Opinión
100 años de Iván Illich. Claves para resistir al tecnofascismo

Desde el punto de vista de la filosofía de la tecnología, el pensador austriaco describió la etapa en la que nos encontramos como la “edad de los sistemas”: cuando el ser humano es parte de la propia herramienta.
Ivan Illich - 3

De pensamiento inclasificable, el austriaco Iván Illich fue teólogo, filósofo y crítico de las instituciones clave del progreso en la modernidad. Entre sus obras más conocidas se encuentran La sociedad desescolarizada (1971), La convivencialidad (1973), Energía y equidad (1974) y Némesis médica (1975).

Desde el punto de vista de la filosofía de la tecnología, Iván Illich (1926 –2002) describió la etapa en la que nos encontramos como la “edad de los sistemas”. Esta se caracteriza porque, a diferencia de la etapa anterior, en la que el ser humano utilizaba una herramienta para un fin concreto y podía dejarla estacionada en un determinado lugar -por ejemplo, un martillo-, ahora, en la era de los sistemas, el ser humano forma parte de la propia herramienta. Esta deja de ser una herramienta aislada y se convierte en un único sistema formado por el ser humano y las herramientas.

El despliegue de tecnologías de alta complejidad y alto riesgo ha adquirido la capacidad de transformar las condiciones de vida del planeta y comprometer el futuro de generaciones y especies

El caso más claro es el de las nuevas aplicaciones y la Inteligencia Artificial, en las que el ser humano es utilizado por estas para cumplir sus objetivos. No obstante, también nos referimos al sistema de movilidad/transporte, al educativo, al médico, al financiero digital, etcétera.

Además, hemos llegado a un punto en el que nuestras tecnologías tienen potencia suficiente para modificar el sistema Tierra de manera profunda e irreversible. El despliegue de tecnologías de alta complejidad y alto riesgo ha adquirido la capacidad de transformar las condiciones de vida del planeta y comprometer el futuro de generaciones y especies. En su libro Tecnoceno. Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida (Taurus, 2021), la investigadora argentina Flavia Costa propone llamar Tecnoceno a esta nueva época.

El Tecnoceno, en contraste con el Antropoceno, desplaza el foco de la acción humana y lo centra en el despliegue técnico. Ciertos fenómenos del Tecnoceno, en los que intervienen redes extremadamente complejas de elementos humanos, tecnológicos, económicos, biológicos y ambientales, llevan en su propio desarrollo lo que se denomina “accidentes normales”. En sistemas hipercomplejos, ciertos accidentes pueden ser inseparables del propio funcionamiento y crecimiento del sistema. Es decir, cuanto más ampliamos la escala, más posibilidades abrimos de producir efectos que nadie puede prever completamente como Chernóbil, la crisis financiera de 2008, o la pandemia de COVID-19.

El Tecnoceno, de Flavia Costa y la “era de los sistemas”, de Iván Illich, pueden leerse como dos descripciones, desde perspectivas diferentes, de una misma transformación histórica: el paso de la tecnología entendida como instrumento exterior al sujeto, a la tecnología entendida como entorno constitutivo del sujeto.

De hecho, Costa describe explícitamente que convivimos con «grandes conjuntos técnicos que no podemos elegir no usar» y que habitamos “sistemas bio-socio-técnicos complejos”. Esto conecta de una manera extraordinariamente directa con Illich: no se trata ya de que tengamos muchas herramientas, sino de que nuestra vida cotidiana está organizada dentro de sistemas de los que resulta cada vez más difícil salir. Illich proporciona la genealogía filosófica de la pérdida del “afuera”, mientras que Costa permite describir la condición contemporánea de ese fenómeno como Tecnoceno.

Por otro lado, en un artículo reciente de Mark Coeckelbergh, publicado en AI & Society en enero de 2026, que se titula Tecnofascismo: IA, Big Tech y el nuevo autoritarismo, plantea que la expansión de la IA, las redes sociales, la extracción de datos y las grandes infraestructuras tecnológicas está convergiendo con tendencias fascistas y autoritarias. Las condiciones de esta convergencia son entre las más importantes: el capitalismo neoliberal, la concentración del poder en Big Tech (Google, Apple, Microsoft, Amazon, Meta, OpenAI, Anthropic), el debilitamiento de las instituciones democráticas, el populismo de derechas y el autoritarismo, la polarización, la alienación, la pérdida de sentido y pertenencia, y las crisis económicas, ambientales y bélicas.

Por su lado, Christian Fuchs, en Digital Fascism and Digital Capitalism (2026), señala que el fascismo contemporáneo se reorganiza mediante infraestructuras digitales. Es decir, las prácticas fascistas y las infraestructuras digitales se producen y refuerzan recíprocamente: algoritmos, plataformas, datos y economías de la atención amplifican determinadas formas de propaganda, polarización, odio y movilización política.

El sistema tecnológico puede ofrecer al autoritarismo capacidades que el fascismo clásico no tenía. No necesita necesariamente censurar todos los periódicos: puede ordenar algorítmicamente qué ven millones de personas

Por tanto, con Illich, la sociedad pasa de la herramienta al sistema: el individuo deja de utilizar simplemente instrumentos y comienza a formar parte de sistemas que organizan su comportamiento. Este proceso ha alcanzado una dimensión histórica nueva, el Tecnoceno, donde lo técnico-tecnológico constituye nuestro entorno. Ese entorno tecnológico no es políticamente neutro: está organizado mediante el capitalismo, las plataformas, los algoritmos, la concentración de poder y la vigilancia.

El sistema tecnológico puede ofrecer al autoritarismo capacidades que el fascismo clásico no tenía. No necesita necesariamente censurar todos los periódicos: puede ordenar algorítmicamente qué ven millones de personas. No necesita prohibir una idea: puede hacerla invisible, amplificarla o dirigirla selectivamente a determinados grupos.

La resistencia y la insurrección en curso

El tecnofascismo emerge en una época de crisis sistémica del capitalismo, la época que atravesamos actualmente (Wallerstein, 2005, Análisis de sistemas-mundo), en la que un nuevo sistema terminará por imponerse.

No obstante, también existen grupos y personas que promueven herramientas que Illich denominó “conviviales” que permitan a las personas utilizarlas de forma autónoma, creativa y controlable, sin que la propia herramienta termine imponiendo su lógica sobre quien la utiliza. Gustavo Esteva promotor del pensamiento illichiano denominó estas experiencias alrededor del mundo como “la insurrección en curso”: la gente de a pie, desde abajo, organizándose y resistiéndose a ser asimilada por el tecnofascismo, construyendo alternativas conviviales.

Si cada vez resulta más difícil situarse fuera de los sistemas tecnológicos, la resistencia no puede consistir únicamente en utilizar mejor las plataformas. Tenemos que empeñarnos en crear más espacios autónomos

Además, entre las prácticas que debemos promover, según Illich, es clave recuperar “el afuera”, frente a los sistemas que organizan la vida cotidiana. Si cada vez resulta más difícil situarse fuera de los sistemas tecnológicos, la resistencia no puede consistir únicamente en utilizar mejor las plataformas. Tenemos que empeñarnos en crear más espacios autónomos y fortalecer los ya existentes: centros sociales, cooperativas, redes vecinales, sindicatos, asociaciones, espacios educativos autónomos, huertos, economías comunitarias, viviendas colectivas, redes de cuidados, comunidades energéticas.

El movimiento no debería ser solamente un movimiento de protesta, sino también uno que construye en sentido amplio. Cada vez que un grupo consigue satisfacer una necesidad sin depender completamente del mercado o de una plataforma, está recuperando una parcela de autonomía.

No debemos de abandonar las redes, pero sí dejar de depender de ellas. Los movimientos sociales necesitan las redes sociales para llegar a millones de personas. La digitalización reduce los costes de participación y difusión, pero esa misma infraestructura puede imponer vigilancia, dependencia y nuevas formas de control. Por tanto, podemos utilizar las plataformas, pero sin convertirlas en la infraestructura de la organización.

También es fundamental reconstruir la comunidad intercultural frente a la política de la identidad reactiva. La extrema derecha ofrece algo que las izquierdas y los movimientos sociales han perdido parcialmente: “pertenencia”. ¿Qué comunidad alternativa podemos ofrecer? No una que excluya al extranjero, al migrante o al feminista, sino una comunidad basada en la ayuda mutua, los derechos, la dignidad, los cuidados y la capacidad colectiva.

Y, por último, convertir la lucha tecnológica en una lucha democrática. Democratizar la infraestructura tecnológica no significa únicamente reclamar “algoritmos éticos”, sino cuestionar: ¿quién posee los servidores, los datos, las plataformas, los modelos de IA y las redes? La herramienta convivial de Illich no es una herramienta “buena”, sino aquella cuya estructura permite que las personas conserven capacidad de decisión sobre su utilización.

No debemos permitir que la defensa de la democracia sea reducida a defender las instituciones liberales existentes. Porque, precisamente, la crisis de esas instituciones es una de las condiciones que alimentan el tecnofascismo. Se trataría de decidir qué tecnologías queremos, para qué, bajo qué límites y bajo qué formas de propiedad y control.

Hablamos de una alternativa política no tecnológica, sino civilizatoria, tal cual la están construyendo miles de colectivos y organizaciones alrededor del mundo. En la última etapa de su vida, Iván se dedicó a cultivar la amistad, la cuál, consideraba fundamental para una vida buena y convivialidad. Encontrémonos, conversemos y actuemos juntos autónomamente, ese sería el mejor homenaje que le podríamos hacer al compadrito Iván.

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