese momento, el terror se vuelve físico: “Lo que menos te importa es lo que te llamen en Twitter. Te importa entrar segura, poder abrir la llave sin que te tiemble la mano y sin tener que tomar medicación para poder dormir”.

La pedagogía del terror, un esquema milenario

Según un estudio del Ministerio de Igualdad publicado el 3 de marzo, un 80% de las mujeres de entre 16 y 24 años del Estado español ha sufrido acoso en redes sociales de manera puntual. Determinados colectivos profesionales y públicos sufren además un acoso sostenido: ocurre con el 73% de las periodistas y el 58,2% de las europarlamentarias. Entre ellas, el 46,9% dice haber experimentado amenazas de muerte o violación.

El mismo informe concluye que el 70% de las denuncias en canales especializados, como la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), corresponden a casos de violencia digital contra las mujeres.

“Las consecuencias son dramáticas: autocensura, abandono de redes, problemas físicos y psicológicos e incluso suicidio”, ha alertado la ministra de Igualdad Ana Redondo. También tiene efectos democráticos: “Estas campañas repercuten en una disminución del pluralismo en redes sociales y de un debate abierto y respetuoso entre quienes piensan diferente”.

¿Por qué las mujeres mediáticas son la diana de este tipo de ataques? La socióloga Tatiana Iñíguez explica que las violencias funcionan como un castigo por salirse del esquema tradicional de “mujer sumisa en casa” y atreverse a ocupar el espacio público.

El género es un factor determinante en los discursos de odio y en la escalada de las agresiones. Los hombres y las mujeres no tienen la misma probabilidad de sufrir acoso online. Esto sucede porque las redes sociales replican los roles de género de la sociedad. Estos roles de género no sólo legitiman el hecho de sufrir acoso por ser mujer, sino también el de ejercerlo por ser hombre.

Pero este intento de expulsar a las mujeres del debate público no es una novedad del entorno digital, sino la base histórica del patriarcado. Tal y como documenta la investigadora Mary Beard en su ensayo Mujeres y poder, este silenciamiento sistemático se remonta a los orígenes de nuestra cultura. Desde el mito de Filomela, a quien cortaron la lengua para evitar que denunciara su violación, hasta las mujeres tachadas de “monstruos” por intervenir en el Foro Romano, un espacio de decisión política reservado exclusivamente a los hombres. La antigüedad está plagada de castigos contra la voz femenina.

Esta conexión entre el pasado y el presente evidencia que, aunque las plataformas digitales sean más recientes, la estructura que las sostiene no ha cambiado. Como señala Íñiguez, nos encontramos ante una paradoja: a pesar de los avances sociales, el acoso en redes responde a un esquema antiquísimo de siglos de dominación patriarcal del cual todavía no nos hemos deshecho. Como vemos, esto no es algo que ha inventado internet, sino que este canal se ha convertido en un altavoz que actualiza un mandato milenario de silencio.

Si la historia ha dictado la norma, ¿quién es el responsable de que se lleve a cabo? La validación institucional es, para las expertas, el motor principal de esta cacería. Íñiguez advierte de la “responsabilidad total” de ciertos partidos políticos que, al reforzar discursos de odio o señalar directamente a periodistas, otorgan un “permiso social” para el hostigamiento. Esta legitimación alienta a la “manada digital”, conformada por foros incels, creadores de contenido misóginos y cuentas anónimas, a rebajar a la mujer a una posición de inferioridad.

Para Fallarás, esta agresión de la extrema derecha “no es una batalla que puedas elegir; ellos te amenazan y tienes que aguantarlo”. Sin embargo, su canal de denuncia se ha convertido en un salvoconducto para que miles de mujeres difundan sus propios relatos de violencia y para crear un espacio seguro de unión.

Precisamente de esa necesidad urgente de refugio nace la plataforma digital “La Nuestra”, impulsada por Fallarás y otras 24 mujeres para organizarse y apoyarse frente al odio. “Lo que tenemos que pensar los colectivos feministas es qué espacios de escucha tenemos habilitados para estas mujeres que no tengan que ser explícitamente en las redes sociales”, explica Violeta Assiego, abogada y experta en derechos de las infancias y de las mujeres.

Mensaje y logo de «La Nuestra» y mensajes que envían por DM a Cristina Fallarás
Mensaje y logo de «La Nuestra» y mensajes que envían por DM a Cristina Fallarás

El muro judicial y la asfixia legal

Ante esta realidad surge la pregunta: ¿dónde está el amparo de las instituciones? Al preguntar a Cristina Fallarás si la justicia la ha protegido en algún momento su respuesta es tajante: nada. Para la periodista, el sistema entero, desde la policía hasta los tribunales, mantiene una estructura patriarcal diseñada para silenciar a las mujeres. De hecho, sostiene que, sin el impulso de movimientos sociales como el #MeToo o el #Cuéntalo, las instituciones jamás habrían permitido que estos abusos vieran la luz.

Tesh Sidi comparte esta frustración. Tal y como relata en ‘Saldremos mejores’, la fiscalía de delitos de odio sí muestra cierta voluntad para actuar, pero el muro aparece al llegar a los juzgados. Los magistrados denuncian una falta de amparo legislativo para poder exigir responsabilidades a las grandes plataformas tecnológicas. Frente a esta parálisis, Sidi propone desbordar las comisarías con denuncias como única vía para presionar al sistema.

A pesar de estas carencias, España cuenta con herramientas legales. El Código Penal, a través de sureforma de 2015, tipifica el delito de hostigamiento para castigar el acoso reiterado en redes, y laLey de Libertad Sexual reconoce de forma expresa la violencia digital. El problema radica en que la teoría choca contra la lentitud judicial y el escudo del anonimato.

En paralelo, el Gobierno de España acaba de anunciar ‘Hodio’, una herramienta tecnológica para rastrear la huella del acoso en internet y evitar que las plataformas funcionen como un territorio sin reglas.

En Europa, en abril de 2024 el Parlamento adoptó las primeras normas comunitarias centradas de forma específica en combatir la ciberviolencia contra las mujeres. Esta normativa sanciona con dureza la divulgación de información privada o de envío de imágenes.

Pero la paradoja va más allá de la inoperancia institucional. Cuando el linchamiento en redes no logra el silencio de las mujeres, los agresores recurren a la asfixia judicial. Tal y como revela un informe de Pikara Magazine, el sistema se convierte en una nueva arma de castigo. Los agresores se amparan en el Derecho al Honor para interponer querellas por calumnias e injurias contra mujeres que, como Fallarás, alzan la voz.

Las abogadas Carla Vall y Violeta Assiego explican que el objetivo no es demostrar inocencia, sino provocar el desgaste económico y psicológico absoluto de la denunciante. Buscan aislarla y disuadirla. El propio muro de Instagram de Fallarás es la prueba de esta táctica: cuantos más testimonios, más denuncias.

¿Que supone para un país democrático que sus voces públicas femeninas vivan bajo la hipervigilancia?Íñiguez advierte que esta violencia empobrece la pluralidad representativa de toda la sociedad.

“La democracia debería legitimar una presencia igualitaria; si a ciertos perfiles no se les permite desarrollarse sin consecuencias negativas, la salud democrática se ve ciertamente afectada”.

Sin embargo, el objetivo de expulsarlas ha chocado con una red de cuidados sin precedentes. Frente al abandono institucional, las mujeres han decidido crear sus propias trincheras. Cuando el acoso sistemático se cebó con comunicadoras como Irantzu Varela el sector respondió en 2020 con un manifiesto respaldado por 250 mujeres advirtiendo que “no permitirían que la estrategia de expulsión triunfara”. Mientras las leyes intentan alcanzar la velocidad a la que se propaga el odio en internet, las mujeres lo han dejado claro: ya no se van a esconder.

Rabia, humor y trinchera colectiva

Cuando la violencia digital y física aparecen repentinamente, la respuesta no es uniforme. Hay mujeres que, asfixiadas por el miedo o por el desgaste de unos tribunales que no les entienden, optan legítimamente por el silencio. Otras han decidido que, si las quieren expulsar, se van a quedar haciendo ruido. Han encontrado en la ironía y la indignación sus mejores mecanismos de supervivencia.

Tesh Sidi lo explica con claridad en el pódcast ‘Saldremos mejores’: frente al agotamiento de tener que hacer pedagogía constante ante los ataques, a veces el mejor arma es el humor. “He tirado de memes. Al fascismo le molesta mucho la capacidad del humor para darle la vuelta a las cosas. Cuando les vacilas, se activa ese odio”.

Pero más allá del humor individual, el verdadero escudo frente al acoso es la organización. “La rabia es muy bonita, sobre todo si es colectiva”, apuntaba la comunicadora Nerea Pérez de las Heras en el mismo pódcast. Y es precisamente esa rabia compartida la que ha impulsado la creación de redes de apoyo que operan como refugios como el de Cristina Fallarás.

La periodista asume de frente el coste personal de esta exposición constante. “Entiendo y respeto a las mujeres que no pueden poner el cuerpo y a las que no quieren. Es estupendo que se cuiden. Pero creo que yo, que sí puedo hacerlo y estoy acostumbrada, elijo ese papel de crear canales”, confiesa.

Y es en esa decisión donde reside la mayor derrota de los agresores. Mientras las leyes intentan alcanzar la velocidad a la que se propaga el odio y algunos juzgados se utilizan como armas de desgaste, las mujeres han dejado claro que ya no se enfrentan a esta “cacería” solas. Frente a la pedagogía del terror, han formado la trinchera colectiva.

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