Opinión
Una fábula del 15M

Cuando la joven abuela del 15M termina de contarme el cuento pienso para cuándo otra de estas, chavales.

La revolución será feminista o no será. 15M en Sol
Gabriela Wiener
18 nov 2017 06:00

Hay como una extraña veteranía en aquellos que militaron en las gestas del presente. Tienen algo de supervivientes y de prejubilados involuntarios. Lo que más me flipa es que apenas tocan los 30 y ya podrían morirse en paz. Con la seguridad, además, de haber brindado un servicio a la sociedad.

Es decir, todo el mundo coincide en que fue el acontecimiento político más importante después de la Transición en España o lo mejor que le pasó a la democracia de después de Franco. Conocer a alguno de estos excombatientes es como tener un papá que se paseó en pelotas con una pancarta en mayo del 68 o un colega que estuvo el día en que se tumbaron el Muro de Berlín. Haber sido parte de la construcción de un hito contemporáneo te hace un poco veterano, pero no viejo. Eso sí, todo es más extraño cuando el hito histórico ocurrió hace apenas cinco años. Y que estalló en la plaza del pueblo que atraviesas cada semana para comprar la lotería.

Cuando hablas con los veteranos de #AcampadaSol te das cuenta de que es lo mejor que les ha pasado en la vida. Y te parece lógico.

Invadida por la nostalgia de lo que no viví, a menudo me siento metafóricamente en sus rodillas y le pido que me cuente el 15M como si yo fuera su nietecilla un poco envejecida pero que aún no ha vivido nada, que está lista para ver a través de sus ojos y proyectarse al futuro. No sé si se lo pido porque en esos momentos sus ojos brillan más que nunca o por otra cosa. Y le ruego que veamos por enésima vez el documental de la acampada que hizo el calvo del streaming o el otro que empieza con una música bonita. Entonces suelta el cuento y yo siento otra vez como si estuviera ahí, como si lo viviera de verdad.

Gracias a que le he pedido decenas de veces que me cuente la historia de cómo esos chavales cambiaron España, reconozco en la imagen a la niña anarquista de diez años que se paseaba por las carpas hablando como si estuviera poseída por el espíritu de Buenaventura Durruti; o al viejito del 15M o a la Solfónica. Este era el de Juventud sin futuro. Esta de Democracia Real Ya. Aquel quiso monopolizar el movimiento. Aquella es ahora diputada de Podemos. Por ahí va Álvaro de Pensamiento. Por allí los yayoflautas.

Y me busca en Google un mapa de la plaza y me enseña dónde estaba cada cosa. Como cuando pasamos por Sol y señala: Aquí dormíamos. Aquí despertamos.

Y recuerda para mí a la gente de la Comisión de Amor y Espiritualidad, que se pasaba el día haciendo rituales y yoga. O los de la de Respeto, que andaban con sus aspersores cuando hacía demasiado calor o los de la Comisión de Psicología, que te terapeaban si querías. La carpa de feministas, que denunciaron acoso y tocamientos, paternalismo y desautorización, y se ganaron enemistades masculinas dentro de la acampada. Y esa Comisión Política, dividida en la de política a largo plazo —donde estaban los anarquistas ilustrados— y la de corto plazo, los refor, de donde puede que saliera Podemos. Los de Coordinación Interna, la inteligencia de la plaza, los que lo sabían todo y por eso los más oscuros. Y ni que decir de la Comisión de Extensión Internacional, que un día venía con la noticia de que un tipo había acampado solo en Asturias y leían su mensaje: “Estoy solo pero resistiendo, compañeros”, y la plaza se venía arriba. Hasta los saharauis tenían su lugar en la acampada. Reímos con la Comisión de comisiones y todas las maneras en que el perro se mordía la cola. Como en la Comisión de propuestas, de la que fue parte, y que consistía en pasar con unas cajitas de cartón por todas las carpas como por la carta de los reyes magos y llevárselas llenas de papelitos, para informatizar los deseos de miles de frikis.

Y me cuenta descojonándose que había huertos en las fuentes sembradas por los verdes. Y que donde está el caballo de Carlos V estaba instalado el equipo de sonido, que en lo más álgido del movimiento emitía por las mañanas saludos animosos y alegres como de campamento de scouts. O del inolvidable speaker corner, siempre multitudinario, que arrancaba aplausos y lágrimas a todos cuando se subía al estrado algún señor o señora a decir que estos jóvenes estaban haciendo lo que ellos debieron hacer 40 años atrás y que les estaban devolviendo las ganas de vivir.

Y se extiende en cómo desvariaban por la falta de sueño. Y en el mesianismo que les embargaba pensando en que había salido el sol en la Puerta del sol, que según el callejero tenía encima forma de sol naciente, lo que quería decir que eran los elegidos. Y cómo creían que el capitalismo iba a caer mañana.

Y una de mis anécdotas favoritas, cuando en mitad del grito mudo —esa performance diaria y colectiva de levantar las manos en silencio— un punki gritó: “Así los quiere el sistema, calladitos”.

Y lo que más me gusta es poner pausa porque he creído verle en medio de la masa. Me encanta el ejercicio de encontrarle en los documentales y gritar: “Ahí, ahí estás”, y correr hacia ese lugar como cuando Forrest Gump encuentra a Jenny en la manifestación pacifista del parque del Obelisco de Washington; reconocer a todos los demás, aunque sus caras se vean tan distintas ahora; y poner pausa y retroceder mil veces ese momento. E imaginarle en 2011 despertando por la mañana al aire libre ante ese anuncio de Paz Vega para Loreal sobre el que se fue colgando una pancarta tras otra, como la de Himmler con orejas de Mickey Mouse y la frase “No nos representan”. Cómo no pensar que se iba a acabar el capitalismo, me dice. Y yo, claro, cómo no pensarlo.

Y en esos instantes qué poco me importa lo mucho que el 15M cambió España o todo lo que reconfiguró el mapa político. Ya ni pienso en si es más importante vivir en estado revolucionario o hacer la revolución. O si es verdad que las cosas no cambian, que cambiamos nosotros. Solo puedo seguir soñando con los días en que un nuevo mundo cabía en una plaza, en todas las fiestas del mañana. Cuando la joven abuela del 15M termina de contarme el cuento pienso para cuándo otra de estas, chavales.

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2 Comentarios
#5734 15:16 31/12/2017

En los mundos de Yupies de las revoluciones de colores financiadas desde la OTAN nos a tocado el color morado.

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Vidioatreyu 13:20 19/11/2017

Gracias, muy bueno.
Haciendo un análisis punto por punto, muchos de los puntos que se reivindicaban en 15M, y que antes del movimiento no estaban encima de la mesa, ahora son incuestionables. Para eso sí ha servido. Pero nos demuestran estos últimos años que hemos elegido lo malo conocido. Tengo la sospecha de que a la ranciedad de este país se le está pasando la vergüenza con los últimos acontecimientos, que la derecha está viviendo su propio 15M en estos momentos... su nuevo 20N, que es mañana mismo. Tiene mala pinta, llámame pesimista.

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