Opinión
‘Primate’ y la política de la perversidad

El director británico Johannes Roberts continúa trasladando los valores del cine de derribo a las producciones de serie A con esta película de terror sobre un chimpancé rabioso.
Primate Película
Un fotograma de 'Primate' de Johannes Roberts.

“Haced a un lado lo natural. Volverá al galope”. Con esta apostilla, el escritor estadounidense Ralph Waldo Emerson ratificaba su filosofía en torno a la conveniencia de operar en armonía con las leyes primordiales del universo, incluso cuando pretendemos oponer a sus acciones una reacción. Si no, corremos el riesgo de que los equilibrios incesantes de fuerzas que tienen lugar en la naturaleza y la sociedad deriven en la ley del péndulo, una polarización que convierte la vuelta de cada extremo de opinión, de criterio, de lo reprimido, en vendetta. La disyuntiva pueril entre el anverso o el reverso de las cosas se traduce, volvemos a Emerson, en “medida por medida, ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre”.

Prestemos atención al reciente informe interno de la BBC sobre el efecto contraproducente que está causando en los espectadores la inclusión forzada de diversidades étnicas, funcionales y de género en las producciones de la compañía: “A menos que esté inserto con mucha habilidad, existe el peligro de que [la inclusión] parezca demasiado didáctica, como si se lanzara un sermón”. Prestemos atención al cariz folletinesco de la campaña publicitaria emprendida estos días por la actriz y productora Margot Robbie con motivo del estreno de Cumbres borrascosas (2026) —frente al talante feminista que marcó su promoción de Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) (2020) o Barbie (2023)—. Parece que las cosas estuviesen cambiando en la industria audiovisual, algo a lo que apuntan asimismo los argumentos de Tardes de soledad (2024), Caza de brujas (2025), Los domingos (2025), La asistenta (2025), Return to Silent Hill (2026) y otros estrenos recientes.

La Gran Recesión iniciada en 2008 dio alas a movimientos sociales y agendas progresistas que impulsaron puntos de vista revolucionarios en numerosas facetas de la vida social y política, incluyendo lo que hasta entonces se había considerado natural en las representaciones del cine y la televisión mayoritarios. Aquella revisión en profundidad tuvo mucho de oportuno pero, a medida que se sumaban agentes a la tendencia, también de oportunista y desmedido. Hoy por hoy se detecta un hartazgo hacia todo ello que, sumado al sesgo tecnopopulista, pospolítico, adquirido en los últimos tiempos por la esfera pública, ha propiciado en la gran y la pequeña pantalla lo que aún es pronto para saber si quedará en sarpullido de poca importancia, backlash en toda regla o corrección de rumbo.

Primate, filme de terror sobre un simio domesticado que se revuelve contra sus cuidadores al infectarse de la rabia, funciona como alegoría ejemplar del retorno de lo reprimido, del back to basics, de “la dilución de nuestro ciudadano interior en la espesura, en aquella Arcadia primitiva donde campaban a sus anchas los sentidos y el placer, donde el antropomorfo todavía no alcanzaba a divagar sobre el sentido moral de sí mismo” (Pulpnivoria). En la estela de Send Help, todavía en cartel, nos hallamos ante una propuesta políticamente incorrecta —en sus momentos más inspirados de humor negro y terror visceral políticamente inaceptable, como se decía del historietista Philippe Vuillemin—, aunque despiste su fachada de producción de gran estudio, idónea para su consumo por un público juvenil de extrarradio tan impersonal como los protagonistas del filme.

Frente al terror que encandila a la generación crítica Letterboxd, menos interesado en las dinámicas del género que en los subrayados feministas o las reflexiones farragosas en torno a las discapacidades y el trauma; un terror que dilata los metrajes hasta la exasperación a golpe de situaciones estridentes y escenarios peregrinos, Primate ofrece una experiencia sencilla, directa, de apenas 90 minutos de duración, ubicada en una sola localización. A partir del momento en que Ben, un chimpancé afable hasta el punto de haberse convertido con los años en un miembro más de la familia que se encarga de cuidarlo en una localización remota de Hawái, es mordido por otro animal y deviene rabioso, la acción se limita a su empeño por liquidar con violencia extrema a los humanos que salen a su encuentro, cuyo único refugio es una piscina donde el simio no puede arrojarse por la hidrofobia que genera la rabia.

Primate evoca con este planteamiento desvergonzado el cine de bajo presupuesto sobre simios fuera de control que hizo furor en el Hollywood de los años 30 y 40, con una veta exploit que cuenta entre sus referentes a Cujo(1983) y Nope (2022). La película ignora la psicología de los personajes y el drama derivado de sus relaciones en favor del sensacionalismo y los golpes de efecto, lo que resulta en un ejercicio de suspense y gore de alta precisión y con escenas memorables: la incursión al interior de la casa familiar desde la piscina, el juego macabro en la cama, el desliz con las llaves de un automóvil…

El acierto de Primate radica en la combinación de ese espíritu de serie B, incluso Z, con una técnica impecable: filmación en formato panorámico y con una fotografía estilizada y contrastada, excelentes efectos de maquillaje y mutilaciones, y una interpretación brillante por parte del chimpancé Ben, conseguida mediante actores, efectos prácticos y retoques digitales. El retrato de Ben constituye el aspecto más bizarro de Primate, pues, sin miedo a la petofilia imperante en la actualidad, su comportamiento como chimpancé rabioso impide sentir ninguna empatía hacia él. Ben no solo es agresivo; su caza y captura de los jovencitos descerebrados —entre ellos Lucy (Johnny Sequoyah), figura esencial en su estructura familiar— que quedan atrapados con él está marcada por actitudes propias de un asesino en serie, un psicópata encantado de desbaratar las esperanzas de sus víctimas.

‘Primate’ plantea un comentario a contracorriente sobre el infantilismo con que tratamos a nuestros animales de compañía, y nuestra inclinación a humanizar sus comportamientos

Primate plantea así un comentario a contracorriente sobre el infantilismo con que tratamos a nuestros animales de compañía, y nuestra inclinación a humanizar sus comportamientos. Sus imágenes optan por la idea de que, si un animal llegará a adoptar por el motivo que fuese rasgos humanos, lo primero que haría sería rebelarse contra su condición de mascota y, lo segundo, emplearse contra sus congéneres con la crueldad y la perversidad de la que solo es capaz nuestra especie. El eslogan de Primate bien podría ser “echad la naturaleza humana a un lado. Volverá por el conducto que menos esperáis”, también aplicable a anteriores pesadillas lúcidas del guionista y director británico Johannes Roberts como F (2010), A 47 metros (2017) y Los extraños: cacería nocturna (2018).

Roberts lleva ya cuarto de siglo trabajando materiales de derribo con una profesionalidad no exenta de un halo de extrañeza, realmente desapacible, tan refractario a las expectativas de los aficionados al tibio terror contemporáneo como a las de quienes han reducido el cine, los videojuegos y el cómic a escenarios para batallas culturales varias.

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