Manifestación en Pamplona contra la sentencia de “La Manada”. Fuente: RTVE.
Manifestación en Pamplona contra la sentencia de “La Manada”. Fuente: RTVE.

No recuerdo en qué momento dejé de tener control sobre mi propio cuerpo. La noche fue una sucesión de eventos que parecían inofensivos: aceptar una invitación a una fiesta, beber más de la cuenta con más gente… Después, todo se vuelve difuso en mi memoria. 

Cuando empezaron a decir que la fiesta se había cancelado, no pensé más de la cuenta ni sospeché nada. Nos fuimos a un parque donde estuvimos junto a más personas, reímos, hablamos, bebimos, fumamos… Durante toda la tarde no abandoné esa sensación de tranquilidad. Incluso cuando me dijeron que se trasladaba la fiesta a un piso, cuyo dueño conocía e incluso “me gustaba”, no pensé que a partir de ahí sería cuando todo empezaría a empeorar. Pero una vez allí, comencé a marearme. Todo daba vueltas. Pero ya no estaba sola con quien yo había elegido estar. 

Les dije que no. Lo repetí en varias ocasiones. Pero ni mi voz ni mis lágrimas parecían importar. Me quedé quieta por el miedo que comenzó a invadir mi cuerpo a partir de ese instante. Entendí que si me resistía podría llegar a ser peor. Porque eran varios. Porque los escuchaba reír y los veía grabarme.

Tampoco recuerdo cuánto tiempo pasó. Minutos, horas, días… Perdí la noción. Solo sé que mi cuerpo dejó de ser mío. Que cada vez que me esforzaba por entender lo que pasaba, ellos me decían que aquello me curaría. Que “me querían sacar al diablo”. Yo solo deseaba que terminase cuanto antes. 

Cuando por fin fui capaz de salir, no sabía ni cómo había llegado a la calle. Me dolía todo. Sentía bichos por mi piel que no estaban ahí. No podía hacer otra cosa más que rascarme debido a esa incomodidad y picor que recorría mi cuerpo. Una mujer me ofreció su ayuda y cuando acudió la policía no supe dar más explicaciones aparte de lo que sentía por dentro en ese momento. Lo único que sabía es que algo dentro de mí se había roto.

Esto para muchas personas puede parecer el inicio de un libro de terror. Pero no lo es. Es lo que vivió la víctima de la “Manada de Zaragoza”, como se cuenta en la sentencia, entre los días 24 y 26 de junio de 2020. 

Los acusados de “La Manada de Zaragoza”, sentados en el banquillo de los acusados durante el juicio. Fuente: Heraldo de Aragón.
Los acusados de “La Manada de Zaragoza”, sentados en el banquillo de los acusados durante el juicio. Fuente: Heraldo de Aragón.


Me han violado… ¿y ahora qué?

Esta es la pregunta que toda víctima de agresión sexual se hará. Tras una agresión sexual, el tiempo se convierte en un factor determinante. No solo para la salud de la víctima, sino para el proceso judicial posterior. El Protocolo Sanitario en Aragón –implantado en 2023– establece una respuesta inmediata, coordinada y homogénea en todos los centros hospitalarios.

Tal y como explica Cristina Torrijo, ginecóloga y obstetra de la clínica Zaragine: “Si hay una agresión, hay que ir a urgencias de un hospital público (...) allí está todo preparado para activar el protocolo”.

Cristina también esclarece el término agresión y las huellas que deja: “Una cosa es sufrir una agresión y otra es sufrir una agresión de una intensidad suficiente para que te deje huellas. La cosa es que forcejees, entonces sí que puede haber lesión”. En esta definición también inquiere Susana Tejero, su homóloga y cocreadora del Protocolo Sanitario en Aragón ante Agresiones Sexuales: “Lo importante para determinar si hay una agresión sexual es el consentimiento de la víctima, no la existencia de lesiones”.

Con esta afirmación, Susana pretende romper con el antiguo pensamiento donde la ausencia de heridas se interpretaba como ausencia de agresión. Aún así, cuando existen, las más comunes suelen ser hematomas, excoriaciones o marcas en la parte interna de los muslos. Pero incluso en casos más extremos, pueden no aparecer. “Puede haber una agresión por parte de 10 hombres y no haber lesiones”, señala Cristina, subrayando que el miedo o la intimidación pueden hacer que la víctima no oponga resistencia. 

Por ello, el protocolo pone especial énfasis en la recogida de muestras biológicas a la hora de la exploración de la víctima: semen, cabellos, restos de ADN bajo las uñas. Todo debe hacerse lo antes posible. “Las primeras 72 horas son primordiales y cuando son muestras que recogemos en vagina, pueden mantenerse hasta un máximo de diez días”, aclara Susana. 

El proceso está estrictamente regulado y milimétricamente explicado en el protocolo: qué muestras tomar, en qué orden, cómo conservarlas y cómo garantizar la cadena de custodia. Cualquier detalle puede ser decisivo en un juicio.

Pero la atención prestada no termina ahí. También se administra profilaxis para prevenir infecciones de transmisión sexual –VIH, hepatitis B, sífilis– y anticoncepción de emergencia en caso necesario. “Tenemos unos kits preparados para darles la profilaxis en el momento que hacemos la primera asistencia”, explica Susana. Al mismo tiempo muestra los formularios de consentimiento que debe rellenar la víctima antes de dicha administración.

En paralelo se activa la intervención de las FCSE (Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de España) y la forense. La coordinación total entre todos los profesionales implicados. “Tenemos que actuar de la misma forma (...) la asistencia médica, la policial y la forense, porque de eso depende el éxito de todo”, concluye Susana.

Las heridas invisibles

Sin embargo, reducir la atención a las heridas físicas sería quedarse en la superficie. Las consecuencias más profundas de una agresión sexual suelen ser invisibles.

Daniel Pérez es psiquiatra del Hospital de Nuestra Señora de Gracia y voluntario en Médicos del Mundo. Explica que una agresión sexual “te deja en piloto automático, en punto muerto, y entonces es como si uno se sintiera hueco. Al final te vas apagando”. A la víctima de La Manada de Pamplona se le cuestionó todo, como si hubiera tenido elección en lo que le hicieron. Preguntas como “pero, ¿te gustó?” provocan confusiones y pensamientos intrusivos que “van a dar a donde más duele, a pensar que la agresión te gustó y no es cierto, pero es lo que dice tu cabeza y eso machaca mucho”.

También aparece con frecuencia un fenómeno devastador: la culpa. Una víctima de violación puede empezar a pensar que tiene la culpa, a cuestionarse si fue para tanto, si se lo merecía, si podría haber gritado más, si lo soñó….

Un agresor no tiene ni idea del daño que puede hacer, pero te puede destrozar muchísimo –expresa Daniel–. Hay gente que nunca tiene la culpa de nada, pase lo que pase, y ellas se convierten en gente que pase lo que pase tiene la culpa de todo.

Manifestación contra la “cultura de la violación” en Uruguay. Fuente: RTVE.
Manifestación contra la “cultura de la violación” en Uruguay. Fuente: RTVE.

Los casos que hemos contado han sido muy mediáticos. Esto no solo contribuye a la revictimización, sino a que otras personas que han pasado por lo mismo se puedan sentir identificadas. Daniel afirma que esto no es bueno para ellas: “Si tú has vivido eso, tienes una especial sensibilidad a todo lo que tenga que ver con agresiones. Todo lo que duela lo apagas. Entonces, piensas que estás defendiéndote, pero no te están atacando, te atacas tú y vas empobreciéndote”.

En muchos casos, el silencio puede llegar a prolongarse durante años. “La mayoría de las veces pasa muchísimo tiempo (...) cuando por fin se lo cuentas a alguien, eso es un buen pronóstico”, afirma Daniel. Hablar, aunque sea tarde, es un primer paso hacia la reconstrucción psicológica. Porque cada detalle importa. Un comentario inadecuado, una duda mal planteada, pueden reabrir heridas que se creían cerradas. El proceso judicial, de hecho, es uno de los momentos más delicados para la víctima. “Denunciar es volverlo a vivir”, explica Daniel.

La amnesia, los trastornos alimenticios o, como en el caso de La Manada de Zaragoza, el brote psicótico, son respuestas a un trauma causado por una agresión sexual.

El que puede hacer un brote psicótico hace un brote psicótico, el que puede hacer una anorexia hace una anorexia. No es porque quiera, sino porque lo soporta –relata–. La amnesia hace que el trauma se bloquee, pero en algún momento va a despertar. Nunca sabremos cómo sería esa persona si no hubiera tenido esa agresión.

Para Daniel las enfermedades mentales no son un virus, sino una forma de sobrevivir, soportar la realidad que una persona tiene en la cabeza.

Esto no es nada nuevo

Para entender el presente es necesario mirar al pasado.

Históricamente, las mujeres se han considerado pertenencia de un solo hombre, entonces, ¿por qué ocurren las agresiones en grupo? No existe una respuesta definitiva, pero Harkins y Dixon teorizan que intervienen tres contextos: el individual, el situacional y el sociocultural.

Uno de los principales factores individuales es la influencia del líder. Este tipo de agresiones apenas se planean, se ha demostrado que nacen como fuente de diversión, pero en la mayoría de casos existe la figura de un líder que influye en el resto del grupo. Normalmente, es quien atrae a la víctima y el primero en agredirla. En los factores socioculturales juega un papel importante el pensamiento de que el dominio expresa masculinidad. Según Harkins y Dixon en A multi-factorial approach to understanding multiple perpetrator sexual offending, el patriarcado construye las creencias de que existen unos roles de género que se deben cumplir y que consisten en la sumisión de la mujer y el dominio del hombre. En cuanto a los factores situacionales, se habla de guerras, contextos donde la sexualidad se exagera o lugares donde se favorece la cohesión grupal. Es decir, contextos en los que se motiva a cometer delitos sexuales y donde hay gente con la que formar un grupo.

La forma en la que la sociedad ha tratado las agresiones sexuales ha evolucionado, pero no siempre en la dirección correcta. Dos casos paradigmáticos en España permiten entender esta evolución: Alcàsser y La Manada de Pamplona.

El caso de Alcàsser, el cual tuvo lugar en 1992, marcó un antes y un después en la cobertura mediática de la violencia sexual. Miriam, Toñi y Desirée, tres chicas de 14 y 15 años, desaparecieron cuando hacían autostop para ir a la discoteca Coolor, en Picassent. 75 días después, dos apicultores encontraron sus cuerpos semienterrados en una fosa en el barranco de La Romana, tras haber sido torturadas, violadas y asesinadas.

La cobertura mediática fue masiva. Varios programas de televisión retransmitieron en directo el dolor de las familias. Uno de los momentos más polémicos fue cuando en el programa De tú a tú, presentado por Nieves Herrero, emitieron las imágenes del momento en el que las familias se enteran de que han encontrado a las niñas fallecidas. La frase “vamos a compartir ese dolor” quedó grabada como símbolo de un periodismo que cruzó límites éticos.

El caso se convirtió en lo que muchos denominaron un “circo mediático”. Tal y como establece Nerea Barjola en Microfísica sexista del poder: el caso Alcàsser y la construcción del terror sexual: “Los medios de comunicación banalizaron la violencia sexual e hicieron de ella un espectáculo”.

Sin embargo, Alcàsser no fue un hecho aislado. Durante las décadas posteriores se han sucedido numerosos casos de agresiones sexuales en España, muchos de ellos también grupales, que evidencian que este tipo de violencia ha persistido en el tiempo, aunque no siempre haya recibido la atención mediática ni haya generado el mismo debate social.

En 2016, el caso de La Manada de Pamplona volvió a situar el foco en las agresiones sexuales, pero desde una perspectiva diferente. Durante los Sanfermines, una joven de 18 años fue agredida por cinco hombres que se autodeterminaban “La Manada” en su grupo de WhatsApp.

Los agresores grabaron siete vídeos de los hechos y le robaron el móvil a la víctima para que no pudiera pedir ayuda. Después de abandonarla, ella salió a la calle y atrajo la atención de una pareja que llamó al 112. Horas después, estos vídeos se enviaron en el grupo con el mismo nombre de la banda, seguidos de mensajes como: “follándonos a una los cinco”, “todo lo que cuente es poco”, “puta pasada de viaje” y “hay vídeo”.

El caso generó una enorme movilización social, especialmente tras conocerse la sentencia que calificaba los hechos de abuso sexual y no violación. Las calles españolas se llenaron de protestas bajo lemas como “no es abuso, es violación”, “yo sí te creo” y “tranquila, hermana, aquí está tu manada”.

Manifestación en Sevilla contra la sentencia de “La Manada”. Fuente: Cadena SER.
Manifestación en Sevilla contra la sentencia de “La Manada”. Fuente: Cadena SER.

A diferencia de Alcàsser, en este caso el foco no estuvo tanto en el morbo sino en el debate jurídico y social. Dos años más tarde, el Gobierno introdujo la idea de promover una modificación legislativa para que se considerase delito sexual todo abuso a una mujer cuando no exista un sí expreso de ella.

Como consecuencia, en 2022 se aprobó la ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, popularmente conocida como la ley del “solo sí es sí”, que elimina la distinción entre abuso y violación. Ya no se examinaba la resistencia de la víctima ni la intimidación de los agresores y solo reconoce el consentimiento cuando las dos partes lo manifiestan libremente.

Pero, a pesar de ser impulsada por el caso de La Manada, el Tribunal Superior de Justicia de Navarra confirmó la rebaja de la condena de dos miembros tras la aplicación de la ley, con una reducción de 15 a 14 años de prisión. 

La cobertura mediática sigue siendo un arma de doble filo. Puede visibilizar, pero también revictimizar. El término “manada” dejó de ser una simple palabra para describir a un grupo y se convirtió en una forma de nombrar las agresiones sexuales en grupo en España, aunque casos como este ocurren alrededor del mundo.

En ese contexto, lo ocurrido en Zaragoza reafirmó un término ya cargado de significado que recuerda al episodio de hace una década. Sin embargo, más allá del hecho hay un elemento que no cambia: lo que sucede después.

El eco de una agresión

Cuando una agresión sexual termina, no termina. Empieza otra cosa. Un recorrido que no aparece en los titulares ni en las sentencias, pero que marca la vida de quien lo atraviesa. 

El protocolo sanitario intenta dar respuesta a ese primer momento de caos: ordenar, cuidar, recoger, proteger. Es una estructura necesaria, incluso imprescindible. Pero no es suficiente por sí sola. Porque ningún protocolo puede sustituir la humanidad con la que se aplica. 

La diferencia no está solo en lo que se hace, sino en cómo se hace. En si alguien explica o impone. En si se escucha o se duda. En si se acompaña o se deja sola a la víctima en medio de un proceso que no entiende. 

Los avances legislativos, como los impulsados tras el caso de La Manada de Pamplona o el cambio de mirada social desde tragedias como la de Alcàsser, han abierto un camino. Han colocado el consentimiento, el respeto y la credibilidad de la víctima en el centro del debate. Pero ese cambio no ha impregnado por completo todas las capas del sistema.

Queda algo pendiente, algo esencial: convertir los protocolos en experiencias verdaderamente reparadoras. Que el hospital no sea solo un lugar donde se recogen pruebas, sino donde se empieza a reconstruir lo que otros han roto.

Porque detrás de cada protocolo hay una historia. 

Y lo que necesitamos no es solo atención médica. Es que nos crean. Que nos cuiden. Que no nos vuelvan a romper.

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