Opinión
Frases en la calle
Quizás quien pensó la frase la imaginó pronunciada como una amenaza. Quizás solo como una advertencia. A lo mejor era un recordatorio personal, colectivo, para no olvidar que los derechos están en disputa, que ningún lugar que se alcanzó es para siempre.
“Si tocáis lo público, tomaremos las calles”
Estaba escrita sobre una tela blanca. Enorme. Una tela que, extendida, no cabría en el salón de ninguna casa. Un tamaño hecho para ser puesta en el suelo de una plaza y después, si acaso, para ser colocada sobre la fachada de algún edificio como un cartel que poder leer desde lejos.
Las letras, en negro, son de esas que hacen ahora muchas adolescentes para poner los títulos en sus cuadernos del instituto. Con trazos cuidados que invitan a pensar que, quien lo escribió, se fijó en lo estético, como queriendo transmitir que el mensaje no está solo en las palabras sino, también, en la forma de escribirlas.
Varias personas pisan la tela. Antes se han quitado los zapatos. Perciben el tacto a través de sus calcetines. Cada una lleva un rotulador en la mano, escriben párrafos o palabras alrededor de la frase que ocupa todo el espacio central.
Sobre la tela blanca colocada en el suelo de la plaza, caminan descalzas muchas personas que quieren dejar su mensaje escrito.
Escriben “Mi ciudad no es tu parque temático”. Escriben “El antídoto contra la ignorancia es la educación pública”. Escriben “Nadie sin techo”. Escriben “Te han hecho pensar que no podemos cambiar nada… no caigas en la trampa. Organízate”. Escriben “Viva la conciencia de clase”. Escriben “Nunca dejaremos de luchar”.
Distintas letras. Distintos tonos de voz. Distintas edades. Sobre la tela blanca colocada en el suelo de la plaza, caminan descalzas muchas personas que quieren dejar su mensaje escrito.
No ocurre solo aquí. No ha pasado solo en esta plaza. En muchas ciudades, las marquesinas publicitarias que hay en las calles se llenan de frases, de respuestas a los carteles publicitarios, como una forma de romper el monólogo en un espacio público lleno de mensajes que invitan a consumir. Las manifestaciones dejan un reguero de panfletos, carteles y pintadas a su paso, como una forma de dejar constancia de lo que ocurrió en ese recorrido, un intento de que no se borre. Las acampadas que a veces, sin haberlo previsto, se organizan en las plazas de algunas ciudades, se llenan de frases escritas en cartones reutilizados que se cuelgan sobre las tiendas o en las cuerdas que sujetan los toldos que las cubren, palabras que narran de distintas maneras por qué hay gente ocupando ese sitio.
Porque escribir en el espacio público es justo eso, una forma de reapropiarse de un lugar que es de todas. Una forma de colectivizarlo.
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