Un abanico andaluz con el estampado de una kufiya palestina. Fatima Azahara
Un abanico andaluz con el estampado de una kufiya palestina. ©
28 jun 2026 07:01

Si pienso en el verano y en ellas, da igual en cuál de las dos, en la imagen que reconstruye mi cerebro siempre hay un abanico con las varillas de madera lacadas en negro y una tela, también negra, sobre la que había pintados dibujos de flores con pétalos rosas, blancos o violetas. Un abanico que abrían y cerraban en las tardes y las noches de verano, haciendo que esas varillas, articuladas por un extremo y pegadas por el otro a la tela que se desplegaba formando un semicírculo perfecto, sonasen con un chasquido sutil. Un movimiento que, cuando era pequeña, me hipnotizaba.

No recuerdo que, en esa época, nadie más los usase. Solo había abanicos en el pueblo. Solo los usaban las mujeres mayores

Se abanicaban, ambas, mis abuelas, moviendo el abanico hacia su pecho. El sonido de la tela contra sus blusas de tejidos frescos me daba calma. Repetían el movimiento una y otra vez. Lo cerraban. Lo abrían. Lo movían. Disfrutaban del frescor de la leve corriente de aire que generaban. Lo cerraban. Un leve chasquido. Y, de nuevo, el movimiento del abanico rozando levemente su pecho.

Esa magia de las varillas doblándose y desdoblándose era irresistible para las nietas que circulábamos a su alrededor en esos días calurosos. Pero siempre lo tuvimos claro, el abanico era un instrumento muy valioso, no un juguete, y solo cuando cumplíamos la edad suficiente para poder manejarlo sin riesgo a romperlo, teníamos la posibilidad de probar con nuestras manos a hacer esos movimientos que tantas veces habíamos visto. No recuerdo que, en esa época, nadie más los usase. Solo había abanicos en el pueblo. Solo los usaban las mujeres mayores. 

Ahora, en la ciudad donde vivo, muchas personas, de edades diversas, los utilizan. Adolescentes en el metro. Mujeres que han encontrado en él un aliado no solo para el verano, sino también para los calores de la menopausia. Hombres que, pasados los cincuenta, no soportan el calor en las reuniones de los centros de trabajo que no están bien aclimatados.

Ayuda a recordar que la historia es, a menudo, como un abanico que no sabes cuándo se va a abrir, impredecible

Recordar a mis abuelas abanicándose es hacer memoria de la lentitud, de la paciencia, de las conversaciones intergeneracionales que se alargaban para disfrutar del fresco de la noche. Conversaciones que ayudaban a mirar a largo plazo porque rompían la tendencia a pensar que el mundo iba a continuar siempre igual o que, si cambiaba, iba a ser peor.

La memoria nos da poder, sobre todo esa memoria que permite abrir posibilidades y recordar que, a veces, se han producido cambios inesperados, rebeliones contra poderes que parecían invencibles. 

Hablar con personas de distintas generaciones, conocer la historia y sus historias, contribuye a generar ese poder para el cambio. Ayuda a recordar que la historia es, a menudo, como un abanico que no sabes cuándo se va a abrir, impredecible. 

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