La vida y ya
Una historia repetida
Olvera está rodeada de colinas llenas de olivos plantados, uno detrás de otro, en líneas paralelas perfectas sobre una tierra que, según la inclinación del sol, tiene distintos tonos de ocre. Cada tanto, según lo indique el terreno, las copas verdes que forman las rectas cambian de orientación formando parches que tapizan todo el paisaje como si fuera un collage.
Algunos de esos olivos son los mismos que estaban en el 36, testigos involuntarios de todo lo que ocurrió.
Hay personas que saben que el silencio va, irremediablemente, unido al olvido. Por eso decidieron buscar en documentos, en la memoria de quienes no habían muerto y debajo de la tierra, los nombres y los cuerpos de todas las personas que fueron asesinadas y represaliadas por esas otras personas, del mismo pueblo, que idearon y ejecutaron las distintas formas de represión franquista.
En el cementerio municipal de Olvera hay un monumento para que la memoria no se borre. Tiene grabados muchos nombres, más de ciento setenta. Hay tantas historias como nombres. En realidad más, hay nombres que no están ahí. Cuentan que en un listado que nunca se publicó había más de doscientos cincuenta.
Muchos de los cuerpos de las personas cuyos nombres están escritos en el memorial estuvieron enterrados bajo la tierra donde está ubicado. Ahí hubo una fosa de treinta metros de largo por dos y medio de ancho. Una fosa profunda en la que cupieron muchos cuerpos.
La historia de este pueblo es una historia repetida en muchos otros lugares. Les iban a buscar a sus casas, normalmente de noche, se los llevaban. En Olvera al principio les mataban en los alrededores, luego pensaron que era más eficiente hacerles cavar una fosa y matarlos para que cayeran directamente en ella. El método les falló en una ocasión, cuando un chico de dieciocho años consiguió escapar porque una de las balas solo le tocó el pómulo y la noche lo escondió de sus asesinos. Entonces decidieron mejorar la técnica y los ataban de dos en dos antes de disparar. Quizás ese chico logró escapar porque cuando iban a matarlos, después de que hubiera cerrado el bar, muchos estaban borrachos. A algunos no les debía resultar fácil matar estando sobrios, y menos si conocían el nombre de la gente a la que pegaban un tiro.
La historia es una historia repetida. La historia del terror. Del miedo. De las injusticias. Historias de este pueblo que son las de muchos pueblos. A veces contadas por las nietas, o los bisnietos. Historias del horror. También en Olvera. El padre que sabe que se lo van a llevar y se marcha con el hijo mayor para tratar de mantenerse con vida. Los guardias civiles que se llevan entonces a la mujer, aunque en ese momento esté dando de mamar a su hija, a la hermana, aunque esté embarazada. Y no vuelven porque las matan. Niñas y niños que nacieron en la parte del pueblo donde vivía la gente más pobre. Que quedan señaladas por ser hijas de rojos. Algunas familias se marchan. Otras permanecen a pesar de todo.
La historia es una historia repetida. Sobre los cuerpos enterrados en fosas comunes se hace lo que sea con tal de que cada vez queden más profundos. Más escondidos. Más invisibles. En Olvera, cuando la dictadura todavía no había terminado, construyeron una estructura de ladrillos y cemento sobre la fosa donde colocaron nichos de las personas que sí tenían una tumba con nombre. Pero el terreno cedió a los pocos años, las tumbas de arriba quedaron torcidas y medio salidas de los nichos. Los cuerpos de abajo continuaban donde los asesinaron.
La historia es una historia repetida. Personas, a veces familiares, a veces gente que no tienen vínculo sanguíneo con las personas asesinadas pero sí con la memoria, buscan los nombres. Buscan los restos. Tratan de que cada cuerpo enterrado tenga su nombre. En Olvera no lo han conseguido. Cuentan que los nichos acabaron derruidos sobre la fosa y que luego lo quitaron todo, incluida la tierra con los cuerpos que estaban debajo. Cuentan que posiblemente esa tierra con los restos acabó usándose como relleno de una carretera cercana. Que ahí ya no están los huesos y por eso no han conseguido unir los nombres con los restos. Aunque hay familiares que los estén buscando. Aunque lo necesitan para reparar parte del daño
La historia es una historia repetida. Y justo por eso, porque es una historia repetida, no hay que acomodarse al olvido. Hay que sostener los nombres en la memoria. Sostener los cuerpos que siguen bajo tierra. No parar hasta que, en cada pueblo, haya un memorial como el de Olvera.
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