Opinión
Orgullosos de vivir en la mierda
Hace tantos años que parece la vida de otro, yo me dedicaba a seguir los conciertos de Burning por pequeños pueblos de España que costaba encontrar en el mapa de carreteras. Llegábamos horas antes con nuestros atavíos rockeros: chupas negras, cintos de tachuelas, botas de piel de serpiente bajo el sol de la meseta, y nos acodábamos en el bar del pueblo despertando la curiosidad del paisanaje.
—¿Habéis venido hasta nuestro pueblo para ver a ese grupo?
—Sí.
—¡Jefe, ponles un cubata a estos que vienen desde Galicia!
A veces la hospitalidad se desmadraba, las bebidas se amontonaban y la cosa acababa regular para nosotros. Mi hermano, hoy más ornitólogo aficionado que ave nocturna, sigue dejándose caer por lugares igual de remotos, aunque ahora lo haga para buscar un elanio azul. Y la conversación vuelve a repetirse.
—¿Pero a qué vienes aquí? Si aquí no hay nada.
En esto pensaba mientras leía a Emmanuel Carrère. En Una novela rusa (Anagrama, 2008), Carrère viaja a Kotelnich para rodar un documental. Kotelnich es, a juicio tanto del escritor como de sus propios habitantes, “un pueblo de mierda”: desolado, inhóspito, un lugar donde “no se puede vivir, pero se vive” y en el que no parece haber nada digno de ser contado, salvo esa misma desolación. El equipo recoge poco más que conversaciones de borrachos que Carrère apenas entiende, contentándose con asentir y decir “da” y, durante horas, se aposta en las vías para filmar el paso de trenes que nunca se detienen. En una ocasión, una mujer le pregunta con enfado por qué quiere filmarlos. ¿Qué hace allí? ¿pretende reírse de ellos? ¿por qué quiere mostrar al mundo sus vidas de mierda? Corrían los años 2000 a 2002, los mismos en los que yo recorría carreteras secundarias para escuchar, por enésima vez, “Qué hace una chica como tú en un sitio como este”.
Veinte años después, tras la invasión de Ucrania, Carrère narra en Koljós (Anagrama, 2026) su regreso a Rusia donde percibe un cambio profundo. Y aquella vida precaria que en la novela anterior aparecía teñida de vergüenza y humillación ya no se presenta del mismo modo. La miseria material sigue ahí, pero ha dejado de ser motivo de bochorno para convertirse, en cierto modo, en un signo de identidad. El nacionalismo de Putin no ha mejorado las condiciones de vida de esos lugares, pero sí ha ofrecido un relato capaz de convertir la penuria en orgullo. Años antes, Europa y su bienestar eran un ideal aspiracional, un horizonte, pero Carrère cree que han dejado de querer ser como nosotros. La jerarquía moral se ha invertido y lo que era motivo de oprobio se reivindica. Porque ellos son duros, resistentes, acostumbrados a sobrevivir donde nosotros, los blandos, los débiles, los decadentes, no podríamos. Viven en la mierda, sí, pero no todo el mundo sería capaz de vivir en la mierda.
Estoy seguro de que la intuición de Carrère se refleja en otros lugares del mundo y ayuda a entender cómo se construyen determinadas formas de resentimiento político: cómo aquello que antaño se consideraba un estigma puede resignificarse, darse la vuelta y convertirse en fuente de autoestima.
La socióloga de Berkeley Arlie Russell Hochschild (Extraños en su propia tierra, Capitán Swing, 2018) dedicó cinco años a conversar con personas militantes del Tea Party en Luisiana. Se trata de uno de los estados más depauperados y devastados ecológicamente de todo Estados Unidos. Sin embargo, sus habitantes, que padecían de forma especialmente grave la contaminación, eran al mismo tiempo quienes con más fuerza se oponían a los controles sobre las empresas a las que señalaban como responsables de sus males. Algunos habían sufrido pérdidas catastróficas y aun así seguían abominando de las agencias de protección ambiental. Hochschild quería saber por qué.
La misma pregunta trata de resolver Didier Eribon en Regreso a Reims (Taurus, 2024), al interrogarse sobre cómo era posible que quienes habían construido su identidad en torno a una fiel militancia comunista hubiesen virado hacia el Frente Nacional. Incluso personas de su familia.
Eribon, Hochschild, Carrère y tantos otros se hacían la misma pregunta que atormenta a una izquierda cada vez más desconcertada ante aquellos a quienes supuestamente creía representar. ¿Por qué votan contra sus intereses?
En todos los casos encontramos temas que se repiten: unos valores morales dominantes que se sienten como impuestos; un sentimiento de falta de reconocimiento, de invisibilidad; y la sensación de que las promesas no se han cumplido. Eribon especula con que el discurso de la izquierda se ha intelectualizado deslizándose hacia cuestiones relacionadas con la autonomía individual o la identidad desapareciendo los conceptos de clase y explotación. El resultado es que donde antes era “nosotros, los trabajadores”, ahora es “nosotros, los franceses”. Y donde antes el conflicto se establecía entre arriba y abajo, ahora lo hace entre adentro y afuera.
Por su parte, Hochschild cuenta cómo esas personas, buenos vecinos, gente hospitalaria, solidaria a su modo, con la que llega incluso a hacer amistad, habían aceptado la pérdida de sus hogares, la enfermedad, el cáncer, como precio para llegar a la vida mejor que prometía el sueño americano. Desde el principio sabían y aceptaban que tenían que guardar cola hasta la llegada de ese sueño, pero ahora sentían que este no solo no se cumplía, sino que ellos retrocedían mientras otros —negros, mujeres, inmigrantes— se les colaban.
Los rednecks, los rusos en sus pueblos inhóspitos, los franceses que vieron cómo sus barrios obreros no solo no mejoraban, sino que se volvían irreconocibles, no son muy diferentes de todas esas personas que en España también “votan contra sus propios intereses”
Los rednecks, los rusos en sus pueblos inhóspitos, los franceses que vieron cómo sus barrios obreros no solo no mejoraban, sino que se volvían irreconocibles, no son muy diferentes de todas esas personas que en España también “votan contra sus propios intereses”. Pero cuando nos preguntamos, extrañados, por qué votan así, expresamos un menosprecio implícito que no hace sino aumentar la distancia.
La pregunta coloca a los demás como unos “otros”, tan estúpidos o manipulables que ni siquiera conocen las causas de su precariedad que, por supuesto, nosotros sí conocemos. Se hace evidente que existe un “ellos” y un “nosotros” que ya no hablan el mismo lenguaje. No es extraño que, como afirma Eribon, la gente dejase de ver a los dirigentes de la izquierda como “unos de los nuestros” para considerarlos ajenos, componentes de una distante élite intelectual.
Mis vecinos son cazadores, agricultores y ganaderos y no votan contra sus propios intereses. El jabalí daña los cultivos de maíz con los que alimentan el ganado. Creen que hay demasiados y la Xunta autoriza a que se pueda cazar todo el año. Mis intereses son otros: yo quiero pasear y que mis niños jueguen sin que se arriesguen a que les peguen un tiro. El purín que producen sus explotaciones ganaderas lo vierten en sus campos, en lo que algunos llaman “economía circular”. Pero esa economía circular contamina las aguas subterráneas y hace que el río reciba nitratos en exceso y que las bacterias de E. coli lo inhabiliten para el baño. Además del olor, que se expande cientos de metros, los días de vertidos proliferan las moscas en un número tal que impide estar al aire libre. Podrían esparcirlo de otro modo menos problemático, mas no se les exige. La UE trató de reducir el uso de herbicidas y pesticidas, pero la rebelión de los agricultores logró aplazarlo. Ellos consideran que estas normas complican una actividad que ya es de por sí difícil en un hábitat rural que se despuebla y se abandona. Ante estos intereses contrapuestos, ¿a quién votan? A quien mejor defiende los suyos: a quien, como mal menor, deja las cosas como están.
Desde la izquierda tendemos a pensar que lo que más importa son los intereses materiales. Pero los intereses no se reducen a las condiciones materiales, también tienen que ver con la identidad. La caza, las fiestas tradicionales, el universo taurino, los usos del campo son elementos identitarios que pueden ser percibidos, con razón, como amenazados por los valores de la modernidad. No es de extrañar que puedan adquirir un sentido de refugio defensivo. Yo puedo compartir condiciones económicas similares a las de mis vecinos, pero nuestras identidades, urbana y rural, están muy alejadas, y esa distancia se expresa nítidamente en el día a día. Sin embargo, también hacen otras cosas: colaboran y se autoorganizan para las celebraciones y te regalan patatas, huevos y sandías. O te ayudan a veces con la maquinaria. No son tipejos inhumanos ni insensibles a la belleza natural.
Pero entiendo que puedan pensar que, como los habitantes de Luisiana, su turno nunca llega. Han aguantado, han trabajado, se han quedado en sus pueblos, los han visto despoblarse y empobrecerse aún más. ¿Y sus tradiciones se cuestionan, se ridiculizan o se prohíben? ¿Y otros les dicen cómo abonar los campos?
A veces es posible encontrar un espacio común de diálogo, pero otras no. En un viaje con mi pareja paramos en un pueblo extremeño un día que celebraban un encierro. Acudimos sin prejuicios, con cierto ánimo antropológico para ver algo desconocido. Pero lo que allí vimos fue a una recua de chavalotes acosando a una vaquilla que merecía el diminutivo, en una desproporción tal de fuerza que el único peligro que se atisbaba era que a alguno se le cayese el gin-tonic al correr. Desde una atalaya, otros le tiraban cerveza al animal. La plaza rebosaba con los vecinos que jaleaban a los suyos. Ellos se divertían, pero a nosotros solo nos entraron ganas de llorar. Ni siquiera era maltrato: era una vejación degradante y sin sentido. ¿Cómo podíamos conciliar esto?
En estos pueblos a los que periódicamente viajo, en Zamora, en León, en Cáceres, en Palencia.... no encuentro aún resentimiento. En su excelente La España donde nunca pasa nada (Akal, 2021), Sergio Andrés Cabello describe los esfuerzos de las ciudades pequeñas por mantenerse en la carrera, pero los carteles de “Se alquila” se siguen sucediendo en los bajos de sus calles principales. Aun así, tengo para mí que la verdadera frontera del abandono empieza más allá: en el medio rural que las alimenta. Hay estudios que sugieren una brecha generacional: mientras las generaciones anteriores tendrían una mirada negativa y desesperanzada, las nuevas estarían exhibiendo una suerte de orgullo. Cabello habla de que el mundo rural ha ganado el relato, pues sus valores se han mitificado desde los medios de comunicación, pero duda que esta mitificación frene en lo más mínimo su destrucción. Yo sospecho que ese retrato idílico no es más que la expresión de la mala conciencia de unos medios que así se hacen perdonar la desproporcionada atención que prestan a las metrópolis, algo de lo que hablamos en otra ocasión.
Las tensiones que la globalización genera en otras partes del mundo también aparecerán aquí, tensiones vinculadas no a la economía, sino al reconocimiento. Y aparecerán las fuerzas políticas que sean capaces de recoger el descontento que late. Serán aquellas que otorguen visibilidad a los que no se sienten vistos. Las que no los juzguen con menosprecio.
Contra todo pronóstico, Johnny Burning sigue pisando los escenarios, aunque ya no creo que se acerque a aquellos pueblos. Yo sí. Hay algo que me atrae en su abandono y siempre me producen un sentimiento ambivalente. Miro las ruinas de las antiguas estructuras mineras del norte de León y me embarga una extraña nostalgia por un mundo que no puedo defender y que ni siquiera conocí.
Mi hermano sigue avistando aves. Ahora hay carteles interpretativos en todas partes, algunos desteñidos y comidos por la herrumbre, pero donde “no había nada” sigue sin haber nada. Los carteles no cambian la realidad aunque algunos de los moradores de esos territorios silenciosos todavía ahí siguen, curiosos, hospitalarios, amables. Cuando me encuentro con Johnny nos tomamos algo y recordamos los viejos tiempos. Hay cosas buenas que se resisten a desaparecer.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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