La violencia contra Sarah Santaolalla y los datos: el 73% de las periodistas sufren amenazas online

Las ciberviolencias machistas que viven comunicadoras, periodistas y divulgadoras feministas en la red son un reflejo de las estructuras desiguales y de los discursos misóginos que siguen vigentes.
Vito Quiles acoso acto regularización
Dani Gago Vito Quiles acudió para acosar a los asistente al acto para celebrar la regularización extraordinaria propuesta por Podemos al gobierno de coalición.
29 ene 2026 06:00

En las últimas semanas hemos podido presenciar la cantidad de ataques machistas que ha recibido la periodista Sarah Santaolalla en sus publicaciones de redes sociales. Una violencia intimidatoria que es real y no se limita a la red, sino que traspasa la pantalla. Las pintadas con amenazas de muerte hacia ella que aparecieron en la tumba de las Trece Rosas (fusiladas, por cierto, por su ideología contraria al régimen durante la dictadura de Francisco Franco en 1939), no son algo aislado. Son parte de una violencia coercitiva que trata de trasladar el mensaje de “mejor calladas”, de no cuestionar a la ultraderecha y de enviar una advertencia disciplinadora al resto de mujeres que traten de hacerlo. Como ella misma expuso en sus redes: “No es casualidad: mujeres asesinadas por enfrentarse al fascismo y no doblegarse. Siento auténtico terror”. A esto añade que está viviendo una fuerte escalada de violencia, que va desde insultos constantes en redes sociales, acoso en las calles por parte del agitador de ultraderecha Vito Quiles, hasta comentarios sobre su aspecto físico y su vestimenta por parte de representantes de la derecha española en televisión. 

El Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (ONTSI), en su informe ‘Violencia digital de género: una realidad invisible’, recoge que “las mujeres sufren en el plano digital continuas agresiones y delitos contra su honor e intimidad, un reflejo de la violencia a la que están sometidas en la vida real”, llegando a consecuencias como estrés, ansiedad o ataques de pánico. La psicóloga Ianire Estébanez defiende que “las redes son el espejo donde vemos los problemas sociales”, ya que asegura que “lo que ocurre en la vida online, tiene que ver con la offline” y que detrás de muchas manifestaciones de violencia más frecuentes se encuentran realidades sociales como la desigualdad estructural (2018). Además, si se analizan estas violencias como “bueno, son bots, no son personas reales”, se pierde la oportunidad de poder abordar el problema desde la raíz. Así lo defiende la escritora Laura Bates en su ensayo sobre las subculturas misóginas Los hombres que odian a las mujeres (Capitán Swing, 2023), quien sostiene que “la propia palabra ‘trol’, al igual que ‘machoesfera’, es el eufemismo completamente benévolo de una realidad mucho más oscura”. La autora explica que recibir a diario mensajes del tipo “cállate la puta boca, zorra”, “muérete”, “Laura Bates será violada” o “las mujeres deberían saber cuál es su sitio” es, según sus palabras, “como ahogarse a cámara lenta sin que nadie más vea el agua”.

Los comentarios de representantes de la derecha y de la manosfera a Sarah Santaolalla

La extrema derecha trata de amedrentar a periodistas de izquierdas para silenciar los discursos progresistas. De hecho, utiliza “progre” como si fuera un insulto. Bates detalla que, al observar de cerca a los troles, pudo ser consciente “de la profundidad y complejidad de las coincidencias entre la machosfera y la derecha”. Así lo demuestra que, además de los cientos de comentarios misóginos que aparecen en las redes sociales de Santaolalla, una política del Partido Popular tratara de desprestigiarla por las fotos que sube o mediante comentarios sobre su cuerpo en una tertulia política.

“Putas”. “Charos”. “Zorras”. “Váyanse a limpiar”. Esto son parte de los mensajes de odio que reciben periodistas como Santaolalla. Un odio que se ven legitimados a expresar desde sus propios perfiles, con sus fotos públicas y no desde el anonimato. En un breve repaso a comentarios como estos, podemos comprobar que han sido escritos por usuarios como R., que en su foto de perfil aparece abrazado a sus dos perritos. O como M., quien tiene un perfil público en el que sube contenido propio de un gymbro que se vende como “coach aspiracional” con imágenes de antes y después del gimnasio. G. también tiene un perfil público en el que comparte selfis, fotos con sus hijos, la última paella que cocinó o las tartas que come con su familia. Otro es J., que comparte fotografías suyas haciendo deporte en la naturaleza.

Cuando se analizan las ciberviolencias a menudo se pone el foco en el anonimato, pero ninguno de esos perfiles era anónimo. Van a cara descubierta porque sienten la total legitimidad de violentar a las mujeres en el entorno digital. Según el informe ‘Análisis del discurso misógino en redes’ (Instituto de las Mujeres, 2025) “el objetivo principal de utilizar esos términos, que se conceptualizan desde el desprecio y la misoginia, es silenciar a las mujeres y expulsarlas del espacio público, perpetuando un patrón histórico que se repite de manera estructural en todos los ámbitos, incluido el de las redes sociales”.

Un 84% de las trabajadoras de medios de comunicación ha vivido acoso sexual y/o por razón de género, según datos de CCOO

Que casi el 75 % de las periodistas haya sufrido violencia en línea, y que una de cada cuatro haya recibido amenazas físicas o de muerte, así como otros abusos mediante deepfakes, doxxing y acoso, según datos de la UNESCO (2025), no es casual. Que en el entorno gamer se acose e insulte constantemente a las mujeres que participan en videojuegos, como recoge la investigadora Nira Santana en sus informes, no es casual. Que un 84% de las trabajadoras de medios de comunicación haya vivido acoso sexual y/o por razón de género, según datos de CCOO (2023), no es casual. Que tres de cada cinco activistas juveniles sufran ciberacoso en todo el mundo por publicar contenidos de derechos humanos, según datos de Amnistía Internacional, no es casual. Que activistas y escritoras como Irantzu Varela, Luciana Peker, Melinda Decker o Pamela Palenciano reciban constantemente insultos, amenazas y ataques a través de las redes sociales, no es casual.

Los ataques en Internet por parte de reaccionarios y antifeministas se han convertido en un mecanismo“que refuerza las estructuras machistas, en las que las mujeres que se muestran activas políticamente son vistas como caricaturas o como sujetos no dignos de ser tomados en serio. La misoginia en línea se ha extendido a través del uso sistemático de insultos, burlas, estereotipos y campañas de desprestigio dirigidas tanto contra las mujeres como contra el movimiento feminista. Estas prácticas discursivas se apoyan en narrativas que refuerzan la desigualdad, cuestionan los avances en derechos y buscan reinstalar jerarquías tradicionales en las relaciones de género” (Instituto de las Mujeres, 2025).

Manosfera y algoritmos: el odio y el modelo de negocio de las redes sociales

Alicia Valdés publicó un vídeo denunciando cómo la crispación y las ciberviolencias generan beneficios pues, a mayor interacción, más visitas. En concreto, apunta cómo las olas de ataques machistas online generan engagement en internet y quiénes se lucran de ello, ya que producen mucha interacción: “Un algoritmo y una plataforma que premian la violencia son ya de por sí deplorables. Pero es más perverso cómo nos lanzáis a sus algoritmos para hacer viral un contenido a costa de poner nuestro cuerpo como cebo para la violencia machista online”. Esto ya lo analizaron desde La Intersección, colectivo de investigación digital que defiende que es posible crear entre todas una red para romper el muro del odio. Marta G. Franco, una de sus fundadoras, en su obra Las redes son nuestras (Consonni, 2024), asegura que “desvelar las estructuras de poder capitalistas, colonialistas y racistas que están escondidas en las tecnologías que utilizamos es el primer paso para buscar alternativas”.

Este tipo de discursos de odio se monetiza en internet apelando a la emocionalidad más visceral de la audiencia para captar su atención y conseguir más visitas

En esta línea, el colectivo de investigación sobre comunidades digitales Proyecto UNA, en su obra La viralidad del Mal (Descontrol, 2024), explica que este tipo de discursos de odio se monetiza en internet apelando a la emocionalidad más visceral de la audiencia para captar su atención y conseguir más visitas: “Por eso funciona tan bien la agresividad, porque genera respuestas y reacciones. Si las plataformas lo promueven, los incentiva a crear más contenido de ese tipo [...]. Reaccionarios y negacionistas han encontrado un espacio propicio para extender su discurso”. Asimismo, el colectivo de comunicación Cuellilargo explicaba en el vídeo ‘monetizadores del odio’ cómo el odio se llega a monetizar en la red y el modo en que los algoritmos lo promueven.

En el informe de la FAD sobre la manosfera (García-Mingo, E. & Díaz Fernández, S., 2022) se explica que, si bien la cuarta ola feminista ha cobrado una importante notoriedad, también ha habido una reacción y regresión antifeminista y negacionista, con discursos propios de la ultraderecha que surgen de comunidades misóginas de Internet denominadas ‘manosfera’. En este contexto, las autoras señalan que gracias al feminismo se está impulsando la deslegitimación y superación de la masculinidad hegemónica y que, frente a este avance social, sectores de la manosfera reaccionan desde el agravio y la victimización, defendiendo los postulados tradicionales de género y politizando el malestar masculino hacia posturas ideológicas de la derecha.

La femmefobia y el desprestigio a las periodistas por su vestimenta: cómo se ataca la feminidad para restar credibilidad

Y sí, parece que les resulta más fácil meterse con su físico que argumentar. Pero esto tiene que ver con una discriminación más profunda. Noemí López Trujillo, autora de Me dibujaron así (Península, 2025), recupera las palabras de la socióloga Rhea Ashley Hoskin cuando explica en Newtral que “la femmefobia se refiere a la forma en la que la sociedad devalúa y regula la feminidad, es decir, cómo vemos las cosas femeninas como menos valiosas pero a la vez se espera que la feminidad se atenga a unas normas extremadamente estrictas”. Trujillo explica en su obra que “la etiqueta de ‘lo femenino’ no tendría nada de malo si no se utilizase para hacernos pequeñitas, inferiores, para considerar este tipo de conocimientos como de segunda. Se ve rápidamente en la concepción que existe sobre disciplinas asociadas a lo femenino y aquellas vinculadas a lo masculino”, y añade que ha vivido situaciones de acoso virtual: “Una marabunta de machistas forococheros se dedicó a robar mis fotos haciendo twerk de Instagram y subirlas a X para ridiculizarme [...] no se trata solo de acoso misógino, sino de acoso basado en la feminidad”.

Además de los insultos a Santaolalla y del intento de desprestigiar su trabajo como periodista por su apariencia femme, cabe recordar que el hecho de que Martina Velarde, diputada de Podemos, acudiera a la Tribuna del Congreso con un vestido desató una campaña de comentarios vejatorios en redes, desde críticas a su apariencia hasta insultos y descalificaciones machistas: “No otras prendas, no. Femeninas. Suelen ser faldas cortas, vestidos escotados, ropa interior de encaje... Y esto es porque lo que está precisamente en disputa ahí es la feminidad. Esas prendas, y no otras, automáticamente son leídas como una carta blanca de consentimiento y de subordinación. Ponértelas es ‘saber a lo que ibas’”, concluye Trujillo.

Las comunidades feministas y otros futuros posibles en la red

Aunque se trate de trasladar un discurso adultista cuando se analizan las ciberviolencias, con argumentaciones como “la juventud es lo peor y la causante de todos los males en la red”, lo cierto es que los autores de los comentarios eran más bien mayores. Y es que no, no es la edad. Es la estructura. Esa que permite la misma violencia que sufrió durante tanto tiempo Anna Pacheco tras dar una charla feminista en Operación Triunfo o el acoso transmisógino que tantas veces ha sufrido Carla Antonelli. Tiene que ver con la femmefobia que denunció Trujillo en su obra; con las comunidades de incels de la manosfera digital que lanzan odio hacia las feministas que alzan la voz en medios, fenómeno del que hablan Laura Bates o Proyecto UNA en su literatura. Tiene que ver con las estructuras patriarcales y capitalistas que señalan DonesTech, Acoso.online o FemBloc en su plataforma, y con la denuncia que hacen Luciana Peker y otras periodistas argentinas en sus informes. Se trata de un sistema que sigue normalizando estos ataques y comportamientos intimidatorios en la red.

 Como defiende Marta G. Franco: “También tenemos infraestructuras de autodefensa frente a las violencias machistas digitales. Podemos idear otros futuros, y hacerlos posibles”

En contraposición, también hay movimientos digitales que nos llenan de esperanza: desde el impacto del hashtag #NoEstasSolaSarah y las concentraciones de colectivos como los de Salamanca, hasta las iniciativas de ciberapoyo que organizaciones como Afrocolectiva, Pantube o Laboria Cuboniks llevan a cabo. Todas estas acciones son parte de una reparación necesaria que demuestra activamente que estamos juntas, que no vamos a permitir que sigan atacando con esa impunidad y que nos tendrán ideando estrategias para cuidarnos. Ponen en el centro la importancia del apoyo mutuo, también en la red, generando comunidades que evidencian que la persona agredida no está sola y que actuar contra la violencia es una cuestión colectiva. Remedios Zafra escribe en Ciberfeminismo (Holobionte, 2019) que este tipo de movimientos feministas en internet “han sido revolucionarios para quienes tenían miedo y estaban entrenadas en la culpa y el miedo, quienes de pronto se ven reflejadas en todas las que callaban hasta ‘ahora’, y ahora hablan”. Como defiende Marta G. Franco: “También tenemos infraestructuras de autodefensa frente a las violencias machistas digitales. Podemos idear otros futuros, y hacerlos posibles”.

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