Opinión
Algoritmos, grasa y azúcar

Cuando abrimos un app en nuestro móvil o una bolsa de patatas fritas, sostiene le autor, también abrimos la cajita de la dopamina. Los precios de la comida barata y sus algoritmos son un artificio construido gracias a regulaciones laxas, exenciones fiscales, subvenciones públicas y externalización de costes medioambientales y de salud.
La aplicación Too Good To Go
La comida ultraprocesada y cero calidad alimenticia despierta nuestra dopamina al igual que cualquiera de las aplicaciones de internet.

La dopamina es un neurotransmisor que actúa generando sensación de motivación, recompensa y satisfacción. Tiene una función evolutiva fundamental, puesto que consolida los recuerdos de lo que nos hace sentir bien para que repitamos la acción en el futuro. Las empresas de redes sociales –que sería más apropiado llamar empresas de venta de datos personales– y la industria de la comida barata –que sería más apropiado llamar industria del veneno, como la llama Vandana Shiva–, tienen muy bien estudiada la dopamina.

En “El enemigo conoce el sistema”, Marta Peirano cuenta que estas corporaciones trabajan basándose en el modelo Fogg Behaviour Movement (FBM), que define los tres elementos clave para consolidar un hábito: (1) El sujeto tiene que querer hacerlo; (2) Tiene que poder hacerlo; (3) Tiene que haber algo que le impulse a hacerlo. El tercer elemento es el que técnicamente se llama trigger, disparador, y es el que ocupa a las corporaciones para condicionar el primer elemento (querer hacerlo), activando un círculo vicioso que nos lleva a la repetición y a la consolidación de hábitos.

Cuando abrimos la app de TikTok o una bolsa de patatas fritas, también abrimos la cajita de la dopamina, que nos impulsa a hacer scroll sin parar y comernos la bolsa entera, en una extraña sensación que mezcla la satisfacción y la culpabilidad. Este es un esquema aplicable a cualquier empresa cuyo modelo de negocio se base en incentivar el consumo compulsivo. Podemos pensar en miles de ejemplos en nuestra cotidianidad.

En el caso de la comida barata, el algoritmo es el bliss point, el punto de felicidad, la combinación exacta de azúcar, sal, grasa y aromas que hace que cuanto más comemos, menos podamos dejar de comer

En el caso de las redes sociales, el dispositivo tecnológico para la producción de dopamina es el algoritmo del filtro burbuja: a medida que usamos la plataforma, esta reconoce nuestros intereses y adapta las publicaciones para que solo nos aparezca aquello que nos atrapa a la pantalla. En el caso de la comida barata, el algoritmo es el bliss point, el punto de felicidad, la combinación exacta de azúcar, sal, grasa y aromas que hace que cuanto más comemos, menos podamos dejar de comer. El modelo de negocio de las empresas de redes y de la comida barata, dicho de forma sencilla, se basa en la producción de adicción. Cuanta más adicción tienen los consumidores, más dividendos se reparten los accionistas.

Cuando hablamos de redes sociales, es evidente que nuestros hábitos de consumo digital están plenamente condicionados por las decisiones de un grupo muy reducido de empresas que ostentan un poder de tipo feudal: Meta (Facebook, Whatsapp e Instagram), Alphabet (Google o YouTube), X, Apple y Amazon. Es una buena noticia que el ejecutivo español haya entendido que la llamada libertad de los consumidores está construida sobre condiciones materiales que no deciden los propios consumidores, sino los accionistas.

En cambio, resulta curioso (y alarmante) que en el caso de la comida sigamos confiando en la ficción del poder de los consumidores. La cadena alimentaria, mucho más larga que la tecnológica, va de la producción biotecnológica de semillas a la venta al detalle. En distintos segmentos de la cadena encontramos cinco o seis empresas que controlan la mayor parte del mercado. Por lo que hace a la producción de comida barata, encontramos a cinco corporaciones globales productoras de aromas: Firmenich, Symrise, International Flavors & Fragrances (IFF), Givaudan y Takasago.

El consumo de ultraprocesados se ha triplicado en España en solo tres décadas. El excesivo consumo de grasa, azúcar y sal es el principal responsable de enfermedades coronarias, diabetes de tipo 2 y distintos tipos de cáncer

Estas proveen sus aromas a las seis que controlan los ultraprocesados: Nestlé, Danone, PepsiCo, Kraft Heinz, Coca-Cola y Mondelez. Kraft Heinz y Mondelez fueron impulsadas por grandes tabacaleras como Philip Morris y R.J. Reynolds durante los años 80 y 90. Cuando se empezaron a implementar las regulaciones del tabaco, las empresas trasladaron su modelo de producción de adicciones al sector de la comida barata, puesto que su impacto nefasto en la salud no estaba tan estudiado. Finalmente, estos productos se venden en supermercados coloridos que friccionan diversidad de elecciones: solo Mercadona, Lidl, Carrefour y Eroski controlan casi el 50% de todas las ventas, representando menos del 0,2% de las empresas de venta al detalle de comida en España.

Un estudio reciente de The Lancet muestra que el consumo de ultraprocesados se ha triplicado en España en solo tres décadas. El excesivo consumo de grasa, azúcar y sal es el principal responsable de enfermedades coronarias, diabetes de tipo 2 y distintos tipos de cáncer. Lo que tendría que alimentarnos, nos mata. Hoy en día, la comida barata es la primera causa de muerte en el mundo, con un coste en salud que equivale al 7% del PIB mundial.

Además, su producción es altamente intensiva en el uso de combustibles fósiles, necesarios para producir fertilizantes y pesticidas sintéticos, plásticos y embalajes, así como para el transporte internacional. Todos estos costes para la salud y el medioambiente deberían integrarse en la contabilidad de las empresas, pero se externalizan a las arcas públicas para que así una Coca-Cola o una bolsa de patatas fritas pueda seguir costando 2 euros. Si no se externalizaran, estos productos tendrían un precio simplemente inasumible.

Si este enorme apoyo público no se destinara a la industria del veneno se podría dedicar a hacer más asequible la alimentación saludable y sostenible

Hay que dejar atrás la responsabilización de los consumidores por sus hábitos de consumo alimentario. Los precios de la comida barata y sus algoritmos son un artificio construido gracias a regulaciones laxas, exenciones fiscales, subvenciones públicas y externalización de costes medioambientales y de salud. Si este enorme apoyo público no se destinara a la industria del veneno se podría dedicar a hacer más asequible la alimentación saludable y sostenible. Es el momento de hacer políticas públicas como las que se han hecho con el tabaco o las que se están empezando a hacer con las redes sociales. No solo está en juego la salud de las personas y el planeta, también nuestra capacidad de elección sobre qué alimentos producimos y cómo nos queremos alimentar como sociedad.

Opinión
Reino Unido protege a su infancia mientras España sigue arrodillada ante la industria alimentaria
El Gobierno británico ha aprobado una de las regulaciones más ambiciosas contra la publicidad de comida basura. En España, seguimos atrapados en la autorregulación, las promesas incumplidas y el lobby de los ultraprocesados.
Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...