Feminismos
Frente al nosotros primero, el nosotrxs juntxs

Anticapitalista, internacionalista y antirracista, el movimiento feminista se dibuja hoy como la fuerza social con mayor carga emancipadora.

Huelga feminista internacional
8M del 2018: carteles de la huelga feminista internacional
Miembro de la Fundación de los Comunes

publicado
2019-02-14 10:40

Más allá del número de asistentes a la manifestación que convocó (sin éxito) a la España de los balcones el pasado domingo 10 de febrero, es preciso reconocer el auge de un movimiento reaccionario de extrema derecha en todo el mundo. Este crecimiento se refleja en tres aspectos principales: la popularización de sus discursos y su habilidad para marcar la agenda de otros partidos de derecha supuestamente más moderada (así como de fuerzas políticas directamente socialdemócratas); su entrada en las instituciones de la democracia representativa vía aumento del porcentaje de votos; la creación y/o actualización de órganos de extrema derecha desde estructuras partidarias a medios de comunicación y think tanks.

Esta reacción ultraderechista da cuenta de una respuesta más (o de un resultado más, si se prefiere) a la crisis civilizatoria en la que andamos inmersas. La posibilidad de contrarrestarla es, por lo tanto, directamente proporcional a la capacidad de generar las condiciones para una salida de esta crisis en términos emancipadores. Desde la provincia europea habitualmente conocida como España, esto debería traducirse en nuestra capacidad de seguir siendo fieles al acontecimiento 15M y a su enorme (y aún no resuelto) desafío: la superación de una política entendida únicamente como representación y el rescate de una economía secuestrada por las reglas del juego capitalista.

El desafío del 15M sigue en pie: la superación de una política entendida como representación y el rescate de una economía secuestrada por el capitalismo

¿Por qué es una misión titánica esta que nos toca? ¿Porque carecemos de la imaginación y osadía necesarias en un contexto europeo caracterizado por el envejecimiento de su población? ¿Porque la extrema atomización de unas sociedades cada vez más complejas y polarizadas nos incapacita para trazar utopías comunes mínimamente agregadoras? Para las renuncias siempre cabe hallar límites-excusas disponibles. Pero no hay obstáculo en el mundo capaz de difuminar las mil razones y fuerzas que sostienen el empeño diario de seguir impulsando proyectos políticos de carácter emancipatorio. Y, en este sentido, el movimiento feminista es, en la actualidad, una escuela de transformación.

Tres de las potencialidades más productivas del movimiento feminista hoy son, a mi juicio, su capacidad de diseñar propuestas superadoras del modelo económico capitalista, su habilidad para tejer vínculos de escala internacional y su saber hacer en materia de convertir espacios de organización en fábricas de inclusividad.


Más allá del capitalismo, más acá de la vida

“La palabra ʻvidaʼ ha sido víctima del uso abusivo de grupos religiosos y antiabortistas. Tenemos que reapropiarnos de ella”, escribe la feminista italiana Alisa del Re. Al poner en el centro la vida, el movimiento feminista impugna el pensamiento económico hegemónico que es, por el contrario, una suerte de tanatoeconomía. Un sistema económico que mata. Mata porque es una máquina de depredación de los recursos de todos y todas en provecho del enriquecimiento de unos pocos. Mata porque sigue entendiendo la palabra progreso únicamente en términos de avances científicos, mientras hace oídos sordos a la destrucción del medio ambiente, la explotación de las personas y la injusta distribución de la riqueza a escala global. Todas y todos sabemos hoy que el neoliberalismo no solo no garantiza el bien común, sino que ni siquiera aspira a ello; que es una fábrica de miseria, de explotación, de guerra, de esclavitud y de muerte. No solo para las vidas humanas, sino para el ecosistema que las hace posibles.

El movimiento feminista y las mujeres son el agente más activo en las luchas por la tierra, la soberanía alimentaria, la vivienda

Y es el movimiento feminista y, en general, las mujeres, el agente más activo en las luchas por la tierra, por la soberanía alimentaria, por la vivienda. El movimiento feminista ha elegido poner en el centro la reproducción y por eso es el mejor armado para organizarse sumando desde las condiciones materiales de expropiación compartidas. Su propósito: darles la vuelta, urdiendo y sosteniendo tramas comunitarias, creando y recreando prácticas cotidianas de apoyo mutuo.


Destejiendo fronteras, retejiendo un nuevo internacionalismo

Frente a las injusticias generadas por la globalización, el desierto imaginativo de las fuerzas políticas de horizontes únicamente estatistas (ya sean de izquierdas o de derechas) tiende a producir falsos oasis de salvación: recreaciones de mitos identitarios de los pueblos, espejismos de revoluciones en un solo país, autoengaños disfrazados de autarquías redentoras. Y mientras las pulsiones del miedo, retrógradas y nostálgicas, buscan resucitar viejos fantasmas, el movimiento feminista continua empecinado en crear y fortalecer vínculos transfronterizos. Así, desde el #NiUnaMenos lanzado por las argentinas en el 2015, las movilizaciones del 8 de Marzo tratan de organizarse en sintonía internacional tanto de lemas como de formatos. En el 2017 se convocó a un paro internacional de mujeres. En el 2018 se llevó a cabo la primera huelga global feminista a la que se adhirieron más de 170 países. Durante el próximo 8M del 2019 trataremos de redoblar el envite con una nueva huelga capaz de incorporar más países, más voces, nuevas complicidades.

El viejo internacionalismo obrero se está recreando en un nuevo internacionalismo feminista que antepone la cooperación y el afecto político a los estériles egoísmos nacionales

Gracias a su posibilidad de demoler las fronteras entre Estados pero también de difuminar los muros entre el espacio público y el privado, a través de nuestro nuevo “cuarto propio conectado” que dice la escritora feminista Remedios Zafra, el mundo virtual y las redes sociales producen, de forma cotidiana y asombrosa, contagios y traducciones internacionales de campañas, problemas, discursos o acciones originadas en territorios concretos. Pensemos en el ejemplo del #MeToo, que en España se declinó rápidamente en #Cuéntalo, o en la velocidad vertiginosa con la que se extendieron las protestas contra la sentencia a los violadores en el conocido como juicio de la manada. En este sentido cabría decir que el viejo internacionalismo obrero se está recreando en un nuevo internacionalismo feminista que antepone la cooperación y el afecto político a los estériles egoísmos nacionales. Como cabe leer en el argumentario elaborado por la Comisión 8M de Madrid: “frente al nosotros primero, el nosotrxs juntxs”.


Desmontando alteridades, componiendo desde la diversidad

“Las construcciones mentales generalmente provienen de algún modelo de la realidad y son una ordenación nueva de las experiencias pasadas. Esta experiencia, al alcance de los hombres antes de la invención de la esclavitud, era la subordinación de las mujeres de su propio grupo. La opresión de las mujeres antecede a la esclavitud y la hace posible”: la antropóloga feminista Gerda Lerner vincula así en su obra “La creación del patriarcado”, el origen de la esclavitud (y con ella, de la creación de un “otro” racial justificador de relaciones de explotación entre pueblos) a la preexistencia de un ejemplo de diferencia (la asimetría sexual) usada como justificación de una relación de dominio (el patriarcado).

La exigencia cada vez más hegemónica, transversal, intergeneracional e internacional de romper con la relación de dominio de los hombres sobre las mujeres, esto es, el proyecto político de los feminismos, apuntaría por lo tanto a la deconstrucción de la relación de subordinación primigenia y modelo de todas las demás. A la destrucción del patriarcado. Como la historia al revés, si sobre una relación de dominio se fueron edificando, por imitación, todas las demás, la empresa política feminista de romper con ella permitiría ir demoliendo, en consecuencia, todos los demás constructos sociales de explotación y de opresión, y principalmente, la raza. El feminismo antirracista tiene en su punto de mira dos alteridades, la de género y la de raza, que son tan funcionales a la creación y recreación de las relaciones de explotación capitalistas (desde la división sexual del trabajo a las leyes de extranjería) que resulta harto difícil imaginar cómo el capitalismo podría sobrevivir a su destrucción.

Ahora bien, la lucha contra el patriarcado es una batalla que se despliega en el campo de las condiciones de vida. En un terreno fundamentalmente material y no psicológico, ni educativo, ni moral (aunque todo suma). Se trata, en definitiva, de terminar con la división sexual del trabajo. Esta es, a mi juicio, nuestra tarea principal. La tarea de una revolución que pretende cambiarlo todo pero pasito a pasito de reformas puestas a prueba cada día. Una revolución que ya no sueña con tomar Bastillas o Palacios de invierno, sino con producir y reproducir infatigablemente los vínculos sociales y las alianzas que nos permitan defender cada día los recursos necesarios para nuestras vidas (desde el agua al espacio público, desde la salud a la cultura, desde la vivienda hasta las capacidades y libertades productivas y reproductivas) de las garras implacables del capitalismo actual.

Por eso cuando gritamos apasionadamente “La revolución será feminista o no será”, no nos referimos a una revolución de mujeres y para mujeres, sino a un proyecto de transformación propuesto desde los feminismos para toda sociedad, para toda la humanidad. Por eso sí, el feminismo podría ser, si no la tumba del fascismo, sí al menos un potente freno frente al avance de las ultraderechas, como bien han visibilizado las protestas feministas contra Trump, Bolsonaro o la llegada de Vox al parlamento andaluz en España. ¡Juntxs sí podemos!

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