El último verano

Clima descarrilado, noches en las que es imposible conciliar el sueño, incendios que no cesan, masificación... El verano que conocíamos ya no existe, ya no es igual, ya no existirá. Hay muchas razones para odiar el capitalismo. Quedarnos sin verano es una más, una cuya potencia hay que explorar y explotar.
Columpio y niños
Niñas y niños juegan en una zona de columpios de Pechón, Cantabría. David F. Sabadell
Activista en salud mental
25 sep 2026 08:00

Clima descarrilado. Mares con temperaturas desconocidas. Noches en las que es imposible conciliar el sueño. Ausencia de lluvias. Prados ajados. Pesadez. Incendios que no cesan. Masificación por todas partes. Precios en escalada continua. Cada cual puede añadir fragmentos de sus consideraciones y experiencias. No se trata de algo completamente nuevo. Llevamos años acumulando desgracias climáticas y desde la pandemia de la Covid-19 el coste de la vida y el turismo andan desatados. Sin embargo, la aceleración es evidente. Tanto que nos quedamos mudxs, con los pies atrapados en nuevos lugares comunes, en una queja lacónica, cultivando una distancia profiláctica que no sirve para nada. Da igual el truco al que se quiera recurrir (siendo el más habitual el de seguir hacia delante como si nada), los hechos arrojan una certeza difícil de digerir: no nos encontramos en una tendencia hacia, sino que habitamos una rotura. Hay muchas pistas de que algo se ha quebrado y muchas voces enunciándolas. El fin del verano es solo una más entre ellas. Va más allá de la aridez científica, es menos susceptible de gráficas e infografías, y quizás por ello más cercana al alma de la gente.

El verano que conocíamos ya no existe, ya no es igual, ya no existirá. No solo el verano expresado con datos, con características cuantificables y mostradas de una manera objetiva, sino una idea del mismo que anida dentro de nosotrxs, que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida y cuya liquidación hay que asimilar. No se trata tanto de pensar sobre lo que el verano es / fue, más bien tratar de hacerlo sobre lo que significa / ha significado en nuestras biografías y sobre las implicaciones éticas, políticas o estéticas de su fin. Desde lo que el verano en el pueblo pudo suponer para muchxs de nosotrxs hasta el lugar que ha ocupado dentro de las películas, series y libros que hemos consumido hasta desde que éramos niñxs. Para mí, por ejemplo, los primeros días de calor extremo de cada verano me llevan al comienzo de Haz lo que debas (1989), de Spike Lee. Comienzo a sudar más de la cuenta y suenan los Public Ememy en mi cabeza. Luego se sucede la cascada de recuerdos, desde los campamentos de verano a la orilla del Ebro a los trabajos cubriendo vacaciones de agosto pasando por los días eternos en un pueblo de Castilla, escondiéndonos del calor en las horas centrales del día y recorriendo las calles desiertas con una chaqueta de madrugada. Cada cual tendrá los suyos, y este es el momento de hacer inventario. Las distintas memorias reflejan distintos capitales, ya que el verano siempre ha evidenciado desigualdades de un tipo y otro. Ha sido y es un descriptor preciso de recursos y carencias. Lo que el verano ha significado para la sociedad en la vivimos, para nuestra clase y para nuestras biografías particulares nos ha acompañado hasta ahora. Hasta que lo que se dice y se piensa de él ha mutado. Y parece que lo ha hecho de forma definitiva. Por tanto, solo queda un pasado al que asomarnos en nuestras vidas o en los productos culturales, un eco de algo que ya no es y que nuestrxs hijxs no van a conocer.

Desde el ámbito científico se lleva años arrojando análisis y datos que anticipaban esta debacle, y se muestran muchos otros que siembran todavía más incertidumbre sobre lo que se nos viene encima. En términos generales creo que el impacto de este conocimiento en la sociedad ha sido más bien limitado. Razones hay muchas, y también hay una gran cantidad de gente mucho más competente que yo para explicarlas. Sin duda una de ellas es esta generalización existente del descreimiento, de vivir sumidos en una hipérbole política y mediática en el que ya no es que la gente crea bulos, que también, sino que se ha pasado a no creer realmente en nada. Un espectáculo de desbarres en distintos soportes (memes, vídeos, tertulias…) que merma con eficacia el desarrollo de un pensamiento crítico y segrega una oscuridad densa y pegajosa dentro de la cual la inercia nos lleva a nuestro propio colapso como sujetos que imaginan, producen realidad y despliegan cursos de acción. Esta anestesia frente a la inmensidad de lo que sucede me recuerda de manera dolorosa al embotamiento emocional e intelectual que provocan muchos psicofármacos, especialmente los antidepresivos y los neurolépticos. Un abandono de sí que no es analogía, sino que describe la realidad en la que no-nos-movemos. Seguro que una parte más que significativa de quienes leen este texto saben perfectamente de lo que hablo, bien por haberlo experimentado en sus propias carnes, bien por haberlo presenciado en sus entornos más cercanos. La cuestión que quiero plantear tiene que ver con la búsqueda de caminos que nos permitan fracturar este estado. Desde luego que hay que seguir explicando los hechos probados, hacer divulgación, pero sostengo que hay que acompañarlo de otro tipo de interpelaciones. En el caso que me ocupa, mi propuesta es dejar claro que el verano ya no es lo que hemos conocido, que está muerto, y como consecuencia de ello, por todo lo que ha significado y significa, habría que impugnar tanto el sistema productivo que ha acabado con él como a sus defensores. Hay muchas razones para odiar el capitalismo, quedarnos sin verano es una más, una cuya potencia hay que explorar y explotar.

Como trabajador, todas las semanas he pensado en el viernes por la tarde, y todos los años en julio y/o agosto. Nuestro horizonte tiene que ver con el descanso, con la amistad, con el tiempo propio. ¿Ha llegado acaso el momento en el que temamos el verano?, ¿en el que no queramos que llegue o deseemos que se acabe? ¿No se trata acaso de un enorme expolio? Según se acerque el calor, las distancias sociales se verán incrementadas cada vez más. Ya se nota el abismo entre barrios y viviendas. En Madrid, por poner un ejemplo de muchos posibles, conseguir entradas de tarde para una piscina municipal es una tarea realmente complicada en los barrios populares. En esos mismos barrios, cuando la caída de la tarde no presagia ningún descenso de la temperatura, los centros comerciales se llenan de carritos de bebé. Me gustaba el verano y ahora, mientras tecleo este portátil recalentado, quiero que termine. El verano me ha agotado. Quiero dormir sin empapar las sábanas, quiero dejar de estar preocupado por si mi padre se vuelve a desplomar de camino al supermercado.

El tema de conversación existe y no hay que permitir que se extinga hasta el año que viene. Sigamos hablando de ello una y otra vez. Lloremos ya no lo que está por venir, sino lo que hemos perdido: quizá podamos dotar así a la ausencia de sentido. Las lógicas negacionistas se van a ver cada vez más erosionadas, y hay que pensar cómo situarse con cada desplazamiento producido. No son tiempos estos para la autocomplacencia de quien estaba seguro del desastre por venir: los “Os lo dije” nunca han servido de palanca para cambiar nada. Nadie quiere un verano como este, al menos nadie que yo pueda conocer, nadie con quien me pueda cruzar. ¿Cómo interpelar? Llegadxs a este punto, de todas las formas posibles, en todo momento.

Sobre este blog
Saltamontes es un espacio ecofeminista para la difusión y el diálogo en torno al buen vivir. Que vivamos bien todas y todos y en cualquier lugar del mundo, se entiende. También es un espacio para reflexionar acerca de la naturaleza, sus límites y el modo en que nos relacionamos con nuestro entorno. Aquí encontrarás textos sobre economía, extractivismo, consumo, ciencia y hasta cine. Artículos sobre lugares desde donde se fortalece cada día el capitalismo, que son muchos, y sobre lugares desde donde se construyen alternativas, que cada vez son más. Queremos dialogar desde el ecofeminismo, porque pensamos que es necesario anteponer el cuidado de lo vivo a la lógica ecocida que nos coloniza cada día.
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