Fundació Emprius: recuperando el comunal, fraguando el Comunaloceno

La Fundació Emprius rescata del mercado propiedades rurales en desuso para cederlas a proyectos comunitarios transformadores, basados en el trabajo y la gestión compartidas y el respeto a la naturaleza. El próximo viernes 29 de mayo se presentará en el Ateneo La Maliciosa de Madrid.
Cal Cases 2024
Ecologistas en Acción
22 may 2026 07:32

Supe de la Fundació Emprius en 2024, a través del congreso Sentido Comunal que organizan junto a Research & Degrowth. Recuerdo ver el cartel de aquella primera edición, antes de que hubiera siquiera un programa definido, y caer rendida ante lo que prometía ser ya el evento del año. El título era «Sentido comunal. Comunalismos y decrecimientos». Al poco se publicó el dossier con el programa: se hablaría de Decrecimiento, extractivismo y relaciones desiguales norte-sur, redes locales de apoyo mutuo, historia de los comunales en el Estado español, defensa del territorio y, a fin de cuentas, de Autonomía y subsistencia (Virus, 2024). Fue entonces cuando me pregunté: «¿Pero quiénes son esta gente?» Fui a su página web, emprius.cat, y quedé felizmente sorprendida «¡Pero si hacen justo lo que hay que hacer!», pensé. Es muy probable que estés de acuerdo conmigo. Veamos.

Del mercado al común

El «empriu» es una norma jurídica del derecho consuetudinario catalán que determina el derecho de aprovechamiento comunal de ciertos bienes rústicos, en general pastos, bosques y aguas, que tienen las vecinas de un pueblo o comunidad rural. 

La Fundació Emprius se dedica a adquirir casas, tierras y medios de producción en el ámbito rural catalán para cederlos a cooperativas de vivienda, cooperativas de trabajo, asociaciones, vecinas de una aldea... En definitiva, a proyectos que compartan los valores que promueve la fundación: agroecología, feminismo, resiliencia y regeneración, democracia radical, apoyo mutuo y solidaridad, todo ello bajo las premisas del ruralismo y el comunalismo. Su apuesta es la de impulsar la recuperación del comunal, de un nuevo comunal que tenga en cuenta lo que hay de bueno del pasado y lo bueno del presente para ayudar a construir y mantener comunidades rurales, rescatando para ello propiedades y tierras de la especulación y del mercado. Un molino, una acequia, un horno de pan, tierras de cultivo, un gallinero, una casa de campo o una finca pueden ser bienes objeto de ser comunalizados, pero también herramientas como un aserradero portátil o una biotrituradora.

La adquisición se hace gracias a donaciones, campañas de financiación colectiva y cuotas que aportan los proyectos custodiantes. Además de la cesión de uso, la fundación proporciona marco jurídico para las fincas gestionadas por las comunidades, así como acompañamiento y formación a los proyectos y propietarios. «Se necesita una herramienta para aquellas personas que tienen una propiedad en desuso y no tienen descendientes que quieran gestionarla, pero que tampoco quieren dejarla al Estado o a la Iglesia. Y, por otro lado, necesitamos ayudar a aquellos colectivos que buscan desarrollar un proyecto y no pueden permitirse acceder a una propiedad». Así lo explicaba Alba Hierro, integrante del grupo motor de Emprius, en 2023.

Pero esto no es una huida al campo para nómadas digitales organizados, ni un capricho nostálgico, se trata de dar una respuesta estratégica a los graves problemas que afrontamos, y de que ésta sea generalizable. Tampoco va de vivir todos juntos (al menos no necesariamente), va de disponer de recursos compartidos de manera descentralizada, haciendo una gestión colectiva de los mismos, y de crear comunidades resilientes, que se inserten en los ciclos ecosistémicos y sean capaces de hacer frente al colapso ecosocial en curso. De rehabitar, cuidar y defender la tierra viviendo de la tierra.  

El porqué: la crisis civilizatoria.

A nadie le es ajeno que el sistema se desmorona, a la par que lo hace la trama de la vida, envenenada y expoliada. La crisis ecológica y la crisis social están indisolublemente ligadas, ambas son el resultado un sistema basado en el crecimiento infinito en un planeta finito, que requiere de la depredación y la explotación de la naturaleza y gran parte de la población humana —también de las guerras, los genocidios y los ecocidios—, eso sí, efectuados cada vez con mayor eficiencia y velocidad gracias a los «avances» tecnológicos.

Aún así, nuestra cotidianidad se sostiene sobre el mismo sistema suicida que urge desarmar, y nos convierte en sus cómplices. Las personas que forman Emprius no son diferentes, salvo porque han dado un paso al frente. Saben que otra forma mucho mejor de hacer las cosas es posible y urgente: recuperando el contacto con la tierra y con las demás personas, en comunidad, conscientes de nuestra interdependencia y ecodependencia, sin delegar en el capitalismo la satisfacción de todas nuestras necesidades. Con ese objetivo fomentan la construcción de alternativas comunitarias en el medio rural.

Comunalismo y ruralismo para colapsar mejor

Necesitamos modos de vida que se integren en los ciclos de la naturaleza y sean verdaderamente circulares, poniendo en el centro el sostenimiento y el cuidado de la vida, pero también reconstruir lazos sociales y políticos para hacer frente a las dinámicas destructivas de nuestras élites belicistas, tecnólatras y kamikazes, y porque la subsistencia sin los inputs capitalistas requiere de la comunidad y del común, dicho de otra manera, la construcción de autonomía económica solo puede ser comunitaria (González Reyes y Almazán, 2023).

Transformaciones a promover para navegar el colapso son, pues, la apuesta por una economía local y de base agroecológica, comunitaria y desmercantilizada, donde también sea factible reducir nuestra dependencia fósil. Desmantelar el sistema capitalista industrial fosilista pasa por transitar hacia un metabolismo económico y social de naturaleza regenerativa y no extractiva, como el campesino.

El ruralismo y el comunalismo son los principios generales que rigen la actuación de Emprius. La recuperación del medio rural, despoblado y abandonado a merced de empresas privadas, fondos de inversión o la especulación inmobiliaria, tiene una importancia estratégica para afrontar las múltiples crisis, que pondrán en jaque la viabilidad de nuestra sociedad urbanocéntrica.

Conscientes de que la tierra es la base de la vida, la fundación pone el énfasis en las necesidades, capacidades y potenciales del mundo rural. Y mediante la promoción de la cultura comunitaria, trata de impulsar dinámicas que rompan con el individualismo hegemónico, como la gestión y tenencia colectiva de bienes, la toma de decisiones por democracia directa o la creación y consolidación de redes de apoyo mutuo. En palabras de Joan Pedragosa, responsable de comunicación de la Fundació Emprius: «Ante los retos que afrontamos en pleno siglo XXI, hay quienes pensamos que en las formas de gestión y gobernanza comunitaria y comunal podemos encontrar imaginarios y posibilidades muy inspiradores y necesarios. Desde la Fundació Emprius lo vemos así y trabajamos para promoverlo.»

En definitiva, para construir un mundo mejor es perentorio fomentar el hacer en común, tejer lazos, comunalizar y reapropiarse de lo que nos han robado: infraestructuras, gobernanza, soberanía alimentaria, técnicas, saberes, instituciones, tierras...

Un poco de historia. Comunales contra el sistema. 

Si las sociedades tradicionales habían sido incapaces de vivir sin la comunidad y los bienes comunales, el objetivo del poder fue que pasaran a ser incapaces de vivir sin la gestión del Estado y los bienes del mercado (Almazán, 2021). Como apunta Pedragosa, «Los bienes comunales fueron un elemento decisivo para el sostenimiento de las clases populares. Permitían el acceso a muchos recursos para la subsistencia e impulsaban formas de economía bajo una lógica del bien común. Se gestionaban a través de instituciones políticas de democracia directa vecinal, en Cataluña llamadas universitats, comuns, consells o juntes comunals, y en otros lugares peninsulares batzarres, concejos abiertos o conceyus. En torno a estas instituciones, se daban otras prácticas sociales de trabajo colectivo y apoyo mutuo.»

Recuerdo que en el colegio nos hablaron de las desamortizaciones como algo bueno, centrando la atención en las expropiaciones a la Iglesia y en el fortalecimiento y la modernización del Estado y del trabajo agrícola. Mucho después aprendí que la mayor expropiación había sido la de las clases populares, mercantilizando por primera vez la tierra, y que era funcional al cambio de régimen que impuso el liberalismo, e imprescindible para el advenimiento del capitalismo industrial, ese que nos lleva de cabeza a la extinción. También aprendí que además de lo público y lo privado está el comunal, que es de las vecinas y vecinos de una comunidad, pero también de sí mismo. Es y se basa en lo que la naturaleza ha puesto a nuestro alcance para garantizarnos la subsistencia; podemos tomar, pero a condición de mantener su continuidad y su capacidad de reproducción. Y más allá, el comunal también son las dinámicas, relaciones, formas de organización y gobernanza que se establecen en la comunidad que lo gestiona, y así lo entienden desde Emprius.

La desamortización de 1855, conocida como la de Madoz, fue la más prolongada en el tiempo. Estuvo vigente hasta 1924 y supuso la privatización de hasta el 50% de la tierra cultivada, generando una nueva clase de campesinado sin tierras, carne de cañón para la nueva industria que se convertiría en proletariado urbano. No en vano la palabra «proletario», de origen romano, describía a quien no tenía tierras, ni medios de subsistencia y solamente podía aportar su prole. Así es como el capitalismo se construyó sobre las ruinas de los comunes.

Recuperar el comunal significa rescatarlo de la lógica extractivista y capitalista a la que ha sido sometido en los dos últimos siglos. Como explica Antonio Ortega, profesor de Historia Ambiental en la Universidad de Granada, desde el siglo XIX el Estado pone en manos privadas el territorio y la vida para someterlas a un manejo intensivo al servicio de la acumulación capitalista, frente al de las comunidades rurales que habían mantenido una gestión integral, simbiótica, con el entorno y los ecosistemas; conscientes de que su supervivencia dependía de la capacidad de regeneración y la vitalidad de los mismos. Procurarse la subsistencia fuera del mercado globalizado que sostiene al capitalismo —con su agroindustria, precariedad laboral e imposibilidad de acceso a la vivienda—, es lo que han hecho siempre las comunidades tradicionales campesinas, ajenas a las dinámicas de la propiedad privada y el mercado.

Germinación y otras líneas de acción

Tras encuentros como Rehabitem les ruralitats (2021), e inspirada en proyectos como Terre de Liens (Francia) o la pionera cooperativa de vivienda en cesión de uso Sostre Civic (Cataluña), Emprius nace en 2023, cuando personas provenientes de comunidades intencionales del entorno rural catalán (Cal Cases, Mas Les Vinyes, Can Tonal, Can Parera y la Tomassa) se unen con el objetivo de ser un agente para la transformación ecosocial, escalar el modelo de vida que estaban llevando y trascender sus espacios, responsabilizándose del privilegio de pertenecer a comunidades ya consolidadas y con la preocupación compartida por la falta de relevo generacional en el campo, el patrimonio rural en desuso y la defensa de la tierra.

Hasta hoy, la fundación ha liberado del mercado y cedido dos propiedades: Cal cisteller, un Ateneo rural en el Penedès, y Can Gínjol, una finca en l'Horta de Lleida. En 2025, firmó un acuerdo de colaboración con la Coop57 y la Fundació Coop57, es socia de la Xaxa d'Economia Solidària (XES) —hermanada a la Red de Economía Solidaria (REAS)— y de la Xarxa per la Conservació de la Natura.

Además de la gestión y custodia de patrimonio, las otras líneas de acción de Emprius son la difusión de la cultura comunalista y la puesta en común de herramientas compartidas. La primera se lleva a cabo a través de congresos como Sentido Comunal, encuentros, jornadas de trabajo comunitario (tornalloms), la publicación de artículos y documentos como la Guía de vivienda cooperativa en el mundo rural, o el Premi Emprius, que financia anualmente una propuesta de investigación, reflexión o divulgación en relación al comunalismo; y la segunda, mediante la compra y colectivización de herramientas y enseres que se puedan poner al servicio de distintos proyectos para su uso rotativo, fomentando de esta manera la creación de una red de colaboración e intercambio entre ellos.

Necesitamos que iniciativas como Emprius se multipliquen y catalicen la rerruralización del campo vaciado. Porque la mejor manera de defender la tierra, ya sea de incendios, macroproyectos de renovable eléctrica industrial, la especulación inmobiliaria o la agroindustria, es habitándola. Por eso la presentación del viernes 29 en el Ateneo La Maliciosa de Madrid es tan importante. Además, se proyectará el corto documental «Fem Cumó, un altre camí», ganador del Premi Emprius 2024, y será un buen momento para conversar, aprender y prender la chispa del comunalismo.

Sobre este blog
Saltamontes es un espacio ecofeminista para la difusión y el diálogo en torno al buen vivir. Que vivamos bien todas y todos y en cualquier lugar del mundo, se entiende. También es un espacio para reflexionar acerca de la naturaleza, sus límites y el modo en que nos relacionamos con nuestro entorno. Aquí encontrarás textos sobre economía, extractivismo, consumo, ciencia y hasta cine. Artículos sobre lugares desde donde se fortalece cada día el capitalismo, que son muchos, y sobre lugares desde donde se construyen alternativas, que cada vez son más. Queremos dialogar desde el ecofeminismo, porque pensamos que es necesario anteponer el cuidado de lo vivo a la lógica ecocida que nos coloniza cada día.
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