Aura Portilla
Aura Portilla, psicóloga, colombiana y sobreviviente de violencia de género.

Las historias de violencia machista no terminan con las denuncias, ni cuando la víctima se separa del agresor. En muchos casos siguen conectados, y ejerciendo violencia sobre ellas.

Era invierno. Aura salió de la ducha para ver qué estaba pasando.

-¿Paulo, que le ha pasado al calentador, lo has apagado tú?

La respuesta fue directa. 

-Sí he apagado el calentador, quiero que te duches con agua fría. 

-¿Por qué has hecho eso? Si es por el dinero, sabes que trajimos de sobra.

-No, tú no me estás entendiendo. Yo quiero que te duches con agua fría, ¿no dices que eres muy valiente, empoderada y fuerte? Pues venga, dúchate con agua fría. 

-Pero hace frío, no tiene lógica que me duche con agua fría.

“Cuando me di cuenta tenía la cabeza en el suelo”, recuerda.

Aura, que terminó con múltiples cardenales por todo el cuerpo. Paulo, después de la agresión, salió de la casa sin más.

 ****

Aura llegó a España convencida de que comenzaba una nueva etapa. Y, en efecto, lo era. Pero no todo resultaría como había imaginado. Dejaba atrás un matrimonio de más de dos décadas, un trabajo estable y a su hijo, con la idea de establecerse primero y traerlo después.

El plan lo había construido junto a un compañero de trabajo en Colombia. Se conocieron en la Universidad de investigación y desarrollo (UDI), Bucaramanga, Colombia, donde ella ejercía como coordinadora de investigaciones y él trabajaba como conserje. Compartieron el entorno laboral durante cuatro años, y el último de ellos marcó el inicio de su relación. Paulo, no se llama así pero por respeto a las mujeres que nos han confiado su historia le vamos a dar este nombre, era conocido por su carácter solidario y su implicación en causas sociales; una figura cercana, empática y bien valorada por quienes lo rodeaban. Fue precisamente esa imagen la que llevó a Aura a confiar en él y a dar el paso de emprender el viaje.

En 2019, después de instalarse juntos en Sevilla, la situación empezó a cambiar. Aura comenzó a trabajar como cuidadora, mientras él tenía un empleo nocturno en una empresa de reparto de panadería. Esa aparente normalidad —dos trabajos, una rutina compartida— duró muy poco.

El punto de inflexión llegó prácticamente al inicio de la convivencia. Apenas llevaban dos días viviendo juntos cuando ocurrió el primer episodio. Paulo decidió cortarle el agua caliente en plena ducha a Aura y cuando esta salió sorprendida, con frío y protestando, Paulo le dio la primera paliza. 

Fue el inicio de una dinámica que se repetiría en las semanas siguientes. Comenzó un proceso progresivo de control sobre sus relaciones y su dinero.

Aura vivía pendiente de sus reacciones, con miedo. Cualquier gesto, cualquier palabra o cualquier decisión cotidiana podría desencadenar un nuevo episodio de violencia. 

La noche en que decidió pedirle que se marchara no fue un impulso repentino, sino el resultado de semanas acumuladas de miedo, ya llevaban viviendo juntos cinco meses. Para entonces, Aura ya había memorizado el número de la policía. 

Recuerda esa noche con precisión. Él estaba acostado en la cama. Ella, de pie, a los pies, intentando explicarle que no podía seguir así, que necesitaba estar tranquila. No le pedía explicaciones, ni una solución. Solo que se fuera.

En cuestión de segundos, Paulo se levantó de la cama y se lanzó hacia ella. Aura logró zafarse y salir corriendo. Bajó las escaleras sin detenerse, sin pensar, desorientada y prácticamente sin ropa. 

Consiguió llamar a la policía. No sabía exactamente dónde estaba, pero los agentes lograron localizarla en la calle. La acompañaron de vuelta al domicilio para que pudiera recoger sus cosas.

Al entrar, la sorpresa fue mayúscula. Paulo tenía la mano cortada. Les dijo a los agentes que había sido ella quien lo había agredido. La escena dio un giro inesperado. Aura, todavía en estado de shock, intentando explicar lo ocurrido mientras apenas podía sostener el relato.

Según cuenta Aura, los agentes percibieron la situación. Evaluaron el riesgo y le indicaron con claridad que debía denunciar. Aquella intervención marcó un punto de ruptura.

Ese día Aura denunció, hubo un juicio rápido y Paulo pasó una noche en el calabozo.

Sin dinero (él se lo había quitado todo), sin red de apoyo y en un país que todavía no sentía como propio, Aura tuvo que tomar decisiones inmediatas. La policía le ofreció la posibilidad de acceder a una casa de acogida. Sin embargo, en ese momento optó por otra alternativa.

Contactó con la familia de la mujer a la que cuidaba. La hija accedió a que siguiera trabajando y le ofreció quedarse unos días allí, mientras la situación se estabilizaba. Paralelamente, la casera, cuando Aura le contó la situación que estaba viviendo les pidió a ambos que abandonaran la casa. Entonces Aura se fue a pasar unos días a la casa de la mujer a la que cuidaba y él se fue a casa de unos familiares.

Cuatro días después, Paulo volvió al piso y se llevó todo, electrodomésticos, muebles, la cama… todo lo que ellos habían comprado. “Se llevó hasta mis documentos”.

No dejó nada en el piso. Aura se encontró con un espacio vacío, sin recursos, sin pertenencias, teniendo que reconstruir desde cero incluso lo más básico. Aun así, cuando él se marchó, ella le pidió a la casera volver al piso, ya que como estaban en época del Covid-19 era mucho más complicado buscar un nuevo hospedaje. La casera finalmente cedió y ella sí que pudo regresar a la vivienda. 

La salida no supuso el final, el acoso continuó. 

Paulo conocía sus horarios —sabía que trabajaba de noche— y aprovechaba esos momentos para aparecer en su entorno. En varias ocasiones, Aura se encontraba con algo que no sabía cómo explicar: excrementos en la puerta de  casa.

No había cámaras, ni testigos, ni pruebas que permitieran demostrar quién lo hacía. Pero elcontexto y el conocimiento que Paulo tenía de sus rutinas hacían que la sospecha fuera siempre la misma.

“Eso yo lo avisé, pero no se puede denunciar si no hay una prueba”, explica Aura. 

Ley, límites y redes de apoyo

En gran parte de la violencia que Aura describe no había testigos, ni partes médicos que documentaran las lesiones, ni pruebas materiales que pudieran sostener un proceso judicial sólido. Ella no sabía cuál era el protocolo a seguir, ya que era la primera vez que le ocurría. Eso no significa que no existiera.

En el marco legal español, las diversas situaciones que vivió Aura están reconocidas como violencia de género. La Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género no se limita a las agresiones físicas, sino que incluye también la violencia psicológica. El problema aparece cuando esa violencia tiene que trasladarse al ámbito judicial.

El Código Penal contempla los malos tratos habituales (artículo 153) y las amenazas o coacciones (artículo 171), pero su aplicación práctica depende, en gran medida, de la capacidad de probar los hechos. Sin testigos, sin informes médicos y sin evidencias directas, muchos casos quedan en un terreno difícil de sostener legalmente.

A pesar de que la policía valoró la situación como de riesgo alto, la falta de pruebas concretas llevó a que el caso no prosperara. La distancia entre lo vivido y lo que puede acreditarse judicialmente se hizo evidente.

“Me sentía completamente indefensa. No sabía a quién pedir ayuda”. 

Es en ese vacío donde las redes de apoyo adquieren un papel fundamental. Aura conoció la Fundación Ana Bella a través de un papel que le entregó la policía y se decidió llamar. A partir de ahí, su situación empezó a cambiar.

Fundación Ana Bella, red de Mujeres Supervivientes que actúan en 82 países como una solución global a la violencia contra las mujeres.
Fundación Ana Bella, red de Mujeres Supervivientes que actúan en 82 países como una solución global a la violencia contra las mujeres.

La fundación trabaja acompañando a mujeres que han sufrido violencia de género desde una lógica distinta a la puramente asistencial. Para Aura, ese acompañamiento fue clave. “Fueron como las amigas que había perdido en el camino”.

Con el tiempo, su vínculo con la fundación fue más allá. Aura no solo recibió ayuda, sino que acabó formando parte de ese mismo espacio. Hoy trabaja allí como psicóloga, acompañando a otras mujeres en procesos similares.

Cuando la historia se repite: el vínculo entre víctimas

La primera vez que Aura lo mencionó no fue una afirmación clara. Estábamos terminando la entrevista cuando, al hablar de su experiencia, dejó entrever que podía haber más mujeres. No añadió nada más en ese momento, pero el tono cambió. Hasta entonces, su historia se sostenía como un caso individual: una relación que había comenzado en su entorno laboral, con un compañero en el que confiaba y con quien se sentía cómoda. Sin embargo, esa frase abría otra posibilidad: que no hubiera sido la única.

Así llegamos a Cristina, llamémosla Cristina. Su caso fue distinto al inicio porque no había tenido contacto con Paulo previamente. Cristina conoció a Paulo por un amigo en común que iba para Italia. Cristina iba en busca de trabajo y decidió viajar desde Colombia hacia Italia ya que tenía una amiga que le ofrecía hospedaje allí, y un buen amigo le dijo que en España estaba Paulo y que él la podría ayudar a quedarse una temporada hasta que reuniera los requisitos posibles para poder llegar a su destino. Por ese motivo, Cristina decidió hacer una parada en España antes de continuar el viaje hasta Italia. Ese amigo le facilitó el número de Paulo por si necesitaba algún apoyo en el país. A partir de ahí comenzaron a hablar por WhatsApp, y cuando finalmente llegó, Paulo la recibió en el aeropuerto. Fue muy servicial y le propuso quedarse unos días en su casa, ella estaba muy cómoda, entonces la estancia se alargó.

Una vez en Sevilla, Cristina consiguió trabajo como interna a través de una conocida. Los fines de semana los pasaba con Paulo. Hubo diversas visitas, conversaciones y tiempo compartido, el vínculo empezó a construirse. “Entre charla y charla, una relación”, resume Cristina.

Cuando Cristina llegó a España, estaba embarazada de tres meses. Venía en una situación de vulnerabilidad económica. Así que se dejó querer y aceptó la propuesta de Paulo, con quien ya venía intimando, de empezar una nueva vida junto a él. Es entonces cuando Paulo también decide hacerse cargo de la hija que estaba esperando Cristina. Según su testimonio, él le ofreció estabilidad, asegurándole que tenía papeles y que podía ayudarla a salir adelante.

Sin embargo, la convivencia pronto empezó a cambiar.

Tal y como nos había contado Aura en una de las entrevistas, fue a los ocho meses de embarazo cuando comenzaron las agresiones físicas. Aun así, Cristina continuó con la relación. La falta de recursos, el embarazo avanzado y la ausencia de una red de apoyo en España reducían sus opciones. Salir no era solo una decisión emocional: implicaba enfrentarse a una realidad material sin alternativas claras. Con el nacimiento de su hija, la situación empeoró. 

Poco después del nacimiento de la bebe, el hermano de Cristina llegó a la casa tras abandonar Colombia. Estuvo viviendo con Cristina y con Paulo quince días hasta que encontró trabajo. Paulo tampoco te trataba bien, le insultaba y se encaraba mal.

Una tarde agradable en la que la niña dormía y los dos hermanos habían podido hablar con su familia de Colombia. Esa tarde, Paulo decidió llevar en coche al hermano de Cristina hasta su casa pero le obligó a Cristina a acompañarlos. Cristina tuvo que despertar a la niña y se fueron todos en el auto.

El viaje en coche fue caótico, Cristina vomitó y entonces empezaron a discutir. Paulo la llamó “borracha”, la humilló y elevó el tono de forma agresiva. El ambiente se volvió cada vez más hostil.

Al regresar a casa, Paulo le arrebató a la niña, intentó bañarla con agua fría mientras lloraba y, ante la negativa de Cristina, la situación derivó en violencia física. La agarró, la tiró al suelo, la arrastró del pelo y le quitó el teléfono cuando intentó pedir ayuda. En medio del forcejeo, Cristina logró activar la grabación de un móvil antiguo, dejando constancia de lo ocurrido.

La agresión terminó cuando consiguió alertar a una vecina, que acudió junto a otras personas y facilitó que Cristina saliera de la vivienda con su hija. Pasó la noche fuera, en la casa de la vecina que le había ayudado. Al día siguiente, tras dejar a la niña en la guardería y pese a las secuelas físicas, acudió a la Guardia Civil para interponer la denuncia. Un parte médico y el audio registrado sirvieron como pruebas clave.

Una orden de alejamiento que no rompe el vínculo

La denuncia derivó en una orden de alejamiento. Pero esa medida, lejos de cerrar la historia, abrió una nueva etapa marcada por otra forma de vínculo: el legal. Paulo figura como padre de la menor, lo que obliga a mantener el contacto, aunque sea indirecto. Es en ese punto donde el miedo cambia de forma, pero no desaparece.

Cristina ya no convive con él, pero existe un régimen de vistas estipulado. Paulo puede ver a quien es su hija en términos legales, pues la pequeña solo tiene 3 años. Cristina se angustia debido a que cuando llega el fin de semana, ella no sabe lo que ocurre. No hay comunicación directa entre ellos: todo pasa a través del hermano de Cristina, que actúa como intermediario. Aun así, la incertidumbre permanece.

“Se la lleva y no sé… no sé qué pasa con mi niña”. 

Esa falta de control se traduce en angustia constante. Durante los primeros meses, Cristina necesitó medicación para poder dormir los días en los que la menor estaba con Paulo. Las noches se hacían especialmente difíciles: el silencio, la ausencia, la imposibilidad de comprobar si estaba bien.

Un día, cuando a Paulo le tocaba entregarle la niña a Cristina, la situación se complicó mucho. Eran las doce de la noche y su hija todavía no había sido entregada a la hora que habían acordado. Cristina intentó contactar con él mediante llamadas y mensajes, pero no recibía respuesta y la incertidumbre aumentaba, el hermano de Cristina también estuvo insistiendo y llamando a Paulo, pero este nunca le respondió. 

Cristina pasó toda la noche preocupada, pues no sabía dónde ni cómo estaba la niña. Pues el padre se llevaba a la niña los sábados a las 12 del mediodía y debía de entregarle a la niña los domingos a las 8 de la tarde. 

Hasta ese momento, la gestión de las visitas no siempre se ajustaba estrictamente a lo establecido judicialmente. En la práctica, Cristina había aceptado cierta flexibilidad en los intercambios, confiando en que él cumpliría con lo acordado y tratando de evitar conflictos. Sin embargo, tras varios episodios en los que esa confianza no se vio correspondida, decidió ceñirse de forma estricta a lo fijado por el juzgado.

Aun así, el miedo no desapareció.

La preocupación no es abstracta. Está ligada a una idea concreta: que la violencia pueda trasladarse a la menor.

Por eso, a diferencia de Aura, Cristina ha decidido no exponerse públicamente. Ha rechazado participar en medios de comunicación por miedo a posibles represalias.

“Si él llega a verme… a mí no me puede hacer nada, pero a mi hija sí”. 

La repetición de un modelo que persiste

El cruce entre Aura y Cristina no se produce durante la relación de esta con Paulo, sino después, a través de terceros y de conexiones que en un primer momento parecen fortuitas. En el caso de Cristina, fue al compartir su historia con la mujer que la había ayudado a encontrar trabajo cuando surgió el vínculo: su relato le resultó familiar porque conocía previamente el caso de Aura. A partir de ahí, esa conexión actuó como puente entre ambas.

Fue en ese contexto cuando Cristina tuvo conocimiento de Aura, a través de una mujer de su entorno que reconoció la historia. La advertencia llegó entonces, cuando ambas ya estaban conectadas indirectamente. Sin embargo, como explica la propia Cristina, en ese momento ya era tarde: se encontraba inmersa en la relación y en la dinámica de violencia. “Yo ya estaba metida en el ciclo de la violencia”.

A partir de ese momento, este relato deja de ser el de una sola mujer. Se convierte en la suma de varias experiencias que, al cruzarse, revelan una misma lógica. Y es en esa repetición donde la historia adquiere otra dimensión. Ya no se trata solo de lo ocurrido, sino de cómo —y cuántas veces— ha vuelto a ocurrir. 

En ambos casos, el inicio de la relación está marcado por una actitud positiva de Paulo. Aura lo describe como “empático”, “sensible” y comprometido socialmente. Cristina, por su parte, confía en él en un momento de vulnerabilidad, aceptando su propuesta de empezar una nueva vida en España. 

Este tipo de comienzo no es casual. En psicología, se ha estudiado cómo algunos agresores construyen una primera fase de idealización,en la que se presentan como personas cercanas, solidarias y fiables. Esta fase facilita la creación de un vínculo emocional fuerte, que posteriormente dificulta la ruptura cuando aparecen las primeras señales de violencia.

El repertorio del amor romántico y las condiciones de posibilidad para la violencia machista apunta a que la forma en la que culturalmente se construyen las relaciones puede llegar a normalizar comportamientos como los celos, el control o la posesión, interpretándolos como expresiones de afecto.

Esta idea permite entender por qué ciertas conductas no se identifican como violencia en un primer momento. El control sobre las relaciones, el acceso a la intimidad o la limitación del entorno social pueden percibirse, en determinados contextos, como parte de la dinámica de pareja.

Violencia vicaria: el vínculo como forma de control

La violencia vicaria es una violencia indirecta, en la que el agresor utiliza a los hijos o hijas (o el vínculo que existe con ellos) como una vía para seguir ejerciendo control sobre la madre. No siempre implica agresiones directas hacia los menores, sino que puede manifestarse a través de decisiones, amenazas o el aprovechamiento de los marcos legales que mantienen el contacto entre ambas partes.

En el ordenamiento jurídico español, este tipo de violencia ha ido adquiriendo reconocimiento progresivo. La Ley Orgánica 8/2021 de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia establece que los hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género deben ser considerados también víctimas. Este cambio supone un avance significativo, ya que permite entender estas situaciones no como conflictos familiares, sino como parte de un mismo sistema de violencia.

Además, desde el ámbito judicial se ha señalado que la persistencia del vínculo legal puede convertirse en un canal a través del cual el agresor mantiene influencia en la vida de la víctima, incluso después de haber sido denunciado.

Cerrar para entender: cuando la historia continúa

Años después de aquella noche en la que Aura salió corriendo de su casa sin saber hacia dónde ir, su vida es otra. Trabaja como psicóloga, tiene pareja y es feliz ya que ha logrado una estabilidad a pesar de la violencia sufrida. 

Tras salir de una relación de violencia de género, Aura reconstruye su vida
Tras salir de una relación de violencia de género, Aura reconstruye su vida

Además, ha decidido dar un paso más: hacer pública su historia. Aura ha participado en distintos medios de comunicación, contando su testimonio en canales como RTVE o Canal Sur, con el objetivo de visibilizar una realidad que, en muchos casos, permanece oculta. Su mensaje es claro: “era desde mi corazón decir a las mujeres que me estuvieran escuchando que había una salida y que pidieran ayuda y que lo contaran, que se despojaran de esa culpa y de esa vergüenza y que no era nuestra culpa, que la culpa es del hombre que nos maltrata”.

Sin embargo, su historia no termina en ese punto. Tampoco lo hace la de Cristina.

Sobre este blog
Zero Grados es una revista online de periodismo narrativo, que entiende la cultura en el más amplio sentido de la palabra.
Ver listado completo
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Sobre este blog
Zero Grados es una revista online de periodismo narrativo, que entiende la cultura en el más amplio sentido de la palabra.
Ver listado completo
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...