La libertad en el capitalismo digital, a propósito del libro ‘Arden las redes’

Los linchamientos en redes sociales han provocado una nueva forma de censura, afirma Juan Soto Ivars en su libro. En su ensayo, sin embargo, da palos de ciego y se olvida de los motivos principales de esta censura.

Ekaitz Cancela

publicado
2017-10-30 12:21:00

Señalaba Eric Hobsbawm que hay ocasiones en que se transforma, en un breve periodo de tiempo, la forma en que el hombre aprehende y estructura el universo. En la acelerada era digital, los desajustes heredados del capitalismo industrial no sólo se han heredado como si se tratara ya de una enfermedad eterna, sino que han surgido nuevas alienaciones. Nos encontramos así ante un régimen controlado por las dinámicas del neoliberalismo junto con un ecosistema asentado en relaciones virtuales.

Semejante renovación de la dirección y meta del progreso capitalista, vehiculado a su vez por la aceleración en la implementación de las tecnologías de la información, se ha convertido ya en la más efectiva de las fuerzas políticas. Se trata de un marco cuyos límites vienen dados, como si pensar más allá estuviera penado. Semejante atmósfera, endógamicamente tecnocrática y tan contaminada como corrompida por los intereses corporativos como antaño, está alterando nuestra sensibilidad hacia la realidad de nuevas formas.

La crisis de 2008 derribó los marcos mentales con los que la opinión pública analizaba la realidad
Comencemos colocando el foco algunos años atrás. La crisis de 2008, como señalara cínicamente en una tertulia el exministro José Manuel García Margallo, derribó los marcos mentales con los que la opinión pública analizaba la realidad. Quedaron demolidos. Una forma de conocimiento asentada en que la verdad coincidiera con los dogmas del mercado, orientado al mismo tiempo por la ideología neoliberal, que atomizaba las estructuras sociales construidas por la vía política. En este sistema, la propaganda era la base del sistema de comunicación empleado para competir en el mercado de las ideas. Nos los avisaba el padre de las Relaciones Públicas, Edward Bernays, hace casi más de un siglo: la propaganda es el intento de superar la censura de la mentalidad del grupo. “El ciudadano medio es el censor más eficiente del mundo —escribía—. Su propia mente es la gran barrera entre él y los hechos. Es ésta la que le hace entender en términos de experiencia y pensamiento, en lugar de seguir la reacción de la manada”.

Claro que, a fin de superar la censura, Bernays empleaba la propaganda y la persuasión para canalizar de forma utilitaria las experiencias humanas hacia los productos de sus clientes, las corporaciones empresariales. Esta era la forma en la que una sociedad “organizaba” su conocimiento, como ahora se propone Google hacer: corrompiéndolo.

Años más tarde, Milton Friedman fue un poco más allá y, junto con sus colegas de la Escuela de Chicago, asentó las bases para avanzar en una ideología en la que los ideales políticos se convirtieron en meras “preferencias”, diluyendo en la doctrina del mercado cualquier distinción entre los deseos y las posturas morales.

La industria de las ideas, compuesta por think tanks, firmas de relaciones públicas, bufetes de abogados, asociaciones empresariales, lobistas y otros “expertos” al servicio del capital privado, perpetuaron dichas relaciones de poder hasta que este sistema para guiar a la opinión pública reveló sus grietas el pasado año. Es en este contexto en el que hemos de mirar hacia las dinámicas que sientan las tecnologías de la información, que alejadas ya de servir a cualquier ideal de liberación, enmohecen aún más nuestro pensamiento. 

Así es que el ensayo de Juan Soto Ivars, Arden las redes: la poscensura y el nuevo mundo digital (Debate, 2017), en el que se propone demostrar que hoy gozamos de menos libertad de expresión fruto de los linchamientos que se ejercen a través de la redes sociales, quizá resulte útil únicamente para confirmar la tesis de Bernays. Aunque en un momento en el que el sistema de conocimiento se adapta al mundo digital, generando luxaciones mayores en nuestra capacidad para pensar libremente, el libro se centra en cuestiones secundarias y da palos de ciego en los temas centrales.

A la pertinente pregunta de por qué “la gente siente el deseo de ser partícipe de algo que esté por encima de su individualidad”, la explicación que Soto Ivars nos ofrece deja mucho que desear. “El miedo a sí mismo, a quedarse solo en medio del ruido, [es] lo que le empuja a disolver parte de su identidad en las identidad colectivas”. Y un ejemplo recurrente, nos dice, es la identificación por oposición que las feministas llevan a cabo en la red, que se basa únicamente en demostrar que odian a ciertos hombres. En palabras textuales:

“Una mujer vanidosa, con vocación de poeta mediocre para las artes, anodina en su aspecto físico, se sentirá menos irrelevante si entrega una parte de su identidad individual al colectivo de todas las mujeres. No necesitará leer sobre teoría feminista para que la consideren feminista, solo será necesario dominar cuatro panfletos, compartir cuarenta entradas de blog y estar al día con los ataques del colectivo —el colectivo no será el feminismo, sino un grupo que se autodenominado feminismo— y comulgar con ellos” [página 35]. 

Lo que ocurre es que no es de ningún modo cierto que el comportamiento imitativo desencadenante de esta suerte de agresión organizada abedezca a un perfil físico o de vanidad asociado únicamente a la desinformación de una persona, sino que está relacionado de forma directa con la forma en que elabora su pensamiento y lo lleva al terreno de la acción política.

En este sentido, cabe observar cómo la cultura del mercado se ha instalado en el ser humano. Lo señalaba el escritor Ian McEwan recientemente cuando expresaba que la gente solo se compromete políticamente cuando lo que está en juego es su propia individualidad —una vuelta de tuerca al proceso de individualización que trajo el neoliberalismo. Y se suma otro aspecto: las restricciones que establece el ecosistema de un capitalismo digital así como las represivas normas sociales que éste genera.

En su libro póstumo, Retrotopía (Paidós, 2017), Zygmunt Bauman cita a Jock Young para plantear dos conclusiones: “Una es el mercado que excluye la participación del individuo, pero alienta su voracidad como consumidor; la otra, de un mercado que incluye a ese individuo, sí, pero en condiciones de precariedad. Nacen de la exclusión martirizada y de la inclusión precaria”.

Pero nuestro autor no se esfuerza por entender esas duras condiciones de vida, perspectivas cada vez menos halagüeñas y desigualdades, más pronunciadas aún en las mujeres, que explican lo que Bauman llamaba “un frenesí competitivo donde las personas tienden a tener la pólvora seca y lista, y los cañones engrasados: siempre a mano y a punto para ser usados”.

Es en Bauman precisamente en quien Soto Ivars se apoya para describir su postura sobre la ira online (que en mi opinión no es sólo ira, sino también un deseo de impugnación, destitución y anhelo de crear un nuevo orden social), la cual también achaca a la hiperconexión y a los círculos de intereses líquidos de las redes sociales, junto a una mezcla de guerras culturales así como corrección política. Una mezcla que degenera en una especie de atentado contra la libertad de expresión que el autor ha definido como "poscensura".

Lo que sucede con toda esta teoría que nos ofrece Soto Ivars es que el fenómeno que trata de describir es indisociable de problematizar el mercado —como bien trataba de sugerir Bauman—. En Los límites del mercado (Capitán Swing, 2014), Karl Polanyi apuntaba que el colapso de la economía de mercado ponía en peligro las libertades buenas y malas. De un lado, la libertad de expresión o de conciencia se ven furtivamente atacadas. Pero también, nos decía el intelectual húngaro, “la libertad para obtener ganancias desorbitadas sin un servicio proporcional a la comunidad, o la libertad para que las tecnologías se usen en beneficio de la colectividad; la libertad de beneficiarse de la calamidad colectiva, secretamente manipulada para obtener un beneficio privado, pueden todas ellas desaparecer, conjuntamente con el libre mercado (…)”.

Siendo evidente que, lejos de colapsar, el avance del capitalismo tardío está degenerando en una sociedad digital radicalmente opresora en la que emergen con fuerza las malas libertades, ¿no lo es también que lo hace a costa de minar las buenas libertades y derechos democráticos del pueblo de los que se preocupa Soto Ivars? “Las buenas libertades desaparecen, las malas toman el poder,” decía David Harvey sobre la utopia neoliberal justamente tomando como referencia las palabras de Polanyi.

Son estas últimas libertades las que hemos de poner sobre el foco para alumbrar el comportamiento del individuo en el mundo digital, esa especie de conformismo compulsivo con respecto a las normas sociales imperantes. En este sentido, sería conveniente recurrir al último ensayo de Wolfgang Streeck, Cómo terminará el Capitalismo (Traficantes de Sueños, 2017): “La vida social en una era de entropía es por necesidad individualista. A medida que las instituciones colectivas son erosionadas por las fuerzas del mercado, se deben esperar accidentes en cualquier momento, mientras que la agencia colectiva para prevenirlos se pierde. Todo el mundo está reducido a defenderse por sí mismo, con sauve qui peut [sálvese quien pueda] como principio fundacional de la vida social”.

Que una mujer pueda permitirse el lujo de desarrollar su pensamiento cuando se encuentra permanentemente acosada en las redes, y fuera de ellas, es de por sí una tarea ardua. Pero más lo es hacerlo –impugnar el orden establecido y comunicar una nueva conciencia subversiva–, puesto que se ve sometida a las leyes que establece el capitalismo en el orden digital, cuyas plataformas están haciéndose con el monopolio de nuestras mentes. 

Estas son las verdaderas inferencias en la proclamada “era de la libertad total” que expresa Soto Ivars, no la vanidad feminista. Y el mero hecho de que el autor emplee esta explicación no sólo revela desconocimiento sobre las decenas de teorías sociológicas que podría usarse para describir los linchamientos, sino que el vacío que existe en su teoría por no problematizar el mercado se ocupa con sesgos propios de los viejos opinadores: superioridad intelectual enrocada en el machismo más retrógrado.

Si se trataba de elegir entre escribir un ensayo para legitimar inconscientemente el nuevo status quo del capitalismo o pensar en la posibilidad de una alternativa, Soto Ivars ha elegido la primera. En lugar de criticar la desinformación de unas mujeres individualizadas, sería conveniente analizar la modificación en las bases de la estructura del capitalismo que socava el desarrollo y organización en el mundo virtual de movimientos contrahegemónicos o verdaderamente revolucionarios.

Cabría para ello poner el foco en si la mercantilización de la vida social, que eliminó la deliberación democrática para justificar el neoliberalismo, no habría hecho más que adaptarse de forma aún más feroz a la redes sociales, ya sea Twitter o Facebook —donde hombres como Mark Zuckerberg se alzan ya como nuevos señores feudales de dos billones de usuarios.

Resumido de forma más sencilla: tenemos la libertad de consumir tanta basura (bullshit le llamó Harry G. Frankfurt) en las redes sociales, e incluso de que esta basura sea una herramienta arrojadiza, pero siempre y cuando no alteremos la libertad de unas grandes compañías a que lo hagamos dentro de su infraestructura.

Dijo una vez James Madison, uno de los 'padres fundadores' de los Estados Unidos, que “algún grado de abuso es inseparable del uso apropiado de todo.” De esta forma, a día de hoy nuestro delirio persecutivo paranoiacamente interiorizado en redes es indivisible (como lo es el cambio climático del capitalismo sólido) de un abuso corporativo que usa indebidamente toda nuestra información y determina nuestras experiencias. Se trata de imponer la financiarización a cada momento de nuestro día, una suerte de fusión entre el dogma de las finanzas y el de la tecnología.

No se trata solo de guerras culturales por la hegemonía política, sino de que Silicon Valley ya es un actor hegemónico que determina el ecosistema social, cultural y político en el que nos comportamos cada día

Es este, y no otro, el modelo de negocio de las plataformas digitales. Y no es posible afrontar este hecho en términos de libertades civiles o de corrección política, como escribe Juan Soto Ivars, cuando la cuestión que subyace es otra: en un momento en el que la lógica política del gobierno —superada ya por las fuerzas económicas— ha perdido la capacidad de hacerlo, ¿quién se encarga de extraer por defecto nuestros datos para organizar el conocimiento mundial, crear las infraestructuras en las que desarrollamos cada vez más nuestras vidas y organizar nuestras libertades?

Por eso es que tampoco se trata sólo de guerras culturales por la hegemonía política, sino de que Silicon Valley ya es un actor hegemónico que determina el ecosistema social, cultural y político en el que nos comportamos cada día. Nuestra atención es cada vez más una forma de mercancía de la que se lucran unas cuentas compañías.

Y no vayamos a pensar que la condición política en este contexto, todo lo opuesto a un público que desea ser informado mediante reflexiones respetuosas, es un problema del odio de las feministas. Explicar el mundo virtual, y cualquier tipo de censura que ahí se cree, requiere entender los problemas que supone para la libertad el encaje del capitalismo financiarizado. Y eso supone profundizar mucho más en esos “experimentos sociales con cobayas humanas de los jeques de las redes sociales para incrementar sus objetivos económicos”, como apunta el autor.

Insistiré una vez más: ¿el problema son los linchamientos que ejercen las feministas en Twitter o la corrupción y mercantilización absoluta del saber, que se adapta en nuevas formas a las redes sociales? Ciertamente, la antesala de la llamada "poscensura" no fue la libertad. En realidad ni el libre flujo de ideas ni el ideal del libre mercado existieron nunca. Aquellos economistas de la Escuela de Chicago se encargaron de establecer allá por los ochenta que los actores más poderosos fueran quienes condicionaran la libertad a las reglas del mercado, cuyos consumidores no eran realmente conscientes de si funcionaba esta idea o no porque se encontraban sumidos en las distintas formas que adopta la propaganda como forma de organizar sus deseos.

Por lo tanto, claro que asistimos a “la desaparición de los consensos más estables”, como cita en el epílogo el autor, pero porque en medio de este interregno se están formando nuevos bloques históricos que plantean un horizonte aún más desfigurado, no porque un grupo de mujeres sean capaces de poner en peligro la libertad de expresión. ¿Acaso no es un ejercicio entrañable de “internetcentrismo” pensar que las redes sociales puedan alcanzar tan elevado objetivo?

Nuestro autor prefiere criminalizar las campañas de recogida de firmas online de las feministas sin ofrecer una sola idea que alcance a pensar el mundo virtual y un modo de generar opinión pública distinto al que sientan las dinámicas del capitalismo digital

Así que tampoco es correcta la misiva expresada por Soto Ivars de que “a medida que la ofensa se vuelve libre, el pensamiento se acobarda” –¡como si las feministas fueran las nuevas inquisidoras!–, sino todo lo contrario: aún parece posible un estallido de rebeldía, el establecimiento de una utopía que impugne un sistema que desembocará en una tiranía del click —que no solo influye en cómo nos comunicamos, sino en cómo vivimos y trabajamos. Pero nuestro autor prefiere criminalizar las campañas de recogida de firmas online de las feministas sin ofrecer una sola idea que alcance a pensar el mundo virtual y un modo de generar opinión pública distinto al que sientan las dinámicas del capitalismo digital.

Y lo que es más inquietante: responsabiliza de las fallas del sistema desarmando a los individuos, lo cuales dice que ejercen una especie de vigilancia mutua entre ellos. Una interpretación delirante del Vigilar y Castigar de Michel Foucault, que además obvia la verdadera vigilancia que ejercen las grandes empresas sobre todo lo que hacemos —una extracción masiva de datos que alimenta sus sistemas de inteligencia artificial, aún en desarrollo, para convertir sus otrora start ups en lo que serán imperios soberanos–.

La verdadera censura es la que el capitalismo digital ejerce sobre nuestra capacidad para imaginar una alternativa
En definitiva, el manuscrito de Juan Soto Ivars no ofrece ninguna radiografía nítida del mundo virtual y obvia toda reflexión sobre cómo las poderosas plataformas digitales lo pervierten para su usufructo generando dinámicas que verdaderamente socavan nuestras libertades. A lo sumo, un paisaje confuso y desenfocado, donde el individuo es responsable de las dinámicas inherentes a un mercado que ya rebasa su vida.

Un análisis más pertinente implicaría partir de otra hipótesis: la verdadera censura es la que el capitalismo digital ejerce sobre nuestra capacidad para imaginar una alternativa. También plantearnos algunas otras preguntas: ¿cómo desafiar este sistema de sociedad y de pensamiento antes de que alcance su ideal, una ensoñación totalitaria?

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