Opinión
‘Send Help’: no esperes ayuda de nadie

El director estadounidense Sam Raimi deja las superproducciones a un lado para ofrecer un relato de supervivencia marcado por la agresividad, el humor negro y una mirada profundamente pesimista sobre la condición humana contemporánea.
Send Help
Fotograma de la película ‘Send Help’, de Sam Raimi, que se estrena en España el viernes 30 de enero.

Hace 13 años, la empresa de climatización Vaillant se reinventaba con el eslogan “no es lo que hacemos, es lo que te hacemos sentir”. Los responsables de la campaña publicitaria eran pioneros. La esfera pública iba a prestar mucha menos atención en los años siguientes a cualquier suceso que a la percepción pública en torno al mismo, el potencial para las emociones que era capaz de suscitar. La realidad tangible de los hechos iba a ser víctima de una manipulación a conveniencia de cada cual que, hoy por hoy, nos ha llevado al colapso material e intelectual.

El “dato mata relato” ha mutado en “relato mata dato”, tesitura en la cual se sitúan de lleno los dos protagonistas —o más bien antagonistas— de Send Help: Bradley (Dylan O’Brien), un emprendedor sin escrúpulos ni demasiado talento, y Linda (Rachel McAdams), una de sus mejores y menos valoradas empleadas. Bradley y Linda se ven atrapados en una isla desierta a consecuencia de un accidente aéreo, y su vínculo contractual deriva en un pulso visceral que entablan con pertrechos desiguales. Bradley apenas sabe atarse los cordones de los zapatos sin ayuda mientras que Linda es una experta en planificación y estrategia, además de una consumidora ávida de libros de autoayuda y reality shows de supervivencia.

Con Send Help, el realizador estadounidense Sam Raimi deja a un lado los blockbusters en que se había embarcado durante demasiados años —Oz, un mundo de fantasía (2013), Doctor Strange en el multiverso de la locura (2022)— para volver a sus orígenes: el terror atravesado por la misantropía, el sarcasmo y una inventiva visual heredera a partes iguales del grand guignol y el slapstick, cualidades que hicieron de él uno de los miembros más destacados de lo que podríamos denominar la generación freak junto a Tim Burton, Peter Jackson o Guillermo del Toro.

‘Send Help’ es un filme de género, de presupuesto medio y a cargo de un realizador veterano. Es decir, una producción destinada actualmente a nadie, condenada al estreno fugaz en cines y la presencia fantasmal en las plataformas de contenidos audiovisuales

Lo cierto es que, en paralelo a la reinvención publicitaria de Vaillant, Sam Raimi se tomó en 2013 un largo respiro como director. En sus propias palabras, necesitaba “cargar las pilas (...) reencontrarme conmigo mismo tras perderme en las dinámicas de Hollywood (...) recuperar la fe en lo que hago, sentir que puedo aportar a ello algo inédito”. Resulta dudoso que Send Help represente algo nuevo en la trayectoria de Raimi, más allá de que el suspense y el terror no emanan de factores sobrenaturales sino de las miserias del homo tardocapitalista, como también resulta dudoso que tenga una auténtica resonancia popular. En sintonía con las recientes El mal (2025),Sin piedad (2026) o la trilogía 28 años después (2024-), Send Help es un filme de género, de presupuesto medio y a cargo de un realizador veterano. Es decir, una producción destinada actualmente a nadie, condenada al estreno fugaz en cines y la presencia fantasmal en las plataformas de contenidos audiovisuales.

Pero todo ello no quita para que el back to basics de Raimi suponga un soplo de aire fresco en una cartelera urbana y digital plagada de películas-simulacro, impotentes para expresar nada auténtico sobre nuestra naturaleza o nuestro convulso 2026. Pese a la irregularidad y las inverosimilitudes del guion escrito por los recónditos Damian Shannon y Mark Swift, pese a un trazo grueso que en ocasiones se le escapa de las manos a Raimi, Send Help sí consigue ser elocuente gracias a tres aspectos.

En primer lugar, los retratos de Bradley y Linda, cuya ubicación en extremos opuestos del espectro psicológico y sociológico propicia innumerables lecturas, nada fáciles de encajar en reduccionismos ideológicos, sobre la normalidad y la anormalidad en el Occidente de hoy, así como sobre el sentido de la alienación de la realidad que experimenta cada cual según su estatus en un entorno laboral/económico caracterizado por “una negociación por el profesional de su capital técnico, cognitivo, con la empresa, al precio de permitir que dicho capital sea gestionado fuera de su mente, con el precio que eso tiene para su mente… y para su cuerpo” (Alejandro Galliano).

En este sentido, la visceralidad del cine de Sam Raimi, el sadomasoquismo que ha marcado los cuerpos y las mentes de sus protagonistas —enfrentados siempre en solitario al statu quo—, ha adquirido película a película rasgos menos románticos, virando hacia la ambigüedad y una política de la representación más obvia: Bradley y Linda acaban por ser en Send Help dos farsantes, la cara y la cruz de una misma moneda, la del (auto)engaño o espejismo en relación con su lugar en el mundo, sus anhelos, frustraciones y habilidades. Ganen o pierdan en su pugna, ninguno de ellos pasa de ser un títere del sistema.

Es el motivo de que Raimi, Shannon y Swift engañen al espectador acerca del registro en que se inscribe Send Help. La película encarna sucesivamente un relato edificante a lo Robinson Crusoe, una tragicomedia romántica en la estela de Seis días y siete noches (1998) y una intriga feminista similar a Parpadea dos veces (2024). Finalmente, las imágenes desbaratan nuestra tranquilidad de espíritu cinéfila al precipitar en un survival horror hobbesiano, un señor de las moscas protagonizado por niños de 30 y 45 años, cargado de humor negro y sangriento, cuyo desenlace figura entre los más lúcidos que hemos visto en mucho tiempo; todo un aviso a navegantes sobre lo que podemos esperar de este presente y el futuro inmediato si continuamos empeñados en fingir lo que hacemos de cara a legitimar lo que sentimos. El talante moral y hasta moralista de Arrástrame al infierno (2009), la anterior sátira terrorífica de Raimi, ha dado paso a un nihilismo absoluto.

Y, tras este segundo aspecto determinante, el tercero y último: la puesta en escena de Raimi, capaz de alternar cierta vulgaridad con aciertos que revelan, sobre todo, hasta qué punto se ha degradado el ejercicio de la dirección en el cine comercial contemporáneo: el empleo de insertos significativos —el cuchillo—, los primeros planos tan familiares como expresivos de ojos, el encadenado de travellings laterales sobre el rostro de Bradley, el fuera de campo subjetivo en el momento entrepierna o el plano sostenido en instantes clave —Linda a merced del agua que invade la cabina de pasajeros del avión—, no inventan nada pero ponen de manifiesto hasta qué punto se echa de menos a creadores cuya visión intransferible del mundo se deduce con organicidad de sus formas.

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