Opinión
Vuelta al cole con ‘Dulce sabor a muerte’ y ‘Bad Apples’
Será casualidad, será que por una vez los distribuidores españoles han hecho gala de olfato comercial. El caso es que, coincidiendo con la reincorporación de los niños, niñas y adolescentes de nuestro país a la escuela, se estrenan un par de películas que abordan cuestiones relacionadas con un sistema educativo al límite y, lo más sugerente, lo hacen sin medias tintas, sin ceder ni un ápice a convenciones representativas ni políticas establecidas.
La primera de ellas es Dulce sabor a muerte, que se estrena el viernes 4 de septiembre y que ni siquiera tiene entre sus prioridades hablar de la estructura educativa ni las casuísticas del alumnado. Se trata de un subproducto de terror, uno de los últimos ejemplos —junto a la recomendable Black Box: Vuelo 298 (2026), que se estrena el mismo día— de la buena salud en la cartelera veraniega de salas o plataformas de streaming de las propuestas de serie B sobre terrores domésticos, catástrofes aéreas y/o tiburones asesinos, entre las que cabe destacar Obsession (2026), una de las mejores películas del año; la estupenda En mar abierto (2026); y la simpática La boca del diablo (2026).
Dulce sabor a muerte cuenta con cierto pedigrí, pues su firmante es Eli Roth, célebre por contribuir a popularizar el torture porn a principios de siglo con Hostel(2005), y artífice después de un puñado de títulos que han subrayado su mayor interés como satirista social y moral —véase El infierno verde (2013)— que como practicante del terror, donde siempre ha pecado de tosco. Dulce sabor a muerte no es una excepción. Aunque estemos de acuerdo con críticos como Armond White en que la chapucería formal de la película supone un soplo de aire fresco, y hasta una pulla contra la gentrificación actual del género representada por títulos como Weapons (2025) —de la que podría considerarse en algunos momentos una parodia—, lo cierto es que Dulce sabor a muerte es una pésima película: su relato de cómo infantes de una comunidad idílica estadounidense sucumben al deglutir helado a un hechizo que les incita a liquidar a sus mayores adolece de una pobreza escenográfica, una falta de ritmo en las escenas de suspense y una desidia narrativa en su conjunto que no redimen ni el gore, ni los guiños cinéfilos, ni un humor socarrón que, a diferencia de otras películas de Roth, tiene muy poco alcance crítico.
Ahora bien, la furia con la que niños y niñas se ensañan con los responsables del colegio local, donde transcurre buena parte de la acción, resulta interesante por cuanto los pequeños no están reaccionando a un sistema represivo; por el contrario, están llevando hasta sus últimas consecuencias la falta de control sobre ellos por parte de sus padres y sus profesores, traducida —antes de que el pánico se apodere de la localidad— en bullying, la nula disposición a aprender nada, y planes a cada cual más banal para pasar el verano. Además, aunque no lo sepan, los menores constituirán antes o después el (pen)último eslabón de una larga cadena de (falsos) próceres que ocultan, bajo su fachada irreprochable de pilares de la comunidad, terribles secretos y un ejercicio institucionalizado de la violencia. Es lógico por tanto que, bajo el influjo del misterioso heladero encarnado por Ari Millen, la chavalada ponga un empeño especial en destruir salvajemente la escuela y a sus representantes, pues son el primer peaje que han de pasar en su proceso de socialización, de aceptación amoral de lo establecido.
Bad Apples, producción británica dirigida por el sueco Jonatan Etzler que se estrena en España el viernes 11 de septiembre, es una película más compleja. Pudimos verla hace justo un año en la sección New Directors del Festival de Cine de San Sebastián, lo que significa que llega a los cines tarde y, nos arriesgamos a decir, casi de tapadillo. ¿Por qué? No cabe duda de que lo incómodo de su historia ha sido un factor esencial para el estreno callado que se ha dispuesto para la película. Y es que Bad Apples se centra en una profesora, Maria (Saoirse Ronan, quizá la actriz más desaprovechada de su generación), presa de la desesperación a causa del comportamiento psicopático de uno de sus alumnos, Danny (Eddie Waller), que impide a diario la impartición de las clases y lastra los potenciales de sus compañeros de aula. Por casualidad, Maria tiene la oportunidad de deshacerse de Danny, y ello da lugar a una mezcla de intriga y, como en el cine de Eli Roth, sátira social: un crescendo de situaciones inquietantes y absurdas que relativiza quiénes son realmente las manzanas podridas a las cuales alude el título del filme.
Basada en una novela de Rasmus Lindgren inédita en castellano, Bad Apples es la típica película que parece asustada en todo momento de llevar hasta sus últimas consecuencias lo que plantea. Dice mucho del signo de los tiempos que, aun así, críticos como Guy Lodge hayan advertido por activa y por pasiva sobre lo delicado de sus argumentos de cara a su exhibición comercial. La escena acompañada por los títulos de crédito es excelente, nos ofrece una pista inmediata sobre la personalidad trastornada de Danny, el tema de la película y sus aristas, y la fragilidad mental de Maria. Pero, a continuación, Etzler sume el metraje en un tono de comedia pintoresca y extravagante —con ayuda de la irritante banda sonora de Chris Roe— que desarticula la mayor parte de los aspectos subversivos esbozados y aboca los restantes a la inverosimilitud.
¿Es lógico, incluso ético, priorizar una manzana podrida frente al bienestar de las saludables? ¿Es ético abandonar al profesorado a su suerte cuando toca lidiar con alumnos problemáticos? ¿No existen más opciones que las medidas desesperadas para recuperar el control de una clase? Son preguntas que Bad Apples deja en el aire, sin arriesgarse a adoptar con convicción ningún punto de vista ni a dirigir la ficción hacia un desenlace concluyente en el sentido que sea. Se da así la paradoja de que Dulce sabor a muerte es, en principio, una película más irresponsable, la fantasía lúbrica de un niño grande y, sin embargo, su comentario sobre el rol de la infancia y los adultos en la configuración del sistema (no solo) educativo tiene más enjundia que el propuesto por Bad Apples, un filme a todas luces más digno y estudiado.
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