La gravedad permanente del centro

Durante años se podía ser un politólogo de éxito empleando una sola frase: “Quien gana el centro, gana las elecciones”. Si la eficacia discursiva dependiera puramente de los mensajes, y no de los capitales simbólicos de los emisores, una cacatúa entrenada podría haber tenido una carrera tan exitosa como la de los analistas electorales más reconocidos.

Investidura Pedro Sanchez
Sesión de investidura de Pedro Sánchez, derribad por PP y Podemos. Dani Gago
Isidro López

Es miembro del Instituto DM.

diputado autonómico de Podemos y miembro del Instituto DM

publicado
2017-05-22 14:36:00

Los partidos seguían esa máxima a pies juntillas y eran de centro derecha o de centro izquierda. Sin embargo, pocas veces se explicaba qué era el centro. De hecho, si ya tenemos que explicar qué es el centro político, es que algo no funciona.

El centro fue estabilidad, orden y seguridad económica y jurídica. En España, el patrimonio inmobiliario también fue centro. Y estos pilares sobre los que se construyen los regímenes de dominación política sólo existen si no se les está discutiendo todo el día. Ser centro es lo que usted desea legítimamente, y además, está perfectamente a su alcance y al de millones de españoles que legítimamente desean lo mismo que usted.

El centro, para ser eficaz como aglutinador político y no un mero residuo ideológico, es la clase media
El centro, para ser eficaz como aglutinador político y no un mero residuo ideológico, es la clase media. Entendida no tanto como un conjunto de prácticas culturales o posiciones estatutarias bien definidas, que también, sino como gran agregado central que anclaba el régimen político.

En España, la clase media postfranquista se anclaba sobre tres pilares: su creencia en el control del Estado –especialmente de los sistemas educativos–, la propiedad inmobiliaria y Europa. Al primero lo mataron los neoliberales que devolvieron visiblemente el Estado a las élites.

No lo hicieron sin vaselina: “Mirad, dejad esto del Estado que es como de pobres y, a cambio, os ponemos los activos inmobiliarios a rendir para que os proveáis de todo tipo de servicios privatizados”.

Y esto lleva al segundo pilar, todo iba de perlas hasta que a la burbuja la mató la misma financiarización que la creó: la sociedad de propietarios murió ahogada en deudas. En ausencia de burbujas inmobiliarias para poder declararse clase media, y por tanto, ser centro, hace falta posiciones laborales fuertes, ahí es nada, y además perspectivas de reproducirlas para las generaciones venideras.

Lo de Europa es un desencanto idelógico, un poco a la manera de los cubanos que llegaban a Miami en balsas creyendo que el capitalismo es vivir como Emilio Estefan. Lo mismo le pasó a una generación de clase media española que fue a Europa buscando a Olof Palme y se encontró a Jean Claude Juncker.
Una de las rupturas más visibles en España con el centro es el cabreo, primero, y posterior descrédito de los medios, especialmente El País
El centro vive en sus bantustanes. Quizá las dos mayores reservas indias sean los conglomerados de grandes medios de comunicación y las encuestas sociodemoscópicas. En el primer caso, decir que existe el centro, la clase media, es más rentable en el corto plazo que negarlo: hablamos de máquinas de eso, de hacer pasta a corto. Los leones del Serengueti estarían encantados de que les dijeran que no están en una reserva, que todo el mundo es así, que Nairobi es así, lleno de leones felices cazando ñus. Si tuvieran dinero, pagarían por escuchar eso. Hasta que se den cuenta de que hace tiempo que les han movido los límites del Serengueti y se han quedado fuera de su protección. Por eso, una de las rupturas más visibles en España con el centro es el cabreo, primero, y posterior descrédito de los medios, especialmente El País. Por supuesto, en un campo tan autoreferencial, cuando hoy un tertuliano dice “quien gana el centro, gana las elecciones”, el único contenido sustantivo de esa declaración es: quiero conservar mi puesto en esta tertulia.

El caso de las encuestas sociodemoscópicas es diferente. Son las herramientas metodológicas para la construcción de centro y clase media en el ambito académico. Nacieron para eso. En contraposición a la encuesta obrera que los sindicatos autogestionados de principio del siglo XX generalizaron, donde los participantes decidían qué temas eran los relevantes, normalmente con sus propias aspiraciones políticas como guía. En oposición también a la sociología cualitativa, hija del 68, que se interesa en cómo se producen el discurso y la deliberación. Algo tan anodino como responder a preguntas cerradas con un ‘Sí/No’ es un simple ejercicio de encaje en las categorías del poder. Cuando un orden político no se tambalea, esto no es problemático. Cuando lo hace, lo que termina mostrando la encuesta es que gustaba, hace años, sentirse centro. Este último parece ser hoy el caso.

Las consecuencias políticas inmediatas de esto son bastante palmarias, y tenemos evidencia de ellas en bastantes países. La búsqueda del centro político como un peculiar tipo de “moderación” que quiere conectar con una mayoría de ciudadanos prudentes que valoran fuertemente el modelo político-institucional ha muerto. En concreto, para un tipo como Pedro Sánchez al que medio mundo ha visto cómo le echaban a patadas de Ferraz y del Congreso, mientras El País le insultaba, su única posibilidad era ensayar la muerte del centro entre ese peculiar sector de “lo social” que es la militancia del PSOE.
Hay muchas posibilidades de que los días de Pedro como renegado político se acaben en breve y se reintegre al aparato de una u otra forma
Por supuesto, esto no es ni mucho menos tan sencillo. El PSOE tiene al menos tanto, si no más, de pata del Estado que de asociación política. De hecho, su rival Susana Diaz quería ser simplemente eso, una pata del Estado. Hay muchas posibilidades de que los días de Pedro como renegado político se acaben en breve y se reintegre al aparato de una u otra forma. Esto no tiene por qué ser problemático teniendo en cuenta que, para el PSOE, la traición a sus bases es su combustible histórico. El grave error de Susana Diaz ha sido no entender que ella, más que prometer una traición nueva y fresca, parece el residuo de todas las traiciones pasadas.

En realidad, el único partido político que ha entendido cómo moverse en la desaparición del centro ha sido el Partido Popular. El PP ha producido un sucedáneo del centro político al que puede seguir llamando centro: su control y patrimonialización de los aparatos del Estado. Un rol y una línea política asignada durante la crisis por Alemania al PP desde el que ha manejado un discurso del miedo a la turbulencia y “lo desconocido”, no sólo a “los populismos” sino a que vengan unos señores de negro de Frankfurt bastante menos paternalistas que Mariano. Aunque este “giro al estado” está muy lejos de esa forma de hegemonía de las clases medias ascendentes que fue el centro político, le vale para reeditar mayorías electorales.
El PP ha producido un sucedáneo del centro político al que puede seguir llamando centro: su control y patrimonialización de los aparatos del Estado
En ese movimiento de enroque en el poder del Estado, ha tenido que vencer a sus propias corrientes neocon y ha dejado al borde del abismo al PSOE al obligarle a elegir entre sus funciones ideológicas y sus funciones de Estado. Pero también ha subalternizado a Ciudadanos, que pudo ser un 5 stelle y ha terminado siendo un partido de consultores externos del Partido Popular. Pero también han ganado en gran medida a los sectores más gobernistas de la nueva política, que, contra la evidencia palmaria de los pocos resquicios del poder del PP en las instituciones del Estado, sostienen que con un “buen gobierno” en un ordenamiento institucional es posible crear un nuevo centro político vendiendo la ilusión que podremos volver a una clase media que cree de nuevo en las instituciones y los políticos. Esta lectura naif –instituciones neutras que sólo necesitan personas más íntegras en sus puestos visibles– da un ventaja insalvable a un PP que queda con sus verdaderos resortes de poder prácticamente intactos.

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