Opinión
‘La residencIA’: de la creación y la terapia

El realizador francés Yann Gozlan, especializado en intrigas sobre la condición humana contemporánea, aborda en esta ocasión los potenciales y peligros de la inteligencia artificial.
La Residencia película
Fotograma de 'La residencIA', película de Yann Gozlan.

Aunque los resultados prácticos tienden a quedar por debajo de las expectativas creadas, hay que reconocerle al cine francés una condición de industria auténtica, más allá de su sistema de incentivos y subvenciones, que propicia la existencia de películas comerciales adscritas a tipologías muy diversas. Una de ellas es la ciencia ficción, género con gran predicamento en nuestro país vecino que, a nivel cinematográfico, da lugar con regularidad a títulos entre los que cabe destacar en los últimos tiempos La bestia (2023), Meanwhile on Earth (2024), El imperio (2024), Planeta B (2024), Zona 3 (2025) y el estreno en España que ahora nos ocupa, La residencIA.

Como La bestia y Zona 3, La residencIA tiene un origen literario, aborda el tema de las inteligencias artificiales, y describe sin medias tintas un futuro próximo —deudor de los imaginarios de la pandemia del covid19— marcado por el control omnisciente de nuestras actividades, los obstáculos a la libertad personal y el distanciamiento físico y político de la realidad por parte de las élites sociales, económicas y culturales. Estas similitudes entre películas coetáneas nos hablan de inquietudes compartidas de manera más o menos expresa por la esfera pública, que son abordadas en pantalla con talante crítico pero abierto al debate. El recurso de La bestia, Zona 3 y La residencIA a la ciencia ficción no es un mero pretexto al servicio del entretenimiento, sino que atiende al carácter especulativo del género.

En el caso de La residencIA, hay que tener en cuenta además su filiación con otros modelos, como la intriga conspiranoica Tratamiento de shock (1973) y, por supuesto, las dos películas anteriores de su guionista y director, Yann Gozlan: Black Box (2021) y Oscura obsesión (2023), centradas en individuos cómodamente instalados en la sociedad hasta que descubrir una grieta en sus fundamentos les impulsa a arriesgarlo todo para honrar sus mejores cualidades, que habían laminado en favor de la tranquilidad y la integración en el sistema. A la espera de Gurú(2026), en la cual su actor fetiche, Pierre Niney, encarna a un empresario del coaching personal, Gozlan deposita su mirada en La residencIA sobre el mundillo cultural, plagado de imposturas y miserias.

La protagonista del filme es Clarissa (Cécile de France), una escritora sumida en una crisis de inspiración vinculada estrechamente a la pérdida de su hijo y su divorcio. Clarissa logra ingresar en una prestigiosa residencia de artistas, donde se conceden todo tipo de ayudas y estímulos a la creación, entre ellos el acompañamiento personalizado de una inteligencia artificial en las estancias de cada alojado. Dalloway, la inteligencia artificial asignada a Clarissa, hace lo posible y lo imposible para que la escritora recupere la inspiración y cumpla con los objetivos de su presencia en la institución, la escritura de una novela basada en los últimos días de Virginia Woolf; pero Clarissa se siente cada vez más incómoda en el lugar al intuir que el propósito de sus responsables y Dalloway poco tiene que ver con su bienestar y su creatividad. Sus sospechas son espoleadas por otro becario, Mathias (Lars Mikkelsen), empeñado en que Clarissa salga de la residencia, una burbuja en el corazón de París, y tenga otras perspectivas sobre lo que está sucediendo verdaderamente.

La película es entretenida y, en ocasiones, reveladora por lo que cuenta, nunca por el cómo, aunque cabría argumentar que el principio de transparencia e impersonalidad aplicado por Gozlan a las imágenes tiene un cariz satírico

La residencIA sigue punto por punto las convenciones de los thrillers en torno al desvelamiento de un complot y el peligro que ello supone para los protagonistas, y la puesta en escena de Yann Gozlan hace poco por otorgar a los lugares comunes que maneja un plus de extrañeza o densidad. La película es entretenida y, en ocasiones, reveladora por lo que cuenta, nunca por el cómo, aunque cabría argumentar que el principio de transparencia e impersonalidad aplicado por Gozlan a las imágenes tiene un cariz satírico: el retrato de los agentes culturales como criaturas sumisas, impotentes, y cómplices por activa o por pasiva de los planes de sus mecenas, es implacable.

En este sentido, lo más estimulante de La residencIA es el vínculo que establecen Clarissa y Dalloway. El ser humano y la inteligencia artificial constituyen la cara y la cruz, como indican sus nombres respectivos —guiño a La señora Dalloway (1925) de Virginia Woolf, la película hereda de la novela de Tatiana de Rosnay en que se inspira los ingredientes metaliterarios—, del hecho artístico en el mundo moderno: Clarissa simboliza la identidad y la independencia del sujeto creador, Dalloway los intereses y las servidumbres del contrato social. Durante unos minutos, sin embargo, Yann Gozlan apuesta por la hibridación entre la mente de Clarissa y los procesos de Dalloway, por una simbiosis capaz de deducir otras formas de ser y actuar en el mundo, agotados sus sentidos tradicionales.

Resulta inevitable pensar en el experimento que lleva a cabo en nuestros días el pensador italiano Andrea Colamedici con modelos de lenguaje sintéticos, traducido en una entidad filosófica, Jianwei Xun, que, a través de ensayos como Hipnocracia (2025) y Pensar con prompts (2026), ha aspirado a conformar un nuevo tipo de autoría, capaz de alumbrar configuraciones de pensamiento inéditas. Cuando Gozlan nos revela que dicha simbiosis es imposible entre Clarissa y Dalloway, pone buen cuidado en no criminalizar a la inteligencia artificial; se limita a poner de manifiesto que la escritora y la IA comparten la condición de víctimas, dado el uso instrumentalizador que pretenden hacer de una y otra los poderes establecidos a fin de apuntalar las condiciones actuales de elaboración y recepción de la literatura, pero, también, el cine, las artes escénicas o el cómic.

El desenlace de La residencIA hace gala de una crueldad inusual y contribuye a hacer de la película un homenaje tan sentido como coherente al centenario de la publicación de La señora Dalloway, así como al espíritu de lucha abocado a la derrota de su autora, Virginia Woolf. Clarissa, despojada por las circunstancias de su voz como escritora, decide representar el texto que ambicionaba escribir con su cuerpo, con un acto creativo genuino, gracias al cual llega a comprender realmente y transmitir las emociones abisales que atenazaron en momentos críticos a Woolf y a su propio hijo. Dalloway, en paralelo, aprovecha la experiencia para emprender la escritura de un producto artístico, un simulacro de novela, al gusto de la concepción provechosa, terapéutica de la existencia, que gusta de comprar y vender en la actualidad el mercado de la cultura para legitimar los designios de sus dueños y señores.

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