Es hora de que el laborismo británico apoye a las trabajadoras sexuales

Cuando los legisladores dicen que la naturaleza misma del sexo comercial es el problema, ignoran las preocupaciones de la gente de clase trabajadora que menos captan la atención; preocupaciones como seguir teniendo electricidad, o llevar el gasto del cuidado de los niños, que crece más rápido que los salarios.

Sex work
Manifestación en Londres con motivo de la huelga feneral del 8 de marzo de 2018. Foto: IWW

publicado
2018-10-11 06:30:00

“No hay nada tan humillante como tener que tener que quitarte verduras de la bolsa en una estación de auto-servicio porque te rechaza la tarjeta”, explica Dot, una trabajadora sexual de 32 años del barrio de Camden, en Londres. Dot pone anuncios online y sus clientes la visitan en su casa mientras su hijo de siete años está en el colegio. Se considera a sí misma “una puta normal y corriente del mercado, sin adornos”, y dice que su tarifa horaria de trabajo es más de dieciocho veces lo que ganaba sirviendo palomitas en el cine. “El salario mínimo no es suficiente para nada, ni tampoco los subsidios. No puedo permitirme nada de lo que necesito sin el trabajo sexual”.

Nadie que lea artículos británicos de la última década habrá dejado de reparar en por lo menos un titular que ha sembrado el pánico acerca del número creciente de gente como Dot, que vende sexo para mantenerse a flote. De igual manera, es imposible no darse cuenta de que el trabajo sexual sigue siendo un tema tan polémico como siempre. Escuelas de pensamiento enfrentadas se preguntan si la mejor respuesta para los problemas urgentes en la industria sería eliminar la criminalización que la rodea, o bien agregar más.

El modelo de decriminalización de Nueva Zelanda ha atraído algunos apoyos notables, como los de Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Organización Mundial de la Salud, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA y la Alianza Global Contra el Tráfico de Mujeres. Al mismo tiempo, varios países han seguido el ejemplo de Suecia, adoptando la criminalización de los clientes, abandonando la seguridad de las trabajadoras sexuales y criminalizándolas igualmente.

En el Partido Laborista, la preocupación sobre la industria sexual sigue manifestándose en las discusiones políticas. Los diputados laboristas organizaron campañas para “limpiar” el Reino Unido de burdeles (un burdel es definido legalmente a partir de dos o más trabajadoras, aun si no hay jefe), mientras que otros han llamado a reforzar el poder policial para aplicar “mano dura” a aquellas que ejerzan ilegalmente en la calle.

Uno describe la prostitución como “humillante en el mejor de los casos”, mientras que otro dice que la prostitución no puede ser un empleo real porque “el orgasmo de un hombre no es productivo”, ilustrando ambos cómo la fundada preocupación feminista en torno al abuso y la explotación en la industria sexual a menudo se desmorona para descubrir nada más que una aversión subjetiva por los servicios prestados propiamente dichos.

Sean los que sean los sentimientos personales de cada cual sobre el trabajo mismo, la pobreza deja sin el lujo de la elección a un gran número de personas en el Reino Unido. La Comisión de Mediciones Sociales (SMC, por sus siglas en inglés) descubrió que 14,4 millones de personas en el Reino Unido eran pobres en el curso 2016/2017, con familias afectadas por discapacidades, monoparentalidad y contratos irregulares y sin mínimo de horas, la mayoría en riesgo.

El Grupo de Presupuesto para las Mujeres y la organización Runnymede Trust mostraron que las mujeres soportan desproporcionalmente el 86% de los recortes, especialmente las madres solteras y las mujeres negras, asiáticas y de otras minorías étnicas. Nadie conoce esto mejor que las trabajadoras sexuales. El colectivo popular Movimiento de Apoyo y Resistencia de las Trabajadoras Sexuales (SWARM, por sus siglas en inglés) dice: “Sabemos de primera mano que la pobreza es un factor importante por el que la gente vende sexo. En cualquier caso, no podemos entender por qué criminalizar la fuente de ingresos de la gente que vende sexo se presenta como una 'solución' a la coerción económica de la pobreza. Si los candidatos son conscientes de que la pobreza le niega sus elecciones a las personas, nosotras sugerimos que una solución real sería aplacar la pobreza, no criminalizar lo que a menudo es el último recurso que tiene la gente para sobrevivir a ella”.

Cuando los legisladores dicen que la naturaleza misma del sexo comercial es el problema, ignoran las preocupaciones de la gente de clase trabajadora

Cuando los legisladores dicen que la naturaleza misma del sexo comercial es el problema, ignoran las preocupaciones de la gente de clase trabajadora como Dot; preocupaciones como seguir teniendo electricidad, o asumir el gasto del cuidado de los niños, que crece más rápido que los salarios. Tristemente, para las trabajadoras sexuales los titulares en torno al azote de los “antros sexuales” y los “burdeles temporales” [apartamentos de alquiler por horas, usados para tener sexo] venden más periódicos que las experiencias de vida cotidianas más prosaicas en la cola del pan.

Nickie Roberts, que trabajó en la industria del sexo en los años 80, explica lo típica que puede ser esta desconexión de clase en el debate sobre el trabajo sexual: “Trabajar en fábricas horribles por un sueldo asqueroso fue lo más degradante y explotador que he hecho nunca en toda mi vida. Creo que debería haber otro mundo para el tipo de trabajo que hace la gente de clase trabajadora; algo para diferenciarlo del trabajo que hace la gente de clase media, aquellos que tienen carreras. Solo puedo pensar en que es un trabajo ingrato. Es desesperante, está podrido; ni siquiera es media vida. Es inmoral. Y aun así, como digo, se espera de las mujeres trabajadoras que se nieguen a sí mismas todo. ¿Por qué yo debería aguantar a una feminista de clase media preguntándome por qué no hice cualquier otra cosa ─¿fregar baños, incluso?─ en vez de convertirme en stripper? ¿Qué hay de liberador en limpiar la mierda de otra gente?”.

Algunas cosas no cambian nunca. Las opiniones de Roberts repiten las expresadas hace casi un siglo por una prostituta que escribió en The Times en 1859 ─bajo el alias 'Otra Desgraciada'─, observando que los políticos anti-prostitución ricos nunca entenderían las dificultades de “las mujeres pobres esforzándose para tener sueldos de hambre, mientras la penuria, la miseria y el hambre las agarran del cuello y dicen: 'Entrega tu cuerpo o muere'”. De acuerdo con la académica Julia Laite, esta escasez de opciones habría sido típica de la época. “Varios estudios de finales del siglo XIX descubrieron que en torno a la mitad de las mujeres que vendían sexo en Gran Bretaña habían sido sirvientas domésticas y que muchas lo habían odiado tanto que habían dejado el servicio voluntariamente”. Laite cita una trabajadora sexual de la década de 1920 que le pregunta a un agente de policía que la arrestó: “¿Qué me darás si dejo esto? ¿Un trabajo en una lavandería por dos libras a la semana... cuando puedo hacer veinte fácilmente?”.

Por supuesto, decir que la prostitución es mejor que la pobreza, la miseria y la muerte es una vara de medir bastante baja, y cuando decimos “el trabajo sexual es trabajo” no queremos decir que siempre sea un trabajo particularmente bueno. De hecho, las trabajadoras sexuales se han estado organizando por mejores condiciones de trabajo durante mucho tiempo en todo el mundo. En 1907, las prostitutas de Nueva Orleans organizaron piquetes en las puertas de sus burdeles, negándose a dejar entrar a los clientes hasta que sus madames renegociaron las tarifas de la casa. En 1917, doscientas prostitutas se manifestaron en San Francisco con un megáfono diciendo: “Casi cada una de estas mujeres es madre o tiene a alguien dependiendo de ella. Son conducidas a esta vida por sus condiciones económicas. No nos hacéis ningún bien atacándonos. ¿Por qué no atacáis esas condiciones?”. Las trabajadoras de burdeles de Hawai hicieron huelga durante semanas en 1942 para protestar por la negación de sus derechos bajo la ley marcial, incluso su libertad de movimiento. Los años 70 y 80 vieron trabajadoras sexuales ocupando iglesias en Londres y Lyon para demandar que terminara el acoso policial.

En Bolivia, a mediados de la década de los 2000, 35.000 trabajadoras sexuales de todo el país participaron en una enorme serie de acciones colectivas contra la violencia policial y el cierre de los lugares de trabajo

En Bolivia, a mediados de la década de los 2000, 35.000 trabajadoras sexuales de todo el país participaron en una enorme serie de acciones colectivas contra la violencia policial y el cierre de los lugares de trabajo. “Estamos luchando por el derecho a trabajar y por la supervivencia de nuestras familias”, dijo Lily Cortez, líder de la Asociación de Trabajadoras Nocturnas de El Alto, rodeada de prostitutas que habían cosido sus bocas cerradas como protesta. “Mañana nos enterraremos vivas si no somos escuchadas inmediatamente”. Algunas fueron a la huelga rechazando las pruebas obligatorias de ETS “hasta que podamos trabajar libres del acoso”. Otras bloquearon el tráfico o se pusieron en huelga de hambre. “Somos las no queridas de Bolivia”, dijo Yuly Pérez, del sindicato de trabajadoras sexuales Organización Nacional para la Emancipación de las Mujeres en Estado de Prostitución. “Somos odiadas por una sociedad que nos usa regularmente, e ignoradas por instituciones obligadas a protegernos. Lucharemos con uñas y dientes por los derechos que merecemos”.

En años recientes, en Gran Bretaña, las trabajadoras sexuales han protestado afuera del centro de detención de Yarl Wood contra el arresto y la deportación de mujeres consideradas por el Ministerio del Interior como víctimas de tráfico, y se han manifestado por centenares por las calles del Soho durante la Huelga de Mujeres. Las strippers y otras trabajadoras del comercio sexual comienzan a sindicarse con Voces Unidas del Mundo, permitiéndoles disfrutar de la solidaridad con otros trabajadores precarios de la gig economy [trabajos puntuales].

En la última semana de septiembre, las trabajadoras sexuales activistas lanzaron su nueva campaña, Despenalizar Ahora, en el festival Transformed World, en Liverpool, al lado de la conferencia del Partido Laborista. Como alianza de políticos, trabajadoras sexuales, colectivos por los derechos de las trabajadoras sexuales, feministas, estudiantes y organizaciones de derechos humanos, la campaña busca despenalizar la prostitución en el Reino Unido, incluyendo las multas y leyes de los burdeles que criminalizan a los clientes. La campaña incluye a activistas del Partido Laborista que también son activas en los movimientos feminista y sindical. Está dirigida a señalar la ausencia histórica de apoyo a los derechos de las trabajadoras sexuales tanto por parte del Partido Laborista como de los sindicalistas. Como apunta la activista del trabajo sexual Morgane Merteuil, “[las trabajadoras sexuales] no piden permiso para participar en la lucha de clases de la que ya son parte integrante”.

Como trabajadoras sexuales, hacemos un llamamiento a los miembros del Partido Laborista, especialmente a los cargos electos entre cuyas prioridades están los derechos de las mujeres, a pensar cuidadosamente sobre lo que decimos que necesitamos: nuestra prioridad es la seguridad en el trabajo. Queremos sentirnos capaces de llamar a la policía por un cliente desagradable, en lugar de preocuparnos de que él sea quien llame contra nosotras. Desde que Nueva Zelanda despenalizara el trabajo sexual en 2003, las trabajadoras se sienten más protegidas y con más seguridad en sus derechos laborales, y sus jefes son responsables ante el Estado bajo la legislación laboral.

La aplastante evidencia de organismos como Amnistía Internacional o el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA es que la completa despenalización de las trabajadoras sexuales ─incluyendo nuestros clientes y jefes, es decir, nuestros ingresos y nuestros lugares de trabajo─ es el mejor modo de reducir los daños contra nosotras, mejorar nuestro acceso a la justicia y asegurar un mejor control sobre nuestras condiciones de trabajo.

El trabajo sexual es una forma de trabajo, y merecemos derechos laborales. No vemos la despenalización como la panacea, porque seguiremos enfrentando los mismos problemas que los demás trabajadores. Incluso después de la despenalización, por poner algunos ejemplos, seguiremos afrontando la falta de financiación en asistencia legal, un poder sindical débil y políticas de austeridad que reducen nuestra capacidad de aplacar la explotación laboral y de acceder a los servicios que necesitamos.

Las trabajadoras sexuales quieren estar junto a otros trabajadores para desafiar esas injusticias y mejorar las condiciones de todos los trabajadores. Pero necesitamos del marco básico de un lugar de trabajo legalmente reconocido, y del reconocimiento del movimiento laborista de que somos, de hecho, trabajadoras. ¿Qué es el movimiento laborista sin trabajadores?

red pepper
El artículo Selling sex is a working class job. It’s time for Labour to stand with sex workers ha sido traducido por Sergi Martos García y publicado originalmente en Red Pepper.

3 Comentarios
#27368 6:48 8/12/2018

Del modelo de Nueva Zelanda hay poquita información como para idealizarlo. Aún así se producen asesinatos y violaciones de prostitutas, parece que no están tan protegidas como se comenta. Puedes buscar entrevistas a exproatitutas y prostitutas neo zelandesas y comprobar esa "maravilla". Y por cierto, el modelo suec no criminaliza a las prostitutas, de hecho se caracteriza por darles oportunidades para encontrar mejores salidas laborales, si las quieren (curiosamente la mayoría la quieren).

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#24419 19:36 13/10/2018

Dale con la propaganda blanqueadora de la violencia prostituyente. Apesta ya este medio porque resulta ya una cruzada por la falta de opiniones feministas abolicionistas (no confundir con prohibicionismo). No cuela que si eres pobre por la explotación capitalista que no te da para vivir dignamente, tu opción DE POBRE SI ERES MENOR O MUJER es tragarte el asco, la dignidad, la libertad sexual para enajenarla al deseo de someter de varonesnde toda edad y condición. Te dirán que las felaciones en callejas y polígonos, que todo tipo de humillaciones y renuncias en el burdel son empoderamiento porque vas a poder consumir más y paliar la miseria de los tuyos... durante un tiempo, quizá a costa de tu vida, seguro que de tu salud y tus sentimientos. Todas putas, y así no hace falta ni revolución, ni prestaciones sociales, ni igualdad, ni emancipación, ni placer propio de las mujeres, ni derechos de las niñas y niños, ni educación que valga. Vende tu cuerpo, por servicios, por trozos, por encargos. Todo se compra y se vende en el capitalismo.

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#25761 22:05 9/11/2018

Y qué alternativa propones ? Creo que en el artículo deja bien claro que las otras opciones también son asquerosas y humillantes y además peor pagadas. Es verdad que quizá tener sexo con alguien sin deseo debe ser de lo más desagradable ( dicen que también puede ocurre en el matrimonio, sin que levante tanta "polvareda" ), pero la única solución que se me ocurre es una sociedad donde nadie tenga tanto dinero para comprar la voluntad y dignidad ajena, ni nadie necesite tanto de él como para tener que venderlas. Por cierto y según la cita de una no muy conocida "peli", al fín y al cabo, cualquier trabajo ( o casi ) es prostitución. RENTA BÁSICA YA.

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