Promiscua
Los entrepreneurs

Capítulo III. Llevaba más de un mes en Madrid y había asumido que lo de tener relaciones sexuales con una persona diferente al día era imposible. Quedé con varios runners, tío que mi amiga wanda define como hombres bimbo. Pero... ¡ay!, la política....

Paquita Salas

publicado
2018-09-18 07:00:00

(Viene del capítulo II) Tras esta primera experiencia probé con Happn, una aplicación que se asocia sí o sí a Facebook. En este caso no se trata de un inventario de todas las personas suscritas dentro del rango de distancia que selecciones y cuyas fotos deslizas a la derecha si quieres iniciar una conversación. Eliges a partir de un catálogo personalizado de hombres con los que te topas en algún momento en el metro, por la calle, en el trabajo... “Te cruzaste con Paquito hace 25 horas” y una foto de Paquito. Esto es posible por la geolocalización.

El primero fue un runner muy guapo de casi 40 años que también era informático. Al principio bien. Y después bien también, qué narices. Sencillamente no era el tipo de persona con la que congeniaría más allá de echar un polvo. Pero un buen tipo, al fin y al cabo. Nos encontramos en The Towers Irish Pub, un bar irlandés de Puerta de Toledo. Hablamos de todo un poco: su trabajo, sus ex, de la palabra “muslamen”, que efectivamente está en el diccionario. Había abierto un e-commerce textil con su hermano y en un principio les había ido bien, pero habían acabado por cerrarlo. Era una persona de las que creen en el eslogan si-te-esfuerzas-y-de-verdad-quieres-lograrlo-lo-conseguirás. Charlas TED y esas cosas.

Lo del running es una tontuna máxima, hasta el nombre da pereza. Pero follar con alguien que hace cardio es fantástico

Por aquel entonces ya llevaba más de un mes en Madrid y había asumido que lo de tener relaciones sexuales con una persona diferente al día era imposible, al menos para mí, así que decidí categorizarlo como mero horizonte teórico y dejé de imponerme esa presión. Al cabo de unos días quedamos de nuevo para ver Begin Again. Ni qué decir tiene que no vimos nada. Todo el mundo sabe que cuando alguien te pregunta si quieres ver una película en su casa en realidad quiere decir “¿y si follamos?”.

Una cosa os digo, amigas, lo del running es una tontuna máxima, hasta el nombre da pereza. Pero follar con alguien que hace cardio es fantástico. Aguantan mucho tiempo sin cansarse. Así da gusto, la verdad. Al día siguiente, mientras desayunábamos, empezamos a conversar de política y de lo mucho que le gustaba Albert porque era un tío coherente y con las cosas claras. No como el PSOE y el PP que se habían acomodado en el bipartidismo. De hecho, creo recordar que me contó que se había comprado o le habían regalado El cambio sensato, aunque quizás era otro libro del de Ciudadanos…


Quedamos un par de veces más, muy espaciadas entre sí, y no volvimos a vernos hasta pasados varios meses, un domingo, día de rastro. Tomamos unas en el Bar la Ronda, mi segunda casa durante aquellos meses. Buena gente y unas tapas más que generosas. Los domingos hay paella gratis y los días de fútbol se genera muy buen ambiente con gente del barrio y algún madero de las comisarías cercanas. Bebimos un par más en Los Secuestradores de Besos. Ahí es cuando salió el tema de Cataluña. Ay, Cataluña. Yo estaba (y estoy) muy calentita con el tema, así que inconscientemente censuré un par de comentarios. Mira que le dije que no habláramos de ello, pero es lo que tiene saberse parte del pensamiento hegemónico, del lado del sentido común: empiezas a asumir por sistema que el resto también opinan lo mismo, aunque te digan que no (escucha selectiva) y a hacer comentarios en momentos y lugares aleatorios como cuando te tomas el café mañanero o en el gimnasio.

Hace unas semanas iba en bus camino de la Estación Joaquín Sorolla de Valencia; cogía un tren a Madrid. Estaba sentada junto a un anciano y me di cuenta de que su esposa iba en la fila de delante. “Les cambio el sitio, así pueden ir juntos”. A partir de ahí empezamos a conversar. Les comenté que era de Madrid y me fueron enseñando Valencia porque el recorrido era largo: “Aquí está el museo de la cerámica”, “los domingos hay muchos que son gratis”, “sí, los fartons de este sitio son los mejores, aunque yo no puedo comerlos por la dieta”. Los tenía en el bote. Y en un determinado momento les comenté que no me sorprendía que hubiera tanto turista porque Valencia era muy bonita. “Ay, hija, no solo turistas. Nos hemos llenado de inmigrantes y ahora el barquito este con los negros. Lo que nos faltaba”. Vaya con la pareja de ancianitos adorables. Debió ver mi cara de susto porque la señora rápidamente dijo “pero está bien ser solidarios”. El hombre volvió a mirar al frente y ya no me habló.

Esta gente es la más peligrosa. No se atreven a salir del armario, pero meten agenda siempre que pueden.

Me sucede casi a diario que estoy tomando mi cafelito en el bar y alguien suelta un chascarrillo sobre maricones, Carmena o Puigdemont, asumiendo mi complicidad. Vuélveme a contar aquella historia./ Van ochenta veces,/ pero vértela narrar es pura gloria. Y me callo porque no quiero ni me merece la pena discutir. Pero luego pienso que yo no voy a la cafetería y le digo a un desconocido “oye, ¿no cree usted que los catalanes están demostrando una compostura y una capacidad de organización que ni pa qué, con toda la represión que están sufriendo?”. No lo hago, no. En parte porque me da miedo. De hecho, vivo con miedo a que la gente simpatiquísima que conozco en el gimnasio, en el bar, por ahí en general, deje de comentar así libremente todas sus ideas y pasen a preguntarme mi opinión, porque tendré que responder. Y entonces se acabará nuestra amistad. Hasta que llegue ese momento me haré la sueca mientras sigo yendo a las manifestaciones que tenga que ir y luchando por lo que considere que merece la pena luchar. Hubo un momento en el que le dije al runner algo tipo “vamos a dejar la fiesta en paz” y me respondió “vale” para inmediatamente decir por lo bajinis “pero Puigdemont debería estar en la cárcel”. Me sirvió para entender que no era posible. Me acordaré siempre de su amabilidad, el sexo, su sonrisa, Civilian (WyeOak) y un libro de Neruda que me prestó y no le he devuelto (en la vida hay dos clases de personas, las que prestan libros y las que no los devuelven).

El mejor-peor encuentro que he tenido se lo debo a Mr. InglisPitinglis, un chico británico que conocí más o menos al mismo tiempo que al runner. Lo suficientemente torpe con las relaciones interpersonales como para casi inspirarme ternura y que en ningún momento fue consciente de que su comportamiento pudiera ser reprobable. Hablamos un par de veces y quedamos en Lúa Vermutería, detrás de la Casa Encendida. Ya desde el primer momento me causó impresión porque me plantó dos besos bien húmedos, uno por mejilla. Pero es algo que ya me ha sucedido con otros guiris que no terminan de captar lo del beso. El chico, que debía tener un par de años más que yo, había venido a cursar un máster en el CEU (u otra universidad por el estilo) de traducción e interpretación. Empezamos a hablar sobre inmigración y le pregunté por el Brexit. Me respondió que le parecía normal, que iba a ser mucho mejor para su economía y que no podían dejar entrar a todo el mundo. Quien viniera tenía que aprender inglés o irse y que, desde luego, lo de los refugiados había que cuidarlo. Sencillamente no había espacio para ellos porque la comunidad musulmana tiene otras costumbres. Bueno, bueno, bueno. Yo me estaba caldeando al ritmo del vermú que me metía entre pecho y espalda, y él, que no bebía, ya era así. Tal era mi enfado que estaba hablando un inglés impecable cuando inicialmente le había avisado de que no era excelente (mi acento, ya sabéis, la eterna lucha). Se ve que se me pasó la vergüenza a golpe de borrachera. Al cabo de una hora, no más, le dije que pedíamos la cuenta. Pagamos e hice las veces de despedirme, pero él quiso, insistió, en que nos tomáramos otra.

Baby, eres lista y a mí me gustan las mujeres listas. Femeninas. La gente no suele poder debatir conmigo, baby, pero tú has salido muy bien del apuro. Deberíamos follar, lo ibas a pasar bien”. Repitió tantas veces lo de baby que en una de esas le dije que si volvía a decirlo le pegaría e hice hincapié en que no era una amenaza sino un hecho. Se rio, me comentó que sabía que iría en ese plan porque así éramos las feministas. No hay nada como que te insulte un patán para empezar a construir tu identidad. Yo soy de las que, para mi vergüenza, me puse las gafas moradas tarde, pero llegué. Luego viró de estrategia y me comentó que cuando terminara el máster sería un partidazo para las mujeres. Que habría muchas detrás de él. Qué casualidad, a veces les digo a mis amigos que tengo que buscarme a un tío de derechas, que los de la izquierda son unos mataos. Ella esperaba un joven pulcro de futuro muy prometedor,/ sí, un hombre de provecho,/ mi suegra no quiere un rojo,/ quiere un tuno de derecho.

Tras aquel encuentro continuó escribiéndome durante toda la semana y al principio me decía que sabía a lo que estaba jugando, que seguía la típica estrategia de ignorarlo (un genio). Luego empezó a decirme que me haría disfrutar dos veces en un mismo día. De película. El runner y yo no congeniábamos, pero era un tío simpático, agradable, que se preocupaba por hacer sentir bien al otro y que seguramente conocerá a otras chicas con las que sí se lleve bien. Este era extraterrestre.

El último chico que conocí por Happn huyó de mí. No es que caminara rápido, sino que salió corriendo sin despedirse. Lo que ocurrió me daría vergüenza ajena de mí misma, de existir el concepto. Lo utilizo como anécdota cada vez que una cita empieza a excusarse conmigo por utilizar la aplicación. “Habrás conocido a mucha gente rara en Tinder”; traducción “soy normal, mi paso por aquí es circunstancial”. Esa persona, que si tiene más de 14 años sabe que lo más probable es que la mayor parte de los usuarios sean como él y como yo porque esta red alberga a medio Madrid y a parte del extranjero, espera que le reconfortes y le digas “sí, ya ves, una vez me pasó [acá historia del que huyó de mí]”; traducción “tú y yo no lo necesitamos, pero los demás… hay cada friki.”

La primera vez que quedé con Usain Bolt nos vimos en Sol. Se parecía mucho a las fotos, era muy alto y muy delgado, con mucha pinta de anglosajón y también tenía treintaimuchos. Le había investigado en las redes, como siempre hago. Recomiendo que tan pronto como te faciliten su número pases las 9 cifras por el buscador de Facebook. No siempre ocurre, pero un 30% de las veces te encuentras con su perfil y, bum, un montón de información adicional que te ayuda a hacerte una idea de cómo es el chico, además de un poco vaguete por asociar su cuenta a su móvil. Me gustó porque tenía fotos por todo el mundo y, como para nada me gustan los clichés, me dije a mí misma “mira, un bohemio, este chico quiere conocer otras culturas, aprender otros idiomas, etc.”

Efectivamente, era un chico majo al que le encantaba viajar y probar platos del mundo. Para que se hiciera una idea a lo grande de lo que son las tapas madrileñas le llevé al Tigre. Todo el mundo lo conoce. Una servidora pasó todo 2º de Bachillerato de pellas entre ese sitio y el centro cultural Conde Duque. No pisé clase, pero me divertí mucho con un violinista andaluz muy gamberro que conocí los primeros días en Historia y del que me hice amiga enseguida. Siempre lo recordaré como un gran año y sé que tuvo mucho que ver con el músico. Ese curso me aficioné a las novelas románticas (eróticas) de época y me puse fina gracias al Tigre. Por 5 euros te llevas cerves y una cantidad ridícula de croquetas, patatas bravas, alitas, jamón, lacón e incluso paella. Algunos dirán que es muy grasiento y que el local está sucio. Sí, es de esos sitios en los que se tiran las servilletas al suelo, en el que casi todo pasa por la sartén y en el que se practica el reciclaje con el aceite. Pero es barato, las tapas cumplen y es lo suficientemente apoteósico en cantidades y ambiente como para impresionar a cualquiera que no sea de España.

Nos despedimos, pero no habían pasado ni 10 minutos cuando recibí un WhatsApp comentándome que le había parecido muy atractiva y que si quería ir a su apartamento. Me dio pereza.

Al chico le pareció normal y luego me di cuenta de que casi todo le parecía normal. Era tan sumamente tímido que no te miraba nunca a los ojos, ni para hablar ni para escuchar y se ponía muy nervioso rápidamente. Me comentó que había venido a abrir una filial de su empresa aquí. La verdad es que no me acabé de enterar de cuál era su puesto exactamente; me pasa mucho con los ejecutivos. El caso es que era un alto cargo y había venido a Madrid a ponerlo todo en marcha. Aunque era inglés había vivido durante mucho tiempo en Crown Heights, Brooklyn, y pensaba volver después de esto. Todos los días desayunaba en Bagel Pub, un pequeño café neoyorquino que está bastante bien. En mi época neoyorquina viví en Bedstuy (Notorious Big, Tim Robbins, Spike Lee…), así que conozco relativamente bien la zona. Intenté en todo momento mirarle a los ojos y sonreír para hacerle sentir cómodo, pero al final nos despedimos y cada uno se fue por su lado. No habían pasado ni 10 minutos cuando recibí un WhatsApp comentándome que le había parecido muy atractiva y que si quería ir a su apartamento. Me dio pereza.

La segunda vez coincidimos en Chueca y fuimos a la Taberna Ángel Sierra, que es un sitio discreto, decorado con buen gusto y en el que las cañas siempre saben bien. La verdad es que llegué un poco acelerada porque me había dejado las llaves dentro del apartamento al ir a colgar la ropa al patio comunitario, mi compañera de piso estaba en Galicia de vacaciones y tuve que montar un follón, que terminó con el portero llamando al hijo del administrador de la finca de al lado, que opositaba a policía y quien, al parecer, abría puertas (¿?). A Usain le apasionaba hablar de fusiones, adquisiciones, negocios y a mí me sale ser preguntona impertinente por naturaleza. Si a eso le sumas la excitación de haber tenido que montar un pollo para entrar como una ladrona en mi propia casa, pues todo fue bien. Empezó a contarme no sé qué historias sobre lo visionario que era Jeff Bezos (#AmazonEnLucha), que había trascendido al concepto de dinero, que blablablá, que (yo desconectando), que (yo pidiendo una cerveza más y pensando en que me lleve a su apartamento), que no lo hacía por ganar dinero sino por ampliar áreas de inversión en crecimiento.

No-lo-hace-por-ganar-dinero-sino-por-ampliar-áreas-de-inversión-en-crecimiento.

Le dije “hombre, comprará sus cosas con dinero no con áreas de inversión en crecimiento”. No me di cuenta de lo desagradable que estaba siendo. Entonces como reacción a mi comentario tuvo lugar la primera pista de lo que sucedería después: el chico cortocircuitó, le entró un tic en el ojo y me contestó con aspavientos “¿por qué estamos hablando de esto? No quiero hablar de esto ahora”. Estaba visiblemente molesto y se movía mucho en un espacio de un metro cuadrado. Me quedé un poco sorprendida, pero, bueno, le llevé al Café Acuarela. A mí me gusta porque aparte de que preparan unos buenos cócteles hay un par de esculturas a lo griego de hombres espléndidos (uno se parece a Stallone, lo prometo) que me parecen cojonudas. A él no tanto. Se puso nervioso nada más verlo, dijo que no era gracioso y lo dejó estar. Pedimos dos cócteles y entonces retomó la conversación sobre lo maravillosa que era la empresa y lo que estaban haciendo aquí. No hay que ser muy perceptivo para saber que no represento la audiencia para este tipo de conversaciones. No es que me de igual, sino que soy #ProactivamenteAnticorporativista. Además, qué leches, habíamos dicho explícitamente que íbamos a quedar para lo que íbamos a quedar. Me comentó que ahora estaban creando un producto que se estaba encargando de vender a terceros, pero que no estaba definido. Entonces yo, haciendo una vez más gala de mi simpatía y saber estar, le dije “si no tenéis producto estáis vendiendo humo, ¿no?”. Se quedó parado y empezó a repetir en bucle “¿qué quieres decir?” y “eso no es cierto”. Estaba visiblemente agitado. Me recordó a Rain Man o a Rajoy cuando le preguntaron por los países del Sahel en la Conferencia de alto nivel sobre el Sahel. Lo estaba pasando mal y su mundo se derrumbaba así que dije que seguramente lo había entendido mal y que ya imaginaba que tenían una estrategia.

No era mi intención incomodarlo. Pedimos otra bebida. La verdad es que ambos teníamos mérito por seguir intentando llegar al punto en el que me invitaba a su apartamento dado el devenir de la tarde. Y entonces comenzó de nuevo con la retahíla apologética a su empresa. Era un maravilloso lugar de trabajo, decía. Tengo suerte de que hayan confiado en mí, llevo ya casi 10 años, es una empresa en pleno crecimiento. Entonces salté: “Claro, estás contento porque eres de los jefes. Habría que preguntarles a los empleados rasos”. Zas. Me dijo que nunca nadie había sido tan maleducado con él. Pidió la cuenta, no me dejó pagar mi parte, nos levantamos y de repente cuando íbamos caminando hacia la salida poniéndonos la chaqueta abre la puerta y sale literalmente corriendo calle arriba por San Gregorio. Me quedé tiesa.

Mi teoría infalibre es esta: cuando para definir a alguien puedo utilizar más de tres anglicismos que suenen natural hablando en español (E-commerce, entrepreneur, runner…), es que esa persona no es para mí

Tuve un momento en el que pensé “si ahora salgo corriendo detrás de él por hacer la gracia, a este hombre le da un infarto” y me fui para casa. Fue tal la culpabilidad de pensar cómo debía sentirse para literalmente salir corriendo que le mandé un audio diciéndole que la adquisición o fusión o lo que fuera que estuviera haciendo aquí se le iba a dar fenomenal, que si quería podíamos tomarnos una cerve antes de que se fuera sin compromiso para pedirle perdón y que le deseaba una maravillosa vuelta a Nueva York. “Eso es aún peor, tronca”, me dijo Wanda Bartolini. No contestó. Yo, por mi parte, la próxima vez que vaya a Brooklyn iré todas las mañanas al Bagel Pub de Crown Heights con la esperanza de toparme con él solo por ver su cara cuando me vea.

La verdad sea dicha, las citas que he tenido con ingleses no han sido las mejores así que quizás la barrera lingüística sí sea un problema (maldito Escupidor, ya me he quedado traumatizada). Nunca lo sabré.

Me llevo una teoría infalible: cuando para definir a alguien puedo utilizar más de tres anglicismos que suenen natural hablando en español (E-commerce, entrepreneur, runner…), es que esa persona no es para mí. Entrepreneur vale por 3. El Runner, Usaian Bolt y Mr. InglisPitinglis son lo que Wanda define como hombres pan Bimbo.

Los hombres blancos tienen gluten
Un hombre blanco
hecho de pan Bimbo.
Sin cortezas.
Nos fiamos.
Es blandito.
Nos fiamos.
Es blanco.

(Micro-poesía de Wanda Bartolini)

Varón, ingeniero o rico de nacimiento que no se encuentra en una situación de dificultad laboral. En ningún momento piensa que podría no tener razón o que quizás la otra persona aporte una perspectiva refrescante. Son pura asertividad. Orgullosos de su trayectoria, su patrón discursivo suele ser “me he hecho a mí mismo, todo lo he conseguido por mí, nadie me puso las cosas fáciles”. Me alegro, oye, y no lo dudo, pero que no asuman que a quien no le va tan bien es porque no se esfuerza o es menos listo.

Al menos en mi caso es evidente que el factor ideología no se puede desmarcar tan fácilmente del factor sexo. Incluso cuando decimos que no nos gusta la política, estamos haciendo política, y tenemos opiniones sobre la gestión de lo público, aunque sea a pequeña escala, como el traslado de tu pastelería favorita de toda la vida (¿por qué Valle Olid, por qué?). Es ya cosa de cada uno decidir en qué medida se puede tener una relación estrecha con alguien cuyo paradigma del mundo sea completamente distinto.


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9 Comentarios
#23620 13:58 28/9/2018

Joder, juraría que yo tuve una cita nefasta (que se ha convertido en una gran historia que contar) con Mr. InglisPitinglis... y si no es el mismo, se llevarían de perlas.

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Natxo M 17:50 20/9/2018

Me flipa que en la sección de comentarios de El Salto siempre haya un porcentaje de gente infeliz, malhumorada, moralista y chunga, cuando no directamente rancia de derechas. ¿De dónde salen?¿No es este un medio progresista para gente con inquietudes?¿Hasta en un artículo tan inocente y desenfadado como este tiene que haber peña aguafiestas? Pfffff

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Anónimo Abert 4:13 19/9/2018

Me pasa tambien,que me encuentro rodeado de garrulismo,nazis,y derechones iGnorantes...buffff cuanta paciencia

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#23145 20:18 18/9/2018

La promiscuidad es un asunto privado, no positivo o negativo. En líneas generales, las personas no solemos airear ni con cuanta gente mantenemos relaciones sexuales, ni del tipo que son...se llama discreción y respeto a la privacidad, propia y ajena. Lo que escribes, si es de verdad autobiográfico, ofrece detalles muy gráficos e identificadores de otras personas...y tus artículos son más una "fanfarronada" de quinceañera que algo trascedente.

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#23154 25:15 18/9/2018

Hola, #23145:
Creo que eres la única persona a la que voy a contestar porque, efectivamente, planteas una cuestión seria: transgredir la intimidad de las personas a las que menciono. Las otras opiniones que expresas son muy respetables y me encantaría hablar de ello en persona, con unas cañas. No voy a hacerlo con una figura anónima 3.0.
Todas las personas de las que hablo (y hablaré en los próximos artículos) están al tanto y han dado su visto bueno previa publicación, a excepción del hombre del escupitajo (no lo merece), los dos ingleses (lo siento en el alma, les perdí la pista) y las personas famosas a las que menciono. Al 'runner' le he avisado justo hoy, después de que se publicase, y gracias a ti. Se me había pasado. Y le ha parecido bien.
Estoy de acuerdo contigo, una cosa es que yo decida narrar una historia y otra muy distinta es identificar a otros sin su permiso.

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#23154 11:21 19/9/2018

(Corrección: antes de que se publicara, en lugar de "previa publicación").

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#23148 23:05 18/9/2018

es una realidad actual. Me ha divertido y es fresco. todo lo leído lo puedes escuchar en una conversación de bar...hasta T5 hizo un programa sobre las aplicaciones para ligar..jejeje

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#23152 24:02 18/9/2018

La búsqueda de notoriedad a costa de reírse de aspectos privados de los demás en un medio público, como El Salto, es bastante diferente a comentar con unas cañas entre amigos alguna fantasmada, en lo que te doy la razón. A ella le suenan los cuentos de los entrepreneurs, como a mí leer en varias ocasiones sus ssssuperexperiencias como redactora en Nueva York...y su nivel C1 de sobresaliente. BLABLABLA. Mucha perecita

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#23131 16:00 18/9/2018

Me ha recordado a alguna de mis citas, divertidísimo y buen artículo,

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