Tortugas que se mecen con el agua

La tortuga boba llega a las costas del sureste ibérico y Ecologistas en Acción, junto con otras organizaciones, trabajan para mejorar su estado de conservación.
Tortuga en cautividad
Tortuga en cautividad

Las poblaciones animales y vegetales de nuestro planeta, enfrentan en conjunto una amenaza considerable a nivel mundial. Si la presión humana directa no fuera ya en sí misma un fuerte impacto, la emergencia climática da una nueva dimensión a los cambios en los comportamientos de las especies. Uno de los ejemplos que ha asomado en los últimos años, sobre todo en la costa mediterránea, ha sido el de la tortuga boba (Caretta caretta).

Desde hace algo más de una década, las playas del sudeste ibérico se han convertido en un refugio imprevisto, pero absolutamente vital, para la tortuga boba. La federación murciana de Ecologistas en Acción junto a otras asociaciones y la administración regional lleva años integrada en una tupida red de activismo vecinal, educación popular y ciencia ciudadana que busca evitar que el turismo de masas, el urbanismo depredador y la asfixia por plásticos destruyan el futuro de esta especie declarada como vulnerable desde 2011 por el Catálogo Español de Especies Amenazadas del, por entonces, Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino.

Para entender por qué una tortuga marina decide desovar en medio del bullicio veraniego de La Manga o en las calas protegidas del Parque Regional de Calblanque es necesario entender cómo la dinámica mundial de calentamiento global ha hecho que las temperaturas del Mediterráneo suban, desplazando geográficamente el desove de la especie, como se explica a continuación.

La extrema fragilidad del huevo y lo sorprendente de su supervivencia

La temporada de nidificación de las tortugas marinas arranca a principios de julio y se extiende hasta agosto. La eclosión se da en los siguientes 45 a 70 días, pudiendo terminar en octubre, según datos oficiales del área de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la Generalitat de Cataluña. Esto coincide con el momento de máxima presión humana, ruido e impacto antrópico sobre el litoral murciano. Cuando una hembra de tortuga boba alcanza la madurez sexual —generalmente entre los 20 y los 30 años de edad— regresa, guiada por el campo magnético terrestre y corrientes marinas, a la misma zona geográfica donde nació para perpetuar su estirpe. Sin embargo, el calentamiento global está alterando de forma drástica este mecanismo de filopatría (proceso de regreso de los especímenes a su lugar de nacimiento para reproducirse). Al subir la temperatura del agua y de la arena en sus zonas de cría tradicionales del Mediterráneo oriental, las tortugas se ven forzadas a buscar latitudes más septentrionales y frías en el Mediterráneo occidental.

Cuando una hembra decide salir del agua, lo hace al amparo de la oscuridad de la noche. Arrastrando sus más de cien kilos de peso fuera del medio marino —donde es un animal ágil y grácil—, se vuelve extremadamente torpe y vulnerable en tierra firme. Avanza lentamente por la playa buscando una zona seca que esté completamente a salvo del alcance de las mareas y el oleaje. Una vez allí, excava con paciencia una cámara de nidificación en la arena utilizando sus aletas traseras. La información extraída de la Generalitat de Cataluña confirma que  la tortuga deposita una media de entre 80 y 100 huevos. Estos huevos tienen una fisionomía fascinante: no son rígidos como los de las aves, sino que poseen una consistencia flexible, elástica, similar al cuero o a una pelota de ping-pong deformable. Esta adaptación evolutiva impide de forma eficaz que se rompan o se agrieten al caer unos sobre otros dentro de la profunda fosa del nido.

Décadas de rastros en la arena: la historia de un compromiso popular

Ecologistas en Acción de la Región de Murcia lleva décadas advirtiendo que la conservación real de la biodiversidad marina no se logra mediante despachos oficiales ni declaraciones grandilocuentes de espacios protegidos sobre el papel sino mediante la presencia constante, el debate político constructivo y la concienciación a pie de playa. El incansable trabajo de la organización se articula en torno a dos grandes ejes: por un lado, la presión institucional para exigir planes de ordenación del litoral y conservación de especies silvestres serios a la administración autonómica; por otro, la movilización directa de la sociedad civil a través de voluntariados ambientales comunitarios. Entre ellos destaca su activa participación en la campaña institucional Territorio Tortuga.

Este voluntariado que dista de ser una simple actividad recreativa. Es una labor comunitaria autogestionada y rigurosa. Cada mañana de verano, antes de que el sol empiece a castigar la costa y, fundamentalmente, antes de que hagan acto de presencia las pesadas máquinas de playa de los ayuntamientos —que destruyen sistemáticamente cualquier rastro biológico y alteran el perfil dunar con sus cribadoras mecánicas—, decenas de personas voluntarias recorren a pie los tramos de costa asignados. Su misión es agudizar la vista en busca de una huella muy específica: un patrón asimétrico en forma de cremallera o surco continuo, de entre 70 y 100 centímetros de ancho, similar al que dejaría el neumático de un tractor pequeño, que delata el laborioso ascenso y descenso de una tortuga desde el rompiente de las olas.

En el instante en que una voluntaria detecta la huella, se activa de inmediato el protocolo de emergencia ambiental llamando al 112. Las directrices de comportamiento que se han difundido de forma insistente año tras año entre la población local y los veraneantes son sencillas de entender pero complejas de implementar en playas bajo una intensa presión turística: no encender luces artificiales ni linternas, no hacer fotos con flash (lo que ciega y desorienta gravemente al animal, haciéndole perder el rumbo de vuelta al mar), mantener una distancia mínima de seguridad de treinta metros, no interponerse jamás en su campo de visión y evitar a toda costa pisar o borrar las huellas de la arena. Si la tortuga se siente acosada o percibe movimientos extraños, abortará de inmediato el desove, regresará al agua estresada y soltará los huevos de forma errática en el mar, donde se perderán irremediablemente como alimento para los depredadores. 

Por ello, desde el grupo Ecolojóvenes de Ecologistas en Acción, lo vimos claro; teníamos que llegar de manera directa, simple y contundente a la población. Principalmente a la usuaria de las playas. Por ello, en colaboración con el artista urbano Vince Sopale lanzamos un videoclip donde dábamos musicalidad y ritmo a estas pautas. El vídeo se lanzó en el festival Decrefest con una actuación del artista.

El videoclip trata de recordar una premisa fundamental: los nidos de tortuga marina no son una atracción de feria ni un decorado turístico para subir a las redes sociales; son refugios biológicos temporales extremadamente frágiles que exigen una distancia, un respeto y una protección comunitaria absolutas.

Los grandes hitos de la custodia costera en el territorio murciano

La historia reciente de la conservación de estos quelonios en la Región de Murcia está repleta de episodios críticos donde el activismo vecinal ha tenido que suplir la falta de recursos públicos. El Parque Regional de Calblanque, uno de los poquísimos reductos del litoral murciano que consiguió salvarse transitoriamente de la especulación inmobiliaria y el hormigón gracias a la movilización histórica del ecologismo en los años 80 y 90, ha sido el escenario preferido para los desoves más emblemáticos de la especie. En estos entornos naturales y salvajes, una vez que los técnicos confirman la idoneidad y viabilidad del nido, los voluntarios se vuelcan en la organización de los campamentos de custodia costera.

Cuidar un nido de tortuga boba significa establecer turnos de vigilancia durante los aproximadamente 50 a 60 días que se prolonga el proceso de incubación natural. De los cuales, las últimas horas son cruciales y pueden significar pasar allí noches enteras hasta que las neonatas salen de la arena.

Durante el voluntariado ambiental se apostan carpas en la misma arena de la playa para proteger el perímetro vallado frente a perros sueltos y otros animales salvajes y/o actos de vandalismo. Esta labor de vigilancia se convierte de facto en una escuela de pedagogía viva: cada persona, paseante o vecina que se acerca con curiosidad al campamento recibe una detallada explicación sobre el proceso de nidificación, el nido en concreto y el tiempo aproximado que resta hasta la esperada eclosión. De este modo, la comunidad vive con gran emoción y curiosidad este proceso natural y se difunde entre jóvenes y mayores la importancia de proteger y conservar la especie.

Otro hito de enorme complejidad se dio en las playas profundamente urbanizadas de La Manga del Mar Menor, en sectores masificados como la playa de “El Pedruchillo”. La nidificación a escasos metros de macrohoteles, bloques de apartamentos, chiringuitos ruidosos y terrazas nocturnas es un recordatorio de que la naturaleza no atiende a planes de ordenación urbana ni a fronteras de asfalto. En estas condiciones extremas de contaminación lumínica y acústica, la labor de custodia se convierte en una defensa social esencial. Habitualmente, ante el elevado riesgo de inundación, expolio o cualquier eventualidad climática sobrevenida, una parte de los huevos de estos nidos es trasladada por el personal científico a centros especializados en la cría de la especie para asegurar un porcentaje mínimo de éxito en incubadoras controladas, mientras que el resto de la puesta permanece custodiada a pie de playa. Cuando finalmente llega la esperada noche de la eclosión y decenas de diminutas tortugas de apenas cinco centímetros de longitud emergen borboteando de la arena buscando el reflejo natural de la luna sobre el horizonte marino, todo el esfuerzo acumulado cobra sentido. Se calcula estadísticamente que solo una de cada mil tortugas nacidas logrará sobrevivir hasta alcanzar la edad adulta, lo que convierte a cada huevo salvaguardado en un tesoro biológico incalculable. Por ello, en los últimos años, se ha iniciado un proceso que transforma el 10% esperado de supervivencia de los primeros meses en un 90% mediante la cría en cautividad y suelta de las recién nacidas durante su primer año de vida.

De esta cadena de acontecimientos, tiene mucho que contar nuestra compañera Paloma Hellín, que hace las veces de coordinadora del área joven en la federación de Ecologistas en Acción de la Región Murciana. En sus propias palabras:

“Tuve la oportunidad de participar como voluntaria en varias acciones de la campaña Territorio Tortuga recorriendo distintos puntos de La Manga del Mar Menor (Región de Murcia) para colocar carteles informativos en comercios, bares y otros locales. La acogida fue mucho mejor de lo que esperaba.” 

Sorprende que la mayoría de los establecimientos conocían ya la campaña y aceptaban encantados colocar el cartel en un lugar visible. Muchas personas incluso aprovechaban para preguntar cómo podían colaborar o qué debían hacer si encontraban una tortuga o un rastro en la playa. También se realizaron pequeñas entrevistas a pie de calle para conocer qué sabía la gente sobre la tortuga boba. Algunas personas conocían perfectamente la especie y el protocolo de actuación, mientras que quienes nunca habían oído hablar de ella mostraban un interés sincero y agradecían la información. Paloma también resalta que “fue una buena muestra de que la sensibilización funciona: cuando se explica por qué es importante proteger estos nidos, la respuesta suele ser de curiosidad y compromiso”.

Continua Paloma contándonos otro de los momentos más especiales:

“ [...] fue muy emocionante asistir a la suelta de varias crías de tortuga boba que habían permanecido durante un año de vida en el Centro de Recuperación de Fauna Silvestre El Valle para aumentar sus posibilidades de supervivencia. La playa estaba llena de personas expectantes, pero el ambiente era de absoluto respeto. Se mantuvieron las distancias de seguridad y, una vez depositadas las pequeñas tortugas sobre la arena, fueron ellas las que iniciaron por sí mismas el camino hacia el mar. Resulta emocionante ver cómo, pese a haber nacido hace “tan poco” y nunca haber entrado al mar, avanzan con una determinación sorprendente, sin vacilar ni un instante sobre cuál es su rumbo. Confieso que esa imagen me impresionó mucho más que otra mucho más mediática, la de cierto político repartiendo besos a las tortugas durante la suelta. Ellas, por suerte, parecían tener bastante más claro que otros cuál era el protocolo”.

Del plástico al colapso de los mares: las amenazas estructurales

Las tortugas marinas se enfrentan actualmente a un auténtico campo de minas de origen antrópico cuando nadan por aguas murcianas.

La primera de estas grandes amenazas es la ubicua contaminación por plásticos. Las tortugas bobas basan su dieta principalmente en la ingesta de medusas, crustáceos y calamares. Una bolsa de plástico o un fragmento de envoltorio flotando a la deriva en la columna de agua resulta ópticamente indistinguible de una medusa para un animal marino. La ingesta accidental de estos residuos plásticos provoca terribles obstrucciones intestinales, desgarros y perforaciones estomacales, además de una muerte lenta y agónica. A esto hay que añadir el impacto mortífero de las redes de pesca fantasma perdidas y de los aparejos de palangre. Aunque el sector pesquero artesanal local muestra una colaboración creciente, el actual modelo de pesca industrializado y la presencia de plásticos de un solo uso siguen devorando la fauna marina. Y si todo ello no fuera suficiente, se une el debilitamiento de la “Ley de Especies en Peligro de Extinción” de Estados Unidos, país del que vienen más de la mitad de estos reptiles que acaban en las costas de la Península Ibérica cruzando el Atlántico. Ya que con esta modificación se permitirá la pesca en áreas que se encontraban protegidas hasta el pasado 11 de julio por el gobierno norteamericano.

Finalmente, el actual modelo de turismo masificado de “sol y playa”, basado en la masificación absoluta del litoral y la destrucción de los sistemas de dunas, es radicalmente incompatible con el ciclo de vida silvestre. Por poner algo de contexto, hablamos de que La Manga pasa de tener apenas unos 10.000 habitantes en invierno a cerca de 200.000 en verano. La potentísima iluminación artificial nocturna de los paseos marítimos urbanos altera por completo el comportamiento de las crías recién nacidas,  que además corren el peligro de ser devoradas por la fauna urbana. La limpieza con maquinaria pesada, por su parte, destruye la escasa vegetación dunar que estabiliza las playas y altera la humedad y el perfil térmico que los nidos sepultados necesitan con urgencia.

Un llamamiento urgente al activismo cotidiano y comunitario

El análisis que plantean Ecolojóvenes y Vince Sopale puede concluirse con una llamada a la acción: salvar de la extinción a la tortuga boba en el Mediterráneo no puede ser una responsabilidad que recaiga exclusivamente sobre los hombros de las activistas vecinales o de técnicos voluntarios, que deciden pasar noches de verano al raso vigilando un cercado de madera en la playa. Requiere, por el contrario, un giro de timón radical en nuestra forma de habitar el territorio costero y gestionar los bienes comunes naturales. Requiere de una ciudadanía que responda.

De esta manera, No me toques los huevos es una invitación directa, divertida y urgente a la vecindad que además de disfrutar del entorno marino, pueden seguir los consejos del videoclip, y de paso, pasárselo bien bailándolo. Pero hay otras temáticas que exigir para mejorar el estado ecológico de esta y otras especies costeras y marinas, como la paralización inmediata del urbanismo depredador que estrangula nuestro litoral, la regulación y vigilancia del turismo masivo y el respeto de los espacios de dunas, calas, entre otros. Las tortugas bobas están llegando a nuestras playas empujadas por la emergencia climática y que encuentren en la Región de Murcia un litoral hostil de cemento y ruidos o un territorio solidario de acogida y respeto mutuo depende por entero de la capacidad de respuesta y organización que demostremos como sociedad civil organizada.

Sobre este blog
Saltamontes es un espacio ecofeminista para la difusión y el diálogo en torno al buen vivir. Que vivamos bien todas y todos y en cualquier lugar del mundo, se entiende. También es un espacio para reflexionar acerca de la naturaleza, sus límites y el modo en que nos relacionamos con nuestro entorno. Aquí encontrarás textos sobre economía, extractivismo, consumo, ciencia y hasta cine. Artículos sobre lugares desde donde se fortalece cada día el capitalismo, que son muchos, y sobre lugares desde donde se construyen alternativas, que cada vez son más. Queremos dialogar desde el ecofeminismo, porque pensamos que es necesario anteponer el cuidado de lo vivo a la lógica ecocida que nos coloniza cada día.
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