Opinión
Río, cidade maravilhosa

Los quince años que habité esta ciudad me enseñaron que sí era “maravilhosa”. Lo era a condición de pertenecer a la casta del poder económico o a alguno de los estamentos de “clase media”. Hoy, siguen existiendo al menos dos Río: el de los elegidos y el de todos los demás.

Rocinha favela, Rio de Janeiro, Brazil, 2010
La favela Rocinha, en Rio de Janeiro, Brasil. Wikimedia Commons

publicado
2019-09-15 06:30

Río siempre me pareció un espacio urbano en equilibrio precario, al borde de la inviabilidad social. Los voceros mediáticos, quién sabe producto de la euforia desarrollista de los 50, insistían machaconamente en el mantra “cidade maravilhosa”. Quizá el paisaje deslumbrante y la potencia cultural de su gente podrían autorizar el calificativo que —a todas luces— su estructura social desmentiría.

Hace ya veinte años que no vivo allí, pero los quince que la habité me enseñaron que sí era “maravilhosa”, a condición de pertenecer a la casta del poder económico o a alguno de los estamentos de “clase media” —capas medias, con rigor sociológico—, ambos beneficiarios de rentas devenidas de un modelo brutalmente desigual. Y de aceptar como natural que buena parte delos de abajo —notoria mayoría social— tuviera que vivir con 60 dólares al mes, el salario mínimo en los 90; producto de las reformas petistas, hoy está cercano a los 250. En un país donde el coste de vida no es más bajo que en España; diría incluso que, para pertenecer a la clase media es más alto, dadas las insuficientes coberturas sociales y la privatización de los servicios; educativos y sanitarios entre otros.

Para soportar la iniquidad era menester encerrarse en un caparazón que inhibiera la pregunta “¿cómo y de qué viven”? A menos que se hubiera ido tan lejos como para adoptar los lemas a que apelaban algunos beneficiarios de esa infernal alquimia social: “Están acostumbrados, ellos saben cómo buscarse la vida”. Hoy todo está peor, el deterioro urbanístico y social se ha disparado exponencialmente. Y la ciudad no lo oculta.

El infaltable cuartito de empleada interna en el departamento donde nos hospedamos es un fiel retrato de un país que desde la colonia sigue empeñado en disimular la matriz esclavista

El departamento donde nos hospedamos, de 70m2 en Santa Teresa —barrio popular de clase media— tiene el infaltable cuartito de empleada interna, con su correspondiente baño. Este detalle es fiel retrato de un país que desde la colonia sigue empeñado en disimularla matriz esclavista que vertebra el poder, las relaciones sociales y la distribución de la riqueza. Lo explica Jessé Souza en su imprescindible A elite do atraso (Estação Brasil). Desde ese piso se escuchan los tiros y granadas de los dispositivos que —con angustiante frecuencia— el gobernador Wilson Witzel ordena desplegar sobre las favelas de Fallet y Morro dos Prazeres; forma parte de la guerra contra los pobres y del proceso de militarización emprendidos por el gobierno Bolsonaro, bajo el argumento de la lucha contra la delincuencia y el narcotráfico.

Nos movemos por la ciudad utilizando el transporte público. Los autobuses continúan siendo ensordecedores sonajeros que imposibilitan cualquier conversación. Y mantienen su vocación de “auto de choque” de parque de atracciones, un reto a la ley de la gravedad; puede que, en un frenazo, acabes estrellado en el molinete de entrada o en alguna parte de la profusión de tubos y enrejados que, vaya a saber porqué, forman parte de su estructura interna.

Así, confirmamos que siguen existiendo —al menos— dos Río de Janeiro: el de los elegidos y el de todos los demás. El primero se extiende por la Zona Sur, el área rica de la ciudad y cubre buena parte de la orla marítima atlántica: Leme, Copacabana, Ipanema, Leblon. Se la reparten vecinos y turistas que con desenfado disfrutan de la brisa marina, el fútbol y otros deportes de arena e, incluso a pesar del invierno, de algún baño de mar. Allí, el “Río de todos los demás” se deja ver en el enjambre de vendedores y carritos que hormiguean por la arena y en las calzadas, ofreciendo a viva voz caipirinha, cerveza, agua de coco, gafas de sol, garrapiñadas…

Este ecosistema que venden las agencias de viaje no consigue escamotear la parte del retrato que no sale en la foto: morros que destacan por detrás de los grandes edificios de lujo, con abigarradas viviendas precarias, gigantescas caries en el tejido urbano. La percepción se refuerza cuando algún episódico invisible social –siempre negro o mulato- se aproxima a pedirte limosna o si, en improvisado grupo, territorializa algún pequeño espacio de ese paraíso de indiferente hedonismo. También lo delatan el rigor de la mirada y tratamiento policial a los invisibles que se empeñen en circular por esas áreas, propias de la gente bien.

A este universo próspero habría que sumar algunos barrios aledaños: Lagõa, JardimBotânico, Gâvea, tan o más chiques (distinguidos) que aquellos, aunque sin la atmósfera festiva que confiere el litoral marítimo. Finalmente, la línea demarcatoria indicativa de una inserción social privilegiada, incluiría —en una segunda categoría— Cosme Velho, Laranjeiras, Botafogo y –al menos en parte- Flamengo.

A partir de Gloria y Catete empieza a modularse una especie de apartheid socioterritorial. Se inicia allí otra ciudad, la más —quién sabe la única— verdadera, dionisíaca, donde el pulso vital coloca en pie de igualdad la exclusión social y la alegre potencia de muchos que viven un cotidiano del que parecen no esperar nada, como si fuese el último de su existencia.

Brasil
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Lapa, Santa Teresa, el Centro, Rio Comprido, Catumbí, Tijuca y los corredores viarios que van hacia las periferias que conforman la Zona Norte, se integran —con matices propios— en una ciudad donde la miseria, la marginalidad social y la degradación urbanística son nota destacada. En improvisados puestitos callejeros se vende comida, artículos de limpieza y antipolillas, trapos de cocina, ropa usada, pequeñas lámparas y radios, electrónica china, cargadores y fundas de móviles. Mujeres jóvenes (casi siempre negras o mulatas), con mirada fugaz te entregarán en mano una tarjeta —incluye fotografía— ofreciendo sexo a cambio de 30 a 50 reais (de 7 a 11 euros). Son los habitantes de un vasto espacio, infinitamente mayor en extensión y densidad que el “Río de los elegidos”.

En el centro, muchos negocios han cerrado; entre ellos el inefable Bar Luiz, con 132 años de antigüedad. En esa área, una vez finalizado el horario de trabajo te abordarán auténticos zombies, destituidos de cualquier dignidad humana; a veces cuesta entenderlos —salvo por el gesto implorante— que claman por una moneda o un plato de comida. Por la noche son los únicos que ocupan ese pedazo de ciudad. Los ves, debajo de soportales y marquesinas, acostados sobre cartones, exangües, cubiertos con mantas de color indescifrable; viven y duermen en la calle. Son sombras, nada más.

El alcalde, el pastor evangélico Marcelo Crivella, parece más preocupado en fidelizar a sus acólitos que en reorientar un proyecto socialmente inclusivo

Al comentar a nuestros amigos que estamos recorriendo a pie el Río “de verdad”, más de uno manifiesta sus reservas y advierte sobre el peligro de ser asaltados, más que por alguno de los desesperados que por allí deambulan, por ladrones profesionales montados en moto o automóvil que, según relatos, suelen detenerse munidos de arma blanca —a veces de fuego— para robarte velozmente el dinero, la tarjeta de crédito y el móvil. Nunca sabremos hasta dónde, en términos estadísticos, esas prevenciones están justificadas o son el efecto amplificador de un horror social que ofende y, al mismo tiempo, amenaza. Sí está claro el abandono que la ciudad padece. Algunas amigas y amigos que pueden planteárselo fantasean con marcharse, al exterior, o a algún rincón del país donde la vida sea más amable. Su alcalde, el pastor evangélico Marcelo Crivella parece más preocupado en fidelizar a sus acólitos que en reorientar un proyecto socialmente inclusivo y económicamente viable.

Hay que reconocer que esta cartografía omite unas cuantas potencias que la ciudad también rezuma. Ferias, espacios culturales, bares, rodas de choro y de samba, expresión y catarsis de esa irreductible impronta carioca que, pese a todo, no renuncia a la alegría como gesto de resistencia y afirmación vital. Punto de destaque, el samba enredo de Mangueira escola triunfante en el Carnaval 2019. Cuestiona la colonización —“tuvo más de invasión que de descubrimiento”—, reafirma la esencia cultural africana y convoca a la lucha, recuperando la figura de Marielle Franco —diputada del PSOL— asesinada por las milicia junto a íconos de la tradición afrobrasileña. Toda una declaración de intenciones. 

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3 Comentarios
Isabel Requejo 9:49 19/9/2019

Un retrato veraz. Doloroso. Angustiante en muchos sentidos.
Hermosamente escrito. Lo he de difundir. Muchas Gracias por tu mirada objetiva y tan sensible.

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Alo 12:57 18/9/2019

"Nunca sabremos hasta dónde, en términos estadísticos, esas prevenciones están justificadas o son el efecto amplificador de un horror social que ofende y, al mismo tiempo, amenaza."

Muy cierto! Siempre que viajas a Latinoamérica la misma cantinela con la seguridad. No dejan de ser advertencias sensatas pero ¿hasta qué punto es paranoia social?

Yo he sacado el móvil en la calle en Río y no me han ametrallado una panda violenta de negros peligrosos.
También he montado en el metro de Buenos Aires con más de 200 pesos en la cartera y no me han sacado una navaja.

¿soy un superviviente?

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Alo 12:59 18/9/2019

En el fondo, y sin darnos cuenta, le estamos poniendo la mesa a la extrema derecha...

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