Venezuela
Todo lo que deberías saber sobre petróleo en Venezuela si no eres accionista de Repsol (y también si lo eres)
@martincuneo.bsky.social
Treinta millones de barriles de petróleo venezolano son la primera muestra tangible del plan de la Administración Trump, que pretende intervenir y controlar Venezuela sin necesidad, por ahora, de un cambio de régimen.
Los planes de Estados Unidos para la industria petrolera de Venezuela no se limitan a una teórica fase de transición, de la que no se sabe casi nada, sino que se presentan como “indefinidos”, según declaró el 7 de enero el secretario de Energía de EEUU, Chris Wright.
La respuesta de las petroleras no ha sido la esperada. A ello ha contribuido la incertidumbre sobre el futuro político de Donald Trump, que perdería las elecciones de medio término de 2026, según todas las encuestas. Las dudas sobre la viabilidad de “tomar el control” de Venezuela solo con amenazas y operaciones militares puntuales han hecho el resto. Una semana después del secuestro de Maduro, la cotización en bolsa de las grandes petroleras estadounidenses ha caído para situarse en el nivel previo al ataque.
En la cumbre que reunió este 9 de enero a Trump y los CEO de las petroleras, el presidente de EEUU clarificó el reparto de tareas: las empresas deberán poner 100.000 millones de dólares “de su dinero” para el desarrollo de la infraestructura necesaria en Venezuela y Washington proporcionará la “protección” y la garantía de que las reglas no cambiarán: “Esto continuará indefinidamente. Todo está listo para hacerlo”, aseguró Trump.
El entusiasmo del presidente no fue compartido por los directores de las grandes petroleras, que evitaron comprometerse con inversiones concretas. El CEO de ExxonMobil, Darren Woods, sentenció que Venezuela era actualmente “inviable para invertir”, en referencia a las dudas existentes sobre la gobernabilidad y sobre la fórmula de “control” a distancia que plantea el Gobierno de EEUU.
El consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, fue uno de los más entusiastas y agradecidos. “Gracias por abrir la puerta a una Venezuela mejor”, dijo el expresidente del PNV
Tal como dijo Trump en el encuentro, quienes se podrán beneficiar de forma más rápida de la nueva situación de Venezuela son las empresas que ya tienen presencia en el país, entre ellas la multinacional española Repsol. El consejero delegado de esta petrolera, Josu Jon Imaz, fue uno de los más entusiastas y agradecidos. “Gracias por abrir la puerta a una Venezuela mejor”, dijo el expresidente del PNV, quien mostró su compromiso para invertir en el país y triplicar su producción en los próximos tres años.
Realidades paralelas
Las declaraciones de los Gobiernos de EEUU y de Venezuela no parecen hablar de lo mismo. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, aseguraba el pasado miércoles que EEUU mantiene “la máxima influencia” sobre el gabinete de la presidenta interina y que ya ha comenzado a comercializar el crudo de Venezuela.
El Gobierno interino de Delcy Rodríguez solo reconoce que invitó a EEUU a “trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación”, pero en ningún caso acepta que se haya producido una cesión de soberanía. El 7 de enero, la petrolera estatal PDVSA subrayaba esta idea en un comunicado donde reconocía que se encontraba en proceso de negociación con Estados Unidos “para la venta de volúmenes de petróleo, en el marco de las relaciones comerciales que existen entre ambos países”.
Según afirmaba PDVSA estas ventas se desarrollarán bajo “esquemas similares” a los vigentes con Chevron, basado en una “transacción estrictamente comercial”. Con este mensaje, Venezuela acepta continuar haciendo negocios con Estados Unidos y ampliar las ventas de crudo y otras formas de colaboración, pero nada parecido a lo que dice Trump y otros integrantes de su gabinete.
Aunque Delcy Rodríguez califica el ataque de “agresión criminal”, PDVSA deja claro que existe una negociación entre ambos países para levantar las sanciones y aumentar el flujo de petróleo a EEUU
Aunque el Gobierno de Rodríguez califica el ataque de EEUU de “agresión criminal”, la nota de PDVSA deja claro que existe una negociación entre ambos países para levantar las sanciones —de la que solo se libraban 250.000 barriles diarios de Chevron— y para aumentar el flujo de petróleo venezolano a EEUU.
Según la versión del Gobierno de EEUU, el acuerdo está mucho más avanzado de lo que reconoce Venezuela y las condiciones no se parecen en nada a “una transacción estrictamente comercial”. El 7 de enero, el Departamento de Energía de EEUU lanzaba una hoja informativa en la que afirmaba que el pacto estaba “cerrado”, aunque son múltiples los aspectos que no quedaban definidos en la comunicación. Según este texto, el Gobierno de EEUU ya ha comenzado a comercializar el crudo venezolano en los mercados internacionales con la venta de 30 millones de barriles, unas ventas que “continuarán indefinidamente”.
Según el Departamento de Energía, el petróleo de Venezuela será vendido a partir de ahora por EEUU y los beneficios se repartirán entre los dos países “a discreción del Gobierno estadounidense”
El Departamento de Energía de EEUU detalla el nuevo funcionamiento de las exportaciones petroleras de Venezuela: todos los ingresos provenientes de la venta de crudo y productos derivados del petróleo venezolano “se liquidarán primero en cuentas controladas por EEUU”.
Los beneficios de estas ventas, siempre según este Departamento, se repartirán entre EEUU y Venezuela “a discreción del Gobierno estadounidense”. Para asegurarse de que esto ocurre, además de la amenaza de más y peores intervenciones militares, EEUU se arroja el papel de custodio de todas las exportaciones en una especie de bloqueo naval prolongado: “El único petróleo que entrará y saldrá de Venezuela será a través de canales legítimos y autorizados, consistentes con la ley estadounidense y la seguridad nacional”.
Ese mismo 7 de enero, Trump daba más información sobre el supuesto acuerdo: con los ingresos de la venta de ese petróleo, Venezuela solo podrá comprar productos fabricados en EEUU.
Qué significa exactamente “tomar el control” de Venezuela
En diferentes declaraciones de Trump, del influyente asesor Stephen Miller, del secretario de Defensa, Pete Hegseth, y del secretario de Estado, Marco Rubio, se ha ido dibujando la idea de una Venezuela convertida en una especie de protectorado estadounidense. Según se infiere de las intervenciones y comunicados oficiales, EEUU pretende “dirigir” Venezuela desde la flota desplegada en el Caribe con el control de los petroleros que salen de los puertos del país y la amenaza de nuevos ataques.
Para controlar el petróleo, además de la amenaza de intervenciones militares, EEUU se arroja el papel de custodio de todas las exportaciones en una especie de bloqueo naval prolongado
“Cuando el presidente dijo que Estados Unidos va a estar dirigiendo Venezuela, significa que los nuevos líderes de Venezuela deben cumplir nuestras demandas”, declaró el presidente de la Comisión de Inteligencias del Senado, Tom Cotton, el pasado 4 de enero. “Si ella no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que Maduro”, dejó claro Trump ese mismo día en una entrevista con The Atlantic. Marco Rubio ofreció en el programa Meet the press de la cadena NBC una versión más aterrizada de qué significaba “dirigir” Venezuela: “Esperamos ver más cumplimiento y cooperación de lo que recibíamos previamente”.
¿Es la sed de petróleo lo que motiva a EEUU?
A diferencia de otras intervenciones estadounidenses de las últimas décadas, el interés por el petróleo no ha sido camuflado, ni siquiera acompañado de otras supuestas motivaciones, como la exigencia de democracia, el respeto de los derechos humanos o la existencia de armas de destrucción masiva.
Venezuela cuenta con las principales reservas de petróleo del mundo. Nada menos que 304.000 millones de barriles de crudo, aunque no todo son ventajas. Se trata de un crudo pesado y extrapesado, viscoso y denso, explica a El Salto Luis González Reyes, autor de La espiral de la energía (Libros en Acción, 2014), y se encuentra enterrado a cientos de metros bajo tierra, lo que hace más complicada y cara su extracción. Además, gran parte de la infraestructura de extracción necesita ser renovada por completo, tras años de desgaste y abandono. Sin embargo, explica González Reyes, el petróleo venezolano presenta una serie de características que lo hacen muy atractivo para Estados Unidos.
Venezuela tiene petróleo para casi mil años. Y si el país recupera el ritmo de producción de tres millones de barriles al día seguiría teniendo petróleo para más de 270 años
La principal de ellas es la abundancia: al actual ritmo de extracción, Venezuela tiene petróleo para casi mil años, según la US Energy Information Administration (EIA). Y si el país recupera el ritmo de producción de sus mejores tiempos —unos tres millones de barriles al día— seguiría teniendo petróleo para más de 270 años, más del doble que Arabia Saudí o Kuwait. Estados Unidos es el primer productor de petróleo con 13 millones de barriles diarios, pero sus actuales campos solo le aseguran 15 años de suministro.
Cada tipo de petróleo genera unos derivados específicos, cuenta González Reyes. Y el tipo de petróleo con el que EEUU se ha convertido en principal productor del mundo lo ha hecho, paradójicamente, dependiente de la importación de petróleo: la mayoría del petróleo producido en el país norteamericano proviene del fracking y genera un tipo de crudo ligero que aporta muy poco diésel, indispensable para mover coches, camiones, trenes, barcos y maquinaria, y para alimentar sistemas de calefacción domésticos e industriales.
En cambio, señala este activista ecologista experto en energía, el crudo pesado de Venezuela asegura un porcentaje de diésel muchísimo mayor. Este tipo de petróleo también es ideal para asfaltos, combustibles industriales y otros derivados de la industria petroquímica, como los plásticos o los lubricantes.
El petróleo venezolano enviado a EEUU ha sido procesado desde hace décadas en las refinerías instaladas en el golfo de México, unas instalaciones especialmente pensadas —por ubicación y tecnología— para el crudo extraído en el país caribeño. Desde hace años estas refinerías no están trabajando a pleno rendimiento por las sanciones impuestas por Estados Unidos y la decadencia de la industria petrolera venezolana.
La posibilidad de que el crudo venezolano vuelva a fluir hacia EEUU como en los mejores tiempos ha hecho que la multinacional Valero Energy, encargada de muchas de estas refinerías, haya sido de las pocas empresas estadounidenses que ha ganado por ahora con el ataque de Trump, con una revalorización en bolsa superior al 12% desde el 3 de enero.
La otra gran ventaja del petróleo venezolano es su cercanía, a unos cinco días de viaje tranquilo por las aguas del Caribe, sin enemigos ni amenazas reales. En contraste, un petrolero que parte desde el Golfo Pérsico debe navegar durante unas tres semanas y atravesar dos puntos potencialmente conflictivos y fácilmente bloqueables: el estrecho de Ormuz, vigilado por las fuerzas iraníes, y el estrecho de Mandeb, a tiro de las milicias yemeníes. La posibilidad de que un conflicto con los países árabes, como ocurrió en la crisis del petróleo de 1973, o con otras potencias globales impida el tránsito del petróleo hacia EEUU invita a asegurar el suministro en su “patio trasero”, allí donde hay petróleo, en Venezuela.
Pese a la imagen impulsiva y caricaturesca de Trump, González Reyes identifica una estrategia definida y coherente con las deficiencias energéticas de EEUU a medio-largo plazo: aumentar en una o dos décadas de forma significativa la producción de petróleo venezolano para asegurar el suministro de crudo. La mezcla de este petróleo pesado con el ligero de sus campos de fracking permitirían asegurar el suministro y sortear los cuellos de botella del mercado global del petróleo durante mucho más tiempo.
“Vasallaje radical”
Emiliano Terán Mantovani es sociólogo de la Universidad Central de Venezuela, activista ecologista, autor de El fantasma de la Gran Venezuela (2015) e investigador del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). En conversación con El Salto, señala la gran distancia entre “la retórica conflictiva y la realidad” en todo lo que ha rodeado la relación entre Venezuela y Estados Unidos. Especialmente, porque el petróleo “nunca dejó de fluir” hacia los puertos estadounidenses del golfo de México.
Chevron había vuelto a operar en el país en 2022 y exportaba uno de cada cuatro barriles producidos en Venezuela. Nicolás Maduro “nunca había supuesto un obstáculo” para la participación de las empresas estadounidenses, señala. “Es absolutamente todo lo contrario. El obstáculo para que Estados Unidos y Venezuela tuviesen una relación petrolera más amplia fueron las sanciones lanzadas por el propio Trump”, contrapone. Según recuerda Mantovani, Maduro invitó en varias ocasiones a las empresas de EEUU a invertir en Venezuela, pero solo Chevron fue autorizada a saltarse las sanciones en el contexto de la crisis de suministro provocada por la guerra de Ucrania. “El petróleo venezolano, de calidad, especial para las refinerías de Estados Unidos está aquí, vamos a producirlo juntos, vamos a exportarlo”, declaró Maduro en junio de 2024.
Para este sociólogo, “la idea de que Trump quería petróleo y por eso tenía que sacar a Maduro” no tiene sentido. Los sucesos del 3 de enero y todo lo que ha ocurrido después, sostiene Mantovani, obedece más bien a un deseo de ir mucho más allá, hacia lo que llama un “vasallaje radical”, un formato de relación que “destruiría las bases del nacionalismo energético” y la idea misma de soberanía.
No resulta sorprendente, dice este investigador, que Delcy Rodríguez haya contado con la aprobación inicial de la administración estadounidense para liderar, bajo amenazas, el nuevo orden. Como sucesora legal de Maduro y máxima responsable de la petrolera estatal, Rodríguez reúne en una misma persona muchos de los elementos clave para esta nueva época, explica Mantovani: conocimiento de la industria petrolera como Ministra de Hidrocarburos, pragmatismo, fama de eficiencia, importantes conexiones internacionales y un perfil relativamente bajo.
Nicolás Maduro “nunca había supuesto un obstáculo” para la participación de las empresas estadounidenses, apunta Mantovani. Lo que busca Trump es el “vasallaje radical”
Delcy Rodríguez y su hermano —Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional— “han sido considerados los cerebros del Gobierno bolivariano” a la sombra de Maduro y actúan “como un cuerpo con dos cabezas”, explica Mantovani. Sin embargo, añade, no cuentan con una “base social”. Ahí, señala, “hay una grieta, que hoy es una de las principales interrogantes para la gobernabilidad”.
El mito del suministro inmediato
Para la mentalidad empresarial de Donald Trump y su equipo, un país que tiene las principales reservas de petróleo, pero que se sitúa en el puesto 21 entre los productores del mundo es un sinsentido y una oportunidad de negocio.
En el corto plazo, Washington pretende aumentar la producción de crudo en 18 meses para llegar a los 1,5 millones de barriles diarios. A medio plazo planea que Exxon Mobil y ConnocoPhilips vuelvan a Venezuela para que, junto a Chevron y otras multinacionales, inviertan más de 100.000 millones de euros para convertir Venezuela en uno de los principales suministradores de crudo del mundo en beneficio de Estados Unidos. ¿Es esto realista?
Para Mantovani, la cifra que las petroleras se niegan a asumir se queda corta. Se necesitaría al menos el doble, unos 200.000 millones de euros y unos diez años de trabajo en una infraestructura destruida, para conseguir un nivel de producción similar a los años anteriores al colapso. “Y en momentos de caos global, proyecciones tan a largo plazo son difíciles de sostener con seguridad”, dice.
Además, analiza este experto en políticas energéticas, las necesidades estratégicas de un país marcadas por análisis a largo plazo, no tienen por qué coincidir con los tiempos de las grandes empresas. La “sed de petróleo” ha movido la intervención en Venezuela, acepta, pero no existe en la actualidad una necesidad imperiosa de crudo. Más bien al contrario. Según cuenta Mantovani, la brecha entre la oferta y la demanda de petróleo es la más grande en los últimos 50 años. Esta sobreoferta de petróleo y el precio relativamente bajo del barril —60 dólares frente a los 120 que alcanzó en 2022— hacen que las empresas estadounidenses “no estén realmente tan emocionadas o entusiasmadas en invertir” el dinero que plantea Trump.
Las posibilidades de negocio a corto plazo solo parecen claras para las empresas que ya tienen inversiones en Venezuela, como Chevron o Repsol, para aquellas que controlan las refinerías del golfo de México o para los fondos de inversión que se han hecho con Citgo, la filial estadounidense de PDVSA, en lo que Venezuela ha calificado como “el robo del siglo”.
“Imagínate una empresa petrolera que tenga la posibilidad de operar sin controles ambientales y con esquemas de negocio extremadamente favorables en un país como Venezuela, con petróleo para 300 años”
Aún así, las oportunidades son grandes y los márgenes de beneficio altos, especialmente porque EEUU ha asumido el rol de determinar cómo se reparten las ganancias. “Imagínate una empresa petrolera que tenga la posibilidad de operar sin controles ambientales y con esquemas de negocio extremadamente favorables en un país como Venezuela, donde podrían explotar petróleo durante 300 o 400 años. Es realmente una maldición para Venezuela”, dice Mantovani.
Las expectativas del Gobierno de Trump a medio o largo plazo son menos realistas, dice Mantovani. El éxito de sus planes dependerá en buena parte de su propio futuro político y de la pervivencia de sus ideas, plasmadas en el Corolario de la Doctrina Monroe, en la que su equipo de Gobierno dejó claro que su objetivo es controlar directamente los recursos naturales de todo el continente americano.Venezuela
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