Opinión
De la Olimpiada en la Alemania nazi al Mundial en los Estados Unidos de Trump: el deporte en disputa

Con el impulso de la Internacional Roja del Deporte, nació la idea de celebrar unos juegos populares y antifascistas en la Barcelona de 1936 como contraposición a los oficiales que se celebraban en el Berlín nazi.
Olimpiada popular
Barricada levantada en una calle de Barcelona contra el golpe de estado franquista. Detrás se observan pegados en la pared carteles de la Olimpiada Popular que iba a celebrase los días siguientes. CC0
Presidente de la Fundació Neus Català
11 jul 2026 06:00

Estos días se ha hecho público que Donald Trump será quien entregue la copa de campeona a la selección que gane el Mundial de fútbol masculino. Esto podría parecer un detalle menor si no fuera porque simboliza perfectamente cómo el poder utiliza el deporte para consolidar una imagen de sí mismo y representar una escenificación acorde con el modelo político, económico y social que despliega. La historia está llena de ejemplos en este sentido, siendo los Juegos Olímpicos en el Berlín de 1936 el ejemplo más escandaloso.

A estas alturas deberíamos tener asumido que aquello de que no se puede mezclar política y deporte es una frase vacía, sin ninguna base real (la propia celebración de una competición internacional de selecciones “nacionales” es eminentemente política). Tanto es así que la Barcelona republicana no fue elegida sede olímpica en 1931 —a pesar de ser la favorita—, precisamente por el rechazo a las transformaciones democráticas y sociales que protagonizaba. Por el contrario, el Comité Olímpico Internacional (COI) otorgó los juegos a Alemania, un país donde Adolf Hitler llegaría al poder meses después. A pesar de las fuertes críticas recibidas internacionalmente por parte de organizaciones obreras, de izquierdas y judías, los Juegos se celebraron en el Berlín nazi con el visto bueno del COI y fueron utilizados por el fascismo alemán para posicionarse y proyectar una determinada imagen internacional, que daría cobertura a la barbarie.

Podemos establecer paralelismos sobre cómo Donald Trump utiliza la Copa Mundial de Fútbol masculino y los juegos de Berlín de 1936

En un contexto de claro ascenso de la extrema derecha y de normalización de sus políticas inhumanas, podemos establecer paralelismos sobre cómo Donald Trump utiliza la Copa Mundial de Fútbol masculino y los juegos de Berlín de 1936. El presidente estadounidense intenta reconquistar terreno en cuanto a la imagen de los Estados Unidos a escala internacional y situar su figura como referente, mientras sigue aplicando medidas propias de un régimen de terror. Es muy cierto que la sede del mundial es compartida con Canadá o el México de la presidenta Claudia Sheinbaum, o que la final está al lado de la Nueva York del alcalde socialista Zohran Mamdani; pero sería negar la evidencia considerar que este Mundial no es utilizado por Trump y su proyecto de capitalismo feroz que avanza hacia el fascismo.

El próximo 19 de julio será Trump quien entregue la copa a los ganadores del mundial, del brazo del presidente de la FIFA, en el estadio MetLife, proyectando su imagen, ahora también, en todo el mundo del fútbol. Pero ese mismo 19 de julio se cumplirán 90 años de la fecha en que debía inaugurarse la Olimpíada Popular en Barcelona, frustrada por el golpe de estado franquista y el inicio de la guerra. El movimiento obrero europeo tenía una larga trayectoria deportiva y, con el impulso de la Internacional Roja del Deporte, nació la idea de celebrar unos juegos populares y antifascistas como contraposición a los oficiales que se celebraban en el Berlín nazi. Esto cristalizó en Barcelona con la creación del Comité Organizador de la Olimpíada Popular, del que Lluís Companys era el presidente honorífico, en la primavera de 1936.

En pocos meses se creó la estructura y la logística necesarias para celebrar una semana de deporte y cultura popular a escala internacional. Se congregaron 6.000 atletas en la capital catalana para participar en los juegos, procedentes de 23 delegaciones internacionales; además, en la ceremonia inaugural Pau Casals debía dirigir la orquesta y el coro y se había previsto la participación de 3.000 folcloristas (entre ellos, la Patum de Berga o el séquito de Vilanova y la Geltrú, éste último perdió las figuras en el caos del estallido de la guerra). La mayoría de estos atletas regresaron a sus países, pero muchos otros se quedaron a defender la República, como acto de solidaridad internacionalista ineludible en la lucha contra el fascismo.

El deporte debe huir del negocio para convertirse en un elemento que genere cohesión y aglutine a las clases populares para construir un presente de lucha y un futuro de esperanza

Noventa años después, recogemos el testigo de aquellos juegos del deporte y la cultura, y un buen puñado de entidades memorialistas, clubes deportivos, sindicatos y asociaciones trabajamos en una Comisión del 90º aniversario de la Olimpíada Popular de 1936. Se realizan actividades a lo largo de todo el año, especialmente en torno al 18 y el 19 de julio, y que se prolongarán hasta finales de octubre, con la Carrera Lluís Companys en el Estadio Olímpico de Montjuïc y el homenaje a los brigadistas internacionales.

El espíritu de la Olimpíada Popular y de todos aquellos atletas es un referente inspirador en el momento actual, algo imprescindible para situar la memoria histórica y el deporte como herramientas clave para hacer frente a la extrema derecha. Conscientes de que la mejor manera de combatirla es crear comunidad y dibujar una sociedad diferente, realmente justa y democrática, el deporte debe huir del negocio para convertirse en un elemento que genere cohesión y aglutine a las clases populares para construir un presente de lucha y un futuro de esperanza.

Hemeroteca Diagonal
Las Olimpiadas que nunca fueron

La Guerra Civil anegó una iniciativa que ligaba el deporte y la resistencia al fascismo: la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936. Surgida como reacción a la Olimpiada de Berlín —oficial y nazi al mismo tiempo—, fue impulsada por organizaciones culturales y deportivas catalanas con el fin exaltar la fraternidad entre los pueblos. En la víspera de su inauguración, cuando numerosos atletas se encontraban ya en el estadio de Montjuïc, todo terminó menos la guerra.

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