Iraq acude a las urnas con la esperanza de empezar de nuevo

Todo el Estado iraquí está citado hoy sábado a unas elecciones parlamentarias marcadas por la fragmentación, la reducción de las fuerzas del Estados Islámico y la frustración de la independencia kurda. 


Haider al-Abadi
Haider al-Abadi. Foto: CSIS

@mespanolescofet

Erbil (Iraq)

publicado
2018-05-12 10:52:00

Desde la ciudad de Ramadi hasta Mosul, antaño controladas por el Estado Islámico (EI), y desde Erbil hasta Duhok, donde el ‘sí’ arrasó en el referéndum kurdo de independencia celebrado en 2017. Todo el Estado iraquí está citado hoy sábado a las urnas en unas nuevas elecciones parlamentarias que hace bien poco hubiesen sido difíciles de imaginar.

En total, 329 miembros serán escogidos para actualizar el hemiciclo iraquí y, con él, constituir un nuevo gobierno y apuntalar al nuevo primer ministro, la figura fuerte del Estado. Una regeneración institucional que brinda a los iraquíes una oportunidad para recomponerse e intentar corregir sus fallas estructurales.

¿Intra o postsectarismo?

Lejos de la unidad que caracterizó en el pasado la estrategia electoral de los bloques chií y kurdo, grandes beneficiados del orden político instaurado en Iraq tras la caída en 2003 de Saddam Hussein, estos comicios presentan una escena marcada por la fragmentación.

En el caso de los chiíes, las listas destacadas son cuatro, un hecho que refleja más sus luchas de poder internas que no unas discrepancias ideológicas con poco peso en Iraq.

De entre ellas, la coalición Nasr (“Victoria”) del actual primer ministro, Haider al-Abadi, es la que cuenta con mayores opciones de convertirse en la lista más votada, gracias al crédito de que dispone por haber derrotado al Estado Islámico y por la mano dura exhibida contra los kurdos después de que el ‘sí’ arrasara en el referéndum de independencia que celebraron en septiembre de 2017.

Uno de los factores que determinará la suerte de Al-Abadi es el número de diputados que consiga asegurarse en la circunscripción de Bagdad, su principal bastión, así como entre la comunidad suní, que parece dispuesta a premiarle —de acuerdo con algunas encuestas— por su victoria sobre el Estado Islámico y su postura más inclusiva en comparación con la de su predecesor, Nuri al-Maliki.

Quien también intentará exprimir los réditos del fervor nacionalista es Hadi al-Ameri, líder de una de las milicias más poderosas de Iraq, la organización Badr. En este caso, Al-Ameri se sitúa al frente de la coalición Fatih (“Conquista”), que representa a las Fuerzas de Movilización Popular (PMU), un paraguas de numerosas milicias —principalmente chiíes— fundada en 2014 para hacer frente al Estado Islámico y que ahora se ha establecido también como movimiento político.

Alejándose aún un poco más de la imagen sectaria que se forjó durante la lucha contra la invasión norteamericana en 2003, el clérigo Muqtada al-Sadr ha unido su suerte a la de Partido Comunista en una coalición que busca capitalizar el voto nacionalista antisistema.

Otra vieja cara de la política iraquí que tampoco faltará a la cita electoral es la del ex primer ministro entre 2006 y 2014 Nuri al-Maliki, que vuelve a repetir como cabeza de lista de la coalición Estado de Derecho. En su caso, sin embargo, pocos dudan de que su intención real no pasa por recuperar su antiguo cargo, sino por evitar que Al-Abadi, su sucesor, obtenga un mandato claro que le permita perseguir a quienes se han lucrado de la enorme corrupción que mina Iraq, algo que pasaría factura a Al-Maliki y a su entorno.

“Después de haber estado más de una década en el poder ha habido oportunidades para que las divisiones políticas [entre los chiíes] emerjan”, explica el investigador en historia moderna de Iraq Ibrahim Marashi. “Una vez en el poder han tenido acceso a recursos financieros, han empezado a disputarse ministerios y se han producido fracturas que no se pueden reconciliar”, detalla.

El bloque suní, por su parte, también se ha demostrado incapaz de articular una alternativa conjunta que le proporcione una voz sólida contra la hegemonía chií, una situación que ha consolidado la vuelta a lógicas más regionalistas o directamente locales. Así es que, más allá de las coaliciones nacionales Mutahidoon (“Unidos”) y al-Watania (“Nacional”), la presencia árabe suní en los comicios está marcada por alianzas de carácter provincial.

La situación kurda

En el Kurdistán iraquí, por último, los meses previos a los comicios se han visto marcados por un referéndum de independencia cuyos apabullantes resultados a favor del ‘sí’ no solo no se pudieron traducir en la constitución de un Estado propio, sino que, además, recibieron una contundente respuesta política, económica y miliar por parte de Bagdad.

Fruto de la anterior situación y de las protestas que desde hace tiempo sacuden la zona autónoma kurda denunciando la corrupción de las autoridades y su incapacidad para mejorar la economía, se han formado dos grandes bloques: por un lado, los históricos Partido Democrático del Kurdistán (PDK) y Unión Patriótica del Kurdistán (PUK), a quienes se achaca la responsabilidad de los anteriores problemas; y por otro, los partidos de nuevo cuño o aquellos en la oposición como Gorran (“Cambio”), la Unión Islámica Komal o el Partido de la Democracia y la Justicia (CJP).

Para la investigadora en el Middle East Institute Randa Slim, este proceso de atomización de los grandes grupos étnico-religiosos brinda a Iraq una buena oportunidad para superar su lógica sectaria y trazar alianzas transversales. “[Toda esta división] es una buena señal porque obligará a formar coaliciones de gobierno que superen líneas sectarias y forzará a apelar y a funcionar en plataformas nacionalistas”, augura a El Salto.

Otros, en cambio, ven en esta fragmentación una profundización de los problemas sectarios que invaden Iraq y sus peores consecuencias. “[Se volverán a] otorgar posiciones en el Ejecutivo basándose en el partido de cada político y respondiendo a la ecuación de que determinadas posiciones deben ir a un partido concreto solo porque ha ganado tantos votos”, señala Marashi.

Empezar desde la base

De la aritmética parlamentaria y las posibles coaliciones postelectorales que esta permita dependerá en buena medida la capacidad del próximo gobierno para hacer frente a los problemas sistémicos que afectan a Iraq desde la llegada del orden post Saddam Hussein.

El primero de ellos es la rampante corrupción que el régimen sectario iraquí ha facilitado, y que según Transparencia Internacional (TI) le vale a Bagdad el triste honor de ocupar la posición 169 de un total de 180 en el índice de los países más corruptos del planeta.

“Luchar contra la corrupción significa tener que luchar contra algunos de los grandes intereses políticos de otros partidos”, precisa Slim, que añade: “[El nuevo Ejecutivo] deberá depurar el entorno de Al-Sadr, algunos suníes, parte del Dawa [partido del que proceden tanto el primer ministro Al-Abadi como su predecesor Al-Maliki], y fuertes intereses económicos entre los chiíes”. “Todo esto requiere de decisiones valientes”, advierte.

Como consecuencia de esta galopante corrupción estallaron en 2015 protestas en el sur de Iraq que rápidamente se extendieron por todo el territorio nacional, y que señalaron otro de los grandes retos de la futura Administración. En este sentido, los manifestantes denunciaban también la precariedad de servicios públicos como la sanidad y las infraestructuras, y una atrofiada economía incapaz de ofrecer alternativas al 40% de iraquíes que viven bajo el umbral de pobreza o a la creciente tropa de jóvenes sin empleo.

Todos los factores anteriores, agudizados en las zonas donde se concentran las marginadas y humilladas comunidades suníes, han creado con el tiempo el caldo de cultivo perfecto para que grupos como el Estado Islámico puedan arraigar con fuerza.

“Como hemos visto en la historia reciente de Iraq, derrotar solo militarmente a un grupo como el Estado Islámico no es suficiente”, recuerda a El Salto el investigador en el Chatham House Renad Mansour, quien alerta: “Ciertamente, el reto de la próxima Administración va a ser cómo abordar las raíces del EI, y por lo tanto, no solo acabar con ellos, sino [también] con lo que permitiría a grupos como ese volver a emerger de nuevo”.

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