Opinión
‘Obsession’: cuidado con lo que deseas
Comentábamos hace tres semanas que, para explicar el éxito de Backrooms (2026), ópera prima del niño prodigio Kane Parsons, convenía tener en cuenta el hecho de que adaptaba un motivo intemporal —el ser humano perdido en el laberinto de sus (des)memorias individuales y colectivas— a los (des)encuentros generacionales que tienen lugar hoy por hoy entre boomers, millennials y zoomers. Obsession participa de las inquietudes de Backrooms pero su guionista y director, Curry Barker, procedente como Kane Parsons de YouTube, ha preferido fijar su atención en los últimos citados, los zoomers, nacidos como él entre 1995 y 2010 y, por lo tanto, criados en el paradigma digital y sumidos desde hace un tiempo en una crisis de relaciones sin precedentes, caracterizada por la recesión sexual, altos niveles de soltería y la polarización de género entre hombres y mujeres jóvenes.
Ya en el mediometraje Milk & Serial (2024), disponible en el canal de YouTube Es una mala idea, cuyos contenidos produce junto a Cooper Tomlinson desde 2017, Barker trazaba un retrato ácido de las sensibilidades contemporáneas —en especial, las masculinas—, atrapadas en un loop neurótico entre el camuflaje de la verdadera naturaleza y el principio de (sobre)representación ante los demás. No es casual que Obsession comience con un ensayo de declaración amorosa por parte de Baron (Michael Johnston) a una camarera a la cual menosprecia. La planificación de la escena es importante: un plano medio corto y casi frontal de Baron, encuadre que se reitera con lógica a lo largo de la película al ser el joven, ante todo, un espectador a regañadientes de la tragicomedia grotesca que él mismo ha desencadenado. Pero Baron no es el único personaje filmado de esa manera.
‘Obsession’ es una película sobre individuos impotentes a la hora de establecer una dialéctica real entre ellos, que se habría formalizado como juego de planos/contraplanos en escorzo
Más allá de que su reducido presupuesto —750.000 dólares— fuerce en ocasiones decisiones de puesta en escena y montaje toscas, Obsession es una película sobre individuos impotentes a la hora de establecer una dialéctica real entre ellos, que se habría formalizado como juego de planos/contraplanos en escorzo. El carácter confrontativo del plano en Obsession remite a la frustración, la desconfianza en uno mismo y los demás, el atrincheramiento en el modo pantalla.
Ese cúmulo de inseguridades, ese “malestar emocional (...) un océano de incertidumbre” (Andrea Farnós) que no se acierta a superar incluso cuando la salvación está al alcance de los ojos, es lo que impulsa a Baron a recurrir a una misteriosa baratija que puede adquirirse en un comercio cualquiera y que promete conceder el deseo que se enuncie en voz alta, a fin de que su compañera de trabajo y amiga de la infancia, Nikki (Inde Navarrette), sea su pareja. Para su asombro, el deseo se le concede, aunque ello derive en dos consecuencias a cada cual más estresante. Por una parte, el cuerpo de Nikki es víctima de una personalidad que encarna todos los tópicos imaginables de la enamorada, inclusive un deseo sexual insaciable, celos patológicos, una dependencia emocional extrema… Y, por otra, la identidad previa de Nikki queda atrapada en un limbo, una dimensión alternativa de la realidad, sin que le sea posible escapar ni que Baron la rescate.
El gran impacto de esta idea en pantalla tiene que ver en primera instancia, como pasaba en Backrooms y, en líneas generales, el cine de terror más atractivo, con la actualización por Curry Barker de un aforismo inmemorial, cuidado con lo que deseas, y su plasmación en clásicos como La pata de mono (1902), relato excepcional de W.W. Jacobs que funciona como apólogo moral en torno a los peligros de aspirar a que nuestros anhelos se hagan realidad sin reparar en los medios. Viene al caso además apuntar que, como escritor, W.W. Jacobs gustaba de practicar tanto el humor como el terror, como ha hecho Barker en las malas ideas que han conformado sus cortos y mediometrajes para internet, y como vuelve a hacer en Obsession. Todo ello explica el carácter episódico y la mixtura de géneros que presiden el filme, a lo cual debe sumarse el revisionismo cariñoso y al tiempo crítico a que es sometida la comedia de los años 80 y 90, con Penny Marshall o Kevin Smith como referentes diversos.
‘Obsession’ es una montaña rusa, una gradación espectacular de situaciones funestas, hilarantes y terroríficas que tienen su epicentro en uno de los pocos monstruos memorables del cine contemporáneo
El ingenio de Barker para gestionar esos tres aspectos a través de la ficción resulta notable: Obsession es una montaña rusa, una gradación espectacular de situaciones funestas, hilarantes y terroríficas —quedan para el recuerdo escenas como la llamada telefónica de Baron en busca de un remedio a la maldición que le ha caído encima, el descubrimiento de que su sueño es observado o el ruego de Nikki en la cama— que tienen su epicentro en uno de los pocos monstruos memorables del cine contemporáneo, heredero de lo femenino monstruoso teorizado por Barbara Creed. La entrega interpretativa de Inde Navarrette como Nikki es muy meritoria, en particular por lo que respecta a su versatilidad vocal. Pero no hay que olvidar la construcción iconográfica del personaje a través de las tinieblas que poseen su rostro y su figura, de múltiples sentidos.
Nikki encarna las consecuencias de desechar la historia de amor adulta en favor del romance teen, es decir, de descartar la oscuridad, que es al fin y al cabo “un color”, para abrazar “la nada”. En esa línea, el monstruo simboliza también la intolerancia a la frustración de los zoomers, así como la dificultad de los hombres de dicha generación para entender que la noción clásica de romanticismo que aún ofertan ciertos sectores socioeconómicos ya no es operativa, debido a los cambios profundos de orden feminista que han ocurrido de un tiempo a esta parte. Y, por último, Nikki encarna lo reprimido y sus conexiones con lo siniestro y la pulsión de muerte, pero como espejo invertido de lo que acontecía en otra época, finales del siglo XIX, atravesada por mandatos de género férreos y potenciales liberadores inéditos.
Así, para el hombre, Baron, la Nikki enamorada, el ángel del hogar, ha pasado a ser una fantasía mórbida, peligrosa, equiparable a aquella fémina baudeleriana de la calle, la perdida, “que acostumbra mis labios a filtros infames y lanza a mis ojos confundidos sucias vestiduras, heridas abiertas y el aderezo siniestro de la destrucción”. Y, para la mujer, Nikki, su versión grotesca saca a la luz todo lo que se está negando a sí misma en tanto sujeto emancipado de lo sentimental. Con las claves señaladas, parece lógico que Obsession se haya convertido en Estados Unidos en un fenómeno social. Su plano final, puntuado por los lamentos desgarradores de Nikki en off y una pantalla mediática incapaz de representar, de desvirtuar, la magnitud de lo que ha sucedido, puede considerarse uno de los más significativos del cine reciente por lo que toca a expresar la agitación soterrada que consume a los hombres y las mujeres heterosexuales de toda una generación.
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