Opinión
Un niño, un desahucio, el papa y la gloria eterna
Renzo tiene seis años y vive en el Raval, barrio que se ha convertido en uno de los epicentros de la crisis de vivienda de Barcelona debido a la combinación de bajos ingresos de gran parte de su población, una fuerte presión turística y la creciente entrada de inversores y grandes propietarios que han transformado la vivienda en un activo financiero.
Durante las últimas décadas, la subida continuada de los alquileres, la compra de edificios enteros para su revalorización, la expulsión de vecinos mediante la no renovación de contratos o incrementos inasumibles de renta, y la proliferación de alojamientos turísticos han provocado procesos de gentrificación y desplazamiento de población histórica.
Esta situación resulta especialmente grave porque convive con un parque residencial envejecido, problemas de conservación de muchos edificios y una elevada proporción de hogares que destinan una parte excesiva de sus ingresos al pago de la vivienda. El resultado es un barrio donde miles de familias, muchas de ellas migrantes y trabajadoras, luchan por permanecer en sus hogares frente a una dinámica que prioriza la rentabilidad económica del suelo sobre el derecho a vivir en el barrio.
Pero volvamos a Renzo.
“¿Por qué hay tantas personas que viven en la calle? ¿Nadie los ve, nadie los ayuda?”, ha preguntado el niño. La respuesta del papa ha sido un monumento a la evasión: “No es fácil responder por qué hay gente a la que le pasan cosas malas”
Renzo está a punto de ser desahuciado y gracias a la visita de León XIV, ha tenido la oportunidad histórica de hablar a la máxima autoridad de la institución religiosa más poderosa del mundo con la inocencia devastadora que solo tienen los niños.
“¿Por qué hay tantas personas que viven en la calle? ¿Nadie los ve, nadie los ayuda?”, ha preguntado el niño. La respuesta del papa ha sido un monumento a la evasión: “No es fácil responder por qué hay gente a la que le pasan cosas malas”, para continuar con el remate teológico: “Dios nunca abandona a ninguno de sus hijos porque nos tiene preparada una alegría eterna”.
Una alegría eterna. Para un niño de seis años que en breve puede quedarse sin casa. No es que la respuesta sea mala teología. Es que es una respuesta perfecta para no responder nada.
Lo que los datos dicen mientras la Iglesia promete cielo
Que nadie se lleve a engaño por el tono tierno de la escena. Detrás del vídeo viral, de las imágenes del pontífice saludando al pequeño Renzo, hay una crisis habitacional que en España lleva casi dos décadas triturando vidas de niños y niñas sin que ninguna institución, ni el Estado, ni la Iglesia, haya tenido la voluntad política de frenar.
Desde que estalló la crisis inmobiliaria en 2008, se han ejecutado en España más de un millón de desahucios según datos oficiales Consejo General del Poder Judicial, los mismo que nos dicen que se produce un desahucio cada cuatro minutos y que Barcelona, hogar de Renzo, es la ciudad con más desahucios del país con aumentos anuales desde 2023 (1.255 en 2023, 1.331 en 2024 y 1.373 en 2025). Save the Children, en su informe Aquí no hay quien viva alerta que España es el tercer país de la Unión Europea (UE) con el mayor porcentaje de hogares que han experimentado retrasos en el pago del alquiler o la hipoteca. Los precios de la vivienda no paran de subir, los alquileres por las nueves y las ejecuciones hipotecarias disparadas más del 40% este año respecto al anterior, mientras León XIV nos habla de alegría eterna. Y esto sin hablar de los efectos por la caída de la moratoria antidesahucios que reactivará los aproximadamente 58.000 lanzamientos suspendidos entre 2020 y 2025 de familias vulnerables que aún esperan una solución habitacional. El impacto social será devastador.
Y la infancia está en el centro de todo esto. Según estimaciones de Unicef y el Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, entre el 70% y el 80% de los desahucios se producen en hogares con niños, niñas y adolescentes a cargo. En Cataluña, el Síndic de Greuges documentó que en 2022 unas 4.000 familias con menores sufrieron un desahucio.
El informe Detecció de situacions d'infrahabitatge i desnonaments en centres educatius de Barcelona recogió información de 46 centros educativos de la ciudad en abril de 2025, con alumnado de entre 0 y 17 años. Los resultados son una bofetada de realidad. El 96% de los centros encuestados han identificado situaciones de infravivienda entre su alumnado. El 85% han detectado cambios frecuentes de domicilio. El 13% han identificado directamente casos de sinhogarismo. En total, los docentes han contabilizado 215 niños afectados por procesos de desahucio y 180 realojados en pensiones. Y dicen explícitamente que ”estas cifras son solo la punta del iceberg".
¿Y qué le pasa a ese niño en clase? Los maestros lo describen con precisión quirúrgica: bajada del rendimiento académico, aumento de los retrasos, absentismo. Pero también cansancio acumulado, problemas de alimentación y deficiencias en la higiene personal. El dato que más impacta al profesorado es que con frecuencia más de la mitad de estos niños y jóvenes llegan al colegio sin haber desayunado. Renzo le preguntó al papa si alguien los ve. Los docentes sí los ven, pero aseguran que no tienen protocolos ni recursos para acompañarlos, y que si no se actúa con urgencia, la situación irá a peor.
Este no es el primer trabajo que documenta el impacto de los desahucios en la infancia. En 2016, el Grupo de Infancia de la PAH Madrid publicó el informe Te quedarás en la oscuridad. Desahucios, familias e infancia desde un enfoque de derechos, resultado de dos años de investigación con niños, niñas y adolescentes afectados. Diego, de seis años —la misma edad de Renzo—, describe así la experiencia: el miedo a quedarse en la oscuridad, el miedo al olvido, el miedo a que nadie te vea. La misma pregunta que Renzo le ha hecho al papa.
El informe reveló algo que los adultos prefieren no escuchar: existe entre hijos e hijas y sus padres un “pacto no escrito” de silencio sobre el riesgo de desahucio. Los niños aprenden muy pronto a callar lo que les pasa, a no hablar en la escuela, a fingir normalidad. Este silencio —documentado también por investigadores de la Universitat Pere Tarrés y de Sant Joan de Déu— tiene consecuencias directas: ansiedad, estrés postraumático, y en casos extremos, autolesiones y riesgo de suicidio.
La Iglesia Católica no es sólo caridad: es también uno de los mayores propietarios inmobiliarios de España. También practica desahucios, según múltiples denuncias
El Síndic de Greuges, en su Informe sobre els drets de l'infant 2023 (publicado en febrero de 2024), lo conceptualiza con precisión: los niños y niñas que viven estas situaciones quedan atrapados en lo que llama “el círculo de la vulnerabilidad”. La pérdida de vivienda afecta el rendimiento escolar y el bienestar emocional; el fracaso escolar reduce las oportunidades de futuro; la pobreza se transmite de generación en generación. Es un círculo que el Estado debe romper y que, en cambio, ejecuta con autos judiciales.
En 2023, según la Encuesta de Condiciones de Vida del Idescat, 442.300 niños y niñas en Cataluña —uno de cada tres— vivían en riesgo de pobreza o exclusión social. Son 6.000 más que el año anterior. La proporción de infancia en esta situación lleva más de una década por encima del 30%. No es una crisis, es una decisión política.
La Iglesia y la vivienda: propietaria de inmuebles, dispensadora de consuelo
Hay una ironía que no debe pasar inadvertida, León XIV visitó la parroquia de Sant Agustí del Raval para encontrarse con la pobreza cara a cara. A sus espaldas, las Misioneras de la Caridad reparten entre 400 y 500 comidas diarias, una obra de caridad admirable. Pero la Iglesia Católica no es sólo caridad: es también uno de los mayores propietarios inmobiliarios de España.
Según la última memoria de la Conferencia Episcopal Española, la Iglesia obtuvo en 2022 ingresos por patrimonio e inmuebles de 120 millones de euros, la cifra más elevada desde antes de la pandemia. Cuenta con más de 29.000 inmuebles registrados en todo el país. En los últimos cinco años ha invertido 357 millones de euros en construcción, conservación y rehabilitación de activos inmobiliarios. Además, entre 1998 y 2015 inmatriculó a su nombre más de 35.000 bienes aprovechando una ley del gobierno de Aznar que lo permitía con una simple declaración del obispado.
Días antes de la visita del papa, el Sindicato de Inquilinas le entregó una carta denunciando que la propia Iglesia practica desahucios. El caso de Mariano Ordaz, de 67 años, expulsado de su casa en Madrid propiedad de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís, es solo uno de ellos. La orden franciscana posee más de 300 viviendas en el centro de Madrid, donadas por fieles para fines benéficos, y prefirió desalojar a Mariano antes que negociar. Mariano duerme ahora en un hostal. “La especulación inmobiliaria ha llegado a entidades de la propia Iglesia Católica”, dice la carta.
La respuesta honesta a Renzo no requiere teología, requiere reconocer que este país lleva diecisiete años ejecutando desahucios sobre familias con niños a un ritmo inaceptable
La imagen de Renzo frente al papa resume, sin quererlo, toda la obscenidad de la crisis habitacional: un niño de seis años que hace la pregunta correcta, urgente, moral y recibe como respuesta una promesa de cielo.
La respuesta honesta a Renzo no requiere teología, requiere reconocer que este país lleva diecisiete años ejecutando desahucios sobre familias con niños a un ritmo inaceptable. Requiere, sobre todo, que las instituciones, empezando por la Iglesia, que se presenta como garante de la dignidad humana mientras posee 29.000 inmuebles y practica desahucios, traduzcan el discurso en política y la caridad en justicia.
Renzo no es una excepción, es la regla y no necesita alegría eterna. Necesita que no lo desahucien.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!