Perfiles con tiempo
Santiago Sepúlveda: “La inconsistencia puede ser un factor de creación de cosas más singulares”
Matadero Madrid funciona desde 2006 como un complejo municipal dedicado a la creación artística. Ubicado en el barrio de La Chopera, en la orilla izquierda del río Manzanares, sus edificios neomudéjares fueron en otro tiempo matadero y mercado del ganado. Hoy cuesta imaginar aquellos usos. Cuesta, sobre todo, imaginarlos en el silencio de una tarde de primavera en la explanada vacía adyacente a la Nave 16. En el interior de esa nave nos espera Simón Sepúlveda (Santiago de Chile, 1989). En el primer semestre de 2026, gracias a una residencia artística, está trabajando en un proyecto titulado La esperanza es un bar. Algunos de los cuadros fruto de este proyecto muestran formas vegetales, colores encendidos. Nos detenemos unos instantes ante los lienzos —óleo sobre lino— y, a continuación, conversamos.
“Mi proyecto se llama La esperanza es un bar y vincula dos espacios que hablan un poco de la crisis de gentrificación del barrio de Carabanchel. Uno es el centro comercial Ermita del Santo, ya destruido, que tenía una arquitectura increíble, como neomodernista. Lo destruyeron para hacer viviendas de lujo, como ya hicieron un poquito antes en el Calderón, o viviendas carísimas para el estándar del barrio. Y por otro lado está el bar La Esperanza. Es un espacio que se puede entender como de resistencia o de mantención de parte de la identidad del barrio. Y vinculo estos dos espacios a través de una joya que encontré en un viaje a Nuevo México”. En las explicaciones de Sepúlveda late la voluntad de conectar imágenes e ideas, de compartir las asociaciones que tejen su obra.
Cuenta entonces que en Madrid (Nuevo México, Estados Unidos) supo de la historia de una artesana que había diseñado una joya con forma de pájaro en los años 60. A partir de esta revelación, Sepúlveda imaginó una fábula que funciona como hilo narrativo de La esperanza es un bar: “El alma de esta joya se libera al morir la artesana y viaja por diferentes galaxias para recopilar conocimientos ancestrales, distintas formas de hacer, de entender el mundo. Y, al intentar volver a Madrid Nuevo México, se equivoca y llega a Madrid Manzanares. Cautivado por la luna del centro comercial, se hospeda ahí y empieza a recorrer este espacio, que es como una especie de cuerpo en descomposición. El ave recorre este espacio, le da profunda tristeza, va al bar La Esperanza, se toma unos tragos con los amigos, conversa y va al río Manzanares. Y, al regresar a la luna, llora durante 17 días e inunda el centro comercial y lo vuelve a reconectar con el río Manzanares. Y este relato me sirve para generar un universo onírico de una situación de crisis social o cultural”.
El universo onírico al que alude Sepúlveda se ha ido traduciendo en diversos formatos creados a lo largo de su residencia artística: un vídeo en el que cuenta la fábula y que grabó en el centro comercial, una serie de piezas metálicas que funcionan como réplicas de la joya original, una suerte de caja de resonancia que habla de quienes habitan los espacios en transformación y pinturas al óleo que evocan el río. En esas pinturas incorpora también arena y semillas. “Es pensar la pintura como un gesto casi agrario, como un gesto cíclico”.
En la conversación surge de forma recurrente la relación con quienes habitan los espacios sobre los que trabaja. En el bar La Esperanza conocen su proyecto. “Claro, les comenté, les conté, filmé, grabé”, rememora. Pero explica a continuación que contemplan el asunto con distancia, con escepticismo. “Claramente no soy la audiencia típica de ese bar, de ese lugar. Entonces también hay algo como que soy un bicho raro ahí”. Sugiere entonces Sepúlveda que, con muchos matices, él y su proyecto quizá forman parte de los gentrificadores.
No parece que en La esperanza es un bar existan respuestas cerradas ni líneas rectas. Predominan más bien las curvas, los giros no previstos, como en la propia biografía de su autor. Simón Sepúlveda nació en Santiago de Chile en 1989. Estudió diseño gráfico en Santiago y desde muy joven empezó a trabajar en un estudio. En 2015 se postuló para trabajar en Nueva York con su diseñador favorito, el austriaco Stefan Saigmester. “Y me invitaron a trabajar para él. Dijeron: ‘Te necesitamos la próxima semana’. Postularon 500 personas y quedamos dos. Y fue increíble, una experiencia de vida… Yo apenas sabía inglés. Y ahí estuve un par de años creando sistemas gráficos, diseño puro y duro, branding, estrategias de marca”, recuerda. Luego le contrataron en Apple, en San Francisco. “Iba muy bien en la carrera de diseño y, en un momento, como que me empezó a molestar o cansar la dialéctica cliente, feedback, resultado, corrección, etcétera. Y entonces dije: ‘Quiero empezar a hacer cosas por mi cuenta”.
Ese deseo de empezar de nuevo se había ido fraguando poco a poco. En Nueva York había realizado una serie de tapices jugando con la idea de cobijarse, de la autoayuda. La llamó Frustration Series. Tras la experiencia en San Francisco, entendió que había llegado a un punto de inflexión, que era el momento de cambiar de estilo de vida y desarrollar su faceta como artista visual. La oportunidad de concretar el cambio llegó gracias a la invitación que recibió de la escuela de diseño Elisava, con sede en Barcelona, para dar clases en un máster. “Y allí empecé. En pandemia dije: ‘Quiero aprender a pintar”. De ese cambio nace la trayectoria actual de Sepúlveda, su particular mezcla de arte y diseño, su alergia a la grandilocuencia. “Algo de lo que yo siempre me he reído y que me gusta es la inconsistencia: no quedarte como en un solo formato, en una cosa… Me empieza a aburrir un poco esa gente que hace toda su vida lo mismo. Entonces, la inconsistencia también creo que puede ser un factor de creación de cosas más singulares o más originales”. Alude a la inconsistencia y la relaciona con el sentido del humor. Recuerda entonces la exposición en La Casa Encendida en la que mostró la escultura de un cisne embalsamado, con auriculares, para hablar del desastre ocasionado por una empresa de celulosa en el sur de Chile. “Creo que el sentido del humor es parte trascendental en mi vida”.
Su condición de chileno, de migrante o el ser padre de dos niños gemelos son otros elementos esenciales del puzle en el que está inmerso mientras encara el final de la residencia artística en Matadero. “La primera etapa fue como investigación multimateria; como te decía: las esculturas, las piezas, editar el vídeo, etcétera. Y ahora, en la segunda etapa, tras la primera jornada de puertas abiertas, me he enfocado en la pintura y en el sueño, en lo onírico del proyecto, a través de pintar el cauce, de pintar estas plantas. Sí, más el sueño que otra cosa. Y, en ese sentido, hay cosas que no esperaba. Veo todas las pinturas que están ahí montadas y hay como un recorrido, hay todo un diálogo. Y creo que es mucho más natural. Y en ese sentido ahora estoy más contento. Y seguro que llega una expo porque creo que lo que he construido está bueno”. resume.
Mientras concluye la residencia artística y realiza trabajos de diseño gráfico, prepara también una exposición que podrá verse en enero de 2027 en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile. En ella, abordará la dicotomía del arte entre el hemisferio sur y el hemisferio norte, la propagación del gusto europeo en detrimento de las corrientes locales. La muestra girará en torno a la historia de un árbol, una paulonia, que fue cortado en el jardín en el que trabajaban los escultores. “La exposición trata un poco de imaginar qué pasaría si el árbol siguiera acá. Y es como continuar este cauce que fue cortado”.
La Nave 16 de Matadero Madrid está casi en silencio. Los lienzos de Sepúlveda que remiten al río Manzanares también parecen imaginar qué pasaría si el árbol siguiera acá. Y quizá imaginan también los futuros posibles de un territorio que cambia.
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