Opinión
‘Proyecto Salvación’: en el espacio nadie puede escuchar tus berrinches

Los directores Phil Lord y Chris Miller, afines a la animación y la comedia, plantean su película más ambiciosa, una epopeya de ciencia ficción que protagoniza Ryan Gosling.
Fotograma de la película ‘Proyecto Salvación’, protagonizada por Ryan Gosling
Fotograma de la película ‘Proyecto Salvación’, protagonizada por Ryan Gosling.

Desde que 2001: una odisea del espacio (1968) planteó el primer viaje trascendente de la (ciencia) ficción cinematográfica hacia los horizontes inexplorados de la conciencia y la imaginación humanas, a cada tanto se estrena una película en la misma línea, aunque, como no podía ser de otra manera, termina por dar cuenta, sobre todo, de los cambios en las sensibilidades a la hora de entender la imaginación, la conciencia, los géneros y el género; pues, con excepciones con protagonista femenina como Contact (1997) o travesías corales como las narradas en Misión a Marte (2000) y Sunshine (2007), el explorador es un hombre y su odisea ha tenido cada vez menos de especulación fantástica y más de comentario sobre la masculinidad imperante. Véanse Solaris (1972/2002), Interstellar (2014), First Man (2018) o Ad Astra (2019). Tom Wolfe escribía en Elegidos para la gloria (1979) que llegar a ser astronauta implica “demostrar en cada prueba, a cada paso del entrenamiento, que eres uno de los elegidos, uno de los ungidos, uno de los que tiene lo que hay que tener”. Y, sin embargo, las películas sobre el tema tienden a centrarse en lo que deja de tenerse, valorarse, experimentarse, cuando se apuesta por escapar hacia el infinito y más allá.

Con Ryan Gosling al frente de ‘Proyecto Salvación’, esa estampa de masculinidad tibia, en apariencia inofensiva, que se desenvuelve entre cachivaches tecnológicos con sonrisa pilla y cachetes operados, se multiplica hasta lo exasperante

Proyecto Salvación es otro jalón en ese proceso de deconstrucción de lo que subyace en el ansia de volar; de hecho, es el aspecto más cargante de la película. Marte (The Martian) (2015), basada asimismo en una novela del nerdAndy Weir, ya presentaba la figura de un astronauta/científico que resolvía circunstancias críticas con la navaja suiza del boy scout, el humor tontorrón del hermano mediano y la vulnerabilidad de un osito de peluche; un hombre blandengue que nunca se cuestionaba el sistema, carecía de espíritu visionario, y hacía de la lucha por la supervivencia individual y, alegóricamente, colectiva, una sucesión de cabriolas en un parque temático o un jardín de infancia. Con Ryan Gosling al frente de Proyecto Salvación, esa estampa de masculinidad tibia, en apariencia inofensiva, que se desenvuelve entre cachivaches tecnológicos con sonrisa pilla y cachetes operados, se multiplica hasta lo exasperante. Hasta el punto de delatar lo mucho que tiene de simulacro, de performatividad susceptible de saltar por los aires en cualquier momento, como bien supo ver Nicolas Winding Refn cuando trabajó con el intérprete en Drive (2011) y Solo Dios perdona (2013).

En esta ocasión, los pucheros, zalamerías y chistes de Gosling, sus gafas y chaquetas de abuela, su amistad jovial y sensible con la mascota alienígena junto a la cual intenta averiguar el motivo de que nuestro planeta sufra un enfriamiento capaz de poner en jaque la vida en su superficie, lastran considerablemente la calidad de Proyecto Salvación como relato y como ejercicio de ciencia ficción. Además, no logran ocultar que, a diferencia del personaje principal en Marte (The Martian) (2015), Mark Watney (Matt Damon), un profesional con empatía hacia lo que le rodea, Ryland (Gosling) es un individuo muy típico de esta segunda década del siglo XXI. El modo en que ha de ser enrolado para que cumpla la misión encomendada, entre pataletas y berrinches, basta para delatarle como un narciso inmaduro y egoísta, y el signo de su aventura es, a poco que se contemple con atención, de una misantropía extrema.

‘Proyecto Salvación’ no alberga ninguna idea en torno al sacrificio y el heroísmo, porque esos ideales ya no despiertan ninguna resonancia en las sociedades contemporáneas

El viaje iniciático de Ryland es el propio de alguien obligado, en tanto miembro de nuestra especie, a recorrer miles de años luz para ayudar a sus congéneres. Pero, en cuanto tiene ocasión, Ryland se zafa de la condición adulta para camuflarse nuevamente cual niño grande entre sus pares, en una suerte de burbuja o simulación. Proyecto Salvación no alberga ninguna idea en torno al sacrificio y el heroísmo, porque esos ideales ya no despiertan ninguna resonancia en las sociedades contemporáneas. Se aprecia con claridad que la civilización dejada atrás por Ryland/Gosling está, como la nuestra, muerta, lo rubrique el enfriamiento global o no; el único horizonte posible de sucesos para el astronauta/actor es una regresión a la infancia, dar alas a ese niño interior de masculinidad lábil, autista, que, no por casualidad, había tenido antes como compañeras de juego a una muñeca hinchable —Lars y una chica de verdad (2007)—, una IA holográfica —Blade Runner 2049 (2017)— y otra muñeca —Barbie (2023)—.

Phil Lord y Chris Miller, dos niños grandes también, de camisetas cool e irreverencia lúdica al servicio de la branded fiction cómica y de animación, aplican una considerable musculatura formal a las imágenes. Gracias a ello, Proyecto Salvación puede ser considerada su película conjunta más ambiciosa hasta la fecha y uno de los pocos blockbusters dignos de tal nombre estrenados en los últimos años. Pese a ser una máscara incapaz de generar disrupciones en las claves argumentales apuntadas, de invocar un sense of wonder atemporal, de trascender tanto las emociones y el optimismo forzados como un recurso digno de la peor televisión a flashbacks de impacto dramático progresivo, dicha musculatura resulta interesante, en especial si la comparamos al paisajismo (pos)clasicista —o rutinario, como prefiera cada cual— que practicó Ridley Scott en Marte (The Martian).

Lord y Miller, conscientes quizá de las limitaciones del guion, procuran a golpe de montaje poliédrico juegos con el enfoque y el desenfoque, experimentos con la luz y el color y la alternancia de formatos que siempre haya eye candy a disposición del espectador y que este pase por alto cómo los chascarrillos de Gosling —al igual que el E.T. cubista— sirven en buena medida al propósito de aligerar la sobredosis de información que lamina los diálogos, y de prestar organicidad a los pensamientos en voz alta de Ryland. La estrategia audiovisual de los realizadores produce el mismo efecto que un cubo gigante de palomitas dulces: sobreestimula los sentidos hasta el empacho, con valor nutritivo escaso.

Existe, en cualquier caso, una paradoja irresoluble en el hecho de plantear historias que desdeñan en cada escena la grandeza épica, sobrehumana, para hacer apología de la alienación, la mediocridad y las emociones consumibles, y su concreción después con todo el esfuerzo y el cariño del mundo, con una intención evidente de ir más allá de lo establecido, lo consensuado, lo reprimido. En cierto modo, de deshacer ese nudo gordiano entre la (auto)complacencia y la (auto)exigencia depende nuestro futuro social y cultural.

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