Opinión
‘Little Amélie’, el discreto encanto de la animación socialdemócrata

Se estrena en nuestro país esta adaptación de las memorias infantiles de la escritora Amélie Nothomb, nominada al Oscar a la mejor película animada.
Little Amélie
Fotograma de la película Little Amélie.

De puntillas, los modelos del cine de animación que representan grandes estudios como Disney, Pixar y Ghibli han puesto de manifiesto en los últimos años cierto agotamiento creativo. Mientras las superproducciones chinas, que pueden presumir de hitos incontestables a nivel creativo —Deep Sea (2023)— y popular —Ne Zha 2 (2025)—, son víctimas de un ninguneo indicativo de una alarmante falta de ecuanimidad, en festivales y temporadas de premios se abre paso poco a poco un tipo de animación diferente. Títulos como Arco(2025), Little Amélie —ambos nominados a los próximos Oscar—, Lesbian Space Princess (2025) y Robot Dreams (2023) comparten, sin importar su apuesta por la cotidianidad o por la fantasía descabellada, un tono intimista, la apuesta por valores edificantes, y una animación sencilla, poco expresiva, que abarata costes de producción y semeja en sus resultados lo que podría conseguirse sin demasiados quebraderos de cabeza con imágenes fotorrealistas.

Se trata en todos los casos de películas que no provocan fricción ni emociones desbordantes. Son propuestas benévolas, juiciosas, pacíficas, marcadas por una sobreabundancia de positividad que, paradójicamente, suscita una desazón en el espectador difícil de explicar, una sensación paranoide de amenaza ante las sonrisas vacías y los parlamentos sosegados, ante la plasmación de mundos demasiado felices. Mundos de ficción que reflejan, en palabras del filósofo Byung-Chul Han, “la obsesión de buena parte de las sociedades contemporáneas con la limpieza y la higiene, del cuerpo y del alma; su repugnancia hacia cualquier forma de negatividad [...] la monitorización del otro y Lo Otro en nombre de la conveniencia, el “me gusta” y el acuerdo sin debate”.

El estilo de estas producciones, y Little Amélie es un ejemplo perfecto de ello con su técnica de animación digital en 2D cuyo dibujo a mano emula una paleta suave, pictórica, propia de un cuento ilustrado para audiencias infantiles y juveniles o una campaña publicitaria institucional, resulta asimismo inquietante en su ausencia de aristas, su tendencia a los colores primarios y las texturas planas. Salvando todas las distancias que se quiera, las producciones animadas que comentamos evocan la estética Alegría, empleada por numerosas corporaciones digitales para prestar a sus portales y aplicaciones rasgos humanos a través del dibujo de figuras “agresivamente felices [...] positivas y conectadas”. Es chocante, puede que muy significativo, hasta qué punto la estética Alegría se asemeja en espíritu no solo a la animación más reputada hoy por hoy, también al estilo de tantos autores y autoras de novelas gráficas.

Ideológicamente hablando, es inevitable vincular esa estética inerte con una suerte de sensibilidad socialdemócrata caracterizada por laminar tensiones colectivas y esquizofrenias económicas en un sopicaldo de fácil digestión para el ciudadano medio, contento con simular cierto compromiso con el mundo que le rodea sin que eso le quite el sueño. Una sensibilidad que, “como los muebles de IKEA, se basa en la sencillez y el funcionalismo [...] la idea de un buen hogar donde nadie mira a nadie por encima del hombro [...] donde el Estado protege al ciudadano desde la cuna hasta la tumba”, citando a Olivia Muñoz-Rojas.

De hecho, la pequeña protagonista de Little Amélie, alter ego entre lo autobiográfico y lo imaginario de la escritora Amélie Nothomb —en cuya novela Metafísica de los tubos (2000) se basa la película—, otorga a sus vivencias en primera persona cualidades mesiánicas y extraordinarias; pero la descripción de las mismas por los directores Liane-Cho Han y Maïlys Vallade, así como su retrato de la cotidianidad de la familia de Amélie en el Japón de los años 70 como extranjeros, adolece de una domesticidad literal y metafórica que nos hace captar muy pronto la imposibilidad de una perturbación existencial o metafísica mínimamente significativa a largo plazo en los personajes o el público.

Esto no quiere decir que el viaje de Amélie desde la mentalidad infantil, desde su fusión de orden panteísta o divino con el mundo, al descubrimiento de su identidad humana y las problemáticas relaciones con los demás, en especial con su cuidadora, Nishio-san, carezca de interés. Cuando la voz en off de Amélie no sofoca las imágenes —lo que hace de muchos momentos una mera ilustración en movimiento de la escritura de Nothomb— hay espacio para ocurrencias poéticas, cierta experimentación loable con formas abstractas, y referencias plásticas complementarias a la bd francobelga y el ukiyo-e. Hay escenas realmente inspiradas desde el punto de vista dramático y narrativo, como la del chocolate blanco, y el personaje de Nishio-san está diseñado con delicadeza: una trabajadora que carga en silencio con un pasado traumático, y que trata de educar en la medida de sus posibilidades a una niña belga tiránica y caprichosa.

‘Little Amélie’ es una película agradable de ver, nos brinda una ración de sonrisas y lágrimas calculada con toda precisión, a fin de que podamos seguir nuestro camino tras verla con el ánimo reconfortado y los ojos sin arañazos que lamentar

Todo ello no basta para que una película cuya duración es inferior a la hora y media resulte fatigosa, ni para que el personaje de Amélie, con cuya curiosidad y evolución se supone que hemos de identificarnos, acabe por ser cargante. Se echa a faltar en Little Amélie la acritud con que Nothomb se pensaba a sí misma en Metafísica de los tubos, lo que incide en la complacencia, la asepsia, que transmite la animación, subrayada por una visión típica y tópicamente exótica de Japón con la profundidad de una semana Ghibli en El Corte Inglés. Little Amélie es una película agradable de ver, nos brinda una ración de sonrisas y lágrimas calculada con toda precisión, a fin de que podamos seguir nuestro camino tras verla con el ánimo reconfortado y los ojos sin arañazos que lamentar. Le pasa como a la socialdemocracia, que “no adopta una política errónea, simplemente no tiene política”, en palabras de Rosa Luxemburgo.

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