Nuestro futuro es Yibuti - 5
Álvaro Minguito Abregú residía en un barrio sin centro de salud ni servicio de recogida de basura ni biblioteca.
15 mar 2026 06:00

Abregú vivía en un barrio donde las mujeres habían hecho un centro comunitario. Un barrio con calles de tierra que, cuando llovía, se transformaba en un barro que se quedaba agarrado a los zapatos. Casas hechas a retales de materiales de construcción. Un canal con agua a la que le costaba circular, lleno de cosas que ya no le servían a nadie. Un barrio sin centro de salud ni servicio de recogida de basura ni biblioteca.

Al centro comunitario, cada día, acudían mujeres de distintas edades dispuestas a cocinar. Unas horas después llegaba un tropel de niñas y niños en busca de lo que sería, casi seguro, su alimento más completo del día.

Esas mujeres preparaban la comida de manera colectiva en la cocina comunitaria porque sabían que hacerlo de este modo era, también, una manera de entrenarse para combatir un orden de las cosas que se arrojaba con violencia sobre sus cuerpos.

Abregú llegaba un poco más tarde que todas ellas. Caminaba como caminan las personas que ya han vivido muchos años y que nacieron en barrios sin aceras y con caminos llenos de baches. Se encargaba de limpiar los tablones que hacían de mesas después de que las niñas y los niños terminaran de rebañar los platos. Ponía agua en un cubo y mojaba los trapos tratando de que el jabón cundiese lo máximo posible. Quedaban prácticamente impecables.

Hacía esa tarea cada día. Una rutina alegre que se repetía a la misma hora hasta que, una de esas mañanas, no llegó. La noticia corrió por el barrio como el polvo en los días de viento.

Al hospital fueron llegando muchas personas del barrio. Hacían falta todas manos. La tarde. La noche. Todo el día siguiente

Abregú iba en su carro y se cayó. Justo en ese momento pasaba un coche a su lado.

Dijeron que iba despistado y que no pudo calmar a la yegua cuando se asustó. Decían que andaba con la cabeza en otro lado porque le querían echar de la casa en la que llevaba viviendo más de cuarenta años. No tenía el título de propiedad. Nadie en el barrio lo tenía. Era gente que llegó cuando no había nada en ese terreno valdío y se quedó. Le habían llegado varias cartas. Su vecina le leyó la primera que recibió. Las demás no necesitó abrirlas.

Le llevaron al hospital. El médico les dijo que no podía respirar por sí mismo. También les dijo que en el hospital solo había un respirador automático y que estaba ocupado. Les ofreció uno manual. Una bomba hecha de plástico que servía para insuflar aire. De color azul.

Al hospital fueron llegando muchas personas del barrio. Hacían falta todas manos. La tarde. La noche. Todo el día siguiente. Las compañeras del centro comunitario junto a mucha otra gente se fueron turnando para insuflar aire con la bomba de aire manual.

Movían las manos sin saber si había que hacerlo más rápido o más lento. Nadie les explicó cuál era el ritmo adecuado. En turnos silenciosos la bomba de aire iba siendo movida por distintas manos.

Trajeron comida. Trajeron mantas. Se instalaron afuera. En la acera. No había sitio suficiente en la sala de espera. Trajeron el trofeo que ganó con los chicos a los que, tiempo atrás, entrenaba a fútbol. Lo trajeron por si el recuerdo de los momentos felices le hacía despertar.

No lo dieron por muerto. Tarde. Noche. Mañana. No lo dieron por muerto.

Pero Abregú murió. Ya entrada la tarde del segundo día.

Construyeron la respuesta frente al dolor en común. Respetando la manera de insuflar aire de cada cual. Mirando solo que el objetivo común era conseguir que Abregú viviera

Nadie acusó a ninguna vecina de haber insuflado aire con el respirador demasiado rápido o demasiado lento. Nadie le dijo a ningún vecino que el problema había sido que tardaron en llevarlo al hospital.

Sabían que quienes lo habían matado no estaba entre la gente que se turnaba para llenar de aire sus pulmones. El hambre y la precariedad no había sido una elección ni una casualidad.

Construyeron la respuesta frente al dolor en común. Respetando la manera de insuflar aire de cada cual. Mirando solo que el objetivo común era conseguir que Abregú viviera. Convenciéndose de que cada cual aportó a ese propósito lo que pudo.

Creyeron que podrían salvarlo y de ahí salió su fuerza para intentarlo.

Y de ahí salió, también, la manera de seguir adelante tras su muerte.

Una tarde se juntaron en el centro comunitario para pintar un mural de Abregú. Seguramente todavía seguirá ahí.

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