Opinión
El intento que no falló
Hay momentos en que está todo a la vez en la cabeza. El enfado. La tristeza. La desesperación. La rabia. El miedo. Es normal, digo. Me digo que es normal. Que lo que no tendría sentido es que no pasase todo eso, aunque no fuera todo apelotonado, de golpe. La guerra. Las guerras, generan eso en parte de las personas que las vivimos en diferido, en las que lo viven en directo la escala es otra donde las palabras no alcanzan.
En el libro La mujer habitada, Gioconda Belli escribe: “¿Sería lícito soñar así?, se preguntó, ¿recrear el mundo, rehacerlo de la nada? Peor, pensó, peor que de la nada; ¿rehacerlo desde el lote donde se echa la basura, el terreno baldío, triste, donde se descartan la chatarra y los desperdicios? Sería aceptable, racional, que existieran en el mundo personas capaces de inventarlo de nuevo con tanta determinación; desglosando la tristeza en menudos párrafos, delineando la esperanza punto por punto…”.
Pienso en esas personas, en las que aunque la correlación de fuerzas sea desfavorable, incluso obscenamente desfavorable, se agarran a la idea de que si el éxito no está asegurado el fracaso tampoco. Las que opinan que lo único que puede hacer que el fracaso sea una certeza es que nadie lo intente, que nadie se empeñe en rehacer el mundo, aunque sea de la nada, de un terreno baldío.
Quizás quienes delinean la esperanza punto por punto se pararon una tarde de primavera, de una primavera como esta, recién estrenada, a ver cómo las plantas generan semillas
Quizás esas personas, las que son capaces de inventar el mundo con tanta determinación, saben que antes de conseguir algo, un cambio, aunque sea pequeño, hubo muchos intentos en los que no se consiguió nada. Intentos que fracasaron pero que, piensan quizás algunas de esas rehacedoras del mundo, sirvieron para acumular probabilidades. Intentos fallidos pero que posibilitaron, de alguna manera, que ocurriera ese intento que no falló.
Quizás quienes delinean la esperanza punto por punto se pararon una tarde de primavera, de una primavera como esta, recién estrenada, a ver cómo las plantas generan semillas. Muchas semillas. Sabiendo que hay un porcentaje relevante que nunca germinará. Sobre todo si son árboles de ciudad. Que fracasarán en el intento. No encontrarán dónde. No existirán las condiciones adecuadas. Pero lo intentan, las plantas, año tras año, porque la posibilidad de éxito, de que alguna encuentre un pedazo de tierra en el que arraigar depende de eso. De los intentos.
No es fácil saber cuál será la semilla, el intento exitoso entre tantos fallidos. Y, sin embargo, ocurre.
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