Turquía
La minería que destruye la región turca del Egeo
Nejla Işık vive justo al lado de la carretera que va de Milas a Ören, en el interior de la costa egea de Turquía. Su casa es de una sola planta, adosada a un establo donde cría vacas y gallinas. También tiene perros y gatos y muchos árboles frutales que muestra con orgullo: más de sesenta nogales, melocotoneros, higueras, granados y parras de uvas. “Esta es la casa familiar. Es donde pasé todos mis veranos hasta 2019, cuando decidí mudarme para instalarme”, explica.
En 2020, el Ministerio de Agricultura y Silvicultura turco dio permiso a la compañía turca YK Enerji —una sociedad conjunta de Limak Holding, la empresa que construye el nuevo campo del Fútbol Club Barcelona, e ICTAS Holding— para explotar el bosque que hay cerca de la casa de Nejla y cavar minas de carbón a cielo abierto. Ese mismo año, los vecinos denunciaron la licencia obtenida y, gracias a la resistencia comunitaria, se suspendieron los trabajos de YK Enerji. Sin embargo, en verano de 2023, la tala de gran parte del bosque se hizo efectiva delante de los manifestantes, que llevaban meses protegiendo el espacio con un campamento autogestionado, ahora transformado en las instalaciones de los cuerpos policiales.
“De momento se han expropiado ocho pueblos, pero con las nuevas licitaciones se prevé la afectación de más de 50”, detalla Nejla
“Estuvimos dos años y medio luchando y en una semana talaron 76 hectáreas de árboles mientras nos apuntaban con cañones de agua para evitar las protestas”, recuerda Neşe Tuncer, activista ambiental y participante en el movimiento social de Akbelen. Hoy, los camiones y las máquinas ya están trabajando. La dinamita que abre las minas ha dejado zonas de Akbelen desérticas, rodeadas con concertinas y carteles que avisan de la prohibición de hacer fotografías. Desde el monte que hay detrás de casa de Nejla se puede ver el valle donde antes había el pueblo de Ikizköy, convertido ahora en una extensión árida gris. “De momento se han expropiado ocho pueblos, pero con las nuevas licitaciones se prevé la afectación de más de 50”, detalla Nejla.
Con la nueva Ley número 7554 aprobada en 2025, que modifica las condiciones que permiten la actividad extractivista, Turquía ha agilizado los procedimientos para autorizar nuevas explotaciones. Más de 1,4 millones de hectáreas de superficie minera han salido a concurso desde 2024, según un cálculo del medio anglo-turco Turkey Recap basado en datos gubernamentales. La reforma permite, bajo determinadas condiciones, desarrollar actividades mineras en olivares y contempla la expropiación urgente para proyectos relacionados con minerales considerados estratégicos o críticos.
“Han destruido la economía”
“Las minas nos están dejando sin nuestra historia y economía”, denuncia Neşe Tuncer. Los habitantes de la región de Akbelen históricamente se han dedicado a la agricultura y a la ganadería, además de caracterizarse por un estilo de vida en parte autosuficiente por la producción de alimentos. “La destrucción del territorio y la construcción de las minas está relacionada con una cuestión de seguridad alimentaria, porque la región terminará dependiendo de la industria agrícola”, critica la activista.
Los olivos, fuente de ingresos para los habitantes de la región y a la vez de conexión con la tierra y los ancestros, han sido el símbolo de las protestas de Akbelen. De hecho, según el artículo 20 de la Ley de Cultivo del Olivo, se prohíbe que los olivares sean expropiados con el fin de llevar a cabo actividades mineras. Sin embargo, las empresas mineras han intentado involucrar a la población local en el proceso de arranque de los olivos, sugiriéndoles que planten estos árboles en otro lugar o que los utilicen como leña. Desde hace un año, además, la nueva ley 7554 flexibiliza la apertura de minas en olivares.
“Con el argumento de la producción de energía lo justifican todo: la construcción de minas, de paneles solares y hasta de instalaciones turísticas”, defiende Najla
Para conseguir el embargo de tierras, el Gobierno utiliza la orden de “expropiación urgente”. Este mecanismo se ha usado en Turquía en casos de emergencia nacional o desastres naturales, pero con la ley 7554 se ha extendido a la expropiación de tierras para la construcción de minas, hecho que ha generado controversia pública. Ahora, con la nueva legislación, YK Enerji está intentando ampliar aún más la mina y los vecinos han acudido al Tribunal Constitucional para detener la expropiación.
“Con el argumento de la producción de energía lo justifican todo: la construcción de minas, de paneles solares y hasta de instalaciones turísticas”, defiende Najla. El pretexto para abrir las minas de Akbelen fue ampliar la zona de explotación a cielo abierto con el fin de suministrar lignito a las dos centrales térmicas situadas a menos de 10 kilómetros de distancia. Sin embargo, tras destruir el bosque y al abrir las minas, no encontraron las reservas de este tipo de carbón estimada. En consecuencia, tienen que transportar el mineral desde Soma —lugar donde se produjo en 2013 el desastre en el que murieron 301 mineros—, un centro minero situado a más de 300 kilómetros de distancia.
Desde su casa, Nejla muestra el camino para llegar a las centrales energéticas situadas cerca de las minas y señala el monte donde se prevé la construcción de proyectos turísticos, una transformación total del territorio rural que empezó con las minas. “Han destruido la economía de nuestra tierra”, añade la vecina. Desde las empresas extractivistas, no obstante, insisten en que revitalizarán el terreno después de los trabajos, pero desde el movimiento ecologista remarcan que el suelo tarda miles de años en regenerarse.
Impacto medioambiental
Aunque el impacto no es solo en la tierra: las minas contaminan el aire y el agua, y provocan afectaciones a los habitantes y a la fauna y la flora. Desde la casa de Nejla se puede escuchar los trabajos en las minas. Un ruido seco y fuerte acompañado de temblores propios de un terremoto anuncian la explosión de la dinamita. “A veces, incluso las partículas de la contaminación son visibles en el aire”, explica Nejla. Según la vecina, al menos cuatro residentes han desarrollado cáncer de pulmón en los últimos años, una situación que los ciudadanos vinculan a la contaminación generada por las minas.
La contaminación también se manifiesta en el agua. La necesidad de grandes cantidades de este elemento en las instalaciones mineras altera el recorrido de los torrentes, lo que condiciona a los animales que beben del río, además de causar accidentes como inundaciones no previstas. En Latmos, la cordillera situada al norte de Akbelen —también en el interior de la costa egea de Turquía— el cambio del curso del agua causado por las minas provocó hace cinco años un aumento del nivel del agua en una zona inundable, lo que acabó con la vida de varios habitantes. La alteración de los recursos hídricos igualmente ha afectado a los lagos de la región, muy importantes para abastecer las aves durante su trayecto migratorio.
En la cordillera de Latmos desde hace unas tres décadas existen minas a cielo abierto, aunque cada vez su extensión es mayor y se acercan más a los pueblos diseminados por el monte. El mineral principal que se extrae es el feldespato, muy cotizado en España e Italia —adonde se exporta mayoritariamente— para la producción de cerámica y vidrio. Es tóxico para los trabajadores y habitantes, ya que puede causar silicosis, una enfermedad pulmonar crónica.
De momento, el instrumento que ha permitido frenar el avance de las minas y proteger a Latmos han sido las pinturas rupestres
Esta región también se caracteriza por las plantaciones de olivos, aunque para los agricultores es más rentable la venta del terreno a las empresas mineras que continuar con el trabajo agrícola. La contaminación de la mina, además, ha disminuido la productividad de los árboles y ha promovido el crecimiento de plantas invasoras como la planta del tabaco. Las empresas empiezan comprando a los agricultores una parte pequeña del terreno y pidiendo permiso de apertura a los órganos locales. De este modo, es más fácil conseguir una ampliación por parte del Gobierno central.
“Hay algunos ciudadanos que trabajan en las minas, de transportistas sobre todo, pero la mayoría ha migrado, especialmente los jóvenes”, explica por su parte Timuçin Binder, arqueólogo y activista ambiental miembro de Latmos Platformu. Timuçin cuenta que la carretera que llega a las minas de Latmos cruzando los pueblos es estrecha, de curvas y ascendente. “A los camioneros les paga por viaje, por eso conducen al límite, y se producen accidentes con animales y vecinos cuando pasan por los pueblos”, añade.
Las pinturas rupestres contra las minas
La cordillera de Latmos es famosa por su patrimonio natural y arquitectónico. Las formaciones rocosas podrían convertirla en un parque geológico: la mezcla de gneis, granito y esquisto han facilitado la erosión de las rocas que en la actualidad tienen formas redondeadas donde se pueden adivinar criaturas fantásticas. El color rojizo de las piedras indica la riqueza en minerales y hierro. Es, además, una de las estructuras continentales más antiguas de Anatolia, con más de 600 millones de años. Es también donde, según la mitología griega, la diosa Selene dio un beso al pastor Endimión para conservar su juventud que lo llevó al sueño eterno.
Los templos romanos y las estructuras bizantinas como monasterios y castillos se esconden entre los montes. Muchos ya solo son cimientos, pero hasta el siglo XX algunos conservaban sus frescos casi intactos, aunque en ese momento se vandalizaron y se eliminaron los rostros de las figuras religiosas. Las conflictivas relaciones políticas entre Turquía y Grecia no han ayudado a la buena preservación de los vestigios bizantinos ni en invertir para restaurar los monumentos. Pero su mayor tesoro son las casi 200 pinturas rupestres que se esconden entre las piedras y que se caracterizan por ser escenas festivas y pacíficas en vez de representar la guerra o la caza.
Con el tiempo, el patrimonio y el paisaje de Latmos se ha popularizado y los locales acuden a pasear por el monte o a celebrar picnics. “La protección máxima a la que aspiramos sería la denominación de geoparque”, defiende Timuçin Binder, arqueólogo de profesión. Este título lo otorgan instituciones internacionales y, aunque protege el territorio, puede obstaculizar la vida de los vecinos. “La otra opción sería protegerlo como parque natural”, añade. No obstante, este calificativo no asegura una protección completa en Turquía. Una muestra es la aprobación en el Parlamento este año de un proyecto de ley que permite la construcción de alojamientos e infraestructuras turísticas en espacios protegidos como parques naturales.
“¿Ves esta zona de aquí? La mina se quería ampliar por este lado, pero al documentar pinturas rupestres pudimos abrir un expediente y evitar la extensión”, señala Timuçin
De momento, el instrumento que ha permitido frenar el avance de las minas y proteger a Latmos han sido las pinturas rupestres. Timuçin y Gökhan Kahraman se encuentran cada mes para recorrer la cordillera, en búsqueda de pinturas desprotegidas. En 1994 se publicó una recopilación de las obras, pero los activistas apuntan que algunas se pueden haber perdido con las minas u otras pueden estar aún por descubrir. Deslizándose por los agujeros entre las piedras, estirándose en el suelo y entrando en cuevas, con la ayuda de iDStretch, una aplicación del móvil, pueden generar una idea aproximada de cómo hubiera sido la pintura en la prehistoria.
“¿Ves esta zona de aquí? La mina se quería ampliar por este lado, pero al documentar pinturas rupestres pudimos abrir un expediente y evitar la extensión”, señala Timuçin. El problema principal, no obstante, es que la protección se aplica solo a los grafitos, lo que permite la destrucción del entorno y del contexto, se queja el arqueólogo. “Nuestro objetivo es poder proteger toda la montaña. Sin los alrededores no se puede entender cómo vivían nuestros ancestros ni el mensaje de las pinturas. La herencia que hemos recibido es todo el completo”, finaliza.
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