Paseo Madrid Rio luces - 6
Un abuelo y varios niños pasean por Madrid Río. Álvaro Minguito
13 sep 2026 06:00

Cuando llegas hay algunas escenas que son cotidianas. Da igual que sea la primera vez que vas a ese parque en concreto. Bancos con rayos de sol cuando el suelo se hace escarcha y personas sentadas sobre ellos que agradecen el calor de invierno. Niñas que juegan a sacar piedras de los alcorques y adultas que las devuelven a su lugar mientras charlan. Personas que pasean acompañando a sus perros. Árboles y arbustos y hierba. Todas las tonalidades de verde. Plantas que hacen de barrera contra el calor. Insectos y otros invertebrados. Manos pequeñas que escarban en la tierra como si realmente existieran los tesoros. La ciudad que se escucha solo como ruido de fondo.

En los parques de las ciudades hay trozos de suelo sin asfalto en los que se puede pisar arena o tierra. Lugares alejados del hormigón de los edificios, del asfalto de las carreteras, de los ladrillos de los centros comerciales. De los coches y los autobuses y los camiones. Donde las plantas, los animales y los hongos tienen mucha más importancia que todas las infraestructuras creadas por los humanos. Pequeños reductos de verde entre el gris donde la biomasa natural ocupa más espacio que todo lo demás.

Los parques son lugares dentro de las ciudades donde, si hay suerte, las niñas y los niños juegan sin una mirada adulta constante. Espacios que, necesariamente, se comparten con otras personas, con todos los aprendizajes que eso conlleva. Lugares donde, para muchas infancias urbanitas, es el único sitio donde experimentar la convivencia con el resto de seres vivos, sean del reino que sean. Lugares donde desarrollar la estima por las otras vidas no humanas.

A menudo cuesta entender y tomar conciencia de la profunda relación que hay entre la calidad de vida y el buen funcionamiento de los ecosistemas, de los entornos naturales. En los coles se enseña la teoría. A las niñas y niños les suena cercano eso de que es importante cuidar la naturaleza pero, a menudo, con demasiada frecuencia, esta idea se va difuminando según se van cumpliendo años y, al final, parece como si las olas de calor tuvieran una causa externa al cambio climático, como si los incendios fueran fruto de un accidente o de la mala suerte de la chispa que saltó donde no tocaba.

No resulta fácil comprometerse con lo que no se considera significativo emocionalmente. Los parques son, a menudo, de los pocos espacios en las ciudades donde las niñas y los niños pueden establecer ese vínculo. Por eso son espacios no solo a defender sino, también, sobre todo, a expandir. Porque la importancia que le otorguemos a los ecosistemas determina las decisiones que moldean el presente y condicionan el futuro de todos los reinos de seres vivos.

Los parques son lugares donde se comparte el espacio, donde se puede aprender, en medio del gris del asfalto, a desprenderse de esa cultura individualista que cambia el clima. Lugares donde poder experimentar y comprender que fragmentarse equivale a rendirse.

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